—Si no firmas hoy, tu hermanastra ocupará tu lugar y tú acabarás enterrada junto a tu madre.
La señora Jiang dejó el contrato sobre la mesa y empujó un tintero hacia Su Kan. Afuera, los músicos ensayaban la marcha nupcial para la boda de Suyali; adentro, todos esperaban que Kan bajara la cabeza y aceptara convertirse en la esposa de un hombre al que el imperio entero creía medio muerto.
Su Kan no miró el contrato. Miró los trescientos taeles de plata que su madrastra había puesto junto a él, como si fueran el precio de una esclava.
—Dijiste que la familia Su recibiría mil.
—La familia recibirá trescientos. Es más de lo que vales.
PARTE 2
Suyali, vestida con seda roja, permanecía detrás de su madre. Tenía los ojos húmedos, pero no por vergüenza. Sonreía con alivio.
El general Lu Shandong había perdido ambas piernas en una batalla en la frontera. Después de la derrota, el clan Lu lo había enviado a la aldea Taohua, una zona montañosa donde apenas crecían el mijo y las malas hierbas. Según los rumores, vivía en una casa en ruinas con tres niños, sin tierras, sin criados y sin dinero. Nadie quería acercarse a él.
Mucho menos una novia.
—No iré —dijo Kan.
La sonrisa de Suyali desapareció.
La señora Jiang se levantó de golpe.
—¿Qué dijiste?
—Que no iré.
—Entonces devolveremos el dinero y diremos que te negaste. El administrador del señor magistrado ya sabe que eres una mujer rebelde. Nadie se casará contigo después de eso.
Kan apretó los dedos bajo la manga. Durante años, la señora Jiang había mezclado pequeñas dosis de una hierba venenosa en sus sopas. No era suficiente para matarla de inmediato, pero sí para hincharle el cuerpo, debilitarle los pulmones y hacer que todos la llamaran perezosa y grotesca. Mientras Kan apenas podía subir las escaleras, Suyali se llevaba los mejores vestidos, la comida más nutritiva y las alabanzas de la familia.
La madrastra había creído que el veneno convertiría a Kan en una criatura dócil. No sabía que, tres días antes, algo había cambiado.
Kan había ido al río para lavarse antes de la boda de su hermanastra. En el agua oscura encontró un zorrito atrapado entre raíces y piedras. El animal tenía el pelaje plateado, una pata herida y unos ojos demasiado inteligentes. Kan lo liberó sin pedir nada a cambio.
El zorro se acercó después a la orilla y escupió una perla blanca en la palma de su mano.
Kan, creyendo que era una joya, se la tragó.
La perla se atascó en su garganta. Tosió hasta que le dolieron las costillas, y entonces la esfera se deshizo en una corriente tibia que recorrió todo su cuerpo. Cuando levantó la mano, una roca enorme al otro lado del río se partió con un estruendo.
El zorrito apoyó el hocico junto a su oído.
—Mañana aceptarás casarte en lugar de tu hermana. No temas. El hombre que parece haberlo perdido todo será quien te ayude a recuperar lo que te pertenece.
Kan no se lo contó a nadie. Ni siquiera sabía si había sido real. Pero esa noche, por primera vez en años, durmió sin fiebre y despertó con una fuerza desconocida en los brazos.
Por eso, cuando la señora Jiang volvió a amenazarla, Kan tomó el pincel.
—Me casaré con Lu Shandong —dijo—, pero quiero que me entregues los trescientos taeles antes de partir.
—¡Maldita niña! Por fin haces algo sensato.
—Y quiero llevarme mis pertenencias.
—Puedes llevarte lo que quieras. En Taohua no tendrás dónde gastar nada.
Kan sonrió apenas.
—Eso lo veremos.
Con los trescientos taeles compró harina fina, sal, aceite, telas, agujas, hilo, jabón y varias hierbas medicinales. También llenó dos sacos con frijoles secos y escondió en el fondo de su equipaje los libros de cuentas de su padre, que la señora Jiang llevaba años buscando.
No eran simples papeles. En ellos aparecían los pagos hechos por el clan Lu a la familia Su cinco años atrás, cuando Lu Shandong todavía era un general famoso. El compromiso original no había sido una limosna: era una alianza entre dos familias. Después de la derrota del general, la señora Jiang había convertido aquel acuerdo en una venta.
Kan no sabía aún por qué el clan Lu había abandonado a su propio hijo. Pero sabía que una familia capaz de pagar mil taeles para deshacerse de una novia no estaba actuando por compasión.
El carruaje la dejó a cinco li de Taohua.
—Hasta aquí llego —dijo el conductor, evitando mirarla—. El camino se vuelve peligroso y debo regresar antes de anochecer.
Kan miró los sacos apilados junto a la carretera.
—¿Y quién los descargará?
El hombre se rascó la nuca.
—Señorita, usted pidió que la trajeran. Yo solo acepté transportar a una persona.
Kan tomó el saco más pesado y se lo echó al hombro.
El conductor abrió los ojos. Un momento después, ella había cargado también el segundo.
—Puede irse —dijo—. No necesito que me acompañe.
El hombre observó la montaña con preocupación.
—No conoce el camino. Si ve una bifurcación, tome la de la izquierda. La derecha conduce a un barranco.
—Lo recordaré.
—En Taohua dicen que Lu Shandong da miedo.
—Los hombres que se esfuerzan tanto por parecer monstruos suelen estar intentando ocultar que tienen miedo.
El conductor no supo qué responder.
Kan avanzó por el sendero hasta que un carro cargado de leña apareció detrás de ella. El hombre que lo guiaba llevaba un sombrero viejo y una barba entrecana.
—Suba —le dijo—. Soy de Taohua. El carro va vacío de regreso.
—Puedo caminar.
—Puede, pero anochecerá antes de que llegue. Y esos sacos parecen pesar más que usted.
Kan subió sin discutir.
El hombre se llamaba Zou. Durante el trayecto le contó que Lu Shandong vivía en una casa apartada porque el jefe del clan Lu había prohibido a los aldeanos ayudarlo. También le habló de sus tres hijos: Lu Wenhao, de siete años; Lu Tian, de cinco; y la pequeña Lian, que todavía mamaba cuando su madre murió.
—¿Su esposa murió?
—Hace dos años. Enfermedad del pecho. Desde entonces, el general ha criado solo a los niños. Bueno, todo lo solo que puede criar un hombre sin piernas.
—¿Y nadie del clan lo ayuda?
Zou soltó una risa amarga.
—Van una vez al mes para revisar si sigue vivo. Si muere, se quedarán con la casa y con cualquier medalla que conserve.
Kan miró la montaña.
—Entonces será mejor que no muera.
Cuando llegó a la casa, el sol ya se ocultaba detrás de los árboles. Una valla torcida rodeaba un patio lleno de maleza. El tejado tenía dos agujeros y de una ventana colgaba una manta en lugar de una cortina.
Zou descargó los sacos y se marchó después de advertirle que no se quedara en el patio tras oscurecer.
Kan llamó a la puerta.
Nadie respondió.
Llamó de nuevo.
—Soy Su Kan, la hermana mayor de Suyali. Ella no quiso casarse con Lu Shandong, así que me enviaron en su lugar.
Desde el interior se oyó el ruido de una silla arrastrándose.
—Vete.
La voz era grave, pero cansada.
Kan abrió la puerta.
El hombre junto a la ventana tenía el torso erguido y una espada apoyada al alcance de su mano. Desde la cintura hacia abajo, sus piernas estaban cubiertas por una manta. Su rostro era más joven de lo que Kan esperaba, aunque una cicatriz cruzaba su sien y otra desaparecía bajo el cuello de su camisa.
—Me llamo Su Kan. Desde hoy soy tu esposa.
—No te necesito.
—Eso no cambia el hecho de que estoy aquí.
—El clan Su te vendió porque no quisiste obedecerlos. Si te quedas, morirás de hambre conmigo.
—Antes eras un general temido en toda la frontera. Aunque te hayan quitado el mando, sigues siendo quien eres.
—Ahora soy un inválido.
—Ahora tienes una casa sucia, tres niños hambrientos y una esposa que sabe usar una aguja. No veo por qué eso debería convertirte en un cadáver.
Por primera vez, Lu Shandong la miró directamente.
—No sabes nada de mí.
—Y tú no sabes nada de mí. Podemos seguir hablando hasta que anochezca o puedes ayudarme a meter la harina.
Un niño apareció detrás de la puerta.
—Papá, ¿ha venido una cerda enorme?
El silencio fue tan completo que Kan escuchó una gota caer desde el techo.
Shandong cerró los ojos.
—Wenhao.
—Solo dije la verdad.
—Pide disculpas.
—No quiero que sea nuestra madre. Se comerá todos los saltamontes.
Kan dejó el saco en el suelo y se agachó hasta quedar a la altura del niño.
—¿Cuántos saltamontes cazaron?
Wenhao apretó los labios.
—Diecisiete.
—Si me como los diecisiete, mañana tendrás que cazar otros diecisiete. Si comemos solo cinco, podemos guardar doce para venderlos. Con ese dinero compraremos huevos.
El niño frunció el ceño.
—¿Sabes cocinar saltamontes?
—Sé cocinar casi cualquier cosa que no intente morderme.
El pequeño Tian apareció detrás de su hermano, abrazando una olla vacía. Lian lloraba en una cuna hecha con una caja de madera.
Kan no perdió tiempo. Encendió el fuego, calentó agua y limpió la habitación. La suciedad había empeorado las heridas de Shandong. En la parte inferior de su espalda había zonas enrojecidas y abiertas por pasar demasiado tiempo sentado.
—No te muevas —dijo.
—Puedo hacerlo solo.
—Si pudieras, no tendrías esa herida.
Le lavó la piel con agua hervida y preparó una pasta con las hierbas que había comprado. Shandong soportó el dolor sin quejarse, pero sus manos se cerraron sobre la manta.
—¿Dónde aprendiste? —preguntó.
—Mi madre era curandera. La señora Jiang se aseguró de que olvidara casi todo, pero algunas cosas regresan cuando hacen falta.
—¿La señora Jiang es tu madrastra?
—Es la mujer que envenenó mi cuerpo durante ocho años.
Shandong la miró con brusquedad.
Kan continuó trabajando.
—No tienes que compadecerme. La compasión no alimenta a nadie.
—No te compadezco.
—Entonces estamos de acuerdo.
Esa noche preparó gachas con harina y sal. Los niños comieron tan rápido que Shandong tuvo que apartarles las manos de la olla.
—Despacio. Se enfermarán.
—¿Cuándo volveremos a comer así? —preguntó Tian.
Kan revolvió la olla.
—Mañana.
—¿Y pasado mañana?
—Si trabajan conmigo, también.
Wenhao la observó con desconfianza.
—¿Qué quieres que hagamos?
—Mañana revisaremos el patio. Hay tierra fértil junto al pozo. Plantaremos verduras. Tú aprenderás a contar, Tian recogerá leña y tu padre me dirá qué plantas sirven para vender.
—Mi padre no puede caminar.
—No le he pedido que camine.
Shandong no dijo nada, pero aquella noche, cuando Kan se acostó sobre una estera junto a la pared, él permaneció despierto mirando el techo.
A la mañana siguiente, Kan preparó una infusión amarga para limpiar el veneno de su cuerpo. Durante los primeros días tuvo fiebre, sudores y un dolor intenso en las articulaciones. Shandong quiso llamar a Zou, pero ella se negó.
—Es el veneno saliendo.
—También podría ser una enfermedad.
—Si empeoro, me llevarás al médico. Si no, dejarás de mirarme como si fuera a morir cada vez que cierro los ojos.
—No te miro así.
—Lo haces desde que llegué.
—Te miro porque ayer cargaste dos sacos que entre tres hombres apenas podían mover.
Kan sonrió.
—Entonces mira hacia otro lado.
Al séptimo día, la hinchazón de sus manos había disminuido. Al decimocuarto, podía caminar hasta el arroyo sin quedarse sin aire. Comenzó a preparar tinturas con raíces de la montaña y a venderlas a los campesinos. También descubrió que el suelo de Taohua era perfecto para cultivar rábanos, cebollines y hierbas medicinales.
Los niños dejaron de mirarla como una intrusa. Tian se sentaba junto a ella mientras cosía; Lian dejó de llorar cuando Kan la cargaba; y Wenhao, aunque seguía llamándola “señora grandota” cuando quería provocarla, comenzó a esconderle los mejores huevos.
Shandong era más difícil.
Había sido un hombre acostumbrado a dar órdenes y proteger a otros. Ahora dependía de que alguien le acercara el agua, le colocara la manta y lo ayudara a cambiar de posición. Cada gesto de Kan le recordaba lo que había perdido.
Una noche, mientras ella cosía ropa interior de algodón para él, Shandong apartó la mirada.
—No tienes que hacer eso.
—¿Prefieres seguir cubriéndote con una manta?
—No quiero que me veas así.
Kan dejó la aguja sobre la mesa.
—Yo pasé ocho años escuchando que era una mujer inútil porque mi cuerpo estaba enfermo. Tú pasaste dos años creyendo que valías menos porque perdiste las piernas. Si seguimos escondiéndonos de la mirada del otro, la señora Jiang y el clan Lu seguirán viviendo dentro de esta casa.
Shandong bajó los ojos.
—No sabes lo que dices.
—Entonces dime qué debo saber.
Él guardó silencio durante largo rato.
—Mis piernas no fueron destruidas por una flecha enemiga. La noche de la batalla, alguien cambió la señal de retirada. Mis soldados quedaron rodeados. Yo intenté sacarlos y una explosión me aplastó las piernas.
—¿Quién cambió la señal?
—No lo sé. Pero después desaparecieron los informes de la batalla. El comandante que estaba bajo mi mando juró que yo había abandonado a mis hombres. El tribunal militar me creyó porque alguien presentó una orden con mi sello.
—¿Y tu familia?
—Mi padre recibió una carta. Decía que yo había vendido información al enemigo. Desde entonces, el clan me considera una vergüenza.
—¿Tú crees que la carta era falsa?
—Sé que lo era. Mi sello estaba guardado en mi tienda. Solo tres personas tenían acceso a él.
Kan pensó en los libros de cuentas ocultos en su equipaje.
—¿Quiénes?
—Mi ayudante, el capitán Qiao; mi primo Lu Zhen, que administraba los suministros; y el consejero imperial que supervisaba la frontera.
Kan no respondió. Dos noches después, revisó los libros de su padre a la luz de una lámpara. Encontró varias entregas de plata al nombre de Qiao y una serie de pagos al comerciante que abastecía al ejército. Las fechas coincidían con los días previos a la batalla.
Pero faltaba una página.
La hoja arrancada había dejado una marca irregular en el lomo. Kan recordó que la señora Jiang había registrado su habitación la víspera de su partida y que, después, había fingido no saber por qué Kan se llevaba los libros.
A la mañana siguiente, Kan envió a Wenhao a vender hierbas en el mercado con Zou. En la bolsa del niño escondió una nota para el escribano del pueblo, un anciano llamado Ma que había trabajado para su padre.
Ma leyó los libros con las manos temblorosas.
—Tu padre descubrió que la familia Lu desviaba parte de los suministros de la frontera. Si estos registros llegan a la capital, el general podría limpiar su nombre.
—¿Por qué nunca hablaste?
—Porque la señora Jiang vino después de la muerte de tu padre. Me dijo que si entregaba una palabra, tus hermanos menores desaparecerían.
—¿Tenía hermanos?
Ma levantó la mirada.
—Tu padre dejó una carta para ti. No pude entregártela.
El anciano sacó un rollo pequeño escondido bajo una tabla del suelo. La carta estaba manchada y apenas se podía leer.
“Kan: si alguna vez te dicen que tu cuerpo enfermo demuestra que eres débil, no les creas. La debilidad no está en la sangre, sino en quien necesita destruir a otro para sentirse fuerte. Si me ocurre algo, busca el registro del depósito número siete.”
Kan sintió que el aire se le cerraba en el pecho.
El depósito número siete se encontraba en la antigua guarnición, abandonada desde la batalla. Zou conocía el camino, pero advirtió que los hombres del clan Lu vigilaban la zona.
Shandong se negó a que Kan fuera.
—Es demasiado peligroso.
—Por eso iremos de noche.
—No puedes enfrentarte a hombres armados.
—Tú tampoco puedes caminar. Tendremos que compensar nuestras desventajas.
Shandong la miró con irritación.
—No conviertas mi discapacidad en una broma.
—No la convierto en una broma. La convierto en un dato. Tú conoces la guarnición y sabes leer mapas. Yo puedo correr, cargar peso y golpear más fuerte de lo que parezco. Si seguimos contando únicamente lo que no podemos hacer, perderemos antes de empezar.
El general quiso discutir, pero terminó asintiendo.
Fueron con Wenhao y Zou hasta la vieja guarnición. Shandong les indicó un camino oculto entre los pinos y una entrada lateral. Dentro del depósito encontraron cajas vacías, polvo y una pared recientemente reparada.
Kan pasó los dedos por los ladrillos.
—Este muro es nuevo.
Wenhao señaló el suelo.
—Hay huellas de carro.
Detrás de la pared encontraron documentos envueltos en aceite. Había listas de suministros, órdenes con el sello de Shandong y recibos que demostraban que el grano destinado a los soldados había sido vendido en secreto.
También había una carta firmada por Lu Zhen.
“Cuando el general caiga, el consejo no tendrá más opción que quitarle el mando. Su esposa será enviada a la familia Su conforme al acuerdo. Si la muchacha es lo bastante dócil, podrá utilizarse para cerrar los libros de su padre.”
Kan sintió frío.
El matrimonio no había sido una casualidad. La familia Su y el clan Lu habían planeado usarla como una pieza para ocultar el robo.
Pero alguien los había escuchado.
Una flecha se clavó en la madera junto a su cabeza.
—¡Al suelo! —gritó Shandong.
Tres hombres entraron por la puerta. Kan empujó a Wenhao detrás de unas cajas y tomó una barra de hierro. El primero se lanzó contra ella. Kan esquivó el golpe y le clavó el codo en el estómago. El segundo levantó una espada, pero Shandong tiró de una cuerda que había preparado y una pila de cajas cayó sobre sus piernas.
El tercero huyó.
—¡No lo dejes escapar! —dijo Shandong.
Kan corrió detrás de él. El hombre llegó al patio, pero el zorro plateado apareció entre los árboles. El animal mostró los dientes y el fugitivo tropezó como si hubiera chocado contra una pared invisible.
Kan lo alcanzó y le arrancó del cuello una pequeña placa de metal.
Tenía grabado el emblema de la familia Su.
El hombre no dijo nada, pero su miedo confirmó más que cualquier confesión.
De regreso en Taohua, Kan y Shandong entregaron los documentos al escribano Ma. No podían enviarlos directamente al magistrado local, porque el juez era primo de Lu Zhen. Zou viajó a la ciudad vecina y contactó a un funcionario de la oficina militar conocido por haber servido bajo las órdenes de Shandong.
Durante dos semanas esperaron.
La respuesta llegó en forma de soldados.
El clan Lu había acusado a Kan de robar documentos oficiales y secuestrar a un miembro de la familia. El jefe del clan llegó a Taohua con veinte hombres, acompañado por Suyali y la señora Jiang.
La madrastra descendió del carruaje con una sonrisa triunfal.
—Te dije que no avergonzaras a la familia —dijo—. Ahora has robado a tus propios parientes.
Kan salió al patio con una pala en la mano. Ya no tenía el rostro hinchado ni caminaba con dificultad. Había perdido peso, pero no se había vuelto frágil. Tras ella aparecieron Shandong y los niños.
—No robé nada. Recuperé pruebas.
El jefe del clan Lu señaló a Shandong.
—General, entréguenos los documentos. Si coopera, quizá podamos evitar que lo arresten por traición.
Shandong empujó su silla hasta el borde del escalón.
—¿Ahora recuerdas que fui general?
—Usted abandonó a sus soldados.
—Eso es lo que dice el informe firmado con mi sello.
—Y eso basta.
—No. Basta para condenar a un hombre cuando todos tienen miedo de defenderlo. Pero no basta para borrar los recibos de sus pagos.
Kan levantó la placa metálica que había encontrado.
—Uno de sus hombres llevaba esto. ¿Por qué un mercenario contratado por el clan Lu tiene el emblema de la familia Su?
La señora Jiang se quedó inmóvil.
Suyali retrocedió un paso.
—No sé de qué habla.
—Claro que sí. Tú viste los documentos antes de que me obligaran a venir. La página que faltaba la escondiste en tu baúl.
Suyali palideció.
—¡Mientes!
—No. La noche antes de la boda, escuché cómo discutías con tu madre. Dijiste: “Si Kan encuentra la página del depósito, todos estaremos perdidos”.
La señora Jiang abofeteó a su hija.
—¡Cállate!
La bofetada hizo que Suyali se llevara una mano al rostro. Por primera vez, Kan vio que el miedo de su hermanastra no era fingido.
—La página está en la casa de la familia Su —dijo Suyali—. Detrás del altar de mi padre. Mi madre la escondió allí.
—¡Traicionera!
—Tú me obligaste a casarme con un hombre al que no conocía. Cuando Kan aceptó, respiraste tranquila. Siempre dijiste que ella no era una hija, sino una deuda que algún día pagaríamos.
La señora Jiang se abalanzó contra ella, pero Zou la detuvo.
El jefe del clan Lu comprendió que la situación había cambiado. Dio la orden de registrar la casa de Kan, pero el escribano Ma llegó acompañado por los soldados de la oficina militar de la ciudad vecina.
El capitán que los dirigía desmontó y se arrodilló frente a Shandong.
—General, recibimos los documentos y el testimonio de tres antiguos soldados. El depósito número siete también fue revisado. Los registros son auténticos.
El jefe del clan Lu intentó hablar, pero el capitán lo interrumpió.
—Lu Zhen fue detenido esta mañana. El capitán Qiao confesó haber cambiado la señal de retirada después de recibir dinero. No confesó por voluntad propia; encontramos sus cuentas y a los hombres que transportaron el grano. Pero confesó lo suficiente.
Shandong permaneció inmóvil.
Durante dos años había esperado que alguien pronunciara esas palabras. Ahora que por fin las oía, no sintió alivio. Solo un vacío profundo, como si la rabia que lo había mantenido vivo hubiera perdido de repente su propósito.
Kan puso una mano sobre su hombro.
No dijo “todo estará bien”. Sabía que no era cierto. Los muertos no volverían y sus piernas tampoco.
—Puedes llorar —le susurró.
Shandong apretó la mandíbula.
—Un general no llora.
—El hombre que sobrevivió sí puede.
Él bajó la cabeza. No lloró frente a los soldados, pero esa noche, en la oscuridad de la casa, permitió que Kan sostuviera su mano mientras su respiración se quebraba.
Las consecuencias tardaron meses.
Lu Zhen fue juzgado por desviar suministros y falsificar órdenes militares. El capitán Qiao perdió su rango y fue enviado a trabajar en las minas fronterizas. El consejo imperial confirmó que Shandong había sido acusado injustamente, aunque no le devolvió el mando: sus heridas eran permanentes y la guerra había cambiado demasiado.
El clan Lu tuvo que entregar tierras para pagar una compensación a los soldados abandonados. La casa de Shandong dejó de ser un lugar que todos esperaban heredar y se convirtió en la propiedad legal de sus hijos.
La familia Su perdió la protección del magistrado. La señora Jiang fue obligada a devolver el dinero obtenido con los matrimonios arreglados y pasó el resto de su vida bajo la supervisión de un pariente lejano. Suyali no fue encarcelada, porque su participación había sido menor y su testimonio resultó decisivo, pero tuvo que abandonar la ciudad y trabajar para mantenerse.
Antes de marcharse, visitó a Kan en Taohua.
—¿Me odias? —preguntó.
Kan estaba revisando una cesta de rábanos.
—Te odié durante mucho tiempo.
Suyali bajó la mirada.
—Lo siento.
—No basta con decirlo.
—Lo sé.
—Entonces no lo repitas. Haz algo distinto con tu vida.
Suyali asintió, llorando en silencio.
No se abrazaron. Algunas heridas necesitaban distancia para no abrirse de nuevo.
En Taohua, la vida cambió poco a poco. Kan abrió un pequeño negocio de hierbas y alimentos secos. El dinero que ganó permitió reparar el tejado, comprar una silla de ruedas mejor para Shandong y enviar a Wenhao a estudiar con el escribano Ma.
Tian aprendió a cultivar. Lian creció fuerte y desarrolló la costumbre de esconderse en la falda de Kan cada vez que llegaba un visitante.
Shandong también cambió. Al principio se negaba a aceptar ayuda. Después comenzó a enseñar a los jóvenes de la aldea a leer mapas, organizar guardias y reparar trampas. Descubrió que no necesitaba caminar para volver a ser útil.
Una tarde, Kan volvió del mercado y encontró a los tres niños discutiendo junto al pozo.
—Wenhao dice que no eres nuestra madre —protestó Tian—. Dice que eres su esposa.
—Las dos cosas pueden ser verdad —respondió Kan.
Wenhao, ya más alto y menos insolente, cruzó los brazos.
—No dije que no fueras nuestra madre. Dije que eres una madre que pega demasiado fuerte.
—Si sigues hablando, puedo demostrarlo.
El niño sonrió y salió corriendo.
Desde la puerta, Shandong observaba la escena.
—He recibido una carta de la capital —dijo.
Kan se volvió.
—¿Qué quieren?
—Me ofrecen un puesto como instructor de estrategia para los jóvenes oficiales.
—Es una buena oportunidad.
—Está a tres días de distancia.
—También hay una carretera.
—Podrías quedarte aquí con los niños y dirigir el negocio. Yo viajaría algunos meses.
Kan dejó la cesta en el suelo.
—¿Quieres ir?
Shandong tardó en contestar.
—Quiero saber quién soy si no estoy peleando. Pero no quiero volver a decidir solo qué debe sacrificarse.
Kan se acercó a él.
—Entonces esta vez decidiremos juntos.
Shandong la miró con una ternura que todavía le costaba mostrar.
—Cuando llegaste, pensé que eras una mujer enviada para morir conmigo.
—Yo pensé que eras un hombre orgulloso que se negaba a usar una manta limpia.
—Eso sigue siendo cierto.
—Lo sé.
Él tomó su mano.
No fue una promesa grandiosa. Ninguno de los dos necesitaba palabras como “para siempre”. Habían aprendido que las promesas solo valían cuando podían sostenerse durante los días difíciles: al cambiar un vendaje, repartir la comida, enfrentar a una familia poderosa o levantarse después de una noche sin dormir.
Antes de partir a la capital, Shandong llevó a Kan al río donde había comenzado todo. La montaña conservaba la enorme marca que ella había dejado al mover la mano, aunque el musgo ya cubría parte de la piedra.
El zorro plateado apareció entre los arbustos.
Kan se quedó quieta.
—Sabía que volverías —dijo.
El animal la observó y dejó caer una pequeña perla junto a sus pies. Esta vez Kan no la tocó. La guardó en una bolsa de tela y la entregó a Lian como amuleto.
—¿No vas a tragártela? —preguntó Shandong.
—Ya aprendí que no todas las cosas valiosas deben guardarse dentro del cuerpo.
El zorro desapareció entre los árboles.
Años después, cuando alguien preguntaba cómo una mujer despreciada por su familia había terminado administrando las tierras más prósperas de Taohua, Kan no hablaba de la perla ni del zorro. Decía que había empezado con trescientos taeles, dos sacos de harina y un hombre que le ordenó marcharse.
Luego miraba a Shandong, que enseñaba a sus alumnos desde una silla de ruedas bajo el viejo ciruelo, y sonreía.
La casa ya no olía a humedad ni a heridas sin curar. En el patio crecían rábanos, cebollines y flores de durazno. Y la piedra partida junto al río seguía allí, recordándole que algunas vidas no se salvan esperando que alguien las rescate.
A veces hay que tomar la carga más pesada, subir la montaña y decidir que, aunque el cielo se venga abajo, una todavía puede sostenerlo.