—Si no depositas 500 mil yuanes antes de las ocho, sacaremos a tu abuela de esta habitación —dijo el director Juan, sin mirar a la anciana conectada al monitor—. Y me ocuparé de que ningún otro hospital la reciba.
Suwan apretó la baranda de la cama hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Su abuela respiraba con dificultad, ajena a la negociación que acababan de hacer con su vida. Al otro lado del escritorio, Xiao Yue sonreía como si estuviera eligiendo flores para una fiesta, mientras Chen Haowen, el hombre que había sido prometido de Suwan esa misma mañana, evitaba mirarla.
—No pueden hacer esto —dijo Suwan—. Ya pagué el tratamiento de esta semana.
—Esa cantidad fue insuficiente para el nuevo protocolo —respondió Juan, aunque ni siquiera abrió el expediente—. Pero podemos encontrar una solución privada.
La mirada que le recorrió el cuerpo hizo que Suwan retrocediera.
—Pasa la noche conmigo y el depósito desaparece.
Xiao Yue soltó una risa suave. Llevaba el vestido de novia que Suwan había diseñado para sí misma durante tres meses: seda marfil, bordado a mano y una pequeña rama de magnolia escondida junto al corazón.
—No seas orgullosa, Suwan. Mi familia tiene inversiones en este hospital. El director solo te está dando una oportunidad.
—¿Una oportunidad para qué? ¿Para que ustedes puedan sentirse poderosos viendo cómo me arrastro?
Haowen levantó por fin la vista. Cinco años antes, cuando él no conseguía trabajo y fingía que su familia lo ayudaría pronto, Suwan había pagado su renta, sus cursos y hasta el préstamo de su padre. Él le había prometido que, cuando se recuperara, le daría una boda digna. Esa mañana la había dejado esperándolo en el salón que ella misma había pagado. Después había llegado tomado del brazo de Xiao Yue, anunciando que el matrimonio con ella era mejor para su futuro.
—No quería que las cosas terminaran así —murmuró Haowen—. Pero Yue tiene razón. No puedes salvar a tu abuela sola.
—¿Y tú? —Suwan lo miró con una calma que le dolió más que un grito—. ¿También vienes a cobrarme por los años en que te sostuve?
Haowen tragó saliva, pero Xiao Yue respondió por él.
—Él puede ser generoso. Si vuelves con él como amante, pagará la cuenta. Nadie tiene por qué enterarse.
Suwan miró el rostro dormido de su abuela y sintió que algo dentro de ella se partía. No por el dinero. Ni siquiera por Haowen. Se rompió al comprender que aquellas personas creían que una mujer desesperada no tenía límites, que el amor por su familia podía convertirla en mercancía.
—Prefiero pedir limosna en la calle antes que deberles un solo yuan —dijo.
Juan dejó caer una tarjeta sobre el escritorio.
—Entonces tienes hasta las ocho.
Suwan salió del despacho con las piernas temblando. En el pasillo, sacó el celular para llamar a cada banco, a cada excompañera de la universidad, a cualquier persona que pudiera prestarle dinero. El primer número no respondió. El segundo dijo que lo sentía. El tercero cortó cuando escuchó la cifra.
Entonces una voz masculina, baja y firme, llegó desde el extremo del corredor.
—¿Quién les dio permiso para hablarle así a mi esposa?
Suwan alzó la cabeza. Shang Jiyan avanzaba hacia ella con una camisa de trabajo gris, los zapatos manchados de cemento y una gorra oscura que le ocultaba parte del rostro. Parecía exactamente lo que había dicho ser: un obrero que acababa de salir de una obra. Pero no caminaba como un hombre vencido por la pobreza. Caminaba como si el pasillo entero le perteneciera.
Ella había conocido a ese extraño apenas unas horas antes, en el momento más absurdo y humillante de su vida.
La mañana había empezado con los invitados sentados, el cuarteto tocando una melodía demasiado dulce y el teléfono de Haowen apagado. Suwan llevaba casi cuarenta minutos detrás de las puertas del salón, intentando no mirar las caras de lástima de sus amigas. Finalmente, una mujer del equipo de catering le mostró una fotografía que ya circulaba entre los invitados: Haowen y Xiao Yue entrando juntos a otro salón del mismo hotel, vestidos de novios.
Xiao Yue había ocupado su lugar. Haowen había ocupado el lugar junto a ella.
Suwan cruzó el vestíbulo con el velo en la mano y el corazón convertido en una piedra. En ese momento, un hombre con ropa de obrero abrió la puerta equivocada, miró el altar decorado con las magnolias que ella había elegido y dijo:
—Lo siento. Busco una reunión de citas. Creo que me equivoqué de piso.
Suwan vio, detrás de él, a su madre llorando junto a dos tías que murmuraban que una novia abandonada debía tener algo malo. Vio a Haowen, al fondo, poniéndole el anillo a Xiao Yue. Y vio en aquel desconocido una salida tan insensata que por un segundo le pareció aire.
—No se equivocó —le dijo—. A mí me falta un novio. ¿Quiere casarse conmigo?
El hombre la miró en silencio. No se burló. No le preguntó si estaba loca.
—¿Por qué yo?
—Porque usted entró sin conocerme y no me miró con lástima.
Él bajó la vista al vestido de Suwan, a sus manos heladas, a las lágrimas que ella se negaba a derramar.
—¿Está segura?
—No —contestó ella—. Pero estoy segura de que no voy a dejar que ellos decidan cómo termina mi día.
Cuando Suwan irrumpió en el otro salón y anunció que se casaría con el hombre que acababa de conocer, la familia Xiao se rió. Haowen la llamó inmadura. Xiao Yue dijo que nadie con dignidad se uniría a una mujer abandonada frente a todos.
Suwan respondió señalando su vestido.
—Lo diseñé yo. Pagué cada mesa de esta boda. Y tú estás casándote con mi ex usando mi trabajo. Así que no vuelvas a hablarme de dignidad.
El extraño se acercó entonces a su lado. No la tocó; mantuvo una distancia cuidadosa, casi rígida, pero su voz fue clara.
—Me llamo Shang Jiyan. Tengo treinta y dos años. Trabajo en construcción. No tengo casa ni auto a mi nombre. Si ella acepta esa vida, yo la respetaré.
Suwan lo miró, sorprendida por la honestidad seca de aquella presentación.
—Me importa más que alguien cumpla su palabra que el tamaño de su cuenta bancaria.
Se casaron ante un funcionario que el hotel consiguió a toda prisa. No hubo música ni flores nuevas. Solo el certificado, dos testigos y la expresión furiosa de Haowen. Cuando todo terminó, Jiyan guardó el documento con una delicadeza inesperada y se marchó alegando que tenía un asunto pendiente.
Suwan creyó que no volvería a verlo.
Ahora estaba frente a ella, en el hospital, con una sombra de ira en los ojos.
—Jiyan, no tenías que venir —susurró.
—Sí tenía.
Entró al despacho sin esperar autorización. Juan se puso de pie, molesto.
—¿Quién es usted? Esto es un asunto interno.
—El esposo de la paciente que están extorsionando.
—Tu esposo obrero no puede darte 500 mil yuanes —dijo Xiao Yue, cruzada de brazos—. Deja de hacerte ilusiones, Suwan.
Jiyan la observó apenas un instante. Luego sacó el teléfono, llamó a alguien y habló con una tranquilidad que desconcertó a todos.
—Doctor Jin, necesito una ambulancia especializada en el Hospital Pengcheng. Trasladen a la señora Lin de inmediato al Hospital Shenghe. Y revisa cada medicamento que le han administrado aquí.
Suwan abrió los ojos.
El Shenghe era el hospital privado más costoso de la ciudad. Ni siquiera Haowen había podido conseguir una cita allí cuando su padre enfermó.
—¿Tu amigo es médico? —preguntó ella.
—Me debe un favor.
Juan soltó una carcajada nerviosa.
—No puede trasladar a una paciente grave sin autorización.
—Entonces prepare la autorización —replicó Jiyan—. Porque si la señora Lin empeora por el tratamiento incorrecto que figura en su expediente, será usted quien explique por qué una supuesta norma de depósito solo apareció después de que mi esposa rechazó sus insinuaciones.
El color abandonó el rostro de Juan. Suwan no entendía cómo Jiyan podía saber lo del expediente, pero el director sí. Había alterado el plan de medicación esa misma tarde para presionarla.
Xiao Yue se acercó a Jiyan con desprecio.
—¿Estás amenazando al director? Eres un obrero con ropa sucia.
—No —dijo él—. Estoy describiendo lo que ocurrirá.
La ambulancia llegó veinte minutos después. El personal se movía con una eficiencia silenciosa, y nadie pidió a Suwan un pago inicial. Cuando su abuela fue llevada en camilla, Suwan corrió detrás de ella. Jiyan la siguió, siempre sin tocarla.
En el Shenghe, el doctor Jin revisó los análisis y frunció el ceño.
—La infección de su abuela era tratable, pero el medicamento que le dieron en Pengcheng no correspondía a su condición. Un día más y habría sufrido daño renal serio.
Suwan se cubrió la boca. Jiyan se quedó inmóvil, tan tenso que parecía contener una tormenta.
—¿Se va a recuperar? —preguntó ella.
—Con el tratamiento correcto, sí. Necesitará rehabilitación, pero está fuera de peligro.
Suwan soltó el aire y se dejó caer en una silla. Lloró entonces, sin ruido, con el rostro entre las manos. No notó que Jiyan se había alejado dos pasos, como si temiera invadir un dolor que no le pertenecía.
—Te devolveré cada yuan —dijo cuando pudo hablar.
—No me debes nada.
—No sabes cuánto es.
—No importa.
—¿Por qué haces esto por mí? Nos casamos por impulso. Apenas sabes quién soy.
Jiyan miró la puerta de la habitación donde dormía la anciana.
—Sé que, cuando todos te vieron sola, lo primero que pensaste fue en proteger a alguien más. Eso me basta por ahora.
Durante los días siguientes, Suwan descubrió que su extraño esposo era todavía más extraño de lo que había imaginado. Vivía en un departamento sencillo cerca de una zona de obras, cocinaba arroz demasiado seco y parecía conocer a media ciudad: al médico director del Shenghe, a un abogado que resolvió en una tarde el pago atrasado de su taller de diseño y hasta al encargado de una floristería que llevó magnolias a la habitación de su abuela.
Pero evitaba cualquier contacto físico con una precisión dolorosa. Si Suwan le alcanzaba una taza, él esperaba a que la dejara sobre la mesa. Si ella tropezaba, él extendía el brazo y lo retiraba antes de rozarla. Una noche, cuando una costurera se pinchó un dedo en el taller y Suwan intentó limpiarle la herida, Jiyan se puso pálido al ver una gota de sangre ajena en su mano y salió al balcón con dificultad para respirar.
—¿Te pasa algo? —preguntó Suwan desde la puerta.
—No entres todavía.
Ella obedeció. Diez minutos después, él regresó con el rostro cubierto de manchas rojas, como si le ardiera la piel.
—Tengo una alergia severa —explicó, avergonzado—. El contacto físico puede desencadenarla. A veces basta con muy poco.
Suwan recordó que, en la boda, él jamás había tomado su mano. Recordó la distancia exacta que mantenía cuando caminaban juntos.
—No tienes que disculparte —dijo—. Solo debiste contármelo.
—Pensé que, si sabías que tu esposo no podía ni tomarte de la mano, querrías anular el matrimonio.
—¿Y tú querrías?
Jiyan tardó demasiado en responder.
—No.
Aquella palabra quedó suspendida entre ellos. Suwan sintió miedo de creerle, pero también una tibia calma que no había sentido en años. Haowen siempre había pedido, exigido, prometido. Jiyan, en cambio, había llegado cuando ella no podía ofrecerle nada y había resuelto un problema que no era suyo sin cobrarle obediencia, cariño ni silencio.
Suwan decidió que no anularía el matrimonio de inmediato. No porque confundiera gratitud con amor, sino porque quería conocer al hombre que había aceptado subir a un escenario para salvarla de una humillación.
Su decisión irritó a quienes pensaban que seguía disponible para ellos.
Xiao Yue empezó a presentarse en su taller con nuevos pretextos. Primero exigió que Suwan terminara una colección que había contratado antes de la boda. Luego canceló el contrato alegando retrasos que no existían. Finalmente, llevó a varios proveedores a retirarle crédito, asegurando que Suwan había robado diseños de la familia Xiao.
Haowen aparecía detrás de ella, cada vez más apagado, pero nunca la detenía.
—Podemos arreglarlo —le dijo una tarde, cuando Xiao Yue salió a atender una llamada—. Renuncia a ese matrimonio absurdo. Yo te ayudaré a recuperar el taller.
—¿Cómo? ¿Con el dinero de tu esposa?
—Mi matrimonio no significa nada.
—Para mí sí significa algo. Significa que elegiste venderte y luego quisiste venderme conmigo.
Haowen bajó la voz.
—Nunca dejé de quererte.
Suwan recogió de la mesa el boceto de una magnolia y lo rompió por la mitad.
—No me querías. Te gustaba que te resolviera la vida.
Esa misma noche, Jiyan recibió una llamada mientras cenaban. Suwan alcanzó a escuchar una frase antes de que él se apartara: «La adquisición de Tianqi no puede esperar». Cuando volvió, ella le preguntó por qué un obrero hablaba de adquisiciones empresariales.
Jiyan dejó los palillos sobre la mesa.
—Tengo asuntos que no te he explicado.
—Eso ya lo sé.
—Te los explicaré pronto.
—No quiero promesas vagas, Jiyan.
Él la miró con una seriedad que la hizo arrepentirse de haber usado aquel tono.
—No es una promesa vaga. Es miedo.
No dijo a qué le temía. Suwan no insistió, aunque guardó la pregunta como había guardado el certificado de matrimonio: en un cajón, donde no pudiera perderlo ni verlo todo el tiempo.
Dos días después, recibió una llamada de su abuela. La anciana hablaba débilmente, pero con la lucidez de siempre.
—Wanwan, el joven que viene contigo… ¿es Shang Jiyan?
—Sí, abuela.
—Hace un año, en la estación de tren, ayudaste a una señora que se desmayó. Le diste tu asiento, llamaste a una ambulancia y pagaste el taxi de su asistente. ¿La recuerdas?
Suwan recordó a una mujer elegante que apenas podía respirar entre la multitud. Había estado a punto de perder una importante entrevista, pero se quedó con ella hasta que llegó la ayuda.
—Era la madre de Jiyan —continuó su abuela—. La vi hoy en televisión. Es la presidenta honoraria del Grupo Shang.
Suwan dejó de respirar por un segundo.
Buscó el nombre en internet. Las fotografías mostraban a una mujer de cabello plateado, impecable, junto a un hombre de rostro severo y ojos conocidos: Shang Jiyan, presidente del Grupo Shang, una de las empresas de construcción y tecnología más grandes del país.
En una imagen reciente llevaba traje oscuro y estaba rodeado de ejecutivos. En otra, descendía de un automóvil blindado acompañado por guardaespaldas. No era un obrero pobre. Era el hombre del que Xiao Yue se burlaba sin saberlo.
Suwan no sintió alegría. Sintió que cada gesto extraño de Jiyan encontraba de pronto una explicación y, al mismo tiempo, abría una herida nueva. La ropa de trabajo, el departamento, los silencios, el supuesto amigo médico. Todo había sido una mentira, aunque quizá no una mentira cruel.
Esperó hasta que él volvió esa noche. Jiyan entró con el rostro cansado y se detuvo al verla sentada junto a la mesa, con el teléfono abierto sobre una fotografía suya.
—¿Desde cuándo ibas a ocultarlo? —preguntó ella.
Él no fingió no entender.
—No quería que tuvieras miedo de mí.
—¿Miedo? Jiyan, me casé contigo creyendo que no tenías nada. Dejé que pagaras el hospital de mi abuela creyendo que estabas arriesgando tus ahorros. ¿Sabes lo humillante que es descubrir que cada vez que intenté devolverte algo, estabas viendo cómo una mujer sin dinero trataba de alcanzar una cuenta que para ti no significa nada?
—Nunca me burlé de ti.
—No, pero me dejaste sola con la verdad mientras tú tenías todas las respuestas.
Jiyan se quitó la gorra, algo que casi nunca hacía frente a ella.
—Noventa y nueve mujeres aceptaron salir conmigo antes de conocerte. Algunas querían el apellido Shang. Otras querían acceso a mis empresas. Cuando aparecía vestido como soy realmente, ninguna veía a la persona. Solo veía lo que podía obtener.
—¿Y por eso decidiste probarme?
—No te estaba buscando a ti. Entré a esa boda por error. Cuando me pediste que te casaras conmigo, pensé que estabas usando mi apariencia para escapar de ellos, no de mí. Después vi cómo defendiste a tu abuela. Vi que ni siquiera sabías quién era mi madre cuando la ayudaste. Quise creer que podía tener algo verdadero.
Suwan sostuvo su mirada. Había dolor en él, pero el dolor no convertía una decisión equivocada en una decisión inocente.
—Yo también quería algo verdadero. Y lo verdadero empieza cuando uno deja de esconder la parte que puede lastimar al otro.
Jiyan asintió despacio.
—Tienes razón.
—Necesito espacio.
Él no intentó detenerla. Solo sacó el certificado de matrimonio de su cartera, lo puso sobre la mesa y dijo:
—No voy a usar mi dinero para obligarte a quedarte. El taller está a tu nombre. La atención de tu abuela está garantizada, sin condiciones. Si decides terminar esto, respetaré tu decisión.
Suwan se mudó temporalmente al pequeño apartamento de su abuela, aunque la anciana aún permanecía en rehabilitación. Reabrió el taller con dos costureras que se negaron a abandonarla y aceptó encargos modestos: vestidos para graduaciones, uniformes para una cafetería, arreglos de última hora. Trabajó hasta que le dolían los ojos, no para demostrarle algo a Jiyan, sino para recordar que podía sostenerse por sí misma.
Entonces encontró el primer hilo de la red que Xiao Yue había tejido.
Un proveedor le envió por error un archivo con las fechas originales de los contratos. Las cancelaciones no se debían a retrasos de Suwan: provenían de una empresa fantasma que pertenecía al primo de Xiao Yue. Entre los documentos había una copia de la orden de compra del medicamento equivocado para su abuela. La firma electrónica era del director Juan, pero la autorización financiera venía de la fundación médica de la familia Xiao.
Suwan no llamó a Jiyan. Fotografió cada archivo, hizo respaldos y se reunió con la enfermera que había atendido a su abuela en Pengcheng. La mujer, aterrada, contó que Juan había ordenado modificar el tratamiento y que Xiao Yue había visitado el hospital la noche anterior al chantaje.
—No sé qué querían lograr —dijo la enfermera—, pero el director dijo que usted aprendería a no desafiar a la familia Xiao.
Suwan sí sabía. Xiao Yue no quería a Haowen por amor. Quería una prueba pública de que podía quitarle a Suwan lo que quisiera: el novio, el vestido, el taller, incluso la posibilidad de cuidar a su abuela. Y Haowen, demasiado débil para asumir la culpa de su propia ambición, le había servido de cómplice.
El problema era que Xiao Yue aún tenía poder. Si Suwan presentaba las pruebas sin apoyo, podían desacreditarla y desaparecer los registros. Necesitaba una investigación real, no una pelea más.
Por primera vez desde que descubrió la identidad de Jiyan, fue a buscarlo.
Lo encontró en la sede del Grupo Shang. En recepción, una asistente la reconoció de inmediato y la condujo al último piso. Jiyan estaba frente a una pared de vidrio, con un traje oscuro, mientras tres ejecutivos esperaban instrucciones. Cuando la vio, se quedó quieto.
—¿Puedes hablar? —preguntó Suwan.
Los ejecutivos salieron sin una palabra.
Ella puso una carpeta sobre su escritorio.
—No vine a pedirte que arregles mi vida. Vine porque hay pruebas de manipulación médica y extorsión. Quiero que una firma legal independiente las revise y que el hospital investigue al director Juan. Si tu grupo tiene relaciones con Pengcheng, necesito que no las uses para ocultar nada.
Jiyan abrió la carpeta, leyó las primeras páginas y su expresión cambió.
—La fundación Xiao intentaba asociarse con una subsidiaria de mi grupo para construir una nueva clínica privada. Esta mañana recibimos una propuesta final.
—Entonces mi caso les da razones para atacarte también.
—Mi caso no importa más que el tuyo.
—Importa porque si actúas por rabia, dirán que usaste tu poder para vengarte de una mujer que insultó a tu esposa. Necesito que lo hagas bien.
Jiyan levantó los ojos. Por primera vez, Suwan sintió que no la miraba como a alguien que debía proteger, sino como a una igual que acababa de ponerle un límite.
—Lo haremos bien —dijo.
La investigación tomó semanas. Una firma externa preservó los registros del hospital, revisó los cambios de medicación y rastreó las transferencias desde la fundación Xiao hacia una cuenta controlada por el director Juan. El Grupo Shang suspendió la negociación con la familia Xiao y solicitó una auditoría del proyecto médico. Jiyan no hizo declaraciones públicas ni amenazó a nadie. Esa sobriedad desesperó a Xiao Yue más que cualquier escándalo.
Ella decidió atacar primero.
Organizó una recepción para anunciar su supuesto compromiso empresarial con el Grupo Shang y envió invitaciones a medios locales. En el escenario, rodeada de fotógrafos, afirmó que Suwan había intentado chantajear a Pengcheng para obtener atención gratuita para su abuela. Haowen estaba a su lado, pálido y rígido.
Suwan había ido porque la citó el abogado de la investigación: aquella noche se presentarían los hallazgos ante el consejo de la fundación y varios inversionistas. No esperaba que Xiao Yue la señalara delante de todos.
—Hay personas que no toleran ver felices a los demás —dijo Xiao Yue, con falsa tristeza—. Mi antigua compañera ha usado acusaciones graves para destruir mi matrimonio y la reputación de mi familia.
Los murmullos crecieron. Suwan sintió el impulso de huir. Era el mismo salón de su boda, el mismo tipo de luces, la misma sensación de que decenas de ojos querían decidir quién era ella. Pero esta vez no llevaba un vestido ajeno ni esperaba que un hombre hablara por ella.
Caminó hacia el escenario.
—Tienes razón en algo, Xiao Yue —dijo tomando el micrófono—. Hay personas que no toleran ver felices a los demás. Por eso necesitan convertir a los otros en objetos.
Xiao Yue sonrió con frialdad.
—¿Ahora también vas a fingir que tu esposo es el presidente Shang?
Suwan no miró a Jiyan, que estaba al fondo junto a su equipo legal.
—No necesito fingir nada sobre mi esposo. Vine a hablar de ti.
La pantalla detrás del escenario cambió. Aparecieron las órdenes médicas con sus fechas alteradas, las transferencias a Juan y los mensajes donde Xiao Yue pedía que se «elevara el costo» para obligar a Suwan a aceptar un acuerdo. Después se escuchó la declaración grabada de la enfermera, protegida por el abogado.
El rostro de Xiao Yue perdió color.
—Eso está manipulado.
—Por eso lo revisó una firma independiente —respondió Suwan—. Y por eso el hospital ya entregó los archivos originales a las autoridades sanitarias.
Haowen dio un paso atrás. Xiao Yue lo miró con furia.
—Di algo.
Él cerró los ojos. Cuando habló, su voz apenas se sostuvo.
—Yo sabía que ibas a presionar a Suwan. No sabía que cambiarías el tratamiento de su abuela.
—Mentiroso —escupió Xiao Yue—. Tú trajiste al director. Tú dijiste que ella cedería si se trataba de la vieja.
El silencio se volvió pesado. Haowen palideció aún más. No hizo falta una confesión completa: había mensajes, comprobantes y su firma en una reunión donde se aprobó retirar apoyo financiero al taller de Suwan. Pero su rostro demostró que, por fin, entendía el tamaño de la crueldad que había ayudado a construir.
—Pensé que solo querías asustarla —dijo.
Suwan lo miró sin satisfacción.
—Eso es lo que siempre pensaste, Haowen. Que las consecuencias les pasan a otros.
El presidente de la fundación Xiao anunció la suspensión inmediata de Juan y la apertura de una investigación interna. Los inversionistas se retiraron uno tras otro. La familia Xiao no perdió todo en una noche, pero perdió el proyecto con el Grupo Shang y tuvo que responder por prácticas que ya no podía negar. Juan fue separado del hospital mientras avanzaba la investigación sobre extorsión y negligencia. Xiao Yue quedó fuera de la fundación familiar y enfrentó demandas civiles junto con los responsables de las empresas fantasma.
Haowen no fue arrestado ni desapareció de la ciudad. Tuvo que vender el departamento que Xiao Yue había puesto a su nombre y aceptar un empleo menor lejos de las empresas donde antes presumía influencias. Meses después escribió una carta a Suwan. No pidió que volviera con él. Reconocía que había confundido dependencia con amor y que la había abandonado mucho antes de la boda.
Suwan la leyó una vez y la guardó sin responder. Algunas disculpas no necesitaban castigo; solo necesitaban llegar demasiado tarde.
Su abuela salió del Shenghe caminando despacio, apoyada en un bastón y quejándose de que la comida del hospital no tenía sabor. El día del alta, Suwan llevó un ramo de magnolias pequeñas. Jiyan llegó unos minutos después, sin escoltas y sin traje, con la misma camisa gris de la primera vez.
La anciana lo miró de arriba abajo.
—¿Otra vez vestido de obrero?
Jiyan pareció incómodo.
—Es ropa cómoda.
—No le creas, Wanwan. Los hombres ricos también pueden ser tontos.
Suwan soltó una risa que no esperaba. Jiyan sonrió, y el aire entre ellos dejó de sentirse tan lleno de cosas no dichas.
Él esperó a que la abuela se adelantara con la enfermera y habló bajo.
—No he vuelto a preguntarte por el matrimonio porque no quiero presionarte. El abogado puede preparar la anulación cuando quieras.
Suwan observó sus manos. Seguían separadas de las suyas por unos centímetros, como si incluso ahora él temiera hacerle daño.
—Fuiste deshonesto conmigo —dijo—. Y yo no voy a fingir que eso dejó de doler porque ayudaste a mi abuela.
—Lo sé.
—Pero también aprendí algo. Cuando tuve miedo, tú apareciste. No para comprar mi silencio ni para decidir por mí. Y cuando te pedí que hicieras las cosas bien, me escuchaste.
Jiyan no dijo nada. La alergia que lo obligaba a vivir protegido era evidente incluso en ese pequeño gesto: el deseo de acercarse y el miedo de no poder hacerlo.
Suwan sacó de su bolso el certificado de matrimonio. Lo había llevado consigo desde que se mudó, aunque nunca supo por qué.
—No quiero anularlo todavía —continuó—. Pero tampoco quiero seguir casada con un extraño. Si vamos a intentarlo, será sin pruebas, sin disfraces y sin secretos.
Jiyan respiró hondo.
—Sin secretos.
—Y tendrás que aprender a hacer arroz mejor.
Él la miró como si acabara de recibir una noticia imposible.
—Puedo contratar a un chef.
—Eso sería hacer trampa.
Jiyan rió, una risa breve y genuina. Luego extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarla.
—¿Puedo?
Suwan acercó primero un dedo a la manga de su camisa, donde sabía que no habría contacto con la piel. Él no tuvo reacción. Entonces deslizó su mano dentro de la de él, despacio, esperando que aparecieran las manchas rojas, el dolor, el rechazo.
No ocurrió nada.
Jiyan la miró, desconcertado. Suwan no soltó su mano.
Tal vez la alergia no había desaparecido; el médico les explicaría después que los episodios dependían de un trastorno inmunológico agravado por estrés y que requeriría tratamiento largo, no milagros. Pero aquella tarde, junto a la salida del hospital, Jiyan sostuvo la mano de Suwan durante cinco segundos completos.
La abuela se volvió desde la puerta y los vio.
—¿Van a quedarse ahí parados? —gruñó—. Las magnolias no se riegan solas.
Suwan guardó el certificado de matrimonio en su bolso. Ya no era una salida desesperada ni una deuda que pesaba sobre ella. Era una decisión que todavía debía construirse, un día honesto a la vez.
Y mientras caminaban detrás de su abuela, Jiyan no soltó su mano.