Salvó un hormiguero y recibió un ojo imposible, pero solo tenía siete días para reunir la dote de Anju y salvar a su familia

El ojo salió del hormiguero cubierto de barro y cayó en la palma de Chen Yang justo cuando la lluvia empezaba a golpear las hojas con tanta fuerza que el suelo parecía deshacerse.

Era un ojo pequeño, brillante y húmedo, demasiado perfecto para pertenecer a un insecto. Chen Yang lo levantó entre dos dedos, dispuesto a devolverlo a la tierra, pero el ojo saltó como si tuviera voluntad propia y se hundió en el suyo.

Gritó. Rodó por el barro. Durante unos segundos no vio nada, salvo manchas blancas y un dolor punzante detrás de la frente. Después, cuando logró abrir los párpados, distinguió algo imposible: una línea roja que atravesaba el bosque, cruzaba la montaña y desaparecía mucho más allá del horizonte. Al seguirla con la mirada, descubrió que señalaba directamente a un jabalí escondido a kilómetros de distancia.

Chen Yang no sabía si se estaba volviendo loco. Tampoco sabía que, antes de que terminara la semana, aquel ojo iba a decidir si su familia comía, si Anju sería entregada a un hombre que no amaba y si él tendría una segunda oportunidad para no morir como el miserable que había sido.

En su vida anterior, Chen Yang había aprendido a perderlo todo con una facilidad que asustaba. Apostaba las cosechas de sus padres, vendía las herramientas de la casa y prometía que aquella sería la última vez. Cuando alguien intentaba detenerlo, respondía con insultos. Cuando Anju lloraba, él desaparecía durante días.

La noche en que todo terminó, había perdido en una partida el dinero reservado para la dote de Anju. Ella tenía dieciocho años y, desde la muerte de su padre, vivía con la familia Chen. El acuerdo matrimonial estaba hecho: en siete días, la familia del novio vendría por ella y dejaría doscientos yuanes sobre la mesa. No era una fortuna para un hombre rico, pero para una casa campesina en 1977 equivalía a meses de comida, semillas y medicinas.

Chen Yang había apostado hasta el último billete.

Anju lo descubrió al regresar del pozo. Encontró a su suegra llorando junto al armario vacío y a Chen Yang sentado en el suelo, con una baraja aplastada bajo la rodilla.

—Dime que no es cierto —susurró ella.

Él no respondió.

—Te estoy preguntando si vendiste mi futuro.

—No grites. Puedo recuperar el dinero.

Anju lo miró como si acabara de escuchar una amenaza.

—Eso dijiste cuando vendiste el arroz. Lo dijiste cuando empeñaste el abrigo de tu madre. Lo dijiste la última vez que juraste que no volverías a apostar.

Chen Yang se levantó de golpe y, en aquella vida, le habría dado una bofetada. En cambio, solo apretó los puños. No por arrepentimiento, sino por vergüenza. Recordaba perfectamente lo que ocurría después: Anju escaparía durante la noche, enfermaría junto al río y moriría antes de que él pudiera llevarla al pueblo. Su madre quedaría inválida por trabajar sin descanso. Su padre, consumido por la culpa, no sobreviviría al invierno.

Y él terminaría solo, gastando en alcohol lo poco que le quedara, convencido de que el mundo le debía algo.

Luego había abierto los ojos bajo el árbol.

No sabía si aquello era un castigo, un sueño o una última oportunidad concedida por las hormigas que había salvado de la inundación. Pero el recuerdo de la otra vida era demasiado nítido para ignorarlo. Sabía la fecha. Sabía cuánto faltaba para que Anju se marchara. Sabía qué enfermedades llegarían a la casa y qué cosecha se perdería si no actuaba.

Sabía también que la suerte no iba a salvarlo. Solo podía hacerlo el trabajo.

Regresó a la casa después de cazar dos faisanes. La sopa llenó la olla y el olor se metió por las grietas de las paredes. Su madre, Chen Meilan, se quedó inmóvil frente al fuego. Su padre, Chen Guo, levantó la cabeza desde el jergón. Anju permaneció en el cuarto, sin probar bocado.

—Sirve primero para ella —dijo Yang.

—No tiene hambre —respondió su madre.

—Aunque sea, déjale un cuenco junto a la puerta.

Su padre golpeó el suelo con la pipa.

—Una olla de carne no arregla lo que hiciste.

—Lo sé.

—¿Lo sabes? ¿Qué sabes tú, aparte de perder dinero?

Yang bajó la mirada. Antes habría contestado que todos lo despreciaban y que nadie le daba una oportunidad. Ahora comprendía que aquella frase solo servía para ocultar que él mismo había rechazado cada oportunidad.

—Me quedan siete días —dijo—. Voy a reunir los doscientos yuanes.

Su madre soltó una risa cansada.

—¿Cazando pájaros?

—Cazando, recogiendo hierbas y trabajando en el campo.

—Tu padre no puede con los boniatos y yo tampoco. Si tú dejas la casa, ¿quién hará el trabajo?

—Yo. Haré ambas cosas.

Desde el cuarto llegó la voz apagada de Anju.

—No necesito que te hagas responsable de mí por lástima.

Yang se acercó a la puerta, pero no la abrió.

—No lo hago por lástima.

—Entonces, ¿por qué?

La respuesta verdadera era demasiado absurda para decirla. Porque ya la había perdido una vez. Porque había visto su cuerpo junto al río. Porque recordaba el modo en que ella había dejado de llamarlo por su nombre antes de morir.

—Porque fui yo quien te puso en esta situación —contestó—. Y porque esta vez no voy a huir.

—Ya dijiste eso.

—Lo sé.

No insistió. Dejó el cuenco en el suelo y volvió al monte antes del amanecer.

El ojo de las hormigas no le mostraba todo. No podía ver a través de las paredes ni convertirlo en un cazador invencible. Solo encontraba aquello que otros no percibían: el rastro tibio de un animal, la vibración de unas alas entre las ramas, la huella reciente sobre una piedra. A veces la señal se desvanecía y le provocaba un dolor insoportable.

Al principio creyó que bastaría con seguir las luces rojas. Pronto entendió que debía usar la cabeza.

En una hondonada encontró dos faisanes. Se agachó, calculó el viento y lanzó una piedra para espantarlos hacia una trampa hecha con cuerda vieja. Uno escapó. El otro quedó atrapado por una pata.

—Ya van dos —murmuró.

Más adentro, la señal roja se internó en una zona húmeda cubierta de neblina. Chen Yang se detuvo junto a una zanja natural.

En su vida anterior había entrado allí persiguiendo un jabalí y casi había muerto bajo sus colmillos. No iba a repetir el error. Marcó el límite con una rama y decidió no pasar de un kilómetro. La necesidad no podía convertirlo en un cadáver.

Al regresar, vio unas huellas largas y redondas. El ojo le mostró un conejo escondido entre las raíces de un árbol. No podía alcanzarlo, pero sí podía construir una trampa.

Usó un tallo flexible, un lazo de zorro que encontró abandonado y unas hojas para borrar sus pisadas. Le tomó más de una hora. Cuando volvió al anochecer, el conejo estaba allí.

En el pueblo, el cocinero del restaurante de la cooperativa levantó el animal por las orejas.

—Está muerto.

—Lo cacé anoche. La carne sigue fresca.

—La gente quiere ver al animal vivo antes de comprarlo. Nadie pagará mucho por una pieza vieja.

El maestro Ye examinó el conejo, le abrió la boca y presionó la carne con el pulgar.

—Dieciocho yuanes.

—Me dijeron que pagan cinco por medio kilo.

—Cuando traigas uno vivo, hablaremos de cinco. Por este te doy dieciocho o te vas con él.

Chen Yang aceptó. No tenía tiempo para orgullo.

Con el dinero compró aceite, sal y una tela gruesa para su madre. También adquirió una cajetilla de tabaco barato para su padre, aunque sabía que Guo casi nunca se atrevía a gastar en sí mismo. Al volver, su padre observó las compras con desconfianza.

—¿Volviste a robar?

—Cambié el conejo por la tela y el tabaco.

—¿Tú cazaste un conejo?

—Sí.

—Los conejos son más listos que tú.

—Por eso tuve que hacer una trampa.

Su padre quiso responder, pero vio los cortes en sus brazos y el barro seco de sus pantalones. Se quedó callado.

La madre de Yang tomó la tela y pasó los dedos por ella.

—¿Por qué compraste esto antes que comida?

—Porque llevas dos inviernos usando el mismo abrigo.

—La comida era más necesaria.

—Mañana traeré más.

Anju salió por primera vez de su cuarto cuando el aroma de los faisanes llenó la casa. Permaneció junto al marco de la puerta, pálida, con el cabello sin peinar.

—No tienes que cocinar para mí —dijo.

—No lo hice solo para ti.

—Entonces no me mires como si esperases que te perdonara.

—No espero eso.

Yang puso un plato frente a ella.

—Come para poder decidir qué quieres hacer con tu vida. No para pagarme nada.

Anju lo observó durante largo rato. Después tomó los palillos, pero solo probó un bocado.

La cena fue silenciosa. Chen Meilan fingió estar ocupada con la olla. Guo fumó un poco del tabaco nuevo y lo escondió para que nadie lo gastara. Anju terminó medio plato.

Para Yang, aquello fue una victoria más importante que los dieciocho yuanes.

Al día siguiente trabajó toda la mañana en el campo de boniatos. Tenía las manos llenas de ampollas y la espalda rígida, pero no abandonó el surco. A mediodía, su primo Chen Bao pasó por el camino y se detuvo a reírse.

—Miren quién se volvió trabajador.

—Sigue caminando —dijo Yang.

—¿Te ofendí? Solo digo que el sol sale por el oeste. Ayer te vi con una cesta y una hoz, recogiendo hierbas como un hombre útil.

—Las hierbas se venden.

—También se vende la vergüenza, pero tú nunca la has comprado.

Yang clavó la azada en la tierra. En otra época habría empezado una pelea. En lugar de eso, se enderezó y respondió:

—Si necesitas burlarte para sentirte mejor, hazlo desde lejos.

Bao se quedó sin palabras. No estaba acostumbrado a que Yang no mordiera el anzuelo.

Esa tarde, Yang se internó en el monte de atrás. El ojo le indicó un grupo de plantas medicinales cerca de una roca blanca. Las cortó sin arrancar las raíces y las separó con cuidado. En el camino encontró a un anciano con una cesta vacía.

Era Luo Qigong, conocido en el pueblo como el viejo Luo, el único que todavía fabricaba lazos de zorro y sabía reconocer las hierbas que curaban la fiebre sin envenenar el estómago.

—¿Quién te enseñó a cortar así? —preguntó el anciano.

—Nadie.

—Entonces alguien te enseñó mal. Si dejas la raíz, en tres años no quedará nada.

Yang miró las plantas.

—Enséñeme.

Luo soltó una carcajada.

—¿Ahora también quieres aprender? Pensé que solo sabías apostar.

—Quiero aprender todo lo que pueda vender sin destruirlo.

La respuesta hizo que el viejo lo examinara con mayor atención. Durante dos horas le mostró qué hojas se recogían al amanecer, cómo se ataban para que no se pudrieran y cuáles no valían nada aunque olieran bien.

Antes de separarse, Luo señaló el lazo que Yang llevaba en la cesta.

—Eso no sirve para un conejo. El nudo está mal hecho.

—¿Puede enseñarme a corregirlo?

—Mañana trae cuerda nueva.

Yang volvió a casa con varias manojos de hierbas y un faisán. Esta vez, sin embargo, no lo esperaba el entusiasmo de su familia. Anju estaba sentada junto a la mesa con una carta en las manos.

—Llegó la familia de Zhao —dijo su madre—. Vinieron a confirmar la boda.

Yang sintió que el ojo le ardía.

—Faltan cinco días.

—Dicen que no pueden esperar —respondió Anju—. El hijo de los Zhao se irá a trabajar a la ciudad. Quieren llevarme pasado mañana.

—No pueden hacerlo si no pagaron la dote.

—Pagarán una parte. El resto lo descontarán de mi trabajo durante dos años.

Chen Guo golpeó la mesa.

—Eso no es un matrimonio. Es venderla por cuotas.

—¿Y qué propones? —preguntó Meilan—. ¿Devolver el dinero que ya gastamos? ¿Vivir del aire?

Yang miró la carta. Reconoció la marca roja del intermediario. En su vida anterior también la había visto, pero no había entendido su importancia. Recordó que Anju se fue con un baúl pequeño, que la familia Zhao se llevó los documentos de su padre y que, meses después, ella volvió con una cicatriz en la muñeca.

—No irá con ellos —dijo.

Anju levantó la cabeza.

—No puedes decidir eso.

—Tienes razón. Tú decidirás. Pero no aceptaré que te obliguen a cambio de una deuda que yo causé.

La joven apretó la carta.

—¿Y qué opción me estás ofreciendo? ¿Quedarme aquí para que todos digan que soy una carga?

—Te ofrezco tiempo.

—El tiempo no se come.

—Yo conseguiré el dinero.

Anju negó con la cabeza.

—No vuelvas a hacer promesas que dependen de tu suerte.

—No dependerá de la suerte.

Aquella noche, Yang entregó a su madre todo el dinero que había ganado. Eran treinta y seis yuanes, más algunas monedas. Meilan los contó dos veces.

—Te faltan ciento sesenta y cuatro.

—Lo sé.

—Y pasado mañana vendrán los Zhao.

—Lo sé.

—No puedes cazar suficientes animales en dos días.

—Entonces haré otra cosa.

Fue al almacén del pueblo y habló con el encargado. Le ofreció recoger hierbas, reparar trampas y transportar leña a cambio de un adelanto. El hombre se burló de él, pero Luo Qigong, que estaba pesando raíces en una esquina, intervino.

—Dale trabajo. Si no cumple, me quedaré con su cesta.

El encargado aceptó pagarle diez yuanes por día durante una semana, con la condición de que entregara los productos limpios y secos.

No era suficiente, pero era un comienzo.

Durante los dos días siguientes, Yang se levantó antes de que cantaran los gallos. Trabajaba en el campo, subía al monte, revisaba trampas y cargaba leña. Llegaba a casa con los dedos agrietados y la ropa endurecida por el sudor.

Los vecinos dejaron de reírse, aunque algunos empezaron a vigilarlo. La transformación de un hombre inútil siempre incomoda más que su fracaso, porque obliga a los demás a preguntarse si lo juzgaron demasiado pronto.

El tercer día atrapó un conejo vivo. Lo llevó al restaurante y el maestro Ye le pagó veinticinco yuanes.

—Está sano. Si puedes traer tres por semana, te pagaré cinco yuanes por medio kilo, como pediste.

—Necesito que me pague cada pieza al momento.

—¿Tienes prisa?

—Mi familia sí.

Ye lo estudió y aceptó.

Al salir, Yang vio a Chen Bao hablando con un hombre vestido con una chaqueta gris. Era Zhao Wei, el hermano mayor del muchacho que pretendía casarse con Anju. Cuando lo vieron, dejaron de hablar.

—¿Qué quieres? —preguntó Yang.

—Solo vine a asegurarme de que Anju esté preparando sus cosas.

—No irá a ninguna parte hasta que ella lo decida.

Zhao Wei sonrió.

—La decisión ya se tomó. Tu familia aceptó el acuerdo hace seis meses.

—Mi familia aceptó una boda. No aceptó que se la llevaran sin pagar.

—El dinero se entregó.

Yang sintió un golpe de frío. En la otra vida había creído que su propio padre había gastado parte de la dote. Pero Guo no era un hombre capaz de robarle el futuro a una muchacha. Si los Zhao decían que habían pagado, debía existir una prueba.

—Muéstrame el recibo.

Zhao Wei perdió la sonrisa.

—No tengo que mostrártelo a ti.

—Entonces muéstraselo a Anju.

—Ella es una huérfana que vive bajo este techo. No está en posición de exigir nada.

Yang dio un paso adelante.

—No vuelvas a llamarla así.

El hombre se acercó hasta quedar frente a él.

—Si rompes el acuerdo, tendrás que devolver el anticipo. Y si no puedes, la familia Zhao se quedará con el terreno que tu padre puso como garantía.

Aquello no aparecía en el recuerdo de Yang. Su padre nunca le había hablado de una garantía.

Esa noche, registró el arcón de Guo mientras sus padres dormían. Encontró escrituras antiguas, facturas y un contrato doblado dentro de una funda de tela. El papel establecía que la familia Chen había recibido cuarenta yuanes, no doscientos, y que el terreno respondería únicamente si la boda se celebraba. La firma de Guo estaba al pie.

Pero la fecha tenía algo extraño. El contrato estaba fechado dos meses después de la muerte del padre de Anju. En ese momento, Guo ya apenas podía mover la mano derecha por una lesión sufrida en el campo.

Yang llevó el documento a Luo Qigong al amanecer.

El anciano se puso los lentes y acercó el papel a la ventana.

—La tinta del cuerpo y la firma no envejecieron igual.

—¿Está falsificado?

—No soy escribano. Pero conozco el papel. Esta hoja salió del almacén del distrito el año pasado. Y tu padre no firmaba con ese trazo.

Yang recordó a Chen Bao junto a Zhao Wei.

—¿Quién fue testigo?

Luo señaló una línea.

—Un hombre llamado Chen Bao.

La traición no le sorprendió tanto como debería. Bao siempre había necesitado dinero. Sin embargo, quedaba una pregunta: ¿por qué su padre guardaba el contrato si no lo había firmado?

Cuando volvió a casa, encontró a Guo sentado bajo el árbol, con la pipa apagada.

—¿Por qué no me dijiste que los Zhao pusieron el terreno como garantía?

Su padre no respondió.

—¿Tú firmaste esto?

Guo miró el papel y palideció.

—No.

—¿Quién lo trajo?

—Tu tío Chen Rong. Dijo que era un registro de la dote y que yo debía poner una huella porque la familia Zhao necesitaba seguridad.

—¿Y por qué no preguntaste?

—Porque tu padre de verdad había hablado con ellos. Porque Anju necesitaba un lugar donde vivir. Porque me dijiste que te encargarías de la boda y yo no quería humillarte delante de todos.

Yang apretó el documento.

—¿Pusiste tu huella?

—No podía mover la mano. Rong tomó mi pulgar y lo presionó contra la tinta.

La firma era falsa, pero la huella podía complicarlo todo.

—¿Por qué lo guardaste?

Guo levantó los ojos.

—Porque después de hacerlo me di cuenta de que algo no estaba bien. Fui al almacén, pero Rong ya había hablado con el encargado. Me dijeron que no había nada que hacer. Pensé que si te lo contaba, volverías a apostar para recuperar el dinero.

Yang sintió vergüenza de una forma nueva. Su padre no había dejado de confiar en él; había aprendido a protegerse de él.

—Lo siento, papá.

Guo acarició el borde de la pipa.

—No necesito que llores. Necesito que no vuelvas a vender la casa por una promesa.

—No lo haré.

—Y si no puedes reunir el dinero, no culpes a Anju por irse. Ella no te debe su desgracia.

Yang asintió.

Por primera vez, no pensó en salvar a Anju para sentirse mejor consigo mismo. Pensó en devolverle la posibilidad de escoger, incluso si su elección era alejarse de él.

Con la ayuda de Luo, llevó el contrato al encargado del distrito. El funcionario no quiso intervenir sin una denuncia formal, pero admitió que el papel parecía irregular. Le aconsejó reunir pruebas: testigos, registros de la dote y cualquier indicio de que Guo no había podido firmar.

La prueba apareció donde menos la esperaba.

El médico del pueblo recordaba haber atendido a Guo en la fecha del contrato. La lesión de su mano estaba registrada y el tratamiento se había pagado con un recibo. Guo no podía haber escrito con la mano derecha, y no sabía escribir con la izquierda.

Además, el maestro Ye aceptó declarar que había visto a Zhao Wei entregarle dinero a Chen Rong el día en que se registró el acuerdo.

—No quiero problemas —dijo Ye—. Los Zhao compran comida para medio pueblo.

—Si se quedan con nuestro terreno, comprarán el hambre de todo el otro medio.

El cocinero suspiró.

—No hables como un hombre que todavía no conoce el miedo.

—Lo conozco. Por eso no voy a dejar que decida por mí.

Mientras Yang reunía pruebas, Anju comenzó a preparar su pequeño baúl. No se lo había dicho a nadie, pero su madre encontró dentro dos vestidos, una fotografía de sus padres y una aguja de plata.

—¿Quieres irte? —preguntó Meilan.

—No quiero ser una deuda que ustedes tengan que pagar.

—Tú no eres una deuda.

—Eso dice ahora. Pero cuando llegue el invierno, todos recordarán que mi dote habría comprado harina.

Meilan se sentó a su lado.

—Yang está trabajando.

—Por dos días.

—También está escuchando. Eso es más raro que verlo trabajar.

Anju bajó la mirada.

—No sé si ha cambiado.

—Yo tampoco. Pero no tienes que decidirlo hoy.

Anju tocó la fotografía de sus padres.

—Mi padre confiaba en Guo. Por eso me dejó aquí.

—Y Guo ha intentado protegerte, aunque lo haya hecho mal.

—¿Y Yang?

Meilan tardó en contestar.

—Yang te ha hecho daño. Si cambia, no será porque tú lo ames. Será porque por fin entendió que sus actos tienen dueño.

Al quinto día, los Zhao llegaron con cuatro hombres y una carreta. Traían un baúl vacío para llevarse las cosas de Anju y una actitud de quienes creían que la pobreza era una forma de obediencia.

Zhao Wei golpeó la puerta.

—Venimos por la muchacha.

Yang salió con las manos aún manchadas de tierra.

—Ella no se va.

—¿Ya reuniste los doscientos yuanes?

—No.

—Entonces apártate.

—Tampoco.

El pueblo comenzó a reunirse alrededor de la casa. Chen Rong apareció detrás de Zhao Wei, fingiendo sorpresa.

—Yang, no empeores las cosas. El contrato está firmado.

—La firma es falsa.

Rong palideció apenas un instante.

—¿Vas a acusar a tu propio tío?

—Si falsificaste un documento, sí.

—Tu padre dejó su huella.

—Porque tú le empujaste el pulgar contra la tinta cuando no podía mover la mano.

Un murmullo recorrió a los vecinos.

Zhao Wei se burló.

—Aunque el papel fuera irregular, la familia Chen recibió dinero.

—Cuarenta yuanes —dijo Yang—. No doscientos.

—El resto se entregaría al celebrarse la boda.

—Entonces no pueden llevarse a Anju antes de pagar.

—La muchacha aceptó.

Anju salió de la casa. Llevaba el vestido azul que Meilan había cosido con la tela comprada por Yang. No caminó detrás de él ni se escondió junto a la puerta.

—No acepté que se quedaran con el terreno —dijo.

Zhao Wei se volvió hacia ella.

—Tu opinión no cambia el contrato.

—Mi opinión cambia si me subo o no a esa carreta.

Uno de los hombres avanzó para sujetarla. Yang se interpuso, pero su padre levantó la voz.

—¡No la toques!

Guo salió apoyado en un bastón. Temblaba, pero llevaba en la otra mano la escritura de la casa.

—Este hombre no firmó ese contrato —dijo—. Y nadie se llevará a Anju hasta que el encargado del distrito lo revise.

Chen Rong soltó una risita.

—¿Y quién va a creerle a un viejo enfermo?

—El médico —respondió Yang—. Y el maestro Ye. Y el funcionario que verá que el papel fue fabricado con una hoja comprada meses después.

Zhao Wei miró a Rong. Fue una mirada breve, pero bastó. El tío de Yang había prometido que nadie encontraría nada.

—No tienes los doscientos —dijo Zhao Wei—. Solo tienes palabras.

Yang sacó una bolsa de tela y la dejó sobre la mesa exterior. Las monedas cayeron con un sonido seco.

—Tengo ciento sesenta y dos yuanes.

Todos guardaron silencio.

—Me faltan treinta y ocho —continuó—. Pero ya tengo un acuerdo con el restaurante, trabajo en el almacén y una entrega de hierbas para mañana. Pagaré la diferencia en un plazo escrito. No entregaré el terreno y Anju no será llevada por la fuerza.

Zhao Wei se rio.

—¿Crees que una promesa de un jugador vale algo?

—No. Por eso traje testigos y documentos.

El funcionario del distrito llegó esa misma tarde, acompañado por el médico. Luo Qigong había ido a buscarlo mientras Yang enfrentaba a los Zhao. Revisaron el contrato en la sala común y compararon la huella de Guo con otros registros.

La investigación no resolvió el asunto de inmediato. El funcionario explicó que debía enviar el documento al distrito, tomar declaraciones y revisar los libros de la cooperativa. Pero ordenó que nadie se llevara a Anju ni dispusiera del terreno mientras existiera una disputa formal.

Zhao Wei protestó. Chen Rong intentó culpar a Yang por haber provocado el escándalo. Sin embargo, cuando el funcionario le preguntó por qué había firmado como testigo un acuerdo que supuestamente se había celebrado con Guo, Rong no pudo sostener la mirada.

Anju no se fue con los Zhao.

Tampoco se acercó a Yang.

—Voy a quedarme en casa de la maestra Sun mientras se resuelve esto —dijo—. No quiero que la gente piense que me quedo porque te debo algo.

Yang aceptó.

—Te llevaré tus cosas.

—No. Las llevaré yo.

—Está bien.

—Y no gastes el dinero que te falta en intentar comprar mi confianza.

—No lo haré.

Aquella noche, Yang volvió al monte bajo una luna débil. Le quedaban dos días y todavía necesitaba treinta y ocho yuanes. El ojo volvió a mostrarle una señal roja, esta vez profunda y enorme. Se trataba de un jabalí herido que había bajado hasta una zona de zarzas.

Yang lo siguió hasta el borde de la zanja que había marcado. El animal respiraba con dificultad. Tenía una pata atrapada entre raíces y una herida abierta en el costado. Podía matarlo con la lanza corta que llevaba. La carne valdría más que varios faisanes.

Pero la señal roja no terminaba en el jabalí. Continuaba detrás de él, hacia una pendiente cubierta de hojas.

Yang avanzó con cuidado y encontró una niña atrapada en un hoyo. Era la hija del leñador, desaparecida desde la tarde. Había seguido al perro hasta allí y se había lastimado el tobillo.

El jabalí, al intentar escapar de la niña, había quedado atrapado.

Yang dejó la lanza en el suelo. Primero sacó a la niña. Después, con ayuda de una rama, liberó al animal sin acercarse demasiado. El jabalí huyó tambaleándose entre los árboles.

La niña lloraba.

—¿Vas a dejar que se vaya?

—Ya estaba herido.

—Pero podrías haberlo vendido.

—Sí.

—¿Por qué no lo hiciste?

Yang miró la zanja, la misma que había cavado para salvar a las hormigas.

—Porque no todo lo que uno puede tomar le pertenece.

Llevó a la niña hasta su padre. El leñador, al reconocerlo, se quedó desconcertado.

—Todos decían que habías escapado del pueblo.

—Esta vez no.

La noticia corrió antes de que Yang llegara a casa. El leñador le ofreció diez yuanes, pero él aceptó solo cinco.

—Te salvó la vida —dijo el hombre.

—Su hija también me habría salvado a mí si pudiera.

El leñador insistió y terminó dándole ocho yuanes y un contacto con una familia de la ciudad que compraba hierbas secas. No era suficiente, pero abrió una posibilidad.

Al amanecer, Luo lo esperaba junto al sendero.

—El jabalí bajará otra vez hacia el arroyo. Está herido. Si sigues su rastro, podrás atraparlo.

Yang miró al anciano.

—¿Por qué me lo dices?

—Porque ya no pareces estar cazando solo para llenar tu olla.

—Necesito el dinero.

—Lo sé. Pero si lo matas, hazlo rápido. No confundas compasión con indecisión.

Yang encontró al jabalí cerca del arroyo. El animal apenas podía mantenerse en pie. Lo mató de un solo golpe, sin prolongar el sufrimiento, y pidió ayuda para transportar la carne.

El maestro Ye pagó ciento veinte yuanes por el animal entero, una suma que permitió a Yang cubrir la deuda, comprar medicinas para su padre y guardar el resto para las semillas.

Cuando volvió a casa, no entregó el dinero a Anju. Lo puso sobre la mesa frente a sus padres.

—Aquí están los doscientos yuanes de la dote —dijo—. No son para comprarla ni para retenerla. Son para que pueda elegir sin que nuestra pobreza decida por ella.

Anju había llegado con la maestra Sun y escuchó desde la puerta.

—¿Y si elijo irme?

—Te acompañaré hasta el camino, si quieres. Después volveré a trabajar.

—¿Y si elijo quedarme, pero no contigo?

Yang respiró hondo.

—Entonces seguirás teniendo un lugar aquí. Yo dormiré en el cobertizo hasta que puedas vivir como quieras.

Chen Guo lo miró con severidad.

—Esta casa no se convertirá en una prisión para ella. Si se queda, será porque todos respetamos sus límites.

—Lo sé —respondió Yang.

Anju observó la bolsa de dinero y luego el vestido azul que llevaba puesto.

—No quiero irme con los Zhao —dijo al fin—. Pero tampoco quiero casarme contigo solo porque ahora haces lo correcto.

—No tienes que hacerlo.

—Quiero quedarme con la maestra Sun un tiempo. Trabajaré en su escuela y ayudaré a tu madre con las cuentas. Si después de un año sigues siendo el mismo hombre, decidiré qué siento.

—Es justo.

—No te prometo esperarte.

—No te lo pediré.

La resolución sobre el contrato llegó tres semanas después. El distrito determinó que la firma había sido falsificada y que la huella de Guo se había obtenido sin consentimiento válido. Chen Rong tuvo que devolver los cuarenta yuanes y perdió su puesto como intermediario. La familia Zhao no enfrentó una condena espectacular, pero quedó obligada a cancelar el acuerdo y pagar los gastos de la revisión. Su reputación en la cooperativa se quebró lo suficiente para que otras familias dejaran de confiar en ellos.

Rong intentó culpar a Yang por haber destruido los planes de la familia, pero nadie lo escuchó. Cuando pasó frente a la casa Chen, ya no encontraba a un muchacho dispuesto a pelear por cualquier insulto. Yang simplemente le cerraba la puerta.

Los siguientes meses fueron difíciles. El jabalí no volvió a aparecer y las trampas no siempre funcionaban. Algunas semanas solo hubo arroz aguado y verduras. Yang siguió trabajando el campo, vendiendo conejos y aprendiendo de Luo. También comenzó a enseñar a dos niños del pueblo a fabricar trampas que no destrozaran los bosques.

No se volvió rico. No dejó de cansarse. Todavía sentía el impulso de buscar una partida cuando el dinero escaseaba, porque los viejos hábitos no desaparecen al pedir perdón. La diferencia era que ahora entregaba sus cuentas a su madre cada noche y nunca llevaba dinero escondido.

El ojo de las hormigas también cambió. La señal roja aparecía con menos frecuencia y el dolor se hacía más fuerte cada vez que Yang intentaba usarla por codicia. Aprendió a confiar más en sus manos que en aquel don extraño.

Un año después, Anju regresó de la escuela de la maestra Sun para la cosecha. Había aprendido a leer mejor, llevaba sus propias cuentas y había ahorrado suficiente para comprar una máquina de coser usada. Ya no hablaba como una muchacha que esperaba permiso para respirar.

Yang estaba reparando una cerca cuando ella se acercó.

—Luo dice que vas a abrir un puesto de hierbas en el pueblo.

—Eso dice él. Yo digo que primero debo aprender a no arruinar las cuentas.

—Tu madre piensa que ya aprendiste.

—Mi madre es generosa.

Anju miró sus manos.

—¿Todavía ves animales con ese ojo?

Yang se quedó quieto. Nunca le había contado la verdad completa. Solo había dicho que tenía buena vista y que el monte le hablaba a quien supiera observar.

—A veces veo cosas que otros no ven.

—¿Como qué?

—Como una trampa mal hecha. Una planta venenosa. Un hombre que está a punto de mentir.

—¿Y yo? ¿Qué ves cuando me miras?

Yang tardó en responder.

—A alguien que ya no necesita que la salven.

Anju sonrió apenas.

—Eso no responde la pregunta.

—Veo a la mujer que me dio una segunda oportunidad sin prometerme nada.

Ella bajó la mirada. Durante un largo momento solo se oyó el viento entre los boniatos.

—No estoy lista para casarme —dijo.

—No te lo he pedido.

—Pero si algún día lo hago, no será para pagar una deuda ni para que tu familia tenga una boca menos.

—Lo sé.

—Y si vuelves a apostar, me iré sin discutir.

—También lo sé.

Anju tomó una cuerda de la cerca y se la tendió.

—Entonces termina de arreglarla. La maestra Sun vendrá mañana y quiero que vea que en esta casa ya no se cae todo con el primer viento.

Yang tomó la cuerda. No la tocó a ella. Ya había aprendido que querer a alguien no daba derecho a sujetarlo.

Aquel invierno, la familia no pasó hambre. La cosecha de boniatos pagó las semillas y las hierbas de Luo permitieron que el pequeño puesto comenzara a funcionar. Guo dejó de esconder el tabaco y Meilan estrenó un abrigo cosido por Anju.

La casa seguía siendo pobre, pero dejó de ser un lugar gobernado por el miedo.

Una tarde de lluvia, años después, Yang encontró un hormiguero junto al camino. El agua comenzaba a acumularse alrededor y las hormigas corrían desesperadas. Se arrodilló, cavó una zanja y desvió el barro hacia el arroyo.

Anju, que ahora era su esposa por elección y no por obligación, se quedó mirándolo desde el sendero.

—¿Otra vez salvando hormigas?

—Esta vez no espero que me paguen.

Una hormiga salió del hormiguero y se detuvo sobre su mano. Yang sintió un leve ardor en el ojo, pero no apartó la mirada.

No recibió otro regalo. No necesitaba uno.

Había pasado demasiado tiempo buscando una señal que le dijera dónde encontrar la vida, cuando lo que realmente debía aprender era qué hacer con ella después de encontrarla. Y mientras la lluvia caía alrededor de la pequeña zanja, Chen Yang entendió que algunas segundas oportunidades no llegan para borrar el pasado, sino para obligarnos a vivir de manera distinta cada día.

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