Devolvió el bolso de 20 mil yuanes, pero pidió 178 para salvar a su hermana y cambió la vida de un empresario

—Ese bolso es mío —dije, sin alzar demasiado la voz, porque ya había aprendido que a los hombres como él les gustaba que uno les suplicara.

El hombre de traje gris se detuvo junto al puesto de periódicos de la estación. Mi mochila de lona colgaba de su mano como si le perteneciera. Era una mochila azul, gastada en las costuras, con una cinta roja que mi hermana Xiaomei había cosido cuando yo todavía iba a la secundaria. No parecía gran cosa. Por eso, cuando le pedí que me la devolviera, primero me miró los zapatos llenos de cemento y luego soltó una risa corta.

—¿Tuya? —preguntó—. Me la encontré junto a la salida. ¿Cómo demuestras que es tuya?

Su asistente, una mujer joven con un abrigo claro y un teléfono pegado a la oreja, me observaba con impaciencia. Detrás de ellos esperaba un automóvil negro tan brillante que parecía fuera de lugar en aquella terminal de autobuses.

—Dentro hay un celular con la pantalla rota en la esquina —respondí—. Hay 20 mil yuanes en un sobre marrón, una pulsera de oro, un USB negro con una etiqueta que dice “Jungfan, proyecto Heshan” y una fotografía de una niña con uniforme escolar.

El hombre dejó de sonreír. Abrió la mochila. La asistente se inclinó para mirar y palideció al ver el USB.

—Señor Shen, es el pendrive del contrato —murmuró—. El que revisó antes de salir de la oficina.

Él me devolvió la mochila de inmediato, aunque no la soltó del todo hasta que sus ojos se cruzaron con los míos.

—Así que sí era tuya.

—Se cayó de su automóvil —le dije—. La vi junto a la rueda trasera cuando ustedes salieron de la cafetería. Iba a alcanzarlos, pero el semáforo cambió. Esperé aquí porque pensé que volverían.

El señor Shen revisó el dinero, la pulsera y el teléfono. No faltaba nada. La mujer, que luego supe que se llamaba Lin Xiaoyu, insistió en comprobar cada bolsillo como si esperara encontrar una trampa.

—No hace falta —dijo él—. Si hubiera querido robarnos, no se habría quedado esperando con el bolso en las manos.

Sacó varios billetes del sobre.

—Toma. Es una recompensa.

Retrocedí un paso.

—No puedo aceptarla.

—¿No puedes o no quieres?

—No quiero dinero que no he ganado.

Xiaoyu soltó una risita incrédula. El señor Shen volvió a guardar los billetes, pero me estudió de una forma que me hizo sentir más expuesto que si me hubiera insultado.

—Mi oficina está en el norte de la ciudad. Grupo Jungfan. Si alguna vez necesitas trabajo o tienes un problema serio, pregunta por Shen Junfan.

Asentí. Él se alejó con su asistente, y yo me quedé frente a la máquina de boletos, mirando una pantalla donde el último tren hacia Yangchen acababa de desaparecer. Había corrido hasta la estación con la esperanza de alcanzar el de las cinco. Ahora faltaban cuarenta minutos para el siguiente, pero mi bolsillo estaba vacío.

No quería llamarlo. Me daba vergüenza hasta pensar en ello. Sin embargo, detrás de mí escuché la puerta del automóvil cerrarse y sentí que la desesperación pesaba más que el orgullo.

—Señor Shen —alcancé a decir.

Xiaoyu puso los ojos en blanco antes de que él se volviera.

—¿Sí?

—¿Podría prestarme 178 yuanes?

La expresión de Xiaoyu cambió de burla a triunfo.

—Lo sabía. Rechazó una recompensa para pedir algo después. Es una estrategia bastante vieja.

El señor Shen no dijo nada. Yo apreté la correa de mi mochila.

—No le pido los 20 mil. Solo 178. Es el precio de un asiento duro hasta Yangchen. Se los devolveré cuando la obra nos pague.

—¿Y por qué tienes que volver hoy? —preguntó Xiaoyu—. Es mitad de año. Hay trabajo en la ciudad. ¿Qué clase de adulto abandona una obra para irse a un pueblo perdido?

Me tomó unos segundos responder. Pronunciarlo lo volvía más real.

—Mi hermana entró a la universidad.

El señor Shen levantó apenas la mirada.

—En mi casa somos ella y yo. Nuestros padres murieron hace años. Xiaomei empezó a repartir comida durante las vacaciones para juntar parte de la matrícula. Ayer una camioneta la atropelló. El conductor la dejó en la orilla y se fue. Un vecino la llevó a casa. Tiene la pierna lastimada y no puede moverse sola.

Xiaoyu cruzó los brazos.

—Eso también suena preparado.

—Ojalá lo estuviera —contesté.

No tenía una fotografía de Xiaomei herida ni un certificado médico. Solo tenía el mensaje de voz que me había dejado a las seis de la mañana. “Hermano, no vengas todavía. Sé que no te han pagado. Yo aguanto”. Lo había escuchado tantas veces que ya no podía oírlo sin sentir que algo me apretaba el pecho.

Shen Junfan miró el reloj. Xiaoyu aprovechó el silencio.

—Tenemos que ir a Changcheng. El contrato de Heshan vale más de diez millones de yuanes. No podemos perder la reunión por una historia que ni siquiera sabemos si es cierta.

—Yangchen queda de camino —dijo él.

—No exactamente.

—Lo bastante cerca.

Ella lo miró como si acabara de anunciar que vendería la empresa.

—¿Va a llevarlo en el auto?

—Voy a comprobar con mis propios ojos si es un mentiroso. —Me abrió la puerta trasera—. Sube.

No me moví.

—Estoy sucio. Voy a ensuciarle el coche.

—El coche se puede limpiar. Si tu hermana está tan mal como dices, el tiempo no.

Durante el trayecto, Xiaoyu hablaba por teléfono con abogados, arquitectos y ejecutivos. Cada llamada era una cifra que yo apenas podía imaginar. Hablaban de cláusulas, permisos, acciones y plazos. Yo no sabía nada de eso. Sabía cargar sacos de cemento, levantar muros y calcular cuánto arroz alcanzaba para dos personas durante una semana.

En una parada, Xiaoyu compró café. Le preguntó al señor Shen si quería americano o latte. Él pidió latte y, antes de cerrar la puerta, me preguntó a mí:

—¿Tú quieres algo?

Saqué de la mochila un bollo frío envuelto en plástico y una botella de agua casi vacía.

—Traje comida.

—Eso no es comida, es una forma lenta de enfermarse —dijo Xiaoyu.

—Es suficiente.

Shen Junfan puso frente a mí una caja de arroz caliente, pollo y verduras.

—Come.

—No puedo aceptarlo.

—No es limosna. Si te desmayas en el camino, nadie me va a guiar hasta tu casa.

Comí en silencio. Era la primera comida caliente que probaba desde el día anterior. Quise ir despacio para que no pareciera que tenía hambre, pero el olor del arroz me traicionó. Shen Junfan fingió mirar mensajes en su teléfono. Xiaoyu miró por la ventana.

—Tu hermana hizo que tomara este desvío —dijo él al cabo de un rato—. No tú.

No entendí entonces qué quería decir. Más adelante comprendería que a veces una persona no ayuda porque confía en ti, sino porque no soporta imaginarse a alguien abandonado en el lugar donde ella misma estuvo.

El pavimento terminó casi dos horas después. El automóvil avanzó por una carretera angosta y luego se detuvo frente a un tramo de tierra convertido en barro por las lluvias. Más allá había una cuesta, campos descuidados y unas pocas casas bajas.

—Mi casa está pasando esa loma —dije—. Son diez minutos caminando.

Xiaoyu miró sus zapatos de tacón, luego el barro, y finalmente a mí.

—Estos zapatos cuestan más de seis mil yuanes.

—Puede quedarse en el coche —le dije, arrepintiéndome apenas las palabras salieron de mi boca—. Yo guío al señor Shen.

—¿Perdón?

—No quise decir… solo que el camino está feo.

Shen Junfan se quitó el reloj, se arremangó los pantalones y me lo entregó.

—Guárdalo. Si se me cae, no quiero buscarlo en el barro.

—¿Va a caminar así?

—No vine hasta aquí para quedarme viendo el paisaje.

Xiaoyu protestó, pero terminó siguiendo detrás, levantando los brazos cada vez que sus zapatos se hundían. Yo caminé adelante, buscando las partes más firmes. Cuando llegamos a la pendiente, ella resbaló y cayó de rodillas. Solté una exclamación, pero Shen Junfan la sostuvo antes de que golpeara el suelo.

—¿Estás bien?

—No. Esto es absurdo —dijo, con lágrimas de rabia—. No entiendo por qué tenemos que hacer esto por un desconocido.

Shen Junfan se quedó quieto un instante.

—Yo sí lo entiendo.

Fue la primera vez que Xiaoyu guardó silencio.

La puerta de mi casa estaba entreabierta. No teníamos cerradura desde que se rompió durante el último invierno; usábamos un gancho de alambre. Al entrar, el olor a alcohol medicinal y humedad me golpeó antes de que pudiera llamar a Xiaomei.

Ella estaba acostada sobre el viejo sofá, con la pierna izquierda envuelta en vendas mal puestas y el rostro blanco de dolor. Junto a ella había una cubeta de plástico, una botella de agua y la caja vacía de unas pastillas.

—Hermano… —intentó incorporarse.

—No te muevas.

Me arrodillé a su lado. Tenía fiebre. La venda estaba manchada de sangre en la parte del tobillo. Sentí una rabia tan grande que por un momento no pude hablar.

Xiaoyu dejó de mirar alrededor con desagrado. Se acercó, tocó la frente de mi hermana y tomó el teléfono.

—Necesita un hospital. Ahora.

—No tenemos dinero para el hospital —dije.

—Eso se decide después de que la revise un médico —respondió Shen Junfan.

—No quiero deberle nada.

Él me sostuvo la mirada. No había lástima en su cara, y eso me permitió escuchar lo siguiente sin sentirme humillado.

—Tu hermana no puede pagar el precio de tu orgullo.

No respondí. Xiaomei me tomó la muñeca con dedos fríos.

—Ve, hermano. Por favor.

El hospital del distrito confirmó que no era una simple lesión. Xiaomei tenía una fractura en la pierna y una infección que podía complicarse por haber pasado casi un día sin atención adecuada. El médico dijo que no perdería la pierna si seguía el tratamiento, pero necesitaría cirugía, fisioterapia y varias semanas sin apoyar el peso.

Cuando la enfermera nos entregó el presupuesto, sentí que el número me vaciaba por dentro. No era una fortuna para un empresario, pero para mí equivalía a años de trabajos mal pagados y de aplazar cada necesidad.

Shen Junfan firmó un depósito.

—No —dije, levantándome de golpe—. Señor Shen, yo no puedo…

—No lo hago como caridad —me interrumpió—. Lo registraré como préstamo. Sin intereses. Cuando puedas, me lo devuelves.

—Eso tomará mucho tiempo.

—Entonces tomará mucho tiempo.

Xiaoyu cerró la carpeta del hospital y me miró con una dureza distinta a la de la estación.

—Pero habrá condiciones. No desapareces. Nos das tu dirección, un número y documentos. Y cuando Xiaomei esté estable, hablarás con la policía sobre el accidente.

—El conductor se fue.

—Por eso mismo.

Xiaomei había alcanzado a recordar una parte de la placa: “A7K”. También recordó que la camioneta llevaba el logotipo de una empresa de entregas llamada Rápido Norte. No parecía suficiente, pero Xiaoyu anotó todo con precisión. Su voz era firme, eficiente. Por primera vez entendí que detrás de su frialdad había alguien acostumbrada a que las cosas no se arreglaran con palabras bonitas.

Aquella noche me quedé sentado junto a la cama de hospital. Shen Junfan había partido a Changcheng para firmar el contrato que llevaba en el USB. Antes de irse, dejó una tarjeta sobre la mesa y dijo que me llamaría al día siguiente. Xiaoyu se quedó para coordinar el pago inicial y terminó perdiendo el último transporte de regreso.

Le ofrecí mi silla. Ella negó con la cabeza.

—No me gusta que crean que soy una mala persona —dijo de pronto.

Yo no sabía qué contestar.

—En la estación pensé que estabas mintiendo. He visto gente acercarse al señor Shen con historias terribles. Algunas son ciertas, muchas no. Él es demasiado confiado cuando ve a alguien sufrir, y después le toca a otros recoger las consecuencias.

—No es malo querer protegerlo.

—No. Pero me volví tan buena sospechando que olvidé cómo se mira a alguien antes de juzgarlo.

Miró a Xiaomei dormida, pequeña bajo una manta demasiado grande.

—Lo siento.

No acepté su disculpa de inmediato. Tampoco la rechacé. Solo asentí.

Dos días después, mientras Xiaomei se recuperaba de la operación, recibí una llamada de la obra. El capataz anunció que el pago de mitad de año se retrasaría “por problemas de caja”. Los hombres protestaron, pero él dijo que quien no estuviera conforme podía irse. Yo llevaba cuatro meses trabajando allí. Había firmado recibos por montos que nunca llegaban completos.

En la tarde, Shen Junfan apareció en el hospital con una bolsa de frutas y una expresión cansada. Había firmado el contrato de Heshan, pero no parecía celebrar nada.

—¿Qué pasó? —preguntó al verme salir al pasillo.

Le conté lo del salario. Esperaba que dijera que no era asunto suyo. En lugar de eso, pidió ver los recibos que yo guardaba doblados dentro de una bolsa plástica.

Los examinó uno por uno.

—¿Esta constructora trabaja en el proyecto de vivienda de Heshan?

—Sí. Somos subcontratistas. ¿Por qué?

No respondió de inmediato. Llamó a Xiaoyu.

—Necesito los pagos aprobados para la cuadrilla de Liancheng. Todos. Y los nombres de las empresas intermediarias.

Ella tardó menos de una hora en descubrir algo que nos dejó helados: Grupo Jungfan había liberado los fondos de los salarios dos meses antes. El dinero había pasado por tres empresas, una de ellas propiedad de un cuñado del dueño de la constructora, y se había quedado retenido en el camino. Nuestro capataz mentía. Pero esa no era la única anomalía.

La empresa Rápido Norte, la de la camioneta que atropelló a Xiaomei, también figuraba entre los proveedores del proyecto Heshan.

—Podría ser coincidencia —dije.

—Podría —respondió Xiaoyu—. Pero no me gustan las coincidencias cuando hay facturas duplicadas.

Shen Junfan se sentó frente a mí. Su tono cambió; ya no era el hombre que había ofrecido un trayecto en su coche. Era el presidente de una compañía, y entendí que el USB que yo había protegido contenía documentos capaces de afectar a muchas personas.

—El contrato que firmé incluye una auditoría previa de proveedores. Si hay fraude, puedo suspender las obras. Eso pondría a mucha gente sin empleo, incluidos tus compañeros.

—¿Y si no hace nada, seguirán robándonos.

—Lo sé.

—Entonces investigue, pero no deje que los trabajadores paguemos por lo que hicieron otros.

Xiaoyu me miró con sorpresa. Shen Junfan bajó la vista a mis manos, agrietadas por el cemento.

—Eso es más difícil que simplemente cancelar todo.

—Lo fácil casi nunca le sirve a la gente como nosotros.

Aceptó investigar. No me prometió justicia rápida. Me pidió paciencia y confidencialidad, porque si los responsables se enteraban, podían ocultar documentos o presionar a los trabajadores para que negaran lo ocurrido.

Durante las semanas siguientes, dividí mis días entre el hospital, la obra y el pequeño cuarto que alquilábamos en el pueblo. Xiaomei avanzaba despacio. Al principio lloraba cuando tenía que pedir ayuda para ir al baño. Yo fingía no notar su vergüenza y le hablaba de cualquier cosa: de los mangos que traía la enfermera, de una anciana que regañaba a todos los médicos, de los apuntes universitarios que Xiaoyu consiguió en formato digital para que no perdiera el inicio del semestre.

Una tarde, Xiaomei miró la tarjeta de Grupo Jungfan que yo llevaba en la cartera.

—¿Ese señor rico te dio trabajo?

—No.

—¿Te cae bien?

—No lo conozco.

—Pero volvió tres veces.

No supe qué decir. Shen Junfan volvía con excusas cada vez menos creíbles: que estaba cerca, que quería saber si el seguro de la empresa de transporte había respondido, que Xiaoyu tenía que revisar unos documentos. Nunca llegaba con las manos vacías, pero nunca dejaba dinero sin explicar. Una vez trajo una caja de lápices para Xiaomei. Ella los ordenó por colores y le preguntó por qué alguien que tenía una empresa tan grande sabía tan poco de matemáticas de preparatoria.

Él se rió de verdad. Era una risa cansada, pero limpia.

La policía localizó la camioneta una semana después. El conductor, un hombre llamado Guo Qiang, admitió haber atropellado a Xiaomei, pero aseguró que ella se había cruzado de repente y que él había ido a buscar ayuda. Las cámaras de la zona estaban dañadas y no había testigos directos. Sin embargo, el GPS del vehículo mostraba que estuvo detenido ocho minutos junto al camino y luego se alejó sin llamar a emergencias.

Guo aceptó un acuerdo civil para cubrir parte de la atención médica, aunque la investigación por abandono siguió su curso. Para mí no era suficiente. Ocho minutos podían parecer poco en una pantalla, pero para Xiaomei habían sido ocho minutos tirada sobre el asfalto, esperando que un desconocido decidiera si su dolor valía una llamada.

La verdadera herida llegó después.

El capataz de la obra, He Rong, se enteró de que yo había dado información sobre los salarios. Me esperó al final de un turno detrás de los almacenes.

—Te crees importante porque el presidente de Jungfan te llevó en su coche —dijo—. ¿Ahora vas a señalar a quienes te dan de comer?

—Ustedes no nos dan de comer. Nos deben cuatro meses de trabajo.

Me golpeó en el estómago antes de que pudiera apartarme. No fue una paliza; no necesitaba serlo. Bastó con que dos hombres se colocaran a cada lado para que entendiera el mensaje.

—Retira lo que dijiste. Tus compañeros tienen hijos. Si suspenden el proyecto, todos se quedan sin nada. Y tu hermanita… sería una pena que tenga otro accidente.

No contesté. Cuando se fueron, permanecí agachado contra una pared hasta que pude respirar sin dolor. Mi primer impulso fue llamar a Shen Junfan. El segundo fue no hacerlo. No quería convertirme en una carga protegida por un hombre poderoso mientras los demás seguían teniendo miedo.

Esa noche reuní a tres compañeros en el cuarto trasero de una tienda de fideos. Les mostré los recibos y les pedí que no confiaran en mí por amistad, sino que revisaran sus propios pagos. Al principio nadie quiso hablar. Después, el más viejo de nosotros, el tío Ma, sacó una libreta. Había anotado cada jornada desde hacía dos años. Otro mostró transferencias incompletas. Una mujer llamada Qiao Lan tenía audios donde el capataz ordenaba firmar recibos por cifras mayores a las entregadas.

No éramos detectives. Éramos obreros cansados, y por eso habíamos guardado cada papel como quien guarda pruebas de que su propia vida había ocurrido. Entendimos que nuestra fuerza no estaba en que uno de nosotros lograra convencer a un empresario, sino en que todos dejáramos de aceptar la mentira por separado.

Xiaoyu organizó una reunión privada con los trabajadores y un despacho externo de auditoría. No fue un acto heroico ni una escena de aplausos. Hubo hombres que se retiraron por miedo. Hubo otros que nos acusaron de poner en peligro el empleo. Pero suficientes personas entregaron documentos para que la investigación avanzara.

Entonces apareció la parte que nadie esperaba.

Los desvíos de salarios no eran solo obra de He Rong y la constructora. Un gerente financiero de Grupo Jungfan, Zhao Wei, había autorizado pagos a empresas fantasma a cambio de comisiones. Rápido Norte había sido contratada para transportar materiales inexistentes; sus facturas falsas ayudaban a sacar dinero del proyecto. Guo Qiang, el conductor que atropelló a Xiaomei, había trabajado aquella noche haciendo una entrega no registrada. Su jefe le había ordenado no reportar el accidente para evitar que la policía revisara el recorrido del vehículo.

El USB que había estado dentro de mi mochila contenía la primera pista: una versión del contrato con los proveedores verdaderos. Zhao Wei intentó recuperarlo desesperadamente la mañana en que Shen Junfan lo perdió. Ahora entendíamos por qué, cuando el señor Shen mencionó el USB en la estación, el rostro de Xiaoyu había cambiado antes que el mío. Ella ya sospechaba que algo no cuadraba en las cuentas, aunque no sabía hasta dónde llegaba la red.

—¿Por qué no me dijo nada? —le pregunté a Shen Junfan cuando me mostró el informe preliminar.

Estábamos en su oficina, un lugar enorme de vidrio y madera donde yo sentía que mis botas embarradas todavía dejaban marcas, aunque esa vez llevaba zapatos prestados por Xiaoyu.

—Porque no quería construir una esperanza sobre una sospecha —dijo—. Y porque necesitaba saber si alguien de mi propia empresa estaba involucrado antes de poner a todos en riesgo.

—¿Zhao Wei era su amigo?

Shen Junfan tardó demasiado en responder.

—Fue mi compañero de universidad. Estuvo conmigo cuando empecé esta empresa con un préstamo y dos escritorios. Creí que entendía lo que significaba pagar a la gente a tiempo.

Comprendí su silencio de otra manera. No era solo la vergüenza de que le hubieran robado. Era el dolor de descubrir que alguien que había comido en su mesa había decidido enriquecerse con las piernas rotas de una muchacha y el hambre de cientos de obreros.

Zhao Wei no confesó. Renunció antes de ser despedido, alegando que todo había sido responsabilidad de proveedores externos. Pero los registros bancarios, las autorizaciones digitales, las facturas duplicadas y los testimonios de los trabajadores fueron demasiado consistentes. La empresa denunció el fraude, congeló contratos con las compañías implicadas y entregó a la policía los datos relacionados con el accidente de Xiaomei.

He Rong fue apartado de la obra. Guo Qiang enfrentó las consecuencias legales de haber huido y su empresa tuvo que responder por los gastos médicos que el acuerdo inicial no cubría. No recuperamos de golpe todos los meses de angustia, pero un administrador judicial obligó a la constructora a reconocer los pagos atrasados. Llegaron por partes, después de muchas verificaciones. La justicia no se parecía a una puerta que se abre de repente; se parecía más a una fila larga, papeles sellados y llamadas que uno no puede dejar de contestar.

Shen Junfan cumplió lo que yo le pedí. No canceló el proyecto Heshan. Sustituyó a la constructora, mantuvo a los trabajadores que quisieron continuar y creó un sistema de pago directo para que el dinero no pasara por tantas manos. Algunos lo llamaron estrategia para limpiar la imagen de Jungfan. Tal vez también lo era. Pero cuando recibí mi primer pago completo, con el monto exacto y la fecha escrita claramente, no me importó cómo lo llamaran.

Con ese dinero quise devolverle el préstamo del hospital. Fui a su oficina con un sobre que contenía casi todo lo que tenía ahorrado. Xiaomei ya caminaba con muletas y se había inscrito en la universidad. Había insistido en acompañarme, aunque el trayecto la agotaba.

Shen Junfan abrió el sobre, contó los billetes y me devolvió la mitad.

—No.

—Es el préstamo —dije—. Usted dijo que podía devolvérselo cuando pudiera.

—Y puedes. Pero no debes quedarte sin dinero para la matrícula de tu hermana.

—La matrícula es responsabilidad mía.

Xiaomei, sentada junto a la ventana, intervino:

—No, hermano. También es responsabilidad mía. Ya no voy a repartir comida. Conseguiré una beca y estudiaré de verdad.

Shen Junfan sonrió apenas.

—Entonces propongo algo. Devuélveme lo que puedas, poco a poco. Pero primero termina lo importante.

—¿Y qué es lo importante? —pregunté.

—Que ella llegue a una clase sin tener que mirar si le alcanza para el autobús. Que tú trabajes sin pensar que van a robarte el sueldo. Cosas así.

No acepté que borrara la deuda. Acordamos pagos mensuales pequeños. Xiaoyu dijo que era la primera negociación en la que ambos salían contentos y que eso la hacía sospechar de nosotros.

Ella había cambiado también. Visitaba a Xiaomei algunos domingos y llevaba comida que decía haber comprado de más. Xiaomei nunca le creyó, pero aceptaba todo. Con el tiempo, Xiaoyu ayudó a mi hermana a postularse a una beca del Grupo Jungfan destinada a estudiantes de zonas rurales. Cuando Xiaomei la obtuvo, lloró abrazada a la carta de aceptación. Yo recordé la mañana en que había intentado conseguir 178 yuanes para volver a casa y sentí vergüenza de la persona que había sido entonces: un hombre convencido de que pedir ayuda lo hacía menos digno.

No fue así. Lo indigno había sido que otros nos obligaran a elegir entre la dignidad y la supervivencia.

Un año después, seguía trabajando en Heshan, pero ya no como peón eventual. Aprobé un curso técnico que la empresa ofrecía a los trabajadores y me convertí en supervisor de seguridad de una cuadrilla pequeña. Mi trabajo era asegurar que nadie subiera a un andamio defectuoso, que los pagos se registraran y que los accidentes se reportaran de inmediato. No era un puesto grandioso, pero cada vez que alguien se quejaba de que una regla retrasaba el trabajo, pensaba en Xiaomei tendida al borde de una carretera y no cedía.

El día que inauguraron los primeros edificios, Shen Junfan llegó sin escoltas ni discursos largos. Caminó por el lugar, revisó las rampas, preguntó por las familias que se habían mudado y se detuvo frente a un mural donde los hijos de los obreros habían pintado sus manos de colores.

Xiaomei, ya sin muletas, corrió hacia mí desde el autobús universitario. Llevaba la misma cinta roja que había cosido años atrás, ahora atada a su mochila nueva.

—Hermano —dijo—, hoy traje algo para ti.

Me entregó 178 yuanes en un sobre blanco.

—¿Qué es esto?

—Mi primer pago por dar tutorías. Te lo presto para que vuelvas a casa cuando quieras.

Quise devolverle el dinero, pero ella cerró mis dedos sobre el sobre y se echó a reír.

A unos metros, Shen Junfan observaba la escena. Xiaoyu le dijo algo que no alcancé a oír. Él respondió con una sonrisa y luego se alejó para atender una llamada.

Guardé el sobre en la cartera, junto a la tarjeta vieja de Grupo Jungfan y la fotografía que nunca salió de mi mochila. Esa tarde, mientras Xiaomei me hablaba de sus clases y del futuro que por fin podía imaginar, comprendí que aquel camino de barro no había terminado en nuestra casa. Solo había sido el primer tramo que alguien decidió caminar con nosotros.

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