—Quiero vestirme de rojo.
La doncella dejó caer la percha que sostenía. En la casa Bo, cualquier cambio en la ropa de Shen Man podía convertirse en una crisis familiar. Durante tres años, la habían obligado a vestir de blanco porque a su esposo le gustaba verla así: vestidos pálidos, telas delicadas, zapatos sin adornos y el cabello recogido de una manera que la hacía parecer una sombra obediente a su lado.

—Pero, señora… al señor Bo le gusta que usted vista de blanco.
Shen Man miró la hilera de vestidos colgados en el vestidor. Cada uno había sido elegido por Bo Ziyan o por Su Tiantian, la joven estudiante a quien él protegía con una dedicación que nunca había mostrado hacia su propia esposa.
—Si a él le gusta tanto el blanco, que se lo ponga él. Tira todos esos vestidos. No quiero que quede ni uno.
La doncella palideció.
—¿Todos?
—Todos.
Cuando la última prenda cayó dentro de las bolsas negras, Shen Man se miró en el espejo. Llevaba un vestido rojo oscuro, sencillo pero elegante, y por primera vez en mucho tiempo su reflejo no parecía pedir permiso para existir.
Había vuelto a nacer.
En su vida anterior, murió en una sala de hospital mientras escuchaba a Bo Ziyan decirle a Su Tiantian que, en cuanto ella firmara los documentos de transferencia, podrían empezar de nuevo. Shen Man había entregado su herencia, había usado sus contactos para salvar la empresa de los Bo y había soportado que su marido la tratara como una esposa incómoda mientras presentaba a otra mujer como la verdadera dueña de su corazón.
Al final, ni siquiera recibió una despedida.
Su padre había muerto después de descubrir que los fondos de la familia Shen habían desaparecido. Su hermano menor fue acusado de fraude y terminó huyendo del país. La casa familiar pasó a manos de los acreedores. Y Shen Man, enferma y sola, descubrió demasiado tarde que las firmas con las que había ayudado a Bo Ziyan a comprar varias propiedades también habían sido utilizadas para vaciar el patrimonio de su propia familia.
En aquella vida, murió creyendo que su amor podía cambiarlo.
En esta, no volvería a ser la mujer que perseguía una migaja de atención. Terminaría aquel matrimonio con sus propias manos.
La primera oportunidad llegó durante una subasta privada organizada por la Cámara de Comercio de Jinghai. Bo Ziyan había recibido una invitación, pero no pensaba llevar a Shen Man. Su secretario, Li Wei, le había enviado un mensaje diciéndole que la reunión se había cancelado. En realidad, Bo había ordenado que no la avisaran.
Quería asistir con Su Tiantian.
La muchacha era hija de una familia humilde y estudiaba con una beca. Bo la había ayudado a pagar la matrícula y, desde entonces, se había acostumbrado a presentarla como una criatura frágil que necesitaba protección. Su Tiantian lo admiraba con una mezcla de timidez y dependencia. Bo Ziyan disfrutaba de aquella mirada.
—Nunca he estado en un lugar así —dijo ella al entrar al salón de la subasta—. Tal vez debería irme.
—Tienes que acostumbrarte —respondió Bo, ofreciéndole el brazo—. Si vas a estar a mi lado, asistirás a muchas reuniones como esta.
—¿Y la señora Shen?
Bo ni siquiera se volvió.
—Le dije al secretario Li que la avisara de que no viniera.
—Fui yo quien le pidió que no lo hiciera —intervino Tiantian con una sonrisa inocente—. No quería que la gente hablara mal de nosotros. Si la hermana Shen aparecía, podía pensar que… que estamos haciendo algo indebido.
Bo le apretó suavemente los dedos.
—No es culpa tuya. Li, quédate en la entrada. Si ves llegar a Shen Man, dile que regrese a casa.
En ese momento, las puertas del salón se abrieron.
Shen Man entró vestida de rojo, con una carpeta bajo el brazo y una expresión serena. A su lado caminaba una mujer mayor, la señora Qiao, antigua asesora legal de la familia Shen. Nadie entendía por qué una esposa recién casada se presentaba sola y con una abogada en una subasta donde su marido ya estaba acompañado por otra mujer.
Las conversaciones se apagaron poco a poco.
—¿Esa es Shen Man?
—La esposa legítima de Bo Ziyan.
—Entonces, ¿quién es la chica que está con él?
—La estudiante a la que mantiene, según dicen.
Algunas personas esperaban un escándalo. Shen Man, en su vida anterior, habría arrojado una copa contra el suelo, habría exigido explicaciones y habría terminado llorando en el baño mientras Bo la acusaba de avergonzarlo.
Esta vez se acercó a ellos con una sonrisa educada.
—Tú debes ser Su Tiantian. He oído que Bo Ziyan te ayuda con tus estudios.
La joven bajó la cabeza.
—Sí, señora Bo. Mucho gusto.
—¿Piensas estudiar en el extranjero?
—Bo dice que tengo buenas calificaciones y quiere enviarme a una universidad fuera del país —respondió Tiantian, mirando a Shen Man con cautela.
—Qué generoso es mi esposo.
Bo Ziyan frunció el ceño. Había esperado celos, reproches y una escena. La calma de Shen Man lo incomodaba más que cualquier grito.
—No empieces —murmuró.
—No he empezado nada.
Shen Man tomó asiento en la primera fila. La señora Qiao se sentó detrás de ella y dejó la carpeta sobre sus rodillas.
El primer lote era un edificio comercial en una zona ya desarrollada. El precio de salida alcanzó los mil quinientos millones y varios empresarios comenzaron a competir. Bo Ziyan levantó la paleta dos veces, pero abandonó cuando la cifra subió demasiado.
Shen Man no participó.
El segundo lote era un terreno abandonado en las afueras de la ciudad. El lugar tenía fama de estar maldito por los constantes accidentes y por un antiguo proyecto industrial que nunca se había terminado. Las carreteras de acceso eran malas, no había servicios básicos y durante años nadie había querido acercarse a él.
—Precio de salida: mil millones.
El salón quedó en silencio.
—Ese terreno no vale ni la mitad —susurró alguien.
—El propietario no pudo venderlo durante diez años.
Shen Man levantó la paleta.
—Dos mil millones.
Varias cabezas se volvieron.
Bo Ziyan la miró con incredulidad.
—¿Qué estás haciendo?
—Participando en una subasta.
—Ese terreno es inútil.
—Entonces no tendrás que preocuparte.
El hombre sentado dos filas más atrás levantó su paleta.
—Tres mil millones.
Shen Man lo observó por primera vez. Era un joven de traje gris, con una cicatriz pequeña junto a la ceja y una carpeta negra sobre la mesa. En su vida anterior, Shen Man lo había visto en las noticias: Xu Yichen, heredero de una familia dedicada a la fabricación de joyas. Años después, se convertiría en uno de los principales desarrolladores inmobiliarios de la región.
Pero en aquella vida, ella nunca había tenido tiempo de preguntarse cómo había empezado.
—Cuatro mil millones —dijo Shen Man.
—Cinco mil —respondió Xu Yichen.
El murmullo se transformó en risas nerviosas. Bo Ziyan se inclinó hacia ella.
—Ya basta. No voy a pagar tus caprichos.
—No te lo estoy pidiendo.
—Eres mi esposa.
—Precisamente por eso estoy usando dinero que me pertenece a mí.
Xu Yichen volvió a levantar la paleta.
—Diez mil millones.
Por un instante, Shen Man creyó que la cifra terminaría con la subasta. En su vida anterior, Bo Ziyan había comprado aquel terreno por una cantidad ridícula después de que la ciudad aprobara un nuevo corredor ferroviario y cambiara las normas de zonificación. Luego había construido allí un complejo residencial y había multiplicado su inversión más de veinte veces.
El detalle nunca había aparecido en las noticias. Lo había descubierto en una conversación entre Bo y su director financiero, cuando ambos creían que ella estaba sedada en el hospital.
Shen Man sabía que el municipio había aprobado en secreto los estudios preliminares. Sabía que el terreno quedaría junto a la futura estación de carga y que una carretera de circunvalación pasaría a pocos metros. También sabía que, en su vida anterior, Bo había hecho todo lo posible para que la familia Shen no pudiera participar en la compra.
Aquella vez le robó la oportunidad.
Ahora no pensaba regalársela.
—Diez mil quinientos millones —dijo.
El rostro de Bo Ziyan se endureció.
—Shen Man.
—¿Qué?
—No tienes autorización para hacer una oferta así.
—La señora Qiao ya revisó mis fondos y mi carta de garantía.
La abogada levantó la carpeta.
—La oferta es válida.
Xu Yichen la miró con interés. No parecía sorprendido por el precio, sino por la decisión de ella.
—Once mil millones.
Shen Man no apartó la mirada del subastador.
—Doce.
El joven esperó unos segundos. Después bajó la paleta.
—Me retiro.
El martillo cayó.
—Doce mil millones. Adjudicado a la señora Shen Man.
Los comentarios estallaron a su alrededor. Algunos pensaban que estaba loca. Otros creían que se trataba de una pelea conyugal disfrazada de inversión. Bo Ziyan se quedó inmóvil, con la mandíbula apretada.
Su Tiantian fue la primera en acercarse.
—Hermana Shen, ¿de verdad compraste ese terreno? El señor Bo dijo que no valía nada. Doce mil millones es demasiado dinero.
—Lo compré para mí. No tiene nada que ver con Bo Ziyan.
—Pero si ustedes están casados…
—El matrimonio no convierte cada decisión mía en una deuda suya.
Un empresario que había escuchado la conversación soltó una risa.
—La señorita Shen es hija de una familia muy rica. Para ella, doce mil millones deben ser como comprar un bolso.
Shen Man no respondió. Sabía que aquel comentario llegaría hasta su padre antes de que terminara la noche. También sabía que algunos miembros de la familia Shen comenzarían a preguntarse por qué ella había gastado tanto dinero sin consultarles.
Por eso había llevado a la señora Qiao.
—Señora —dijo la abogada en voz baja—, hay algo más que debe saber. El vendedor exigió que la compradora fuera una persona independiente de los Bo. Si la transferencia se hace desde una cuenta compartida o si aparece la firma de su esposo, el contrato podría ser impugnado.
—Entonces use la cuenta que abrimos esta mañana.
—Su padre se enfadará.
—Mi padre puede enfadarse conmigo. Lo que no volverá a ocurrir es que Bo Ziyan se apropie de otra propiedad de mi familia.
Bo alcanzó a oírla.
—¿Qué significa eso?
Shen Man se volvió hacia él.
—Significa que a partir de hoy mis inversiones no pasan por tu empresa.
—¿Estás insinuando que te he robado?
—Todavía no estoy insinuando nada.
La frase quedó entre ambos como una puerta cerrada.
En el estacionamiento, Bo la siguió hasta el automóvil.
—¿Todo esto es para llamar mi atención?
Shen Man se detuvo junto a la puerta.
—¿Te has mirado al espejo hoy?
—No juegues conmigo.
—Tú llevaste a otra mujer a una subasta, le dijiste a tu secretario que me mantuviera lejos y ahora te molesta que yo haya comprado un terreno con mi propio dinero.
—Tiantian no significa nada.
—Entonces no deberías haberla presentado como si fuera tu pareja.
—Te pedí que no hicieras una escena.
—No hice ninguna.
Bo se acercó, furioso por primera vez.
—Eres mi esposa. Compórtate como tal y mantén las distancias con otros hombres.
—Antes de exigirle algo a los demás, ocúpate de tu propia conducta. Paseas por la ciudad con Su Tiantian del brazo, pagas sus estudios, decides dónde vivirá y esperas que yo me quede en casa usando los vestidos que ella escoge para mí.
—Estás celosa.
—No. Estoy cansada.
—¿Y ese hombre? ¿Por qué te miraba así? ¿Qué relación tienes con él?
—Ninguna. Ni siquiera lo conocía antes de hoy.
—No te creo.
—Ese es tu problema.
Shen Man abrió la puerta del automóvil. Bo sujetó su muñeca.
—No puedes humillarme delante de todos y luego marcharte.
Ella miró la mano de él sobre su piel.
En su vida anterior, aquella mano había sostenido la suya durante la boda. Después había aprendido a apartarla cada vez que alguien podía verlos. Shen Man recordó la noche en que se desmayó por primera vez y Bo le dijo que no exagerara porque tenía una cena importante con Tiantian.
Retiró la muñeca con fuerza.
—Quiero el divorcio.
Bo soltó una carcajada breve, sin humor.
—¿Por un capricho?
—Por tres años de desprecio.
—No firmaré.
—No necesito que lo hagas hoy. Solo necesito que sepas que esta vez no voy a suplicarte.
Ella subió al automóvil y se fue.
A la mañana siguiente, Bo recibió una copia de la demanda de divorcio junto con una relación de los bienes adquiridos durante el matrimonio. La mayoría estaban a nombre de Shen Man, pero las empresas de Bo habían utilizado préstamos garantizados por la familia Shen. Si el divorcio avanzaba, los auditores revisarían cada transferencia.
Bo llamó a su suegro.
—Señor Shen, su hija está actuando impulsivamente. Debería convencerla de retirar la demanda.
Shen Guowei guardó silencio unos segundos.
—Mi hija no necesita que yo decida por ella.
—Su inversión en el terreno puede arruinarla.
—Entonces será una pérdida de mi hija, no de usted.
Bo apretó el teléfono.
—Durante años, fui yo quien cuidó de sus negocios.
—Y durante años mi hija firmó documentos que usted le puso delante. A partir de ahora, todos serán revisados.
La llamada terminó ahí.
En la oficina de Bo, Su Tiantian entró con los ojos enrojecidos.
—¿La señora Shen realmente quiere divorciarse?
—No te metas en esto.
—Yo solo quería evitar que la gente hablara mal de nosotros.
—Tú fuiste quien pidió que no la avisaran.
Tiantian se quedó quieta. Era la primera vez que Bo le hablaba con dureza.
—Pensé que querías estar conmigo.
—No confundas las cosas.
—¿Qué cosas? Me dijiste que cuando regresara de estudiar me darías un puesto en tu empresa. Me dijiste que tu matrimonio era solo un acuerdo entre familias.
Bo no respondió.
Tiantian había sido útil porque confiaba en él. Le entregaba sus contraseñas, firmaba solicitudes sin leerlas y aceptaba que él administrara el dinero destinado a sus estudios. Pero ahora comprendía que no era la mujer protegida por un hombre poderoso. Era una pieza que podía ser reemplazada.
La tensión aumentó cuando la oficina de auditoría de la familia Shen detectó tres transferencias sospechosas. Dos habían salido de una cuenta destinada al tratamiento médico de la madre de Shen Man y otra se había utilizado como garantía para comprar acciones de una compañía controlada por Bo.
Shen Man recordaba aquellas operaciones. En la vida anterior, Bo le había dicho que eran movimientos temporales para salvar una filial. Después, cuando su padre preguntó por los documentos, el director financiero aseguró que Shen Man había autorizado todo.
Ahora la señora Qiao encontró una diferencia en las fechas.
—La firma parece suya, pero el certificado digital fue creado dos días después de la fecha que aparece en el contrato.
—¿Eso significa que falsificaron mi autorización?
—Significa que todavía no podemos afirmarlo. Pero hay suficientes indicios para solicitar una auditoría independiente y congelar las operaciones relacionadas.
—Hazlo.
—Su esposo podría acusarla de perjudicar a la empresa familiar.
—Que lo intente.
Shen Man no volvió a vivir en la casa Bo. Se instaló en un departamento pequeño que había comprado antes de casarse, uno de los pocos bienes que no había transferido a nombre de su marido. Allí abrió cajas antiguas y encontró un cuaderno rojo de su madre.
Su madre había anotado allí los proyectos de desarrollo de la ciudad y las fechas de las reuniones del consejo de planificación. En una página, junto a un mapa del terreno abandonado, había escrito: “La estación no se anunciará hasta que el contrato esté firmado. No vender bajo ninguna circunstancia”.
Shen Man sintió un nudo en la garganta.
Su madre había intentado proteger aquel terreno antes de morir. Bo Ziyan lo sabía porque había revisado todos los archivos de la familia durante la boda. No había sido una casualidad que él insistiera en que los Shen financiaran un proyecto distinto justo cuando el terreno salía a subasta.
La mujer comprendió entonces algo peor: Bo no se había casado con ella únicamente por conveniencia. También necesitaba acceso a la información y al patrimonio de su familia.
La revelación no la destruyó. Le dio dirección.
Pidió al equipo legal que investigara las comunicaciones entre Bo y su director financiero durante los seis meses previos a la boda. También solicitó los registros de acceso al servidor de la empresa. No esperaba encontrar una confesión. Buscaba patrones.
Los encontró en los horarios.
Cada vez que Bo le pedía firmar un documento urgente, una copia del archivo había sido abierta desde la computadora de su despacho la noche anterior. Cada vez que Shen Man preguntaba por una transferencia, el director financiero modificaba una hoja de cálculo. Y el día en que su padre descubrió el agujero en las cuentas, alguien había eliminado las grabaciones de seguridad de la sala de archivos.
No era una prueba suficiente, pero ya no era una sospecha aislada.
Mientras tanto, el terreno comenzó a atraer rumores. El municipio publicó un aviso sobre la ampliación de la línea ferroviaria y la aprobación preliminar de una zona logística. El valor del lote subió en cuestión de semanas.
Bo Ziyan comprendió que Shen Man había sabido algo que él ignoraba.
La llamó durante la noche.
—¿Quién te lo dijo?
—¿De qué hablas?
—No finjas. Sabías que el terreno iba a revalorizarse.
—¿Y si lo sabía?
—Eres mi esposa. Debiste consultarme.
—Tú no me consultaste cuando usaste mis bienes para financiar tu empresa.
—Puedo devolverte el dinero.
—No quiero tu dinero.
—¿Entonces qué quieres?
Shen Man miró el cuaderno rojo de su madre.
—Quiero que dejes de llamarme tu esposa como si fuera una propiedad.
Bo guardó silencio. Después bajó la voz.
—Podemos empezar de nuevo.
—No.
—Nunca te he golpeado. Nunca te ha faltado nada.
—Me faltaste tú. Todos los días.
—Eso es absurdo.
—No, Bo Ziyan. Lo absurdo fue que yo creyera que el abandono no contaba como una forma de crueldad.
Colgó antes de que él respondiera.
La demanda de divorcio avanzó con lentitud. Bo pidió una separación de bienes y afirmó que Shen Man había utilizado información privilegiada para manipular la subasta. La familia Shen respondió que la información procedía de estudios previos y que la oferta había sido legal, transparente y respaldada por fondos propios.
La noticia se extendió por la ciudad. Los mismos invitados que habían esperado verla llorar durante la subasta comenzaron a llamarla para ofrecerle alianzas. Shen Man rechazó la mayoría. No quería convertirse en una celebridad financiera ni demostrarle nada a Bo. Quería construir una empresa que no dependiera de su apellido ni del matrimonio que estaba terminando.
Para hacerlo, contrató a Xu Yichen.
Él aceptó reunirse en una cafetería cercana al terreno. A diferencia de Bo, no llegó con una comitiva ni esperó que ella lo reconociera. Puso sobre la mesa sus planos y habló con precisión.
—La zona puede convertirse en un centro de distribución, pero no en un complejo residencial como piensa la mayoría. Si el ferrocarril se amplía, los pequeños comercios necesitarán almacenes y servicios. Podemos arrendar espacios en lugar de venderlo todo.
—¿Por qué te retiraste de la subasta?
—Porque doce mil millones era más de lo que planeaba invertir.
—Pero sabías que el terreno valdría más.
—Lo sospechaba. Tú estabas dispuesta a pagar una cifra que yo no podía justificar.
Shen Man sonrió apenas.
—Eso suena menos romántico de lo que la gente cree.
—No vine a cortejarte.
—Mejor.
—Vine a decirte que Bo Ziyan está intentando comprar a dos de tus socios. Si logra que abandonen el proyecto, puede retrasarlo hasta obligarte a vender.
Xu le entregó una copia de varios mensajes. No había obtenido acceso ilegal a ellos; uno de los socios se los había enviado después de recibir una oferta de Bo. El marido de Shen Man no quería el terreno para desarrollarlo. Quería impedir que ella lo hiciera.
La venganza le estaba costando más que la inversión.
Shen Man decidió no responder con otra guerra personal. Contrató una empresa de ingeniería independiente, publicó el proyecto y permitió que tres pequeños empresarios participaran en el diseño. También reservó una parte del terreno para una clínica de atención laboral, porque recordaba que su madre siempre decía que una propiedad debía ser útil para alguien más que sus dueños.
La decisión hizo que el proyecto tardara más, pero evitó que Bo pudiera acusarla de especulación vacía.
El golpe definitivo llegó desde el lugar menos esperado.
Su Tiantian pidió hablar con la señora Qiao. Llegó con una caja de cartón y una expresión agotada.
—No quiero ayudarla por venganza —dijo—. Quiero dejar de tener miedo.
Dentro de la caja había copias de contratos, recibos y una memoria USB. Tiantian había guardado los documentos porque Bo le pedía firmar algunos papeles bajo el pretexto de tramitar su beca. Entre ellos había una autorización que permitía utilizar su nombre para recibir pagos de una empresa intermediaria.
—¿Sabías para qué era?
—Al principio no. Después vi que el dinero llegaba a una cuenta que él controlaba. Cuando pregunté, me dijo que era una forma de protegerme de los impuestos.
—¿Y por qué guardaste todo esto?
Tiantian bajó los ojos.
—Porque el día que usted llegó a la subasta, él dijo que yo no significaba nada. En ese momento entendí que, si algo salía mal, tampoco me protegería.
Shen Man no sintió satisfacción. Solo cansancio.
—Lo que hiciste estuvo mal —le dijo—. Ayudaste a excluirme y aceptaste cosas que no entendías.
—Lo sé.
—Pero no permitiré que Bo te convierta en la única culpable.
La información de Tiantian permitió reconstruir el camino de parte del dinero. No bastó por sí sola para probar cada delito, pero, junto con las auditorías, los registros digitales y los contratos alterados, llevó a una investigación formal. El director financiero renunció primero. Luego admitió que había recibido instrucciones de Bo para retrasar informes y mover fondos entre filiales.
Bo negó haberlo ordenado. Sus abogados intentaron presentar el asunto como una disputa matrimonial. Pero la empresa no era un hogar y las cuentas no eran una discusión privada.
Los accionistas convocaron una reunión extraordinaria. Bo perdió el control de dos filiales y tuvo que vender acciones para cubrir las garantías que había utilizado sin autorización. No fue encarcelado de inmediato ni perdió todo en una noche; tuvo que enfrentar meses de auditorías, demandas y negociaciones. Su reputación, sin embargo, se derrumbó mucho antes de que terminara el proceso.
Cuando finalmente firmó el acuerdo de divorcio, parecía más viejo que el día de la subasta.
La separación estableció que cada uno conservaría los bienes adquiridos con fondos propios. Shen Man mantuvo el terreno, el departamento y las acciones de la empresa familiar que le correspondían. Bo tuvo que devolver una parte significativa del dinero transferido y renunciar a cualquier participación en el proyecto de desarrollo.
Antes de firmar, él la miró desde el otro lado de la mesa.
—¿Nunca me amaste?
Shen Man sostuvo el bolígrafo entre los dedos.
—Sí. Ese fue mi error, no mi vergüenza.
—Yo también te quise.
—Tal vez. Pero querías más lo que podía darte.
Bo bajó la mirada.
—Si pudiera volver atrás…
—Yo ya volví atrás.
Él no entendió la frase, pero no preguntó. Quizá por primera vez comprendió que había perdido algo que no podía recuperar con dinero.
Su Tiantian abandonó el país para terminar sus estudios con una beca independiente. Antes de irse, devolvió el dinero que había recibido de manera irregular y aceptó colaborar con la investigación. Shen Man no se convirtió en su amiga, pero tampoco permitió que la destruyeran para proteger la imagen de un hombre que la había utilizado.
La familia Shen también cambió. Su padre reconoció que había confiado demasiado en el matrimonio de su hija y que, al creer que Bo podía protegerla, la había dejado sola. Shen Man no lo perdonó de un día para otro, pero aceptó dirigir la nueva división de inversiones con reglas claras, cuentas separadas y decisiones transparentes.
Meses después, el antiguo terreno abandonado comenzó a transformarse. La primera construcción no fue un edificio de lujo, sino un centro logístico con pequeños almacenes, una estación de carga y una clínica. La señora Qiao supervisó los contratos. Xu Yichen se encargó de la planificación y, aunque la prensa insistió en convertir su relación con Shen Man en un romance, ambos avanzaron con cautela.
Una tarde, cuando el primer tren pasó junto al terreno, Shen Man llevó consigo el cuaderno rojo de su madre. El silbato atravesó el aire y los trabajadores se detuvieron por unos segundos para mirar las vías.
—Tu madre tenía razón —dijo Xu Yichen—. Este lugar todavía podía servir para algo.
—Ella lo sabía. Solo necesitaba que alguien dejara de mirarlo como una ruina.
—¿Y tú? ¿Qué harás ahora?
Shen Man observó sus manos. Ya no llevaba el anillo de matrimonio, pero conservaba una fina marca en el dedo.
—Lo mismo que hice aquel día.
—¿Comprar propiedades por más dinero del necesario?
—No. Elegir por mí misma.
Esa noche, volvió a su departamento y abrió el armario. El rojo seguía allí, junto a otras prendas que había elegido sin consultar a nadie. En la última repisa conservaba un pequeño retazo de tela blanca, cortado del primer vestido que había mandado tirar.
No lo guardaba por nostalgia de Bo Ziyan. Lo guardaba para recordar a la mujer que había sido: una esposa que confundía obediencia con amor y silencio con paz.
Al día siguiente, Shen Man colocó el retazo dentro del cuaderno de su madre y cerró la tapa. Luego salió hacia la obra mientras el sol comenzaba a iluminar las vías nuevas.
El terreno que todos habían llamado inútil no le devolvió los años perdidos, ni borró las heridas del matrimonio. Pero le dio algo que Bo Ziyan nunca había podido ofrecerle: un lugar construido con decisiones que le pertenecían.
Y esta vez, cuando eligió el color de su vida, nadie volvió a pedirle permiso.