El presidente Gu Chen Zhou caminaba por un sendero rural cuando el suelo cedió bajo sus pies y cayó sin querer en un pozo profundo. El barro frío le llegó al pecho en cuestión de segundos. Intentó sujetarse de las paredes, pero las manos resbalaban. El agua sucia le subía hasta el cuello. Pensó que moriría allí, solo, sin que nadie supiera dónde estaba.

Justo cuando el barro estaba a punto de cubrirlo, una chica que pasaba por allí lo encontró. Sin dudarlo, se tiró al borde, le tendió una rama gruesa y tiró con todas sus fuerzas. Gu Chen Zhou apenas podía verle la cara, pero recordó sus manos firmes, su voz tranquila y la fuerza inesperada de aquella joven delgada.
—Tranquilo, ya casi estás fuera —le dijo ella, mientras lo arrastraba hasta la orilla.
Cuando por fin salió, cubierto de lodo y temblando, la chica lo revisó rápidamente. No pidió dinero, no preguntó su nombre, no esperó gratitud. Se limpió las manos en el vestido, le dio una última mirada de alivio y se marchó sin pedir nada a cambio.
Gu Chen Zhou quedó inmóvil, mirando el sendero vacío. Después, buscó por todas partes. Preguntó en las aldeas cercanas, mandó a su asistente a recorrer los mercados, revisó cámaras de seguridad, ofreció recompensas. Pero la chica había desaparecido como si nunca hubiera existido.
El presidente la buscó durante años, queriendo agradecérselo. No podía sacarse de la cabeza aquella imagen: una joven de pueblo, sin miedo, tendiéndole la mano cuando todos los demás lo veían como un extraño poderoso e intocable. Pensaba que nunca volverían a cruzarse, que el destino le había mostrado a su salvadora solo para arrebatársela para siempre.
Hasta que un día fue al pueblo de la chica a hacer una inspección.
Era un viaje de trabajo. La empresa de Gu Chen Zhou estaba evaluando un parque ecológico como zona clave de desarrollo para el tercer trimestre. El asistente le mostraba planos, hablaba de hectáreas, permisos y proyecciones financieras. Gu Chen Zhou asentía con desgano, la mente todavía atrapada en el recuerdo de aquella tarde lluviosa.
Y entonces vio una boda no muy lejos.
Era una celebración ruidosa, con adornos rojos y música desafinada. La novia estaba de pie junto al río, rodeada de invitados que reían y aplaudían. Gu Chen Zhou no pensaba detenerse, pero algo en la postura de la novia lo hizo frenar. Tenía la espalda rígida, los puños apretados. No parecía feliz. Parecía una prisionera a punto de saltar.
Lo que no sabía era que la novia era precisamente la chica que llevaba tanto tiempo buscando.
Se llamaba Chen Tao Tao. Tenía veintidós años, una sonrisa fácil y una terquedad de hierro. Había crecido en aquel pueblo, cuidando de su abuela y estudiando medicina tradicional con los libros que sus padres le dejaron antes de morir. Nunca había salido de la provincia, nunca había tenido un teléfono caro, nunca había pedido nada a nadie. Y sin embargo, allí estaba, vestida de rojo, a punto de casarse con el hombre más despreciado del pueblo.
El matón del pueblo se llamaba Qiang. Era grande, ruidoso, con una risa que sonaba a burla y unos ojos pequeños que se posaban sobre Chen Tao Tao como si fuera un trofeo. Llevaba años persiguiéndola, ofreciéndole regalos que ella rechazaba, apareciendo en su puerta con excusas baratas. Chen Tao Tao lo odiaba con una intensidad limpia y sin matices.
Pero la abuela de la chica había aceptado 880 mil de dote del matón del pueblo.
La abuela era una mujer mayor, encorvada, con las manos manchadas de hierbas y una voz que temblaba al hablar de deudas. No era mala. Tenía miedo. Debía dinero al prestamista del pueblo, un hombre flaco y sonriente que cobraba intereses cada luna llena. Qiang se enteró y aprovechó. Le ofreció el dinero a cambio de la mano de su nieta. La abuela lloró, suplicó, intentó negarse. Pero Qiang era insistente. Y el prestamista era peor.
—Es solo una boda —le dijo Qiang a la abuela—. Después ella se acostumbrará.
La abuela firmó. No porque quisiera, sino porque no tenía salida.
Chen Tao Tao se enteró la mañana de la boda. Le pusieron el vestido rojo entre cuatro mujeres, le pintaron los labios, le colocaron flores en el pelo. Ella no gritó. No lloró. Solo apretó los dientes y esperó el momento exacto.
La chica, que no quería ceder ante esa presión, decidió escapar de la boda delante de todos.
Cuando el oficiante preguntó si alguien se oponía, Chen Tao Tao dio un paso atrás. Luego otro. Qiang la miró con desconfianza. Los invitados dejaron de aplaudir. La abuela, sentada en primera fila, se llevó una mano a la boca.
—Chen Tao Tao, ¿qué haces? —preguntó Qiang.
Ella no respondió. Se levantó el borde del vestido y echó a correr.
El río estaba a pocos metros. Detrás de ella, Qiang rugió y salió detrás. Los invitados se apartaron, sorprendidos. La abuela gritó su nombre con la voz rota. Chen Tao Tao corrió entre mesas y sillas, esquivó a un niño que lloraba, saltó un cesto de fruta y siguió avanzando hacia el agua.
—Delante está el río, no puedes escapar —gritó Qiang, con una sonrisa torcida—. Ahora vas a acabar de rodillas suplicándome.
Chen Tao Tao no se detuvo. No miró atrás. Siguió corriendo hasta la orilla, con el vestido rojo ondeando como una bandera de guerra.
Del otro lado del camino, Gu Chen Zhou observaba la escena desde el coche. Su asistente, un joven nervioso, señaló hacia la boda.
—Señor Gu, este parque ecológico es la zona clave de desarrollo de la empresa para el tercer trimestre. Por lo visto, hoy el matón del pueblo se casa con la chica más guapa del lugar. Puede que sea una costumbre local.
Gu Chen Zhou no respondió. Miraba a la novia. A la forma en que corría. A la determinación de sus hombros. Sintió un escalofrío en la nuca. Aquella manera de moverse, aquella fuerza…
—Gu Chen Zhou, mira —dijo de pronto, con voz extraña—, hasta el matón del pueblo se ha casado con la belleza del pueblo.
No terminó la frase. Algo en la escena le resultaba dolorosamente familiar.
La novia llegó al borde del río y se detuvo un instante. Qiang estaba a pocos metros, jadeando, con el rostro rojo de furia. Los invitados se habían agrupado en la orilla, formando un semicírculo curioso. La abuela lloraba en silencio, sin atreverse a intervenir.
—No tienes salida —dijo Qiang, avanzando lentamente—. Vuelve y terminamos la boda.
Chen Tao Tao se giró hacia el agua. Luego miró a Qiang. Luego miró al cielo, como si buscara una respuesta.
Y saltó.
No fue un salto suicida. Fue un salto de escape. Se lanzó al río con el vestido rojo, nadando hacia la corriente. El agua estaba fría, pero no le importó. Prefería ahogarse antes que casarse con Qiang.
—¡Atrápala! —gritó Qiang.
Dos de sus hombres se lanzaron al agua. Chen Tao Tao nadó más rápido, con los pulmones ardiendo. La corriente era fuerte. El vestido le pesaba. Las flores del pelo se deshicieron y flotaron río abajo.
Gu Chen Zhou bajó del coche sin pensarlo.
Corrió hacia la orilla, con el asistente llamándolo a gritos. Vio a la novia luchando contra la corriente, vio a los hombres acercándose, vio a Qiang maldiciendo desde la orilla. Y en ese momento, bajo la luz gris del mediodía, reconoció el rostro.
Era ella.
La chica del pozo.
La que lo sacó del lodo sin pedir nada.
La que desapareció sin dejar rastro.
Gu Chen Zhou sintió que el mundo se detenía. No podía ser. Después de tantos años, después de tantas búsquedas, estaba allí, escapando de una boda forzada, a punto de ser arrastrada por la corriente.
—¡Sujétenla! —gritó Qiang.
Gu Chen Zhou no pensó. Se quitó la chaqueta y se metió al agua. El frío le cortó la respiración, pero siguió nadando hacia ella. Chen Tao Tao lo vio acercarse y gritó algo que no entendió. Estaba agotada. Sus brazos se movían cada vez más despacio. Uno de los hombres de Qiang le agarró el tobillo.
—¡Suéltame! —gritó ella.
Gu Chen Zhou llegó en ese momento. Le dio un puñetazo al hombre en la cara y lo empujó lejos. Luego rodeó a Chen Tao Tao con un brazo y tiró de ella hacia la orilla opuesta.
—Tranquila —le dijo—. Ya estás a salvo.
Chen Tao Tao tosió, escupió agua, intentó soltarse.
—¿Quién eres tú? —preguntó, con voz rasposa.
—Alguien que te debe la vida —respondió él.
No hubo tiempo para más. Los hombres de Qiang estaban saliendo del agua, furiosos. Gu Chen Zhou arrastró a Chen Tao Tao por el barro, le quitó el vestido empapado y le puso su chaqueta sobre los hombros. Ella estaba temblando, pero no de frío. De rabia.
—No voy a volver —dijo—. Antes muerta.
—No vas a volver —prometió él.
La llevó a su coche mientras el asistente los cubría, gritando que llamaría a la policía. Qiang, desde la orilla, prometía venganza. La abuela lloraba, perdida entre los invitados. Chen Tao Tao no miró atrás.
Dentro del coche, Gu Chen Zhou la observó en silencio. Tenía el pelo pegado a la cara, los labios azules, las manos llenas de arañazos. Pero sus ojos seguían ardiendo.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó ella.
—Porque una vez me salvaste la vida.
—No me acuerdo de ti.
—No importa. Yo sí me acuerdo de ti.
Ella lo miró con desconfianza, pero no dijo nada. El coche avanzó por la carretera, dejando atrás el pueblo, la boda, el río. Chen Tao Tao se quedó dormida en el asiento trasero, agotada. Gu Chen Zhou la cubrió con una manta y le apartó un mechón mojado de la frente.
—Al fin te encontré —murmuró.
Llegaron a una casa modesta en las afueras de la ciudad. Gu Chen Zhou la llevó a un dormitorio, le dio ropa seca y llamó a un médico. Chen Tao Tao se dejó hacer, demasiado cansada para protestar. Cuando el médico se fue, ella preguntó:
—¿Qué vas a hacer conmigo?
—Nada. Solo quiero ayudarte.
—La gente no ayuda gratis.
—Tú lo hiciste.
Ella lo miró largamente, tratando de recordar. Había salvado a mucha gente en el pueblo. Un anciano que se cayó del techo. Un niño que se ahogaba. Un perro atrapado en una zanja. No podía recordar a un hombre rico en un pozo.
—No me acuerdo —repitió.
—No importa.
Pasaron tres días. Gu Chen Zhou le dio espacio, comida, ropa. No le hizo preguntas. No la presionó. Solo le dijo que podía quedarse el tiempo que necesitara. Chen Tao Tao, al principio, desconfió. Pero poco a poco fue relajándose. El hombre no parecía peligroso. Era tranquilo, serio, con una tristeza antigua en los ojos.
Una noche, ella le preguntó:
—¿Por qué me buscaste durante tantos años?
—Porque me salvaste la vida.
—¿Y qué querías darme?
—Lo que quisieras. Dinero, trabajo, una casa. Lo que fuera.
—No quiero tu dinero.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué quieres de mí?
Gu Chen Zhou la miró fijamente.
—Quiero que estés a salvo.
Ella no supo qué responder.
Al cuarto día, Gu Chen Zhou recibió una llamada. Su madre, una mujer mayor de voz autoritaria, lo regañó por no haberse casado todavía. La conversación fue tensa.
—A tu madre ya se le está poniendo el pelo blanco y aún no he visto ni la sombra de una nuera —gritó la mujer—. ¿Piensas casarte?
—Ya lo dije. Cuando encuentre a la persona adecuada, me casaré.
—¡Llevas siete años buscando! ¡Ya basta! Me da igual. Este año tienes que casarte.
Gu Chen Zhou colgó con el ceño fruncido. Chen Tao Tao, que estaba cerca, escuchó sin querer. Se quedó callada, pensando en su propia abuela, en Qiang, en el pueblo que la esperaba para castigarla por huir.
Esa noche, Gu Chen Zhou le propuso algo inesperado.
—Necesito una esposa —dijo, sin rodeos—. Y tú necesitas protección.
—¿Qué?
—Un matrimonio por contrato. Un año. Después, si no hay sentimientos, el matrimonio se disuelve automáticamente.
—¿Estás loco?
—Probablemente.
Ella se rio sin ganas.
—¿Y por qué yo?
—Porque eres la única persona en la que confío.
Chen Tao Tao se quedó en silencio. La propuesta era absurda. Pero también era una salida. Si se casaba con el hombre más rico de la ciudad, Qiang no podría tocarla. La familia Gu tenía poder, dinero, abogados. Podría esconderse a plena vista. Y de paso, ganaría tiempo para estudiar medicina, para cumplir el último deseo de sus padres.
—¿Y qué gano yo? —preguntó.
—Lo que necesites. Te financiaremos y te apoyaremos al máximo.
—¿Dinero?
—El que quieras.
—¿Y si después de un año quiero irme?
—Te irás. Sin condiciones.
Chen Tao Tao lo pensó. Un año. Solo un año. Después, libre. Y mientras tanto, protegida. La oferta era demasiado buena para ser verdad. Pero Gu Chen Zhou no parecía mentiroso. Parecía desesperado.

—Acepto —dijo por fin—. Pero con una condición.
—Dime.
—Nada de tocarme. Nada de fingir sentimientos. Solo un contrato.
—Trato hecho.
Esa misma semana fueron al registro civil. Chen Tao Tao se puso un vestido sencillo, se recogió el pelo y firmó los papeles con mano firme. Gu Chen Zhou la observaba con una mezcla de alivio y culpa. Sabía que la estaba usando, pero también sabía que era la única forma de protegerla.
—Aquí tienen su certificado de matrimonio —dijo el funcionario.
Chen Tao Tao miró el papel. Señora Gu. Le sonaba extraño. Como un disfraz que no le pertenecía.
—¿Qué me has hecho? —murmuró.
—Te he dado una salida —respondió él.
Esa noche, la madre de Gu Chen Zhou apareció en la casa sin avisar. Era una mujer elegante, de mirada dura y sonrisa calculadora. Miró a Chen Tao Tao de arriba abajo, con evidente desaprobación.
—¿Esta es tu esposa? —preguntó, con desprecio.
—Sí, madre.
—Parece una campesina.
—Es la mujer que me salvó la vida.
La madre abrió los ojos, sorprendida. Luego frunció el ceño.
—Eso no la convierte en una buena esposa.
—No me importa.
La madre se marchó furiosa, prometiendo que no aceptaría a una nuera sin linaje. Chen Tao Tao se quedó quieta, sintiendo el peso de cada palabra.
—No debiste decirle eso —dijo ella.
—Es la verdad.
—No quiero ser tu esposa de verdad.
—Lo sé. Solo quiero que estés a salvo.
Pasaron las semanas. Chen Tao Tao se instaló en una habitación separada, estudió medicina por las mañanas y ayudó en la clínica local por las tardes. Gu Chen Zhou la observaba desde lejos, sin invadir su espacio. A veces cenaban juntos en silencio. A veces hablaban de sus vidas. Ella le contó de sus padres, de la abuela, de Qiang. Él le contó del pozo, de la búsqueda, de los años de soledad.
—¿De verdad me buscaste por todo el país? —preguntó ella una noche.
—Sí.
—¿Y qué ibas a decirme si me encontrabas?
—Gracias.
—¿Solo gracias?
—Y que me casaría contigo.
Ella se atragantó con el té.
—¿Qué?
—Es broma.
—No pareces de bromas.
—Contigo aprendo.
Chen Tao Tao se rio. Fue una risa corta, sorprendida, pero real. Gu Chen Zhou la miró con una ternura inesperada. Algo estaba cambiando entre ellos, y ambos lo sabían.
Un día, Qiang apareció en la ciudad.
Había rastreado a Chen Tao Tao durante semanas. Sabía que se había casado con un hombre rico, y la rabia lo consumía. Se presentó en la clínica donde ella trabajaba, con dos hombres armados y una sonrisa torcida.
—Chen Tao Tao —dijo, con voz suave—. Cuánto tiempo.
Ella se puso pálida, pero no retrocedió.
—Vete, Qiang.
—No hasta que me devuelvas lo que me debes.
—No te debo nada.
—Tu abuela firmó. Eres mía.
—No soy de nadie.
Qiang avanzó un paso. Chen Tao Tao agarró un bisturí de la mesa. Los pacientes salieron corriendo. La enfermera gritó. Y en ese momento, Gu Chen Zhou entró por la puerta.
—Qiang —dijo, con voz helada—. Lárgate.
—¿Y tú quién eres?
—Su esposo.
Qiang se rio.
—¿Un marido de mentira? No me hagas reír.
—Te lo advierto una vez. Vete.
—¿O qué?
Gu Chen Zhou no respondió. Sacó el teléfono y marcó un número. En menos de cinco minutos, tres patrullas rodearon la clínica. Qiang y sus hombres fueron arrestados en el acto. Chen Tao Tao observó todo con el corazón acelerado. Gu Chen Zhou la tomó del brazo y la llevó afuera.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
—No volverá a molestarte.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tengo los mejores abogados del país.
Ella lo miró con una mezcla de gratitud y miedo. Por primera vez, se sintió verdaderamente protegida. Y por primera vez, sintió algo más por aquel hombre serio y callado.
Esa noche, Chen Tao Tao no pudo dormir. Bajó a la cocina y encontró a Gu Chen Zhou sentado a oscuras, con una taza de té frío entre las manos.
—¿No puedes dormir? —preguntó ella.
—No.
—Yo tampoco.
Se sentaron en silencio. Después de un rato, ella habló.
—¿Por qué te casaste conmigo?
—Ya te lo dije.
—No. La verdad.
Gu Chen Zhou suspiró.
—Porque me salvaste la vida y no pude olvidarte. Porque te busqué durante años y cuando te encontré, estabas huyendo de un monstruo. Porque no soportaba la idea de que algo malo te pasara.
—¿Y qué sentías?
—Miedo.
—¿Miedo?
—Miedo de perderte otra vez.
Chen Tao Tao sintió un nudo en la garganta. No era una declaración de amor. Era algo más profundo, más desesperado. Un hombre que lo tenía todo y que, sin embargo, había pasado años buscando a una desconocida que le tendió la mano.
—No soy la mujer que recuerdas —dijo ella—. Era más joven. Más inocente.
—Eres mejor.
—No me conoces.
—Entonces, dame tiempo.
Ella no respondió. Pero tampoco se fue. Se quedó sentada a su lado, en la oscuridad, sintiendo que algo entre ellos empezaba a nacer.
Pasaron los meses. El matrimonio por contrato seguía en pie, pero las reglas empezaron a desdibujarse. Gu Chen Zhou la acompañaba a la clínica, le compraba libros de medicina, le preguntaba por sus sueños. Chen Tao Tao le cocinaba, le contaba historias del pueblo, lo hacía reír con sus imitaciones de la abuela. La madre de él seguía sin aceptarla, pero ya no importaba. Ellos dos estaban construyendo algo real.
Un día, Chen Tao Tao recibió una carta. Era de la abuela. La mujer se disculpaba por todo, le contaba que Qiang había sido condenado por extorsión y que el prestamista había huido del pueblo. Le pedía perdón. Chen Tao Tao lloró al leerla. Gu Chen Zhou la abrazó sin decir nada.
—¿Quieres visitarla? —preguntó él.
—No lo sé.
—Piénsalo. No tienes que decidir ahora.
Ella asintió. Esa noche, por primera vez, se durmió junto a él. No hubo nada más. Solo dos personas cansadas que se sentían seguras una en brazos del otro.
El año del contrato llegó a su fin.
Gu Chen Zhou le dio el divorcio sin preguntar. Chen Tao Tao firmó los papeles con lágrimas en los ojos. No porque quisiera irse, sino porque ya no sabía qué era real y qué era parte del trato.
—Puedes quedarte el tiempo que quieras —dijo él.
—No. Necesito saber quién soy sin ti.
—Te entiendo.
—¿Me esperarás?
—Siempre.
Ella se fue a la ciudad vecina, alquiló un pequeño departamento y abrió su propia clínica de medicina tradicional. El dinero que Gu Chen Zhou le había dado durante el contrato se lo devolvió en su totalidad, en un sobre cerrado. Él lo recibió en silencio, sin abrirlo.
Pasaron seis meses. Chen Tao Tao trabajaba de sol a sol, ganándose la vida con sus propias manos. Los pacientes llegaban poco a poco. La gente del barrio la quería. La abuela la visitaba los fines de semana. La vida, por fin, era suya.
Pero por las noches, cuando cerraba la clínica, pensaba en Gu Chen Zhou. En su risa rara. En sus silencios. En la forma en que la miraba como si fuera un milagro. Y se preguntaba si el amor podía nacer de un pozo, de una fuga, de un contrato.
Un día, Gu Chen Zhou apareció en la puerta de la clínica.
—Hola —dijo, con las manos en los bolsillos.
—Hola.
—¿Puedo pasar?
—Claro.
Se sentaron frente a frente. Él le contó que había renunciado a la presidencia de la empresa, que su madre había aceptado por fin su decisión, que había comprado una casa pequeña cerca del río donde se conocieron. Le contó que nunca dejó de buscarla, ni siquiera cuando ella se fue.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Porque te amo.
Chen Tao Tao sintió que el mundo se detenía. No era una declaración de contrato. Era una verdad simple, limpia, sin adornos.
—¿Y si no te creo? —dijo, con la voz rota.
—Entonces, te demostraré que es verdad. Todos los días. Durante el tiempo que me dejes.
Ella lo miró largamente. Vio al hombre que cayó en un pozo, al que la buscó durante años, al que se casó con ella para protegerla, al que la dejó ir para que fuera libre. Y supo que ya no tenía miedo.
—¿Todavía quieres casarte conmigo? —preguntó ella.
—Más que nunca.
—Entonces, sí.
Se casaron de verdad, sin contratos, sin testigos presionados, sin abuelas asustadas. Solo ellos dos, junto al río, con el vestido rojo que Chen Tao Tao guardó como recuerdo de su fuga. La abuela lloró de felicidad. La madre de Gu Chen Zhou, después de un largo silencio, les regaló una tetera antigua y les deseó buena suerte.
Chen Tao Tao siguió con su clínica. Gu Chen Zhou abrió una fundación para apoyar a jóvenes médicos rurales. Juntos, construyeron una vida tranquila, hecha de pequeñas cosas: té por las mañanas, libros de medicina, risas en la cocina, y la certeza de que, a veces, salvar a alguien de un pozo es solo el comienzo.
Una noche, Chen Tao Tao encontró a Gu Chen Zhou mirando una fotografía vieja. Era ella, de niña, con sus padres, frente a la casa del pueblo. La foto estaba arrugada, como si alguien la hubiera llevado en el bolsillo durante años.
—¿De dónde sacaste esto? —preguntó.
—Del pueblo. La compré a un fotógrafo ambulante.
—¿Por qué?
—Porque quería recordar tu cara.
—¿Y la recuerdas?
—Todos los días.
Ella sonrió y lo besó. Afuera, el río corría tranquilo, como si supiera que todo había terminado bien. Y dentro, en la casa pequeña, dos personas que se habían encontrado en el peor momento de sus vidas se abrazaban, agradecidas de que el destino, o el azar, o simplemente la terquedad de un hombre, los hubiera reunido para siempre.