Fu Linchuan puso un dedo sobre la hoja que confirmaba, con una probabilidad superior al 99,99 por ciento, que la niña sentada al otro lado de la sala era su hija. Nadie se atrevió a respirar. El resultado podía devolverle una familia, pero el sello antiguo del laboratorio acababa de demostrar que alguien había falsificado la verdad antes de que la niña siquiera cruzara la puerta de la casa Fu.
Mian Mian no entendía por qué todos miraban el papel como si fuera algo peligroso. Tenía las piernas colgando de la silla y abrazaba un conejo de tela gris, tan gastado que una de sus orejas estaba sostenida por varios puntos torcidos. Sobre la mesa había un vaso de leche tibia. La niña lo observaba sin tocarlo.
—¿Puedo guardarlo para mañana? —preguntó.
Linchuan apartó la mirada del informe.
—Puedes tomarlo hoy. Mañana habrá más.
—¿Y pasado mañana?
—También.
—¿Y al día siguiente?
Él tardó un segundo en contestar, porque nadie le había hecho una pregunta tan sencilla con una desconfianza tan profunda.
—Todos los días, Mian Mian.
La niña tomó el vaso con ambas manos. Bebió un sorbo pequeño, como si esperara que alguien se lo arrebatara. Linchuan sintió que algo se le cerraba en el pecho.
Tres años antes, Wenli había salido de la residencia Fu con una bolsa de ropa, una tarjeta de autobús y ocho yuanes con sesenta centavos. La familia había dicho que se marchaba después de aceptar una compensación. Él había creído que lo había abandonado. Ahora Wenli estaba muerta y una niña de cuatro años acababa de aparecer en la puerta con sus ojos, su manera de fruncir la nariz y un conejo que podía contener la única explicación de todo.
—Vuelve a revisar cada documento —ordenó Linchuan sin apartar los ojos de Mian Mian—. El certificado de defunción, los registros del Hospital del Sur, las transferencias, las visitas y las comunicaciones de Wenli desde el día en que entró a esta casa. Quiero saber quién la cuidó estos tres años y quién pagó los gastos de la niña.
—Ya encontramos el certificado —respondió Fulu, su asistente—. Wenli murió el día veintisiete del mes pasado en el Hospital del Sur. El centro de análisis prometió un informe urgente mañana por la mañana.
—No esperaremos a mañana.
Linchuan dobló el resultado y lo guardó en una carpeta.
—Contrata otro laboratorio. Uno que no tenga ninguna relación con el grupo Fu.
La puerta se entreabrió. Fu Wenyan, el abuelo de Linchuan y presidente de la familia, entró apoyándose en su bastón. A su lado venía Fu Lian, hermana menor de Linchuan, con el rostro tenso y una expresión de cautela que no había abandonado desde que Mian Mian llegó.
—El abuelo quiere hacer una pequeña ceremonia esta tarde —dijo Lian—. Reconocerá a la niña como parte de la familia, aunque todavía no tengamos todos los resultados.
—No es una fiesta —respondió Linchuan.
—Para ella sí puede serlo. Tiene derecho a saber que no la van a devolver a la calle.
Wenyan miró a la niña. Mian Mian había dejado el vaso vacío sobre la mesa y ahora intentaba acomodar la oreja del conejo bajo su barbilla.
—La niña se queda —decidió el anciano—. Y nadie sale de esta casa hasta que sepamos quién manipuló el informe y quién tocó los documentos de Wenli.
Lian bajó la voz.
—Abuelo, si esto se hace público, la gente dirá que Wenli tuvo una hija fuera del matrimonio y que Linchuan la ocultó. La reputación de los Fu…
—Wenli también era una Fu —la interrumpió Wenyan—. Su reputación no vale menos porque esté muerta.
Mian Mian levantó la cabeza.
—¿Qué significa hija ilegítima?
La pregunta cayó sobre la mesa con más fuerza que cualquier golpe.
Lian palideció. Linchuan se agachó frente a la niña.
—Es una palabra que algunos adultos usan cuando quieren hacer sentir mal a un niño por cosas que no son su culpa.
—¿Yo soy eso?
—No.
—Mamá tampoco decía esas cosas.
Mian Mian apretó el conejo.
—Mamá decía que no había aceptado dinero de los Fu. Decía que si alguien lo afirmaba, yo tenía que darle esto al abuelo Wenyan. Solo a él.
Linchuan miró a su abuelo. El anciano extendió la mano, pero no tomó el juguete.
—¿Qué hay dentro?
—Mamá lo cosió en la barriga del conejo. Me dijo que nunca lo perdiera.
La costura estaba tan disimulada que nadie la habría encontrado sin saber dónde buscar. Linchuan pidió unas tijeras. Mian Mian se las entregó con miedo.
—No vas a romperlo —le prometió—. Solo vamos a abrir una parte para ver qué guardó tu mamá.
—¿Y si después no puede cerrarse?
—Lo arreglaremos.
—¿Quién?
—Yo.
La niña lo estudió durante unos segundos y finalmente asintió.
Dentro de la tela había una grabadora pequeña, envuelta en una bolsa de plástico. La carcasa estaba rayada y una esquina tenía una mancha oscura, como de sangre seca. Wenyan la recibió con las manos temblorosas.
—¿Todavía funciona? —preguntó Linchuan.
Fulu cambió las pilas y presionó el botón. Primero se oyó un ruido de estática. Luego, una respiración entrecortada.
—Mian Mian… si algún día escuchas esto, no te asustes. Mamá está cansada, pero no te ha abandonado.
La voz de Wenli era más delgada de lo que Linchuan recordaba. La grabación se interrumpió un instante y continuó con un susurro.
—No acepté el dinero. El documento que firmé no era una renuncia. Me dijeron que si intentaba buscar a Linchuan, ustedes se quedarían sin protección. No sé cuánto tiempo podré mantenerte a salvo. Si no regreso, entrega el conejo a Fu Wenyan. A nadie más.
Lian dio un paso hacia la grabadora.
—Eso podría ser cualquier cosa. Una mujer desesperada puede grabar lo que quiera para perjudicar a la familia.
Linchuan levantó la mirada.
—No vuelvas a hablar de ella como si estuviera aquí para defenderse.
La grabación siguió.
—La noche del veintisiete, si algo me ocurre, revisen el despacho del ala oeste. El mensaje que envié a Linchuan está en su cuenta, aunque alguien intente borrarlo. No confíes en quienes te digan que recibí dinero. Ellos saben que el contrato original todavía existe.
Después solo se escuchó un golpe, una respiración agitada y la voz de una mujer desconocida.
—Firma y te llevarás a la niña. Si no firmas, no saldrás de aquí.
La grabación terminó.
Mian Mian estaba mirando a Linchuan.
—¿Mamá va a volver?
Él no pudo mentirle.
—No, pequeña.
—Pero dijo que estaba cansada.
—Sí.
—Entonces tenemos que descansar por ella.
Linchuan cerró los ojos. Cuando los abrió, ya no era el hombre que había entrado en la sala creyendo que solo necesitaba una prueba de paternidad.
Wenyan ordenó cerrar las puertas. Los familiares que habían llegado para la ceremonia quedaron reunidos en el comedor. Había platos preparados, pero nadie probó la comida. La tía de Linchuan, Fu Yaqin, no dejaba de acomodarse el brazalete. Su esposo evitaba mirar al anciano. Lian permanecía de pie detrás de una silla, rígida, como si esperara que la acusación recayera sobre ella.
—No vamos a convertir esto en un espectáculo —dijo Lian—. Podemos entregar la grabadora a los abogados y resolverlo en privado.
—En privado fue como desapareció mi hermana —contestó Linchuan.
—No sabes eso.
—Sé que murió sola en el Hospital del Sur, que su hija fue encontrada viviendo en una habitación alquilada y que el supuesto informe de paternidad lleva un sello que dejó de usarse hace dos años.
Fulu colocó dos documentos sobre la mesa.
—El primer laboratorio confirmó el parentesco, pero el sello es falso. La directora del centro aseguró que el informe no salió de sus oficinas. Alguien utilizó una plantilla antigua del proyecto médico del grupo Fu.
—¿Y la segunda prueba? —preguntó Wenyan.
—Las muestras ya fueron enviadas a un laboratorio independiente. El resultado tardará unos días.
—No hace falta esperar para saber que alguien está nervioso —dijo Linchuan.
En ese momento, un empleado entró corriendo. Se inclinó junto a Fulu y le susurró algo. El rostro del asistente cambió.
—La cámara del pasillo registra que alguien entró al despacho del ala oeste hace diez minutos. El sistema fue reiniciado desde una cuenta administrativa.
—¿Quién tiene acceso? —preguntó Linchuan.
Fulu miró a Lian.
—La cuenta está registrada a nombre de la señorita Fu.
—Yo no la usé —dijo ella de inmediato—. Hace tres años estaba llevando las cuentas de la empresa y cualquiera podía entrar en ese despacho. Criados, asistentes, proveedores… no significa que yo haya borrado nada.
—No he dicho que fueras tú —replicó Fulu—. Solo que el dispositivo está registrado a tu nombre.
—Entonces no hagas que un asunto familiar se vuelva más desagradable de lo necesario.
Linchuan se volvió hacia ella.
—Ya no me importa que sea desagradable. Me importa que Wenli intentó contactarme y alguien borró su mensaje.
—¿Qué mensaje? —preguntó Yaqin.
Fulu abrió una ventana en su computadora.
—La operadora conserva un registro de que Wenli envió un mensaje a las once de la noche, un día antes de abandonar la residencia. El contenido fue eliminado de la cuenta de Linchuan a las once cuarenta y seis. Revisamos la copia de seguridad de la nube. A esa hora alguien accedió a la cuenta desde la red interna de los Fu.
—Las compañías telefónicas cometen errores —dijo Lian.
—Por eso también revisé el teléfono personal de Linchuan —respondió Fulu—. La copia de seguridad muestra que el mensaje existió. El acceso se hizo desde un ordenador del despacho del ala oeste.
Linchuan sintió un frío lento en las manos. Recordó aquella noche. Había estado en una junta fuera de la ciudad. Wenli lo llamó dos veces, pero él no contestó porque su padre le había dicho que ella intentaba presionarlo para casarse. Al día siguiente, la familia informó que Wenli se había marchado por voluntad propia después de aceptar una suma de dinero.
Durante tres años, él había llamado orgullo a su cobardía.
—Revisen el despacho —dijo.
Subió con Wenyan, Fulu y dos abogados de la familia. Mian Mian se quedó abajo con una empleada llamada señora Qiao, que había trabajado en la casa desde antes de que Linchuan naciera. La niña no quería soltarle la mano.
El despacho del ala oeste estaba cerrado desde hacía años. El polvo cubría los estantes, pero la mesa tenía una marca reciente, una línea limpia donde alguien había colocado una caja. Detrás de un archivador encontraron una tabla suelta. Debajo había un sobre de plástico con un recibo doblado y una fotografía.
En la fotografía aparecían Wenli y Linchuan frente a la clínica privada de la familia. Wenli estaba embarazada. La fecha impresa en la esquina correspondía a tres años atrás, dos semanas antes de que abandonara la residencia.
Al reverso, ella había escrito: «Si algo sale mal, el original está donde empezó todo».
—La clínica —dijo Linchuan.
Wenyan examinó el recibo. Era una factura de atención prenatal pagada en efectivo por una empresa intermediaria que ya no existía.
—Esta empresa pertenecía a la división de inversiones de Yaqin —dijo Fulu.
—Eso no demuestra que yo hiciera algo —respondió ella cuando bajaron al comedor—. Miles de pagos pasaban por esa división.
—Pero sí demuestra que alguien pagó la atención de Wenli mientras la familia decía que ella se marchaba por dinero —contestó Linchuan.
Yaqin golpeó la mesa.
—Tu madre no quería que esa relación continuara. Wenli no tenía familia, no tenía educación y estaba embarazada. Solo intentamos evitar un escándalo.
—¿Evitarlo significaba apartarla de mí?
—Significaba protegerte.
—¿Y quién protegió a mi hija?
Nadie respondió.
Mian Mian estaba sentada junto a la señora Qiao, comiendo un poco de arroz con zanahoria. Había pedido que le compraran zanahorias para el conejo porque, según ella, antes su madre las compartía con el juguete durante los días en que no tenían suficiente comida.
Linchuan se acercó y puso un plato más grande frente a ella.
—Puedes comer todo lo que quieras.
—¿Después me van a pedir que lo pague?
—No.
—¿Y si ensucio la ropa?
—Tampoco.
—¿Y si rompo algo?
—Lo arreglaremos.
Mian Mian bajó la cuchara.
—Mamá decía que en una casa grande todo tenía dueño. Que si tocabas algo sin permiso, podían echarte.
Linchuan miró las paredes, los muebles brillantes, el retrato de su abuelo y las puertas que durante años habían permanecido abiertas para todos menos para Wenli.
—Esta casa también es tuya —le dijo.
—¿De verdad?
—De verdad. Pero si algún día quieres irte, nadie te obligará a quedarte.
Por primera vez, Mian Mian sonrió.
La investigación avanzó durante los dos días siguientes. El Hospital del Sur confirmó que Wenli había ingresado con una infección pulmonar grave y una anemia severa. No tenía seguro vigente. La persona que la acompañaba se había registrado como «Qiao Mei», pero la dirección escrita en el formulario correspondía a un edificio demolido.
El hospital también entregó una copia de una declaración firmada por Wenli. En ella pedía que, si moría, se informara a la familia Fu sobre la existencia de Mian Mian. La declaración no había sido enviada porque alguien la retiró del expediente antes de que el departamento administrativo la digitalizara.
—¿Quién podía retirar documentos? —preguntó Linchuan.
—La supervisora de admisiones y el médico encargado —respondió el abogado—. Pero el registro de acceso muestra que la carpeta fue consultada desde una cuenta de visitante.
La cuenta pertenecía a un hombre que había trabajado como chofer de Yaqin.
Cuando lo localizaron, el hombre negó haber ido al hospital. Sin embargo, una cámara de una farmacia cercana lo mostraba comprando medicamentos para Wenli el mismo día. Después de varias horas de interrogatorio, admitió que Yaqin le había pedido seguir a Wenli y asegurarse de que no regresara a la residencia.
—Nunca la golpeé —dijo—. Solo le dije que el señor Linchuan iba a casarse y que si aparecía con una niña lo destruiría todo. La señora Fu me dio dinero para que la llevara a una pensión.
—¿Cuánto? —preguntó Linchuan.
—Cien mil.
La cifra no era una compensación para Wenli. Era el precio de mantenerla lejos.
Yaqin reconoció haber contratado al chofer, pero insistió en que no sabía que Wenli estaba enferma.
—Me dijeron que tenía otro hombre y que quería usar al niño para quedarse con la familia —declaró—. Yo creí que estaba defendiendo a Linchuan. Todos me dijeron lo mismo.
—¿Quiénes? —preguntó el abogado.
Yaqin guardó silencio.
La respuesta apareció en los movimientos bancarios. El dinero había salido de una cuenta vinculada a la empresa de Lian, que tres años atrás manejaba la administración de la residencia. También aparecieron pagos a la clínica, al laboratorio que falsificó el primer informe y a un empleado del hospital.
Lian negó todo hasta que Fulu encontró una copia del contrato original en un servidor antiguo. El documento no decía que Wenli aceptaba dinero para renunciar a Linchuan. Decía que la familia Fu cubriría su atención médica y garantizaría la manutención de la niña mientras Linchuan terminaba un proyecto en el extranjero.
La última página había sido sustituida. La firma de Wenli era real, pero el texto que la precedía no.
—Yo no falsifiqué ese contrato —dijo Lian.
—Pero tu cuenta pagó al laboratorio —respondió Linchuan.
—No sabía para qué era ese pago.
—¿Y el borrado del mensaje?
Lian lo miró con los ojos llenos de cansancio.
—Yo entré al despacho esa noche.
El comedor quedó en silencio.
Lian se sentó despacio.
—Wenli vino a buscarte. Yo la vi en la entrada. Estaba empapada y llevaba una manta sobre el vientre. Me pidió que te llamara. Yo… le dije que te habías ido a dormir.
—Yo estaba en la casa.
—Lo sé.
—¿Por qué mentiste?
—Porque Yaqin me dijo que tu padre iba a anunciar tu compromiso con la hija de un socio. Dijo que Wenli estaba intentando atraparte y que, si la dejaba subir, el abuelo te quitaría de la empresa. Yo tenía miedo. Acababa de asumir la administración y pensé que si protegía a la familia conservaría mi puesto.
—¿Borraste el mensaje?
Lian se llevó las manos al rostro.
—Lo abrí. Decía: «Estoy en la puerta. No me dejes sola». No decía más. Después Yaqin me llamó y me ordenó que lo eliminara. Usé el ordenador del despacho porque tu teléfono estaba bloqueado.
—¿Y la firma?
—No la falsifiqué. La encontré en una copia que ya había sido modificada. Pensé que todo estaba autorizado.
—Pensaste que una mujer embarazada debía desaparecer para que la familia no pareciera débil.
Lian lloró en silencio.
—Sí.
No hubo disculpa capaz de cerrar aquella herida. Linchuan salió del comedor antes de decir algo que no pudiera retirar.
Encontró a Mian Mian en el jardín, sentada bajo un árbol, con el conejo sobre las rodillas. La niña había colocado dos zanahorias a un lado del juguete.
—¿Por qué no estás comiendo? —preguntó él.
—Son para el conejito.
—El conejo no come zanahorias de verdad.
—Mamá decía que, cuando uno tiene poco, comparte primero con quien quiere.
Linchuan se sentó en el suelo frente a ella. No sabía cómo decirle que su madre había pasado sus últimos meses escondida, que había trabajado hasta enfermar, que había guardado una grabadora dentro de un conejo para protegerla de adultos que hablaban de dinero mientras ella tenía hambre.
—Tu mamá te quería mucho —dijo.
—¿Tú también la querías?
La pregunta le dolió más que cualquier acusación.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no fuiste?
Linchuan no buscó una excusa.
—Porque creí una mentira. Y porque tuve miedo de enfrentar a mi familia.
Mian Mian acarició la oreja cosida.
—Mamá decía que las personas pueden equivocarse y volver.
—Algunas veces sí.
—¿Tú vas a volver?
Linchuan respiró profundamente.
—Voy a quedarme mientras tú quieras que me quede. Pero no voy a obligarte a confiar en mí de inmediato.
La niña apoyó la cabeza en su hombro. No dijo que lo perdonaba. Solo permaneció allí, y para Linchuan fue una respuesta más honesta.
El segundo laboratorio entregó el resultado tres días después. La prueba confirmaba que Mian Mian era hija de Linchuan. También establecía que Wenli era su madre biológica. No había ninguna duda posible.
Pero el informe no podía reparar el tiempo perdido.
Wenyan convocó a la familia y a los abogados. Esta vez no hubo ceremonia ni comida. En la mesa colocó el contrato original, las copias alteradas, los registros bancarios, el informe médico y la grabadora.
—Desde hoy —dijo—, la manutención de Mian Mian se depositará en una cuenta a su nombre, administrada por un fideicomiso independiente. Ningún miembro de esta familia podrá tocar ese dinero.
Linchuan intervino.
—No quiero que se compre su silencio con una cuenta.
—No es silencio. Es una obligación que debimos cumplir desde hace tres años.
El abuelo ordenó además que se presentara una denuncia por la falsificación de documentos y la manipulación del expediente hospitalario. Yaqin quedó apartada de todas las empresas familiares mientras avanzaba la investigación. Lian renunció a su cargo y entregó sus dispositivos y registros financieros. No fue enviada a prisión de inmediato ni perdió mágicamente todo lo que poseía; tendría que responder por sus decisiones ante las autoridades y compensar, junto con los responsables directos, los gastos que Wenli había dejado sin cubrir.
Fu Linchuan renunció a la dirección del proyecto que lo había mantenido lejos de casa. Su padre, que había firmado la orden interna para «resolver discretamente» el asunto de Wenli, dejó de intervenir en las decisiones de la familia. Wenyan conservó el control legal de los negocios, pero por primera vez separó el apellido de la impunidad.
La señora Qiao entregó entonces una última pieza de evidencia. Había guardado durante tres años una caja de cartón que Wenli dejó en la cocina la noche que se fue. Dentro había un vestido infantil, un cuaderno de dibujos y tres cartas sin enviar.
La primera estaba dirigida a Linchuan.
«No te pido que me prometas una boda ni que desafíes a tu familia. Solo necesito que sepas que la niña existe. Si decides no venir, la criaré lejos de ellos. Pero no quiero que un día piense que su padre nunca quiso conocerla».
La segunda decía:
«Mian Mian, si algún día preguntas por él, dile que intenté llamarlo. No le digas que lo odié. No lo odié. Me dolió que no contestara».
La tercera no tenía destinatario.
«A veces una casa puede ser enorme y aun así no tener lugar para una persona».
Linchuan leyó las cartas en la habitación que habían preparado para Mian Mian. La niña dormía sobre una cama demasiado grande, rodeada de ropa nueva, zapatos suaves y libros que todavía no sabía leer. En la mesita, el conejo descansaba junto a una caja de costura.
Él entendió entonces que no podía convertir aquella habitación en una prueba de amor. Mian Mian no necesitaba una casa llena de cosas; necesitaba que los adultos cumplieran lo que prometían.
Durante los meses siguientes, Linchuan aprendió a preparar leche, peinar cabello enredado y reconocer cuándo una niña decía «no tengo hambre» porque temía que la comida se acabara. Mian Mian aprendió que podía dejar una galleta a medias y encontrar otra al día siguiente. Aprendió a ensuciar una camiseta sin pedir perdón. Aprendió que la puerta de su cuarto podía cerrarse, pero nadie la cerraría desde afuera.
La relación no fue sencilla. Algunas noches preguntaba por qué Linchuan no había ido antes. Él nunca le decía que el pasado estaba resuelto. Le explicaba la verdad con palabras que pudiera entender.
—Me equivoqué —repetía—. Los demás mintieron, pero yo también fui responsable por creerles.
Cuando Mian Mian preguntaba si él iba a desaparecer, Linchuan respondía:
—No puedo prometerte que nunca habrá problemas. Sí puedo prometerte que no me iré sin hablar contigo.
La investigación tardó casi un año. Se comprobó que Yaqin había iniciado la cadena de pagos, que Lian había borrado el mensaje y que un antiguo director financiero había coordinado la falsificación del contrato y del informe de paternidad. Yaqin no fue condenada por la muerte de Wenli porque no existían pruebas de que hubiera causado directamente su enfermedad, pero sí fue responsabilizada por el acoso, la falsificación y la ocultación de información. La familia tuvo que pagar una indemnización y hacerse cargo de los gastos médicos que habían dejado pendientes.
El Hospital del Sur corrigió el expediente de Wenli. Su nombre dejó de aparecer como una paciente sin familiares. En la nueva copia figuraban Linchuan y Mian Mian como sus parientes.
Wenyan quiso colocar una placa con el nombre de Wenli en el jardín de la residencia. Linchuan se negó.
—No quiero que la conviertan en un símbolo para que todos se sientan mejor.
—¿Qué quieres entonces?
—Que la niña pueda entrar a esta casa sin que nadie vuelva a preguntarle si pertenece aquí.
El anciano aceptó.
Meses después, Mian Mian regresó a la clínica donde había nacido. No recordaba el lugar, pero Linchuan quería que tuviera acceso a toda la información sobre su madre cuando fuera mayor. La doctora que atendió a Wenli conservaba una fotografía de aquella época: Wenli estaba sentada junto a una ventana, sosteniendo una manta rosa y sonriendo con una mano sobre el vientre.
—Tu mamá vino sola —dijo la doctora—, pero no se veía vencida. Preguntó muchas veces si su bebé estaba bien.
Mian Mian tomó la fotografía.
—¿Era bonita?
—Mucho.
—¿Se parecía a mí?
—En los ojos.
La niña miró a Linchuan.
—¿Tú tienes una foto de cuando mamá y tú estaban juntos?
Él sacó la imagen encontrada en el despacho. Durante un momento pensó en esconderla, pero se la entregó.
—Esta es la única que encontré.
Mian Mian la observó y luego señaló el vientre de Wenli.
—Ahí estaba yo.
—Sí.
—¿Y tú ya sabías que era mi papá?
—No.
—Pero mamá sí.
Linchuan bajó la mirada.
—Sí.
La niña pensó un instante.
—Entonces ella te estaba esperando.
—Sí.
—Llegaste tarde.
Él no se defendió.
—Muy tarde.
Mian Mian le devolvió la fotografía y entrelazó sus dedos con los de él.
—Pero llegaste.
Al año de la llegada de la niña, la familia Fu celebró una cena sencilla. No hubo periodistas, discursos ni anuncios. Solo estaban Wenyan, Linchuan, Mian Mian, la señora Qiao y algunos empleados que habían conocido a Wenli. Lian no asistió. Había enviado una carta, pero Linchuan todavía no estaba preparado para verla.
Mian Mian llevó el conejo sobre la mesa y colocó delante de él una pequeña zanahoria de plástico.
—Para que no se sienta solo —explicó.
—El conejo tiene una habitación propia —dijo Linchuan.
—Entonces ya no tiene miedo.
El abuelo Wenyan sirvió la sopa. La niña comió despacio al principio, pero cuando comprobó que nadie retiraba el plato, pidió otra porción. Linchuan se levantó para servírsela. Al volver, encontró el conejo en sus brazos.
—Papá —dijo Mian Mian—, ¿puedes coserle otra vez la barriga?
—Claro.
—No la cierres demasiado. Mamá dejó algo importante ahí dentro.
Linchuan miró la costura vieja. La grabadora ya estaba guardada en una caja de documentos, junto a las cartas y el contrato que había demostrado la verdad. El conejo, sin embargo, seguía siendo de la niña. No pertenecía a los abogados ni a los archivos ni a la familia.
Esa noche, mientras Mian Mian dormía, Linchuan cosió la tela con paciencia. No era hábil, y los puntos quedaron desiguales, pero la herida no volvió a abrirse.
Al terminar, dejó el conejo junto a la almohada. La niña lo abrazó sin despertar.
Por primera vez en muchos años, la casa Fu no guardó un secreto detrás de una puerta cerrada. Y cuando Mian Mian preguntó a la mañana siguiente si habría leche también al día siguiente, Linchuan no tuvo que pensar antes de responder.
—Sí —dijo—. Mañana, pasado mañana y todos los días que podamos construir juntos.