Cuando Mei vio en las cámaras de seguridad a la señora Bai entrar en la mansión abrazada a otro hombre, estuvo a punto de dejar caer la bandeja que llevaba en las manos. El presidente Yan Hua llevaba tres días en un viaje de negocios al extranjero. Nadie podía confundirlo con aquel desconocido que reía junto a su esposa mientras ella le acariciaba el cuello como si la casa, el dinero y el matrimonio nunca hubieran significado nada.
Mei era la niñera de la familia desde hacía seis años. Había cuidado a Yan Hua cuando la fiebre lo dejaba sin fuerzas después de noches enteras trabajando, y había visto cómo él levantó su empresa desde una pequeña oficina hasta convertirse en uno de los hombres más influyentes de Yangcheng. También había visto cómo, después de casarse, cedió cada vez más ante la familia de su mujer. Compró un apartamento para la madre de Bai, pagó las deudas del hermano menor y entregó a su esposa una tarjeta sin límite práctico para que no tuviera que pedirle dinero por cada capricho.
Pero aquella tarde, ante las imágenes de la cámara, Mei entendió que la generosidad de Yan Hua se había convertido en permiso para que todos lo despreciaran.
Pensó que el presidente había regresado antes de tiempo y que tal vez quería celebrar algo con su esposa. Incluso abrió una botella de vino. Sin embargo, al acercarse al salón y mirar por la rendija de la puerta, su sangre se heló. El hombre no era Yan Hua. Bai estaba sentada sobre el brazo del sofá, con una copa en la mano, mientras el desconocido besaba su mejilla.
—No te preocupes —le oyó decir Bai—. Mi marido seguirá fuera hasta el lunes. Cuando vuelva, estará demasiado ocupado para hacer preguntas.
Mei se tapó la boca. Luego sacó el móvil, tomó fotografías y reunió valor para enviárselas a Yan Hua.
La respuesta no llegó enseguida. Pasaron veinte minutos insoportables. Mei imaginó que él no le creería, que pensaría que había querido destruir su hogar. Pero finalmente su teléfono vibró.
“Gracias por decírmelo. No hagas nada. No dejes que sepan que estoy al tanto.”
A miles de kilómetros de distancia, Yan Hua miró las fotos una y otra vez dentro de su avión privado. No gritó. No rompió nada. Su furia fue tan silenciosa que su asistente, Jian, comprendió que algo grave había ocurrido antes incluso de que el presidente hablara.
—Aterrizamos esta noche —ordenó Yan Hua—. Pero no iremos a la casa.
Jian lo miró con cautela.
—¿Quiere que prepare seguridad?
—No. Ve a la empresa. Congela de inmediato la tarjeta adicional de Bai. Revisa cada gasto que haya hecho su familia con mis cuentas durante los últimos años. Quiero facturas, transferencias, préstamos, propiedades, todo. Y prepara la demanda de divorcio.
Jian tragó saliva.
—Sí, señor.
Yan Hua volvió a mirar una de las imágenes. Bai sonreía al hombre con la misma expresión que usaba cuando le pedía una joya, una inversión o un viaje para su madre.
—Han vivido creyendo que mi dinero era suyo —murmuró—. Esta vez veré cómo se sostienen sin mí.
A la mañana siguiente, la madre de Bai y su hija menor, Lili, se dirigieron a la subasta más exclusiva de Yangcheng. Bai no quería perderse el evento: la heredera de Antigüedades Lin, una joven llamada Lin Xue, asistiría como invitada de honor, y la familia Bai estaba decidida a impresionarla. Desde hacía meses, la madre de Bai fantaseaba con que Lili se acercara a Lin Xue y lograra una alianza entre ambas familias. Creían que el Grupo Yan, dirigido por Yan Hua, pronto necesitaría el apoyo de la poderosa casa Lin.
Llegaron tarde, como siempre, con un séquito de asistentes y una arrogancia que llenó el vestíbulo antes que sus pasos. Cuando la subastadora anunció un plato azul y blanco de la dinastía Yuan, decorado con flores de loto y con un precio inicial de diez millones, la madre de Bai irrumpió en la sala.
—¿Qué clase de subasta cutre empieza sin esperar a sus invitados VIP? —exigió—. Ya han vendido las piezas que queríamos. Vuelvan a subastarlas ahora mismo.
La subastadora mantuvo una sonrisa firme.
—Señora, Antigüedades Lin comienza a la hora anunciada. Puede tomar asiento y participar en los lotes restantes.
—¿Una empleada como tú se atreve a responderme así? —replicó la mujer—. ¿Sabes quién paga en este lugar?
Algunos invitados se giraron, incómodos. Otros reconocieron a Bai y a su familia y guardaron silencio por conveniencia. Lili, encantada con la atención, señaló el plato expuesto bajo el cristal.
—Mamá, ese me gusta. Cuesta diez millones. Llévatelo y úsalo en casa.
Bai soltó una risa orgullosa.
—Si a mamá le gusta, cómpralo. Yan Hua paga. No se priven de nada.
A pocos metros, sentado discretamente en la última fila, Yan Hua observaba. Llevaba un traje oscuro sencillo y no había llamado la atención al entrar. Nadie en la familia Bai lo vio. Estaban demasiado ocupados disfrutando de la autoridad que creían poseer.
Lili se acercó a él sin reconocerlo de inmediato. Lo vio alejado, inexpresivo, y sonrió con desprecio.
—Hermana, ¿por qué tu perrito faldero está sentado tan lejos? Déjalo. Es un nuevo rico que no entiende cómo se mueve la gente importante. Dentro de poco, el Grupo Yan tendrá que depender de nosotras.
Bai ni siquiera miró hacia atrás.
—No lo molestes. Él es útil cuando hay que pagar, nada más.
Yan Hua apretó la mandíbula. Durante años se había dicho que el desdén de aquella familia era soportable porque Bai lo amaba. Ahora comprendía que su silencio no había conservado la paz: solo había alimentado su desprecio.
La puja empezó en diez millones. Un coleccionista levantó su paleta y ofreció once. Lili soltó una carcajada.
—¿Solo un millón más? Se nota que nunca han visto dinero.
Bai levantó la suya.
—Treinta millones.
Un murmullo recorrió la sala. El plato era valioso, pero pagar el triple de su precio inicial por simple vanidad era una extravagancia absurda. La madre de Bai se deleitó con las miradas ajenas.
—Un plato así sería mediocre en nuestra mesa —dijo en voz alta—. Quizá lo usemos para los huesos y los desperdicios de la cena.
Lili aplaudió, encantada.
—Eso sí es nivel. Treinta millones por un plato para sobras.
La subastadora anunció la primera llamada. Bai extendió la mano hacia el teléfono que llevaba en el bolso. Quería confirmar que el cargo se haría con su tarjeta, pero antes de que la segunda llamada sonara, su rostro cambió.
—¿Qué ocurre? —preguntó su madre.
Bai volvió a intentarlo. La pantalla mostraba un mensaje breve y devastador: “Transacción rechazada. Tarjeta bloqueada.”
—Debe de ser un error —susurró.
—Pues resuélvelo —ordenó Lili—. No vamos a quedar como unas pobres delante de Lin Xue.
Bai llamó al banco. La operadora confirmó, con una cortesía implacable, que el titular había cancelado todas las tarjetas adicionales. También informó de que cualquier consulta posterior debía realizarla directamente el señor Yan Hua.
La sala quedó en un silencio cruel. La subastadora bajó la mirada hacia Bai.
—Señora Bai, ¿confirma la oferta de treinta millones?
La madre de Bai golpeó la mesa.
—¡Claro que la confirma! Mi yerno es Yan Hua. Su fortuna podría comprar esta sala entera.
Fue entonces cuando Yan Hua se levantó desde el fondo. No levantó la voz, pero cada persona lo oyó con claridad.
—Mi fortuna no comprará ni un plato para sus desperdicios.
Bai se quedó blanca. Por primera vez desde que había entrado, lo miró de verdad.
—Yan Hua… ¿cuándo regresaste?
—A tiempo para escuchar lo que piensan de mí cuando creen que no estoy.
Lili intentó recuperar la compostura.
—Cuñado, es solo una broma. Mamá estaba jugando.
—¿Igual que juegan con mis cuentas? —preguntó él.
Jian apareció junto a Yan Hua con una carpeta gruesa. La colocó sobre la mesa de Bai. Dentro estaban los extractos de los últimos cuatro años: apartamentos, vehículos, tratamientos de lujo, viajes, deudas de juego del hermano de Bai, inversiones fallidas ocultas bajo nombres de empresas ficticias. La cifra final superaba los doscientos millones.
La madre de Bai palideció, pero aún tuvo valor para señalar a Yan Hua.
—¡Eres el marido de mi hija! Era tu obligación ayudarnos.
Yan Hua la miró sin ira, y esa calma la hizo retroceder.
—Ayudar no significa permitir que me usen. Y ser marido no significa aceptar que mi esposa lleve a su amante a mi casa.
Bai sintió que el aire desaparecía de la sala. Quiso hablar, pero Jian proyectó en una pantalla lateral las fotografías que Mei había tomado. No eran imágenes indecentes; no hacía falta. La cercanía, los besos y la confianza de Bai con aquel hombre decían todo lo necesario.
—No es lo que parece —alcanzó a decir ella.
Yan Hua soltó una sonrisa vacía.
—Esa frase llega tarde cuando la mentira ya tiene fotografías, fechas y un nombre.
La heredera Lin Xue, que había permanecido observando sin intervenir, se acercó entonces a la subastadora. Su expresión era serena, pero no amable.
—La oferta de la señora Bai queda anulada por falta de fondos. Continúe con el siguiente postor.
La madre de Bai se volvió hacia ella, furiosa.
—¿Sabes quién soy?
—Sí —respondió Lin Xue—. Es la familia que ha llegado tarde, ha insultado al personal y ha intentado usar un apellido ajeno para imponer sus caprichos. A partir de hoy, Antigüedades Lin no hará negocios con ustedes.
La humillación fue completa. Los mismos invitados que habían reído ante los excesos de la familia Bai apartaron la mirada o fingieron no conocerlos. El coleccionista que había ofrecido once millones compró finalmente el plato por una cifra razonable. Mientras el martillo golpeaba la mesa, Bai entendió que no solo había perdido una subasta. Había perdido el hombre que sostenía todo el mundo que ella daba por garantizado.
Fuera del salón, intentó alcanzar a Yan Hua.
—Te amo —dijo llorando—. Cometí un error. Ese hombre no significaba nada.
Yan Hua se detuvo, pero no se volvió enseguida.
—Eso es precisamente lo que más duele, Bai. Que destruyeras todo por alguien que no significaba nada.
Ella le prometió que cambiaría, que devolvería lo que pudiera, que convencería a su familia de vender sus propiedades. Yan Hua la escuchó hasta el final. Después se giró, y Bai vio que el dolor en sus ojos era real, aunque ya no quedara amor al que aferrarse.
—No necesito tus promesas. Necesito que asumas las consecuencias de tus decisiones.
El divorcio se resolvió meses después. Las propiedades compradas con dinero de Yan Hua fueron embargadas, las deudas ocultas salieron a la luz y la familia Bai tuvo que abandonar el estilo de vida que había exhibido como propio. El amante de Bai desapareció en cuanto supo que las tarjetas, los viajes y los regalos se habían terminado. Lili, que había despreciado a Yan Hua delante de todos, tuvo que vender bolsos y joyas para pagar sus gastos. Su madre dejó de recibir invitaciones a los eventos donde antes exigía ser tratada como reina.
Yan Hua no celebró su caída. Recuperó lo que le correspondía por vía legal y decidió no perseguir una venganza que lo mantuviera unido a ellos para siempre. A Mei le agradeció haber tenido la valentía de decir la verdad y financió los estudios de su hijo, algo que ella había rechazado pedir incluso en los años más difíciles.
Tiempo después, Yan Hua volvió a la mansión. El salón donde había empezado su humillación estaba en silencio. Mandó retirar los adornos que Bai había comprado para impresionar a otros y abrió las ventanas. Por primera vez en mucho tiempo, la casa no parecía un escaparate caro ni una jaula construida con sacrificios.
Comprendió que perder a Bai no había sido el final de su vida, sino el final de la mentira que llevaba años sosteniendo. Y mientras la luz de la tarde llenaba la habitación, Yan Hua dejó de preguntarse por qué no había sido suficiente para ella. Al fin entendió que la traición de Bai jamás había definido su valor, sino el vacío de quienes confundieron su amor con una cuenta bancaria sin límite.