—Tres taeles de plata. Ni una moneda menos.
Su Xiao Yu permaneció de pie sobre la tarima del mercado, con las manos atadas y la arena húmeda pegada a los tobillos. A su alrededor, los desterrados discutían como si ella fuera una cesta de pescado: demasiado delgada, demasiado pálida, demasiado poco útil para durar un invierno en Kangzhou.
El hombre que había prometido protegerla ni siquiera se atrevió a mirarla.
—¿Me has vendido a un traficante? —preguntó ella.
Lu Wenzao levantó la barbilla. Detrás de él estaban su madre, su hermano menor y la joven que llevaba semanas ocupando su lugar en la casa. La muchacha sostenía un abanico nuevo, aunque todos los demás temblaban por el viento del mar.
—Yo, Lu Wenzao, nunca te consideré mi esposa —dijo él—. Si no te vendemos, ¿cómo va a sobrevivir nuestra familia cuando lleguemos a la isla?
Su Xiao Yu sintió que algo se quebraba dentro de ella, pero no lloró. Había aprendido que las lágrimas, en un lugar como aquel, solo servían para que los demás subieran el precio.
—Hoy me abandonas —dijo con voz firme—, pero algún día volverás de rodillas para suplicarme que regrese.
Lu Wenzao soltó una risa seca.
—Sigue soñando. Más te vale pensar qué harás si algún viudo de ochenta años se encapricha de ti.
El funcionario golpeó la mesa con una vara.
—¡La siguiente oferta!
Su Xiao Yu miró hacia el mar. Las olas golpeaban las rocas negras y dejaban al descubierto, durante un instante, diminutos agujeros en la arena. Nadie allí sabía que ella podía encontrar lo que se escondía bajo la costa. Nadie sabía que, cuando su familia fue desterrada años atrás a una isla deshabitada, aquel secreto había sido lo único que evitó que murieran de hambre.
Tampoco sabía nadie que Lu Wenzao había vendido más que su nombre.
Había vendido la última posibilidad de que ella sobreviviera.
Su Xiao Yu observó a los compradores. Uno tenía los dientes podridos y olía a licor. Otro llevaba un collar de hueso y no dejaba de mirar sus muñecas. Un tercero, un anciano encorvado, ya había contado las monedas sobre la mesa.
Entonces vio al hombre de la chaqueta gris.
Estaba apartado de la multitud, con los brazos cruzados y el rostro endurecido por el viento. Tenía los hombros anchos, las manos llenas de callos y una cicatriz que le cruzaba la ceja. No la miraba como se mira una mercancía. Parecía estar calculando cuánto tiempo faltaba para que alguien empezara una pelea.
A su lado había un muchacho de unos dieciséis años, demasiado delgado para cargar el saco que llevaba al hombro.
—Oiga, el de la chaqueta gris —gritó Su Xiao Yu—. ¿Quiere una esposa?
El muchacho abrió los ojos. El hombre tardó en responder.
—¿Te han desterrado desde la capital?
—Sí. Y necesito un lugar donde pasar la noche.
—Tengo una madre y un hermano menor. Hacemos trabajos forzados. En casa no hay suficiente comida.
—No me asusta la pobreza.
—Debería asustarte.
Su Xiao Yu sostuvo su mirada.
—Si me acepta, le prometo que no viviré a costa de su familia.
El funcionario se impacientó.
—Muchacha, decide. El anciano ofrece tres taeles.
El hombre de gris miró las monedas, después a ella.
—No puedo pagar tres.
—¿Cuánto puede pagar?
—Un tael y medio.
La gente comenzó a reírse. La familia de Lu Wenzao también. Su Xiao Yu, en cambio, sintió un alivio inesperado. Un hombre sin dinero era menos peligroso que un hombre con dinero y malas intenciones.
—Me quedo con él.
—¿Estás loca? —protestó Lu Wenzao—. Con esa familia morirás en una semana.
Su Xiao Yu se volvió hacia él.
—Entonces será una semana más de la que habría vivido contigo.
El hombre de gris se acercó al funcionario y dejó las monedas sobre la mesa. El funcionario tomó su mano, revisó los callos y frunció el ceño.
—Shen Yuan, antiguo centurión de la guarnición naval de Kangzhou. ¿Aún tienes dinero para jugar a ser esposo?
—No estoy jugando.
—Tu rango ya no significa nada.
—Lo sé.
—Ahora solo eres un condenado.
Shen Yuan no bajó la mirada.
—Y ella también. Déle el documento.
Antes de que Su Xiao Yu pudiera reaccionar, él tomó su mano y la levantó frente a todos.
—La he elegido como mi esposa. Desde hoy forma parte de la familia Shen.
El murmullo del mercado se apagó de golpe. El muchacho que lo acompañaba soltó el saco y sonrió.
—Hermano, mamá lloraba a escondidas porque pensaba que nunca encontrarías esposa.
—Yuan Che.
—¿Qué? Si la señorita Su se queda, quizá deje de llorar.
Shen Yuan le lanzó una mirada severa, pero por primera vez Su Xiao Yu vio algo distinto a la dureza en su rostro: vergüenza. No vergüenza de ella, sino de no poder ofrecerle más que una casa vacía y una familia hambrienta.
—No tienes que agradecerme —le dijo mientras abandonaban el mercado—. Si cambias de opinión, nadie te obligará a quedarte.
—No pienso irme.
—Todavía no has visto la casa.
—He visto a los hombres que querían comprarme. Su casa no puede ser peor.
Shen Yuan guardó silencio.
La familia Shen vivía al borde de una aldea de pescadores, en una construcción de madera inclinada hacia el mar. El techo tenía tres agujeros cubiertos con trapos. En el interior solo había una mesa, dos bancos y un fogón apagado. En una esquina descansaba una lanza rota, envuelta en tela.
La madre de Shen Yuan, Shen Lan, salió a recibirlos con el rostro pálido.
—Yuan, ¿quién es ella?
—Su Xiao Yu. Es mi esposa.
La mujer miró primero a su hijo y después a la joven. No parecía enfadada; parecía aterrada.
—Hijo, apenas tenemos arroz para mañana.
—Lo sé.
—¿Y ahora debemos alimentar a otra persona?
Su Xiao Yu dejó en el suelo el pequeño hatillo que llevaba.
—No he venido para que me alimenten. Sé buscar comida en la costa.
Yuan Che soltó una carcajada.
—Los pescadores de Kangzhou llevan diez años recorriendo esas rocas y regresan con las manos vacías.
—Entonces no saben mirar.
Shen Lan quiso responder, pero tosió. Su tos era profunda y áspera. Shen Yuan apartó la vista con una expresión de impotencia que Su Xiao Yu reconoció: la de un hombre que había gastado todas sus fuerzas intentando salvar a alguien y aun así seguía perdiéndola.
Aquella noche prepararon una sopa con tres peces pequeños y un puñado de algas. Su Xiao Yu apenas probó la primera cucharada. No porque despreciara la comida, sino porque era evidente que aquel caldo no alcanzaba para cuatro personas.
—Mañana iré a la costa —dijo.
—Mañana trabajaré en los almacenes —respondió Shen Yuan—. Tú te quedarás aquí.
—No.
—No conoces las corrientes.
—Conozco el hambre.
Él apretó la mandíbula.
—No permitiré que te ahogues por demostrar algo.
—Tampoco permitiré que tu madre se acueste con el estómago vacío mientras yo finjo ser una esposa inútil.
Yuan Che bajó la cuchara. Shen Lan observó a la joven durante un largo momento.
—¿Qué sabes hacer exactamente?
Su Xiao Yu sacó de su cabello una aguja de madera y la clavó en la arena que había quedado pegada a sus zapatos. Después cerró los ojos.
Desde niña podía sentir el movimiento de las criaturas bajo la tierra húmeda. No era magia, aunque quienes la veían usarlo solían llamarlo así. Su madre le había explicado que tenía un oído especial para las vibraciones y una sensibilidad poco común en los dedos. Con el tiempo, sus uñas se habían vuelto fuertes y curvas, capaces de seguir túneles diminutos sin romperlos.
En la isla donde habían sido desterrados, aquel don había alimentado a toda su familia.
También había provocado su desgracia.
Cuando Lu Wenzao la vio atravesar con el cabello una red llena de centollos, empezó a llamarla mujer de mal agüero. Cuando ella encontraba navajas donde ningún pescador había buscado, él decía que hablaba con los muertos. Y cuando las autoridades ofrecieron una recompensa por denunciar a quienes recogían mariscos en una zona reservada para los comerciantes de la capital, Lu Wenzao entregó su nombre antes de que ella pudiera escapar.
Ahora el mismo hombre la había vendido para pagar el viaje de su familia.
—No quiero que vuelvas a mencionar la palabra esposa —le dijo Su Xiao Yu a Shen Yuan aquella noche—. Solo necesito protección hasta que pueda valerme por mí misma.
—Ya te la di.
—Una firma no es protección.
Shen Yuan levantó los ojos.
—Mi palabra sí.
Ella estuvo a punto de reírse. En su vida, las palabras de los hombres siempre habían sido lo primero que se perdía cuando llegaban las dificultades.
Aun así, asintió.
Antes del amanecer, se dirigió sola a la playa. La marea había bajado y la arena relucía bajo la luz gris. Caminó hasta una zona donde las rocas formaban una media luna y clavó los dedos en el suelo.
Una vibración leve le recorrió las manos.
Su cabello se agitó aunque no soplaba viento. Lo soltó sobre la arena y, como si obedeciera una corriente invisible, varios mechones se estiraron hacia un grupo de rocas. Su Xiao Yu tiró con fuerza.
Un centollo enorme salió disparado de entre las algas y cayó dentro del cubo. Después otro. Y otro más.
Cuando terminó, había llenado dos cubos con centollos, navajas, almejas y camarones. También encontró un pez atrapado entre las rocas, vivo y plateado.
Un pescador que la había seguido desde lejos se quedó inmóvil.
—¿Qué clase de truco es ese?
—El mismo truco que ustedes podrían aprender si dejaran de mirar el agua y observaran la arena.
La noticia se extendió por la aldea antes de que ella regresara. Algunos la llamaron bruja. Otros quisieron comprarle el secreto. El dueño de la taberna le ofreció trabajo, pero Su Xiao Yu se negó: sabía que un secreto vendido una vez dejaba de pertenecerle.
Shen Yuan tampoco recibió la noticia con alegría. Cuando vio los cubos, su primer impulso fue arrojarlos al suelo.
—¿Quién te siguió?
—Nadie.
—Te vieron usarlo.
—También vieron que mi familia comerá hoy.
—No sabes quién puede enterarse.
—Ya se enteraron.
Shen Yuan tomó uno de los centollos. Sus dedos temblaron apenas.
—En la guarnición se castigaba a los pescadores que entraban en las zonas reservadas. Los comerciantes tienen guardias y permisos comprados. Si creen que puedes encontrar marisco donde ellos no, intentarán obligarte a trabajar para ellos.
—Entonces no trabajaré para ellos.
—Y si te obligan?
Su Xiao Yu le quitó el centollo de las manos.
—¿No eras tú quien prometió protegerme?
Aquella fue la primera vez que Shen Yuan sonrió. Fue una sonrisa breve, casi escondida, pero bastó para que la casa pareciera menos fría.
Durante los días siguientes, Su Xiao Yu enseñó a Yuan Che a distinguir los agujeros frescos de los antiguos. No le mostró todo. Le explicó que el mar tenía sus propias reglas: si se recogía demasiado en un mismo lugar, la costa quedaba vacía durante meses.
Yuan Che aprendía rápido. Shen Lan, mientras limpiaba los mariscos, dejó de mirarla con desconfianza. Incluso Shen Yuan comenzó a regresar antes de los almacenes para ayudar a cargar los cubos.
Con las primeras ganancias compraron arroz, aceite y medicinas para la tos de Shen Lan. Su Xiao Yu guardó la mitad del dinero en una caja de madera que llevaba consigo desde la isla.
—¿Para qué ahorras? —preguntó Yuan Che.
—Para que nadie vuelva a decidir mi precio.
El muchacho no entendió del todo, pero dejó de hacer preguntas.
La calma duró nueve días.
La mañana del décimo, dos hombres llegaron a la casa con capas azules y brazaletes de cobre. Detrás de ellos venía un comerciante llamado Guo Han, un hombre ancho con un anillo de jade en cada dedo.
—La costa oriental pertenece a la Compañía del Estuario —anunció—. Todo lo que se extraiga allí debe entregarse a nosotros.
—La costa no pertenece a nadie —dijo Su Xiao Yu.
Guo Han sonrió.
—Eso lo decidirán los funcionarios, no una desterrada.
Shen Yuan se interpuso entre ambos.
—Muéstrame el permiso.
Guo Han sacó un documento doblado. La tinta parecía reciente y el sello estaba borroso.
Shen Yuan lo examinó sin tocarlo.
—Este decreto tiene la fecha de hace tres años. La compañía se fundó el invierno pasado.
La sonrisa del comerciante desapareció.
—Un soldado caído en desgracia no está en posición de cuestionar documentos oficiales.
—Entonces llévalos ante el magistrado.
—Lo haré. Y también informaré de que tu esposa utiliza artes prohibidas para saquear el litoral.
Esa tarde, los guardias confiscaron los cubos y se llevaron a Su Xiao Yu para interrogarla. Shen Yuan intentó seguirla, pero lo golpearon con el mango de una lanza. Ella quiso regresar, pero él la detuvo desde el suelo.
—No pelees aquí. Eso es lo que quieren.
En el almacén de la compañía, Guo Han dejó sobre la mesa una hoja de papel.
—Firma un contrato. Trabajarás para mí durante tres años. Recibirás comida y un techo.
—¿Y cuánto ganaré?
—Lo suficiente para no morir.
—Eso no es un salario.
—Para alguien como tú, sí.
Su Xiao Yu observó la hoja. El papel era bueno, pero el borde estaba manchado de tinta roja. El mismo tipo de mancha que había visto en el documento de expulsión de su familia.
—¿Quién redactó esto?
—No importa.
—Sí importa. El escribano que hizo la denuncia contra mi familia usaba tinta mezclada con polvo de cinabrio. Deja una marca oscura en el borde cuando se seca.
Guo Han se quedó quieto.
Su Xiao Yu recordó el rostro del escribano. Recordó también que, mientras ella y Lu Wenzao esperaban el castigo, él había entrado dos veces en la oficina del funcionario. En aquel momento creyó que intentaba conseguir una reducción de la condena. Ahora comprendía que había estado negociando.
—Tú sabes leer —dijo Guo Han.
—Lo suficiente para saber cuándo intentan venderme otra vez.
Él golpeó la mesa.
—Tu marido ya te vendió. No tienes a quién acudir.
—No necesito acudir a él.
Guo Han le dio una bofetada. Su Xiao Yu cayó contra la pared, pero no soltó la mirada.
—Hazlo otra vez —dijo—. Así quedará una marca que todos podrán ver.
El comerciante levantó la mano, pero se detuvo. Las heridas visibles eran un problema cuando se quería fingir que un contrato era voluntario.
Esa noche, Shen Yuan consiguió sacarla con la ayuda de un antiguo compañero de la guarnición. El hombre se llamaba Qiao Ming y ahora trabajaba como vigilante del muelle.
—No puedo ayudarte otra vez —advirtió Qiao Ming—. Guo Han tiene comprados a casi todos los funcionarios.
—No necesito que me ayudes a escapar —respondió Su Xiao Yu—. Necesito saber qué está escondiendo.
Qiao Ming la miró con interés.
—¿Qué te hace pensar que esconde algo?
—Si solo quisiera mi trabajo, habría insistido en el contrato. Lo que quiere es que nadie más encuentre los bancos de mariscos.
Shen Yuan asintió lentamente.
—La costa oriental no es rica por casualidad. Durante mi servicio, los mapas navales mostraban una corriente cálida que pasaba por debajo de esas rocas. Los peces desovan allí en primavera.
—Entonces Guo Han está intentando apropiarse de toda la zona —dijo Su Xiao Yu—. No solo de lo que yo pueda recoger.
Durante los días siguientes, los tres comenzaron a investigar. Su Xiao Yu marcaba en un trozo de tela los lugares donde encontraba vida marina. Shen Yuan comparaba sus marcas con antiguos mapas de la guarnición. Qiao Ming buscaba registros del puerto.
Descubrieron que Guo Han había comprado permisos falsos para cerrar tres playas y que, en los meses anteriores, había enviado barcos cargados de mariscos hacia la capital. Pero faltaba una prueba que relacionara al comerciante con la denuncia original contra la familia de Su Xiao Yu.
La encontraron en un lugar inesperado.
Una tarde, Lu Wenzao apareció en la casa de los Shen.
Vestía ropa nueva y llevaba una bolsa de monedas en el cinturón. Detrás de él caminaba la joven que lo había acompañado al mercado. Ahora llevaba un collar de perlas.
Shen Yuan salió al umbral con la lanza rota en la mano.
—No eres bienvenido.
Lu Wenzao no le prestó atención. Miró a Su Xiao Yu.
—He venido a hablar con mi esposa.
—Tu esposa murió el día que la vendiste —respondió ella.
La joven se adelantó.
—No seas ridícula. Wenzao solo hizo lo necesario para mantener a su familia. Si regresas con nosotros, aún podemos arreglar las cosas.
Su Xiao Yu soltó una risa sin alegría.
—¿Regresar a qué? ¿A compartir una casa con la mujer que compraste con mi dinero?
El rostro de Lu Wenzao se endureció.
—No sabes lo que dices.
—Sé que el precio fueron tres taeles. Sé que aceptaste un contrato de trabajo en Kangzhou. Y sé que recibiste una parte de las ganancias de la Compañía del Estuario.
Por primera vez, él perdió el control.
—¡No tenías derecho a revisar mis asuntos!
El silencio que siguió fue suficiente.
Shen Yuan dio un paso adelante.
—¿Qué relación tienes con Guo Han?
—Ninguna.
—Acabas de decir que ella no tenía derecho a revisar tus asuntos.
Lu Wenzao miró hacia la carretera. La joven dejó de sonreír.
Su Xiao Yu comprendió que no había venido a recuperarla. Había venido a comprobar cuánto sabía.
—¿Fuiste tú quien entregó los mapas de la isla? —preguntó.
Lu Wenzao palideció.
Años atrás, cuando la familia de Su Xiao Yu fue desterrada, las autoridades habían declarado que la isla escondía una ruta ilegal de contrabando. Nadie entendió cómo habían localizado exactamente el campamento de los desterrados. Lu Wenzao siempre había asegurado que el aviso provenía de un pescador desconocido.
Pero él era la única persona que conocía los lugares donde Su Xiao Yu encontraba comida. Él había dibujado sus marcas en un cuaderno para venderlas a comerciantes de la capital.
—Solo entregué información —murmuró—. No sabía que los expulsarían.
—Sabías que nos quitarían la casa.
—¡Yo también perdí todo!
—No. Tú ganaste un puesto, una esposa nueva y una bolsa de monedas.
La joven junto a él bajó los ojos.
—Wenzao me dijo que la denuncia era por contrabando. Me dijo que Su Xiao Yu se había inventado lo del marisco para parecer útil.
Él se volvió hacia ella.
—Cállate.
La muchacha retrocedió. En ese instante comprendió que había sido otra pieza en el mismo trato.
Lu Wenzao sacó un pequeño cuaderno de su ropa.
—No tienes pruebas.
Su Xiao Yu miró el cuaderno. Reconoció el cordón azul que ella misma había cosido en la cubierta meses atrás.
—Tú siempre llevabas ese cuaderno en el bolsillo izquierdo.
—No contiene nada importante.
—Entonces no te molestará que lo vea el magistrado.
Lu Wenzao se lanzó hacia ella, pero Shen Yuan lo derribó de un golpe. No lo golpeó de nuevo. Le arrancó el cuaderno y lo entregó a Qiao Ming.
Dentro había mapas, cantidades, fechas y nombres. También había un recibo firmado por Guo Han. En él se mencionaba el pago de cinco taeles por los mapas de la costa y por la denuncia contra los desterrados.
La suma era mayor que el dinero por el que Lu Wenzao había vendido a Su Xiao Yu.
Aquello no era solo una traición de un marido. Era el negocio que había mantenido a flote a varias familias mientras otras morían de hambre.
Lu Wenzao fue detenido antes de que anocheciera. Guo Han intentó negar el contrato, pero la tinta, los recibos y los registros del puerto comenzaron a encajar. Qiao Ming consiguió además que un escribano reconociera el sello falso de la compañía.
Aun así, el magistrado no podía cerrar el caso con una sola declaración. La familia Shen tuvo que entregar los mapas, explicar cómo se habían obtenido y esperar semanas para que revisaran los documentos.
Durante ese tiempo, Guo Han utilizó sus últimas influencias para bloquear la venta de mariscos de Su Xiao Yu. Los comerciantes de la aldea temían perder sus permisos. Algunos vecinos dejaron de saludarla. Otros murmuraban que había provocado todos los problemas por no aceptar el destino que le correspondía.
Shen Lan fue la única que respondió por ella.
—El destino no llena una olla —dijo una mañana, mientras limpiaba pescado—. Su Xiao Yu sí.
La enfermedad de la mujer empeoró con la humedad. Su Xiao Yu vendió parte de sus ahorros para llevarla a un médico en la ciudad. Shen Yuan protestó, pero ella le puso las monedas en la mano.
—Esto no es caridad. Es mi familia.
—No tienes que llamarnos así.
—Entonces dime qué somos.
Shen Yuan la miró durante un largo rato.
—La primera persona que se quedó cuando vio lo poco que teníamos.
Su Xiao Yu apartó la mirada. No estaba preparada para una promesa. Las promesas habían sido las armas favoritas de Lu Wenzao.
Pero Shen Yuan nunca le pidió que confiara de golpe. Le dejaba espacio. Le preguntaba antes de tocarla. Cuando regresaba del trabajo, colocaba la lanza rota junto a la puerta y reparaba una tabla del techo, como si cada pequeño arreglo fuera una forma de decir que pensaba permanecer allí.
La audiencia se celebró al comienzo de la primavera.
Guo Han llegó acompañado de dos abogados y tres funcionarios. Lu Wenzao llegó con las manos atadas. Ya no llevaba ropa nueva. La joven de las perlas no apareció.
Su Xiao Yu presentó sus mapas, pero el magistrado le hizo una pregunta difícil:
—¿Cómo puede asegurar que esas marcas son exactas?
Ella colocó sobre la mesa tres conchas perforadas.
—Porque las recogí en la misma zona durante nueve días. La primera tiene una línea blanca que solo aparece cuando la corriente cambia. La segunda lleva arena volcánica de la grieta norte. La tercera tiene restos de una planta que crece bajo el acantilado. No les pido que crean en mi palabra. Pueden enviar a sus propios pescadores.
El magistrado lo hizo.
Dos días después, los pescadores regresaron con los barcos llenos.
La costa oriental no pertenecía a Guo Han. Nunca había pertenecido a la compañía. Los documentos falsos habían servido para cerrar el paso a los habitantes mientras los barcos del comerciante agotaban los bancos y vendían la captura a un precio multiplicado.
El tribunal anuló los permisos, ordenó devolver una parte de las ganancias a la comunidad y abrió una investigación contra los funcionarios que habían firmado los papeles. Guo Han perdió sus almacenes y fue condenado por falsificación y explotación de los desterrados. No perdió todo de inmediato; algunas propiedades quedaron pendientes de revisión, y varias familias tardaron meses en recibir compensación.
Lu Wenzao admitió haber vendido los mapas y haber presentado la denuncia. Intentó alegar que lo había hecho para salvar a su madre y a su hermano, pero el tribunal encontró pruebas de que había recibido dinero adicional y de que había ocultado esa parte a su familia.
Su condena fue menor que la de Guo Han, pero suficiente para enviarlo a trabajar en las salinas durante varios años.
Antes de partir, pidió ver a Su Xiao Yu.
Ella aceptó solo porque quería cerrar aquella puerta con sus propios ojos.
Se encontraron fuera del edificio del tribunal. Lu Wenzao parecía más viejo, aunque apenas habían pasado unos meses.
—La muchacha me abandonó —dijo él—. Mi familia también.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Tú dijiste que volvería de rodillas.
—No confundas mi predicción con una invitación.
Él cayó de rodillas sobre el polvo.
—Regresa conmigo. Cuando cumpla mi condena, podemos empezar de nuevo.
Su Xiao Yu miró sus manos. Antes había pensado que aquel momento le daría satisfacción. Sin embargo, solo sintió cansancio.
—No quiero que regreses de rodillas —dijo—. Quería que entendieras lo que habías hecho antes de obligarme a sobrevivir sola.
—Yo no sabía cómo protegerte.
—No. Sabías exactamente cómo usarme.
Lu Wenzao bajó la cabeza.
Su Xiao Yu dio media vuelta. No necesitaba que él sufriera para recuperar su dignidad. La dignidad no era una moneda que pudiera devolverse después de una disculpa.
Con la compensación, la aldea reparó el muelle y creó una cooperativa de pescadores. Su Xiao Yu propuso límites para cada banco de mariscos y un calendario de descanso para que la costa no quedara vacía. Al principio los hombres se rieron de ella. Después de dos temporadas, fueron ellos quienes acudieron a pedirle consejo.
Nunca vendió su secreto completo. Enseñó a observar las mareas, a leer la arena y a respetar los ciclos del mar, pero guardó para sí la extraña sensibilidad que le permitía encontrar vida bajo las rocas.
Yuan Che se convirtió en su ayudante. Con lo que ganó, volvió a estudiar y comenzó a llevar los registros de la cooperativa. Shen Lan mejoró con el tratamiento, aunque la tos nunca desapareció del todo.
Shen Yuan recibió una oferta para regresar a la guarnición naval. Su antiguo rango podía ser restaurado si aceptaba servir lejos de Kangzhou.
Cuando se lo contó a Su Xiao Yu, ella no le pidió que se quedara.
—Debes ir —dijo—. Esa parte de tu vida te pertenece.
—¿Y tú?
—Yo tengo trabajo. Tengo una casa. Tengo una familia que no me compró.
Shen Yuan sonrió con tristeza.
—No quiero irme de esa familia.
—Entonces no te vayas.
—No puedo saber si me quedo porque me necesitas o porque me quieres.
Su Xiao Yu tardó en contestar. Había pasado demasiado tiempo sobreviviendo para reconocer fácilmente algo que no fuera miedo.
—Al principio me quedé porque necesitaba un techo. Después me quedé porque tu madre compartió conmigo su último cuenco de arroz. Luego me quedé porque Yuan Che aprendió a distinguir las huellas de las navajas y porque tú nunca intentaste decidir por mí.
Shen Yuan no se movió.
—¿Y ahora?
Ella tomó su mano. Sus dedos encontraron los callos que había visto el día del mercado.
—Ahora me quedo porque quiero.
No celebraron con una gran boda. No tenían dinero para banquetes y Su Xiao Yu no deseaba que nadie volviera a convertir su vida en un contrato frente a una multitud. Shen Yuan solo reparó la puerta de la casa y colocó sobre ella una placa sencilla con el nombre de ambos.
Pasó un año antes de que la familia pudiera comprar una barca. No fue una barca grande ni nueva. Tenía un costado remendado y una vela descolorida, pero pertenecía a ellos.
La primera mañana que salieron juntos, el mar estaba tranquilo. Yuan Che manejaba el remo, Shen Yuan vigilaba la corriente y Su Xiao Yu se arrodilló en la proa.
Clavó los dedos en la arena del fondo, sintió el movimiento diminuto de las criaturas y señaló hacia una zona de agua clara.
—Allí.
Shen Yuan sonrió.
—¿Estás segura?
—No. Pero tengo muy buen ojo.
Él soltó una carcajada, recordando el mercado donde ella lo había elegido entre hombres que la miraban como una mercancía.
Al final del día, la barca regresó llena. No de una fortuna capaz de comprar una familia nueva, sino de comida suficiente, dinero honrado y la certeza de que nadie volvería a ponerle precio a su vida.
Su Xiao Yu guardó las primeras monedas en la vieja caja de madera. En vez de cerrar la tapa, dejó dentro una pequeña concha blanca.
Años después, cuando alguien le preguntaba cómo había logrado sobrevivir en Kangzhou, ella no hablaba de sus uñas ni de la corriente escondida bajo las rocas. Señalaba la puerta reparada, la mesa donde siempre había un plato para uno más y la caja que nunca volvía a estar vacía.
El mar seguía ocultando sus tesoros bajo la arena.
Pero Su Xiao Yu ya no necesitaba demostrarle a nadie cuánto valía.