—Número veinte. Ventanilla dos, por favor.
La voz de la empleada se perdió entre el ruido del registro civil, pero yo la escuché con absoluta claridad. Era nuestro turno. El último de la mañana. El número que había conseguido después de esperar casi cuatro horas y soportar dos escenas de mi mejor amiga.

Miré hacia la puerta. Lin Xiao no estaba. Tampoco Gigi.
En mi mano, el papel con el número veinte estaba doblado en cuatro. Lo apreté tanto que la tinta empezó a marcarme la piel. Afuera, el restaurante de hot pot quedaba a menos de cinco minutos en automóvil, pero ellos no habían contestado ninguno de mis mensajes.
Ese día debía convertirme en la esposa de Lin Xiao. En cambio, estaba a punto de descubrir si él había olvidado nuestra boda por accidente o porque nunca había querido casarse conmigo.
Una hora antes, Lin Xiao había llegado tarde al registro civil. No llegó solo. Bajó del automóvil rodeando la cintura de Gigi, que caminaba con una mano apoyada sobre su hombro y la otra sujetándose la pierna.
—Lo siento, Qing —dijo él, sin siquiera mirarme a los ojos—. Gigi tuvo un calambre durante el trayecto.
Gigi hizo una mueca de dolor y se aferró a su brazo.
—No quería causar problemas. De verdad. Si prefieres, puedo irme.
—Claro que no —respondió Lin Xiao de inmediato—. No puedes caminar así.
Yo llevaba desde las ocho de la mañana frente a la puerta del registro. Había conseguido el primer número del día y había llegado con todos los documentos organizados en una carpeta azul. Lin Xiao debía encontrarse conmigo a las ocho y media. A las nueve me escribió que se había quedado dormido. A las nueve y veinte dijo que su madre lo había detenido por una llamada urgente. A las diez apareció con Gigi.
Y yo, en lugar de preguntarle por qué había tardado una hora en recogerla, sonreí.
—¿Te duele mucho? —le pregunté a ella.
—Un poco. No quería que Xiao se preocupara, pero insistió en venir por mí.
La frase fue sencilla. El tono, no. Gigi bajó la mirada con una dulzura cuidadosamente ensayada. Lin Xiao la miró como si acabara de salvarle la vida.
Los conocía demasiado bien. Sabía que Gigi no tenía ningún problema en la pierna. Dos días antes la había visto correr por la estación para alcanzar un autobús. También sabía que Lin Xiao solía creer cualquier cosa que ella dijera, sobre todo cuando se ponía esa expresión frágil que hacía que todos a su alrededor se sintieran crueles por desconfiar.
No era la primera vez.
Desde que Gigi se enteró de que Lin Xiao y yo planeábamos casarnos, comenzó a acompañarnos a todas partes. Venía a los restaurantes, a las pruebas de los anillos, a las reuniones con el organizador de la boda y hasta a las visitas que hacíamos a mi madre. Siempre encontraba una excusa.
A veces decía que tenía miedo de comer sola. Otras, que se sentía mareada. En una ocasión aseguró haber recibido un mensaje amenazante y pidió dormir en nuestro departamento. Esa noche, mientras yo preparaba el sofá, salió de la habitación de invitados con una camiseta de Lin Xiao puesta.
—La ropa que traje se mojó —explicó.
Lin Xiao no vio nada extraño. Yo sí vi que la camiseta estaba seca y que el cuello tenía la marca del perfume de ella.
Durante las comidas, Gigi se adelantaba para servirle a Lin Xiao. Le quitaba los trozos de carne de la parrilla, llenaba su plato y, si una gota de salsa le quedaba en la comisura de los labios, se la limpiaba con una servilleta antes de que yo pudiera hacerlo.
—Qing, no te molestes —me decía—. Yo conozco mejor sus gustos.
Al principio pensé que se trataba de una costumbre entre amigos. Después noté que solo lo hacía cuando yo estaba presente.
Cuando conseguían quedarse a solas con él, Gigi cambiaba. Su voz se volvía más baja, sus movimientos más lentos. Se apoyaba en la pared y le decía que se sentía inútil, que yo la odiaba, que seguramente quería separarlos.
Después Lin Xiao volvía conmigo enfadado.
—¿Por qué la haces sentir mal? —me preguntaba.
—No la he hecho sentir nada.
—Gigi cree que la desprecias.
—¿Y tú qué crees?
—Creo que estás exagerando.
Yo siempre terminaba disculpándome. No porque creyera haber hecho algo malo, sino porque no quería que la discusión destruyera nuestra relación.
Eso fue lo que Gigi aprendió a utilizar: mi miedo a montar una escena.
Aquella mañana, en el registro civil, Lin Xiao sacó su teléfono mientras esperábamos.
—Vamos a jugar una partida —le dijo Gigi—. Esperar sin hacer nada es aburrido.
—No —respondí—. Nos toca pronto.
—Quedan tres parejas —dijo Lin Xiao, sin levantar la mirada—. Una partida no dura nada.
—No pierdas el turno —insistí.
—Solo son unos papeles, Qing. No entiendo por qué estás tan tensa.
La pantalla de su teléfono reflejaba su rostro. Gigi se sentó a su lado y apoyó la cabeza en su hombro.
—Xiao, yo puedo esperar sola. No quiero que se enoje contigo por mi culpa.
—No digas eso. Qing no se enojaría por algo tan pequeño.
Lo miré.
—¿Algo tan pequeño?
Lin Xiao suspiró, como si yo fuera una niña caprichosa.
—No hagas una montaña de un grano de arena.
En ese instante llamaron al número diecisiete. Después al dieciocho. Finalmente, la empleada anunció el diecinueve.
—Lin Xiao —dije—. Guarda el teléfono.
—Ya casi termino.
—Ven conmigo.
—Qing, ¿de verdad vas a hacer esto ahora? —Gigi intervino con suavidad—. Solo está jugando una partida.
—No te estoy hablando a ti.
Su expresión se quebró. Bajó los ojos y se llevó una mano al pecho.
—Perdón. Yo solo quería ayudar.
Lin Xiao dejó el teléfono sobre la silla y se puso de pie.
—No le hables así.
—¿Así cómo?
—Como si fuera una intrusa.
—Está interfiriendo en nuestra boda.
—Tu boda no va a desaparecer porque Gigi esté aquí.
La empleada llamó al número veinte. Lin Xiao dio un paso hacia mí, pero Gigi soltó un gemido.
—¡Ay! Me volvió a dar el tirón.
Se dobló sobre sí misma. Lin Xiao se agachó inmediatamente frente a ella.
—¿Dónde te duele?
—La pantorrilla. No puedo moverla.
—No la toques —dije—. Si de verdad es un calambre, llama a una ambulancia o a un médico. Pero yo voy a entrar. Es nuestro turno.
—¿Cómo puedes ser tan fría? —me reprochó Lin Xiao.
—Porque llevamos tres horas esperando.
—Gigi tiene dolor.
—Y tú tienes una decisión que tomar.
La empleada nos observó desde la ventanilla.
—Si no se presentan ambos, llamaré al siguiente turno.
Lin Xiao me miró con incredulidad.
—¿Me estás amenazando?
—No. Te estoy diciendo que no pienso perder otra vez nuestro número.
—Solo son unos minutos.
—Ya has dicho eso dos veces.
Gigi, todavía sentada, le sujetó la mano.
—Ve con ella, Xiao. Yo estaré bien.
Él no se movió.
El número veinte fue llamado una segunda vez. Luego una tercera.
La empleada pasó al siguiente turno.
Sentí que algo dentro de mí se desprendía sin hacer ruido. No fue una explosión de rabia. Fue más parecido a una cuerda que se rompe después de haber soportado demasiado peso.
Saqué el teléfono y marqué un número que no utilizaba desde hacía seis meses.
—¿Qing? —contestó una voz masculina—. ¿Ocurrió algo?
—Shen Guangqing, ¿sigues diciendo que me quieres?
Al otro lado hubo un breve silencio.
—Sí. ¿Por qué me preguntas eso?
—El registro civil del norte cierra a las once y media. Si llegas a tiempo, nos casamos.
Lin Xiao levantó la cabeza.
—¿Qué estás haciendo?
Yo no aparté los ojos de él.
—Sacando otro número. Todavía quedan tres parejas delante.
Shen Guangqing no preguntó si hablaba en serio. Solo dijo:
—Dame diez minutos.
—No puedes llegar en diez minutos desde el distrito financiero.
—Entonces llegaré en nueve.
Colgué.
Por primera vez en toda la mañana, Lin Xiao se quedó sin palabras.
Shen Guangqing era el único hijo de Shen Zhenhai, el empresario más rico de la ciudad. Pero eso no era lo que me había unido a él. Lo conocía desde antes de que su apellido apareciera en las revistas económicas. Durante el último año había intentado acercarse a mí con una paciencia que Lin Xiao nunca tuvo.
No le había dado una oportunidad porque yo amaba a Lin Xiao. O, al menos, porque creía amarlo.
—¿Vas a casarte con él? —preguntó Lin Xiao.
—Si llega antes que tú, sí.
Gigi se incorporó de golpe. El dolor de su pierna pareció desaparecer.
—Qing, no digas cosas así por enojo.
—No estoy enojada.
—Claro que sí. Estás herida y quieres castigarlo.
—No necesito castigarlo. Solo necesito dejar de castigarme a mí misma.
Lin Xiao dio un paso hacia mí.
—No puedes borrar tres años de relación por una demora.
—No fueron tres años de demora. Fueron tres años de excusas.
En ese momento sonó mi teléfono. Era mi madre.
—¿Ya firmaron? —preguntó—. He recalentado la comida dos veces.
—Todavía no.
—¿Qué pasó?
—Perdimos el turno.
—¿Otra vez?
No respondí.
Mi madre sí entendió el silencio.
—¿Está ahí esa muchacha, Yang Gigi?
Lin Xiao frunció el ceño al escucharla por el altavoz.
—Mamá, no empieces.
—No estoy hablando contigo. Qing, una vez puede ocurrir. Dos veces ya es una señal. Tres veces es una decisión.
Gigi se acercó al teléfono.
—Señora, lo siento. No fue intencional. Wang Qing y yo somos amigas desde hace muchos años. Solo quería acompañarla en un día importante.
—Acompañarla no significa tomar de la mano a su novio ni hacer que pierda su turno —respondió mi madre.
Lin Xiao se puso delante de Gigi.
—Respeta a Gigi. También es amiga de Qing.
—¿Y tú respetas a mi hija? —preguntó mi madre.
Él guardó silencio.
—Qing —continuó ella—, si ese hombre no se toma en serio casarse contigo, no será feliz aunque firme un papel.
La llamada terminó antes de que yo pudiera contestar.
Lin Xiao apretó los dientes.
—Tu madre siempre me ha despreciado.
—Mi madre lleva años observando lo que yo me niego a ver.
—Hoy vamos a firmar. Antes del mediodía. Y si vuelves a retrasarlo, se acabó lo nuestro.
—Eso mismo dije yo hace una hora.
—¿Ahora me imitas?
—No. Ahora te creo.
Gigi comenzó a llorar.
—No discutan por mi culpa.
—Nadie está discutiendo por tu culpa —dije—. Están discutiendo por las decisiones que toman.
Ella me miró por primera vez sin fingir debilidad.
Solo fue un segundo, pero bastó. En sus ojos no había dolor. Había miedo.
El nuevo número apareció en la pantalla: el veintidós. Shen Guangqing todavía no llegaba.
Lin Xiao recibió un mensaje y sonrió.
—Tenemos una cita esta tarde para ver los vestidos de novia —dijo—. Mañana son las fotografías y pasado mañana la prueba del menú. No voy a permitir que destruyas nuestra boda por un impulso.
—¿Nuestra boda? —pregunté—. ¿La que has usado para convencerme de esperar mientras tú atendías cada necesidad de Gigi?
—Ella tenía hambre —interrumpió Gigi—. Hay un restaurante de hot pot aquí cerca. Xiao, vamos a comer algo. No has desayunado.
—No tengo hambre —dijo él.
—Pero llevas toda la mañana sin comer.
—Gigi, deja de ocuparte de mí.
Ella parpadeó, sorprendida. Lin Xiao se quedó mirando su propia frase, como si tampoco esperara haberla pronunciado.
—Solo intento ayudarte —murmuró.
—Y yo no te lo he pedido.
El cambio duró poco. Su teléfono volvió a vibrar. Esta vez, Gigi se inclinó para leer la pantalla antes que él.
Era un mensaje de una mujer llamada Mei Lan.
«¿Ya le dijiste que después de la boda nos iremos a vivir al departamento del lago?»
Gigi palideció.
Lin Xiao tomó el teléfono de su mano.
—¿Quién es Mei Lan? —pregunté.
—Una compañera de trabajo.
—¿Y por qué habla de nuestro departamento?
—No habla de nada importante.
—Enséñame la conversación.
—No tienes derecho a revisar mi teléfono.
—Entonces dime qué significa.
Gigi se adelantó.
—Qing, por favor, no hagas esto aquí.
—Cállate.
Fue la primera vez que se lo dije. Ella dejó de llorar.
Lin Xiao se metió el teléfono en el bolsillo.
—Estás fuera de control.
—¿El departamento del lago existe?
—Es una inversión de mi familia.
—¿Y por qué esa mujer cree que vivirá allí contigo?
—No lo sé.
Su respuesta fue demasiado rápida.
Recordé algo que había ocurrido tres meses antes. Lin Xiao me había pedido que firmara unos documentos para tramitar el préstamo de la boda. Dijo que eran formularios de garantía sin importancia. Yo los llevé a la oficina, pero la asistente de su padre me llamó antes de aceptarlos.
—Wang Qing, ¿está segura de que quiere figurar como copropietaria del departamento del lago?
Yo había pensado que se trataba de un error. Lin Xiao me pidió que no complicara las cosas y que confiara en él. Al día siguiente, los documentos desaparecieron de su escritorio.
Ahora comprendía por qué.
—¿Qué firmé exactamente? —pregunté.
Lin Xiao apartó la mirada.
—Nada que no pudiéramos resolver después de casarnos.
—Eso no es una respuesta.
—Eras mi prometida. ¿Qué diferencia hacía?
—La diferencia es que querías usar mi nombre para obtener un crédito.
Gigi negó con la cabeza.
—No es así. Xiao nunca haría algo para perjudicarte.
—¿Tú conocías esos documentos?
Su silencio fue más elocuente que cualquier confesión.
El número veintidós fue llamado. Después, el veintitrés.
Lin Xiao me sujetó del brazo.
—Vamos a hablar afuera.
—Suéltame.
—No armes un escándalo.
—El escándalo lo armaste tú al traer a tu amante a nuestro registro civil.
Gigi dio un paso atrás.
—No soy su amante.
—Entonces explícame por qué tu ropa está en su departamento. Por qué conoces sus contraseñas. Por qué tienes una llave del auto y por qué Mei Lan cree que vas a mudarte con él después de la boda.
Lin Xiao me miró con furia.
—¿Revisaste mis cosas?
—No. Tú dejaste de ser cuidadoso.
Mi madre me había enseñado a guardar recibos y copias de todo. Quizá por eso, cuando regresé al departamento la semana anterior, había encontrado una caja de cartón con facturas de restaurantes, recibos de hoteles y dos comprobantes de transferencias. Eran gastos pequeños, pero las fechas coincidían con los días en que Lin Xiao decía estar trabajando hasta tarde.
En uno de los recibos aparecía el nombre de Gigi escrito a mano.
Yo lo había guardado sin preguntar.
Él pensó que mi silencio era ignorancia. En realidad, era miedo.
Shen Guangqing llegó cuando el número veinticuatro fue llamado. Entró al registro con la camisa arrugada, el cabello desordenado y una carpeta negra bajo el brazo.
—Perdón —dijo, intentando recuperar el aliento—. El tráfico estaba detenido.
—Llegaste.
—Te dije que llegaría.
Lin Xiao se interpuso.
—Esto es entre Qing y yo.
Shen lo observó con calma.
—Hace una hora que dejó de ser entre ustedes. Tú decidiste convertir la boda en una sala de espera para tu amiga.
—No te metas.
—Me llamaron.
Gigi se acercó a Lin Xiao.
—Xiao, vámonos. No tenemos que soportar esto.
—¿Adónde? —pregunté—. ¿Al departamento del lago?
Ella se quedó inmóvil.
Shen Guangqing no preguntó nada. Se limitó a abrir la carpeta negra y sacar varias hojas.
—Qing, antes de que hagas cualquier cosa, necesito que leas esto.
—¿Qué es?
—Una copia de la solicitud de crédito que Lin Xiao presentó hace cuatro meses.
Lin Xiao palideció.
—¿De dónde sacaste eso?
—Mi padre es accionista del banco que recibió la solicitud. Cuando vio tu nombre, me pidió que averiguara si había algún problema.
—No tienes derecho a revisar mis asuntos privados.
—No revisé tus asuntos. Revisé una operación en la que aparecía el nombre de Wang Qing como avalista.
Me entregó las hojas.
Mi nombre estaba escrito en la segunda página. También aparecía una firma que se parecía a la mía, pero no lo era.
—Yo nunca firmé esto.
—Lo sé. Por eso no aprobaron el crédito.
Lin Xiao intentó arrancarme los documentos. Shen se los quitó de la mano.
—Hay una grabación de la reunión con el ejecutivo del banco —dijo—. En ella explicas que tu prometida aceptaría cualquier condición porque está desesperada por casarse contigo.
Sentí que el suelo se inclinaba.
—Eso es mentira —dijo Lin Xiao—. La grabación está manipulada.
—Puede demostrarlo un perito. También hay mensajes enviados desde el teléfono de Gigi al gestor. En ellos ella pregunta cuánto tardaría en transferirse la propiedad del departamento después de la boda.
Gigi empezó a llorar, pero esta vez nadie la consoló.
—Yo solo quería ayudar a Xiao —dijo—. Su familia tenía deudas. Si él no obtenía el crédito, perdería el departamento.
—¿Y yo debía responder por esas deudas? —pregunté.
—Después serías su esposa.
—No. Después habría sido la única responsable legal de un préstamo que tú y él pensaban gastar juntos.
Lin Xiao cerró los puños.
—No sabes lo que estás diciendo. Mi familia me presionaba. Mi padre iba a quitarme el negocio.
—Podrías haberme pedido ayuda.
—¿Y me la habrías dado?
—Si me hubieras dicho la verdad, habría decidido por mí misma.
—Siempre haces lo que quiere tu madre.
—No. Esta vez estoy haciendo lo que quiero yo.
La empleada llamó al número veinticinco. Faltaban dos parejas para el último turno de la mañana.
Shen Guangqing se acercó a mí, pero mantuvo una distancia respetuosa.
—No tienes que casarte conmigo para demostrar nada —dijo en voz baja.
Lin Xiao soltó una risa amarga.
—Eso es lo que querías desde el principio. Aprovecharte de una pelea para quitármela.
Shen no respondió.
—¿Por qué viniste tan rápido? —le pregunté.
—Porque hace seis meses me dijiste que, si algún día me llamabas, no sería por capricho.
Recordé la tarde en que nos conocimos. Yo había salido del hospital después de acompañar a mi madre a una consulta. Estaba sentada en una banca, llorando porque Lin Xiao había cancelado por tercera vez una visita familiar. Shen se sentó a mi lado sin hacer preguntas y me ofreció una botella de agua.
—No tienes que explicar por qué lloras —me dijo entonces—. Pero tampoco tienes que fingir que estás bien.
Desde ese día, nunca me pidió que eligiera entre él y Lin Xiao. Solo me trató como si mis necesidades también importaran.
—No puedo casarme contigo hoy —dije.
—Lo sé.
—Pero tampoco voy a volver con él.
—Eso sí puedo entenderlo.
Lin Xiao nos miró como si acabáramos de traicionarlo.
—Qing, no puedes tirar todo por la borda. La boda está pagada. Las invitaciones ya se enviaron.
—Las invitaciones se pueden cancelar.
—¿Y el dinero?
—El dinero se pierde. Mi vida no.
—¿De verdad vas a elegir a un hombre que apenas conoces?
—No estoy eligiendo a Shen. Te estoy dejando a ti.
Gigi se acercó, con los ojos secos.
—Qing, si hubieras preguntado, te habría explicado todo.
—Te pregunté durante meses. Cada vez que te encontraba en mi casa, cada vez que te veía tocarlo, cada vez que intentabas hacerme parecer celosa. Siempre me dijiste que estaba imaginando cosas.
—Porque estabas imaginando cosas.
—Entonces ¿por qué tenías una llave de su departamento?
Gigi no contestó.
—¿Por qué le escribiste a Mei Lan desde un número que no conocía?
Lin Xiao giró hacia ella.
—¿Qué le escribiste?
Ella trató de apartarse, pero él la sujetó de la muñeca.
—Suéltame —dijo Gigi, ahora sin lágrimas—. Ya no tienes derecho a tocarme.
La frase cayó entre ambos con un peso inesperado.
Lin Xiao la soltó.
Yo entendí entonces que su relación no había comenzado aquella mañana ni aquella semana. Gigi había querido que yo viera cada gesto, cada caricia y cada provocación. No buscaba simplemente quedarse con Lin Xiao. Quería que yo pareciera la mujer celosa e inestable que él terminaría abandonando sin remordimiento.
—¿Desde cuándo están juntos? —pregunté.
Gigi miró a Lin Xiao.
—Díselo.
—No es lo que piensas.
—Díselo.
Lin Xiao respiró con dificultad.
—Desde antes de que te propusiera matrimonio.
Por un momento, no sentí nada.
Después recordé la noche de la propuesta. Había llovido. Lin Xiao llegó a mi departamento con un ramo de flores y un anillo. Dijo que me había elegido porque yo era la única persona que lo comprendía. Esa misma noche, Gigi me llamó para felicitarme. Su voz sonaba extrañamente tranquila.
—¿Tú lo ayudaste a elegir el anillo? —le pregunté.
Gigi bajó la mirada.
—Él no sabía qué comprar.
—¿Y el discurso?
—También me preguntó qué decir.
Lin Xiao cerró los ojos.
—No quería perderte.
—No querías perder mi confianza, mi dinero y la imagen de una novia obediente. Eso no es lo mismo que quererme.
El número veintisiete fue anunciado. La empleada nos hizo una señal.
—Si desean casarse esta mañana, deben prepararse. Solo quedan dos turnos.
Shen Guangqing me miró.
—¿Quieres entrar?
Miré la carpeta azul que llevaba conmigo desde el amanecer. Dentro estaban nuestras identificaciones, el formulario de matrimonio y una fotografía que Lin Xiao y yo habíamos elegido para la invitación.
Saqué el formulario. Mi firma estaba en blanco.
—No —dije.
Lin Xiao soltó el aire, quizá creyendo que aquello significaba que volvería con él.
—Qing…
Rompí el formulario por la mitad.
—No voy a firmar nada hoy. Ni contigo ni con nadie. Pero sí voy a presentar una denuncia por el uso de mi firma y consultaré a un abogado sobre el crédito.
—¿Vas a denunciarme? —preguntó él.
—Voy a protegerme.
Shen guardó las copias en la carpeta.
—Mi padre puede recomendarte un abogado independiente. No tendrás que pagarle por adelantado.
—Gracias, pero quiero elegirlo yo.
—Eso esperaba que dijeras.
Lin Xiao me siguió hasta la salida.
—Qing, espera. Podemos hablar.
—Hemos hablado durante tres años.
—No puedes abandonarme así.
Me volví hacia él.
—¿Cómo querías que te abandonara? ¿Después de firmar el crédito? ¿Después de entregarte mi salario? ¿Después de que Gigi se mudara al departamento del lago?
—Nunca quise hacerte daño.
—Que no quisieras mirar el daño no significa que no lo hicieras.
Su rostro se contrajo.
—Te amaba.
—Tal vez. Pero amarte no te daba derecho a usarme.
Gigi apareció detrás de él.
—Xiao, vámonos. La gente está mirando.
—Tú cállate —dijo él.
Fue la primera vez que ella recibió de él la misma dureza que yo había soportado tantas veces. Gigi se quedó quieta, herida no por sus palabras, sino por haber perdido el lugar desde el que controlaba la escena.
Yo salí del registro civil con las manos vacías. Shen caminó a mi lado sin tocarme.
—Mi madre está esperando comida —dije.
—Entonces vamos a darle una explicación.
—No quiero que me vea llorar.
—Puedes llorar. Pero intenta no hacerlo sobre la sopa.
A pesar de todo, se me escapó una risa.
Fue pequeña, torpe y dolorosa. Pero era mía.
Durante las semanas siguientes, mi vida se redujo a documentos, llamadas y silencios. El abogado confirmó que la firma del crédito no podía atribuirse únicamente a Lin Xiao. Gigi había enviado algunos archivos desde su correo personal y la asistente de la empresa de Lin Xiao había preparado los formularios. La investigación tardó más de lo que yo quería, pero cada prueba fue revisada con cuidado.
También descubrí que varios pagos de la boda habían salido de una cuenta conjunta que Lin Xiao me había convencido de abrir. Él había usado parte de ese dinero para pagar el alquiler del departamento del lago y las cuotas de una tarjeta que compartía con Gigi.
No todo podía recuperarse. Algunas reservas tenían penalizaciones. Perdí el anticipo del salón y una parte del pago del fotógrafo. El vestido, sin embargo, pudo devolverse porque la tienda aceptó cancelar el pedido antes de la entrega.
Mi madre celebró más la devolución del vestido que cualquier posible victoria legal.
—Siempre me pareció demasiado pesado —dijo mientras guardaba los documentos.
—Era un vestido bonito.
—Sí. Pero tú apenas podías respirar dentro de él.
La investigación terminó tres meses después. El banco retiró la solicitud fraudulenta y presentó un informe. Lin Xiao tuvo que responder por el intento de obtener el crédito con una firma falsificada. No fue encarcelado de inmediato ni perdió todo de un día para otro. Su familia contrató abogados, negoció acuerdos y trató de presentar el asunto como un malentendido.
Pero la empresa de su padre sí lo apartó de la administración. El problema no fue solamente el préstamo. Durante la revisión encontraron otras transferencias no autorizadas y gastos que él había ocultado durante casi un año.
Gigi perdió su empleo en la compañía. La relación entre ambos tampoco sobrevivió a la presión.
Lin Xiao descubrió que ella había enviado mensajes a Mei Lan y a otros compañeros para hacerles creer que él y yo ya habíamos terminado. Gigi descubrió que él le había prometido exactamente lo mismo a ella cada vez que necesitaba que esperara.
No hubo una gran escena final. No se arrodillaron ni confesaron sus pecados frente a una multitud. Se acusaron durante semanas, se enviaron mensajes crueles y finalmente dejaron de hablarse.
Una tarde, Lin Xiao vino a mi casa. Ya no llevaba el reloj caro que le regalé en nuestro segundo aniversario. Parecía más delgado y cansado.
—Quiero devolverte el dinero —dijo.
—Hazlo mediante el abogado.
—No vine a pedirte que vuelvas.
—Me alegra.
—Vine a decirte que tenías razón sobre Gigi.
—No necesitaba tener razón.
—Ella me dijo que si te casabas conmigo, tarde o temprano me controlarías como tu madre controla a tu padre. Me convenció de que debía asegurarme una salida. El departamento, el crédito… todo.
—¿Y tú le creíste porque querías creerlo?
—Sí.
Fue la primera respuesta honesta que le escuché en mucho tiempo.
—También yo quería creer que podía cambiarte —dije—. Los dos nos equivocamos. Pero solo uno de los dos intentó convertir al otro en una garantía bancaria.
Lin Xiao asintió. Dejó sobre la mesa un sobre con la primera cuota de la devolución.
—No espero que me perdones.
—No te perdono todavía.
—Lo entiendo.
—Y aunque algún día te perdonara, eso no significaría que volvería contigo.
—También lo entiendo.
Se fue sin insistir.
Shen Guangqing no utilizó mi ruptura para acercarse. Durante un tiempo solo me escribía para preguntar si necesitaba que revisara algún documento o si había comido. Yo aceptaba su ayuda algunas veces y otras le decía que no.
Una noche le confesé que me sentía culpable por haberlo llamado al registro civil.
—Te convertí en una amenaza para Lin Xiao —dije.
—No. Tú le mostraste que no era tu única opción. Él se molestó porque había vivido como si lo fueras.
—No quiero casarme para demostrarle nada a nadie.
—Entonces no te cases.
—¿Y si nunca vuelvo a confiar en alguien?
—Puedes empezar confiando en ti.
Esa frase no solucionó mi miedo, pero me acompañó.
Volví a trabajar, cancelé el departamento que compartía con Lin Xiao y alquilé un lugar pequeño cerca de la casa de mi madre. Aprendí a revisar contratos sin pedir disculpas, a decir que no sin explicar durante veinte minutos y a distinguir entre una persona que necesita ayuda y alguien que utiliza su fragilidad para exigirla.
Un año después, abrí con una amiga una pequeña agencia de organización de eventos. Al principio solo coordinábamos celebraciones familiares. Más tarde comenzamos a trabajar con restaurantes y hoteles. Mi primer gran contrato llegó de manera inesperada: la inauguración de un centro cultural financiado por la familia Shen.
Pensé en rechazarlo, pero Shen Guangqing insistió en que el proyecto se evaluaría por una propuesta, no por nuestra relación.
—Si no te gusta el trabajo, no lo aceptes —me dijo—. Si lo aceptas, hazlo porque eres la mejor persona para hacerlo.
Lo acepté porque necesitaba el contrato, porque me gustaba el proyecto y porque estaba cansada de tomar decisiones pensando en lo que otros podrían interpretar.
La inauguración fue un éxito. Al terminar, Shen me esperó junto a una mesa donde habían dejado varias tazas de té.
—¿Recuerdas el día del registro? —preguntó.
—Recuerdo que llegaste tarde.
—Llegué en nueve minutos.
—Llegaste despeinado, sin desayunar y con una carpeta que parecía contener secretos de Estado.
—Eran documentos importantes.
—Y aun así no me pediste que me casara contigo.
—Porque sabía que estabas intentando escapar de otra persona. Yo no quería ser otra jaula.
Lo miré durante unos segundos.
—¿Y ahora?
—Ahora tampoco quiero que te cases conmigo.
—Qué romántico.
—Ahora solo quiero invitarte a cenar. Si dices que no, volveré a mi casa. Si dices que sí, no llevaré a nadie más.
—¿Ni siquiera a tu madre?
—Mi madre tiene sus propios restaurantes y no necesita acompañarme para comer.
Sonreí.
Acepté la cena, pero no acepté una promesa. Durante meses seguimos viéndonos sin ponerle nombre a lo que ocurría. Algunas veces discutíamos. Otras, él se equivocaba y yo se lo señalaba sin miedo a que desapareciera. Cuando necesitaba estar sola, él respetaba la distancia.
No fue una historia perfecta. Precisamente por eso empecé a creer en ella.
Dos años después de aquella mañana, regresé al registro civil. No llevaba vestido blanco ni una carpeta azul. Llevaba un abrigo sencillo y un sobre con documentos que había leído tres veces.
Shen Guangqing estaba a mi lado. Esta vez había llegado veinte minutos antes.
—¿Nerviosa? —preguntó.
—Sí.
—Podemos irnos.
—No quiero irme.
—¿Segura?
Lo miré.
—Estoy segura de querer estar aquí. No es lo mismo que estar segura de que todo será fácil.
—Me parece una buena razón.
Cuando llamaron nuestro número, ninguno sacó el teléfono. Nadie fingió tener dolor. Nadie pidió que esperáramos mientras iba a comer con otra persona. Entramos juntos, leímos cada línea y preguntamos lo que no entendíamos.
Antes de firmar, la empleada nos preguntó si estábamos seguros de la decisión.
Yo pensé en el número veinte doblado dentro de una caja, en la camiseta seca de Gigi, en la firma falsificada y en la mujer que había sido incapaz de abandonar una relación porque confundía paciencia con amor.
Luego miré a Shen.
—Sí —respondí—. Esta vez la decisión es mía.
Firmé despacio.
Afuera, mi madre nos esperaba con comida caliente. Había preparado demasiado, como siempre. Shen quiso ayudarla a poner la mesa, pero ella le señaló una pila de platos.
—Primero demuestra que sabes lavar.
—Señora, llevo años preparándome para esta prueba.
—Entonces no rompas nada.
La casa se llenó de voces, vapor y olor a comida recién servida. Por un momento, el pasado pareció algo lejano, no porque hubiera desaparecido, sino porque ya no podía decidir por mí.
Guardé el antiguo número veinte en el fondo de un cajón. No como recuerdo de Lin Xiao, ni de Gigi, ni de la boda que no ocurrió. Lo conservé para recordar a la mujer que fui ese día: la que esperó demasiado, la que pidió permiso para ser elegida y la que finalmente entendió que marcharse también era una forma de salvarse.
Esta vez, cuando llamaron nuestro número, nadie tuvo que perseguir a nadie. Y yo no tuve que competir por un lugar en la vida de la persona que caminaba a mi lado.