El hombre llevaba casi veinte minutos sentado junto a la fuente del parque cuando vio a la joven acercarse por tercera vez.
No parecía estar paseando.

Cada pocos metros se agachaba, recogía una botella de plástico vacía y la metía en un enorme saco que llevaba sobre el hombro. Vestía unos pantalones gastados, unas zapatillas viejas y una gorra que apenas conseguía ocultar el sudor de su frente.
Cuando llegó hasta el banco donde él estaba sentado, sus ojos se detuvieron en la botella de agua que sostenía.
—Oye, veo que ya te has acabado el agua —dijo ella—. ¿Vas a tirar la botella?
El hombre miró la botella y luego a la joven.
—Toma.
Ella la recibió como si le hubiera hecho un verdadero favor.
—Gracias, jefe. De verdad, eres buena gente.
La muchacha estaba a punto de marcharse cuando él habló.
—Espera.
Ella se volvió.
—¿Qué pasa?
El desconocido la observó durante unos segundos.
—¿Puedes hacer de mi mujer durante un día?
La joven parpadeó.
Después miró alrededor, convencida de que alguien estaba grabándolos.
—¿Pero qué dices? ¿Estás de broma?
—No.
—Mira este parque. ¿Ves lo grande que es? Tardo horas en recoger suficientes botellas para ganar algo de dinero. No tengo tiempo para bromas raras.
El hombre sacó su teléfono.
—Si aceptas, te pago dos millones.
Ella dejó caer el saco.
—¿Cuánto?
—Dos millones.
Por primera vez, la joven lo miró con verdadera atención.
El desconocido tendría poco más de treinta años. Era alto, atractivo y tenía una forma de hablar demasiado tranquila para alguien que vestía una camiseta sencilla y unos pantalones que parecían comprados en cualquier mercado.
No llevaba reloj caro.
No había coche de lujo cerca.
Nada en él explicaba semejante oferta.
—¿Dos millones por fingir que soy tu esposa?
—Solo durante unas horas.
El teléfono del hombre comenzó a sonar.
Miró la pantalla y suspiró antes de responder.
—¿Sí, mamá?
La voz de una mujer salió con tanta fuerza del altavoz que la joven pudo escucharla perfectamente.
—Esta noche viene a cenar el hijo de la tía Sao con su esposa. Como vuelvas a aparecer solo, no regreses a casa.
—Mamá…
—Tengo sesenta y tres años. Quiero saber que mi hijo no terminará viviendo solo con sus plantas y sus documentos.
La llamada terminó.
La joven se mordió el labio para no reír.
El hombre la miró.
—Si además finges que llevamos un tiempo saliendo, añado quinientos mil.
—¿Quinientos mil más?
—Sí.
Ella hizo cuentas mentalmente.
—¿Dos millones y medio?
—Exacto.
La muchacha miró su saco de botellas.
Después sus zapatos.
Finalmente al extraño.
—¿Sabes cuántos años tendría que recoger botellas para ahorrar algo así?
—Entonces tenemos un trato.
—Espera. Con esta ropa nadie va a creer que soy tu esposa.
Él sonrió por primera vez.
—Eso tiene solución.
La joven todavía no sabía que aquella frase iba a cambiar su vida.
Se llamaba Su Qing.
Tenía veinticuatro años y hacía seis meses que recogía botellas, limpiaba restaurantes por la noche y aceptaba cualquier trabajo temporal que apareciera.
No lo hacía porque disfrutara viviendo así.
Su padre había sufrido un accidente y las deudas de la familia habían consumido todos sus ahorros. Su hermano menor todavía estudiaba y su madre apenas podía trabajar.
Dos millones y medio no solucionaban todos sus problemas.
Pero podían darles aire para respirar.
Por eso, una hora más tarde, Su Qing estaba dentro de una pequeña vivienda mirando el vestido que el desconocido había colocado sobre la cama.
—¿Esto es tuyo?
—No exactamente.
—¿Era de otra mujer?
Él casi se atragantó.
—Es nuevo.
—Porque si estoy usando la ropa de tu ex, quiero otro medio millón.
El hombre la miró sorprendido.
Su Qing sonrió.
—Estoy bromeando.
—Empiezo a arrepentirme.
—El contrato todavía no ha empezado.
Él negó con la cabeza.
—Me llamo Li Yu.
—Su Qing.
—Esta noche debes recordar tres cosas. Llevamos seis meses juntos. Nos conocimos por casualidad. Y no tienes que contarle a nadie dónde trabajas.
—Eso último me parece fácil.
—¿Por qué?
—Porque actualmente trabajo recogiendo tu basura.
Li Yu soltó una carcajada.
Era la primera vez en mucho tiempo que alguien conseguía hacerlo reír sin intentarlo.
Cuando Su Qing salió del dormitorio con el vestido puesto, Li Yu dejó de sonreír.
El vestido beige, sencillo pero elegante, parecía hecho para ella. Se había soltado el cabello y por primera vez se podía ver claramente su rostro.
No era simplemente bonita.
Tenía unos ojos vivos, una expresión segura y una naturalidad que ninguna prenda cara podía comprar.
Su Qing levantó una ceja.
—¿Qué?
Li Yu apartó la mirada.
—Nada.
—Me estabas mirando.
—Estaba comprobando si pareces convincente.
—¿Y?
Él abrió la puerta.
—Demasiado.
Su Qing no entendió el comentario.
Tampoco tuvo tiempo de preguntar.
Antes de llegar a casa de la madre de Li Yu tuvieron que pasar por un centro comercial para comprar un pequeño regalo.
Fue allí donde apareció la primera complicación.
—¡Li Yu!
Una mujer elegantemente vestida se acercó a ellos.
Su rostro cambió al reconocerlo.
—Cuánto tiempo.
Li Yu se limitó a asentir.
—Chen Man.
Su Qing percibió inmediatamente que entre ellos existía una historia.
Chen Man tomó del brazo al hombre que estaba a su lado.
—Te presento a mi marido. Nos casamos el próximo mes.
Después miró alrededor.
—¿Y tú? ¿Sigues solo?
Li Yu señaló tranquilamente a Su Qing.
—Ella es mi novia.
Chen Man observó a la joven de arriba abajo.
Durante un instante pareció sorprendida.
Pero pronto recuperó la sonrisa.
—Vaya. Así que por fin encontraste a alguien.
Su Qing reconoció aquella clase de sonrisa.
La había visto muchas veces.
Era la sonrisa de las personas que necesitaban humillar a otros para sentirse más importantes.
El marido de Chen Man extendió la mano hacia Li Yu.
—Zhao Kai.
—Li Yu.
—¿A qué te dedicas?
Li Yu respondió sin cambiar de expresión.
—Estoy haciendo algunos trabajos por mi cuenta.
Zhao Kai miró su ropa sencilla.
—Ya veo.
Chen Man soltó una pequeña risa.
—Li Yu siempre ha sido muy orgulloso. Aunque estuviera pasando hambre diría que todo va bien.
Después señaló a su marido.
—Kai es director creativo del Grupo Sefei.
Él la corrigió inmediatamente.
—Director creativo jefe.
—Eso. Director creativo jefe.
Su Qing notó algo extraño.
Li Yu había levantado ligeramente una ceja.
—¿Grupo Sefei? —preguntó.
Zhao Kai sonrió con suficiencia.
—El más grande de la ciudad.
—He oído hablar de ellos.
—Normal. Todo el mundo conoce Sefei.
Chen Man miró a Li Yu.
—Deberías pedirle ayuda. Quizá pueda conseguirte un puesto de seguridad.
Zhao Kai fingió mostrarse generoso.
—No habría problema. Estamos contratando. Aunque para entrar en las oficinas principales necesitarías un currículum decente.
Su Qing apretó los labios.
Li Yu no parecía molesto.
Eso la irritó todavía más.
—No necesita tu ayuda —dijo.
Chen Man la miró.
—¿Y tú a qué te dedicas?
Su Qing recordó la instrucción de Li Yu.
No debía contar dónde trabajaba.
Sonrió.
—A inversiones.
Li Yu giró lentamente la cabeza hacia ella.
Chen Man frunció el ceño.
—¿Inversiones?
—Sí. Principalmente plástico, aluminio y materiales reciclables.
Li Yu tuvo que mirar hacia otro lado para ocultar una sonrisa.
Zhao Kai no entendió la broma.
—En Sefei manejamos proyectos de cientos de millones. Es otro nivel.
—Seguro —respondió Su Qing—. Parece que te gusta mucho hablar del cargo.
—Cuando uno ha trabajado para conseguir algo, puede estar orgulloso.
Li Yu preguntó tranquilamente:
—Entonces eres director creativo jefe de Sefei.
—Exactamente.
—¿Desde cuándo?
Zhao Kai dudó apenas un instante.
—Desde hace casi dos años.
Los ojos de Li Yu cambiaron.
Su Qing fue la única que lo notó.
Antes de que pudiera preguntar, una mujer con traje negro apareció al fondo del centro comercial.
Caminaba rápidamente hacia ellos.
Zhao Kai palideció.
—Esa es la secretaria Lin.
Chen Man se sorprendió.
—¿La secretaria personal del presidente de Sefei?
—Sí. Compórtate.
La mujer llegó frente al grupo.
Ignoró completamente a Zhao Kai.
Miró directamente a Li Yu.
Y bajó ligeramente la cabeza.
—Presidente Li, disculpe que lo moleste.
El silencio fue inmediato.
Chen Man dejó de sonreír.
Zhao Kai parecía haber olvidado cómo respirar.
Su Qing miró a Li Yu.
—¿Presidente?
Li Yu cerró los ojos durante un segundo.
Su plan acababa de complicarse.
—Secretaria Lin —dijo—. ¿Qué haces aquí?
—Tenemos un asunto urgente. El consejo está intentando localizarlo.
—Vuelve primero a la empresa.
—Pero, presidente…
Li Yu la miró.
La secretaria comprendió.
—Entendido.
Se marchó.
Durante varios segundos nadie habló.
Finalmente Su Qing levantó la mano.
—Tengo una pregunta.
Li Yu suspiró.
—Ya sé cuál.
—¿Tú eres el presidente del Grupo Sefei?
—Sí.
—¿Del mismo Grupo Sefei donde este señor asegura ser director creativo jefe?
Li Yu miró a Zhao Kai.
—Eso parece.
El rostro del hombre se quedó sin color.
—Presidente Li… puedo explicarlo.
—Mañana a las nueve, Recursos Humanos revisará tu expediente.
—Presidente…
—Y si descubro que has utilizado el nombre de la empresa para obtener beneficios personales, también revisaremos tus cuentas.
Zhao Kai comenzó a sudar.
Chen Man dio un paso atrás.
Su Qing cruzó los brazos.
—Entonces…
Li Yu la miró.
—¿Entonces qué?
—Quiero renegociar mi tarifa.
Por primera vez, incluso Chen Man quedó desconcertada.
—¿Qué?
—Me dijiste que eras un hombre cualquiera desesperado porque su madre quería conocer a su novia. No me dijiste que eras multimillonario.
—El trabajo es exactamente el mismo.
—No. Ahora tengo que fingir ser la novia de un presidente. Eso tiene suplemento.
Li Yu sonrió.
—¿Cuánto?
—Otros quinientos mil.
—Doscientos.
—Cuatrocientos.
—Trescientos.
Su Qing extendió la mano.
—Trato.
Li Yu la estrechó.
Chen Man observaba la escena completamente confundida.
Pero para Li Yu aquello fue distinto.
Durante años había estado rodeado de personas que conocían su apellido antes de conocerlo a él.
Su Qing acababa de descubrir que era uno de los hombres más ricos de la ciudad.
Y su primera preocupación había sido negociar mejor su salario.
Aquello le gustó mucho más de lo que quería admitir.
La cena familiar resultó menos sencilla.
La madre de Li Yu, señora Li, recibió a Su Qing con entusiasmo.
—¡Por fin!
Abrazó a la joven antes incluso de preguntarle su nombre.
Li Yu protestó.
—Mamá.
—Cállate. He esperado demasiado.
Su Qing había imaginado una mujer arrogante y distante.
Pero la señora Li pasó casi toda la cena sirviéndole comida y preguntándole si su hijo la trataba bien.
—Es un poco frío —respondió Su Qing.
Li Yu la miró.
—¿Un poco?
—Mucho.
La madre soltó una carcajada.
—Me gusta esta chica.
Todo parecía ir perfectamente hasta que apareció el hermano menor de la señora Li, Li Jiancheng.
Era uno de los principales accionistas de Sefei y llevaba meses presionando para que Li Yu abandonara temporalmente la presidencia.
—Así que esta es tu novia —dijo.
—Sí.
Li Jiancheng observó sus manos.
Su Qing intentó ocultarlas.
Tenía pequeños cortes producidos por recoger botellas.
—¿A qué familia pertenece?
—Tío —advirtió Li Yu.
—Solo pregunto.
Su Qing respondió antes que él.
—A ninguna familia importante.
—¿Universidad?
—Tuve que dejarla.
—¿Trabajo?
Li Yu intervino.
—Es suficiente.
Pero Su Qing ya estaba cansada de esconderse.
—Recojo botellas.
El comedor quedó completamente en silencio.
La madre de Li Yu dejó los palillos sobre la mesa.
Li Jiancheng sonrió.
—¿Perdón?
—Botellas. Plástico, vidrio, latas. Lo que tenga valor.
Li Yu la miró sorprendido.
Su Qing continuó:
—Mi padre necesita tratamiento. Mi familia tiene deudas. Trabajo de noche limpiando cocinas y durante el día recojo material reciclable.
Li Jiancheng soltó una carcajada.
—Li Yu, esto supera todas tus ocurrencias.
La madre iba a hablar, pero Su Qing levantó la mano.
—No hace falta que me defienda.
Después miró directamente a Li Jiancheng.
—Usted preguntó quién soy. Ya lo sabe. Pero todavía no entiendo por qué eso debería darme vergüenza.
El hombre dejó de reír.
—Porque esta familia tiene una posición.
—Yo también tengo una posición.
—¿Cuál?
—No vivir del dinero de otras personas mientras me burlo de quienes trabajan.
La señora Li golpeó suavemente la mesa tratando de contener la risa.
Li Yu bajó la cabeza.
Su Qing pensó que estaba enfadado.
Pero él estaba sonriendo.
Aquella noche, cuando la acompañó hasta la puerta, Li Yu sacó una tarjeta bancaria.
—Tu dinero.
Su Qing la recibió.
—¿Los tres millones?
—Tres.
Ella revisó la tarjeta.
Después lo miró.
—¿Se acabó?
Li Yu tardó en responder.
—Sí.
Por alguna razón, ninguno de los dos parecía satisfecho con aquella respuesta.
Su Qing volvió a su antigua vida.
Pagó parte del tratamiento de su padre, liquidó varias deudas y guardó el resto para que su hermano terminara sus estudios.
Podría haber dejado de recoger botellas.
Pero siguió haciéndolo durante algunas semanas.
Decía que necesitaba ahorrar.
En realidad, no sabía qué hacer con tanto tiempo libre.
Una mañana, un coche negro se detuvo junto al parque.
Li Yu salió.
Su Qing siguió recogiendo botellas.
—El contrato terminó —dijo ella.
—Lo sé.
—Entonces no hay novia.
—Lo sé.
—¿Qué quieres?
Li Yu señaló su saco.
—Ofrecerte trabajo.
—¿Recogiendo botellas para millonarios?
—En el departamento de sostenibilidad de Sefei.
Su Qing dejó de caminar.
—¿Estás bromeando?
—Nuestro programa de reciclaje existe solo sobre el papel. Tú sabes cómo funciona realmente ese sector en la calle. Quiero alguien que no me diga lo que quiero escuchar.
—No terminé la universidad.
—Zhao Kai tenía varios diplomas y ni siquiera era director creativo jefe.
Ella sonrió.
—¿Qué pasó con él?
La expresión de Li Yu se volvió seria.
—Encontramos algo peor que mentir sobre su cargo.
Durante la auditoría habían descubierto que Zhao Kai formaba parte de una red interna que inflaba presupuestos de publicidad y desviaba dinero hacia empresas fantasma.
Pero él no era el responsable principal.
Las autorizaciones finales llevaban la firma de alguien mucho más poderoso.
Li Jiancheng.
El tío de Li Yu.
De repente, la aparición de Su Qing había dejado de ser únicamente una cuestión sentimental.
Li Yu necesitaba gente en quien pudiera confiar.
—¿Por eso te vestías como una persona normal? —preguntó ella.
—Llevaba meses saliendo sin chófer ni seguridad para comprobar algunas cosas personalmente. En cuanto entro como presidente, todos actúan.
—Entonces aquel día del parque…
—Realmente necesitaba una novia falsa.
—Qué decepción. Pensé que formaba parte de una misión secreta.
—También necesitaba saber quién seguía tratándome con respeto cuando pensaba que no tenía dinero.
Su Qing lo miró fijamente.
—Eso incluye a tu ex.
—Especialmente a ella.
Aceptó trabajar en Sefei.
Los primeros meses fueron difíciles.
Muchos empleados pensaban que estaba allí porque era la novia del presidente.
Otros conocían su pasado y se burlaban a escondidas.
Su Qing decidió no responder con palabras.
En tres meses descubrió que varias empresas contratadas para gestionar residuos cobraban cantidades enormes por servicios que nunca realizaban.
Uno de aquellos contratos llevaba directamente a una compañía controlada por Li Jiancheng.
La investigación se hizo más profunda.
Y más peligrosa.
Una noche alguien entró en la oficina de Su Qing y destruyó varios documentos.
Días después recibió un mensaje anónimo:
“Toma tu dinero y vuelve a recoger botellas.”
Li Yu quiso apartarla inmediatamente.
—Esto ya no es un juego.
—Nunca lo fue.
—Puedo terminar la investigación sin ti.
—No. Puedes terminarla más tranquilo sin mí. Es diferente.
—Su Qing…
—Toda mi vida personas con más dinero han decidido qué debía hacer porque pensaban que sabían qué era mejor para mí. No empieces tú ahora.
Li Yu permaneció en silencio.
Finalmente asintió.
Aquella fue la primera vez que aprendió que proteger a alguien no significaba decidir por esa persona.
Juntos siguieron investigando.
Descubrieron transferencias falsas, proveedores inexistentes y años de dinero desaparecido.
Li Jiancheng había utilizado su posición dentro del grupo para construir una estructura paralela y esperaba provocar suficientes pérdidas para obligar al consejo a destituir a Li Yu.
La gran oportunidad llegó durante la reunión anual de accionistas.
Li Jiancheng presentó documentos que supuestamente demostraban que las malas decisiones de Li Yu habían costado cientos de millones a la compañía.
—El Grupo Sefei necesita un nuevo presidente —declaró.
Varios accionistas comenzaron a asentir.
Li Yu no respondió.
Solo miró hacia la puerta.
Su Qing entró acompañada por la secretaria Lin y dos auditores externos.
Dejó varias carpetas sobre la mesa.
—Antes de votar, quizá deberían saber dónde fue realmente ese dinero.
Li Jiancheng palideció.
Durante la siguiente hora, cada transferencia fue expuesta.
Cada empresa falsa.
Cada factura duplicada.
Cada firma.
Cuando llegó la policía económica, Li Jiancheng todavía insistía en que todo era una conspiración.
Pero ya nadie lo escuchaba.
Zhao Kai aceptó colaborar con la investigación a cambio de que se considerara su cooperación.
La red interna se derrumbó.
Y por primera vez en años, Li Yu recuperó el control de una empresa que había estado siendo vaciada desde dentro.
Semanas después, Su Qing regresó al parque donde todo había comenzado.
Llevaba una botella de agua.
Li Yu apareció detrás de ella.
—Oye.
Su Qing terminó de beber y levantó la botella.
—¿La quieres?
Él sonrió.
—Depende.
—¿De qué?
—¿Cuánto cobras por fingir ser mi esposa durante otro día?
Su Qing soltó una carcajada.
—Los precios han subido.
—Puedo permitírmelo.
—Ese es precisamente el problema.
Li Yu dejó de sonreír.
Entonces sacó algo del bolsillo.
No era un anillo.
Era una botella de plástico vacía.
Su Qing lo miró confundida.
—¿Qué haces?
—La primera vez que nos conocimos me dijiste que era buena persona porque te di una botella que iba a tirar.
—Sí.
—Y después descubrí que eras la primera persona en años que podía estar conmigo sin importarle quién era.
Se acercó un poco.
—No quiero contratarte otra vez.
Su Qing permaneció en silencio.
—Quiero invitarte a cenar.
—¿Como presidente de Sefei?
—No.
—¿Como millonario?
—Tampoco.
—Entonces, ¿como qué?
Li Yu levantó la botella.
—Como el idiota que una vez ofreció dos millones a una desconocida para que fingiera ser su esposa.
Su Qing sonrió.
—Dos millones y medio.
—Tienes razón.
—Y luego subió a tres.
—También tienes razón.
Ella comenzó a caminar.
Li Yu la siguió.
—¿Eso significa que aceptas?
—Significa que puedes invitarme.
—¿Y después?
Su Qing lo miró de reojo.
—Después veremos si eres capaz de conseguir una novia sin pagarle.
Li Yu se rio.
Un año más tarde, el programa de reciclaje que Su Qing había creado para Sefei operaba en toda la ciudad y contrataba formalmente a cientos de personas que antes sobrevivían recogiendo residuos sin ninguna protección laboral.
Su padre se había recuperado.
Su hermano terminó sus estudios.
Y Su Qing regresaba algunas veces al parque donde había trabajado.
No porque necesitara recoger botellas.
Sino porque nunca quiso olvidar de dónde había salido.
Una tarde vio a un anciano buscando plástico dentro de una papelera.
Terminó su botella de agua y se la entregó.
El hombre sonrió.
—Gracias, señorita. Eres buena gente.
Su Qing se quedó inmóvil.
A pocos metros, Li Yu la esperaba junto al coche.
Entonces comprendió algo.
La botella que había recogido aquel día no había valido prácticamente nada.
Sin embargo, había puesto frente a ella a un hombre que necesitaba una esposa falsa, había destapado una red que estaba vaciando una de las mayores empresas de la ciudad y había cambiado el futuro de dos familias.
Pero Li Yu también había aprendido algo.
El día que conoció a Su Qing pensó que él era quien podía cambiarle la vida porque tenía dinero.
Con el tiempo descubrió que había ocurrido exactamente lo contrario.
Porque antes de conocerla, estaba rodeado de personas que respetaban su cargo.
Después de conocerla, por fin encontró a alguien capaz de mirarlo sin ver primero su fortuna.
Y cuando meses más tarde le pidió que se casara con él, Su Qing no aceptó por los millones, el apellido ni la empresa.
Lo dejó arrodillado casi un minuto antes de responder.
—Solo tengo una condición.
—La que quieras.
—Nunca más vuelvas a contratar una esposa falsa.
Li Yu sonrió.
—Trato hecho.
Esta vez no hubo contrato.
No hubo salario.
Y Su Qing ya no tuvo que fingir.