La voz del hombre que podía salvar o destruir mi empresa atravesó las puertas de la sala de juntas y me dejó completamente paralizada.
—Que pase la presidenta Lin. Comencemos la presentación.
Cuatro años habían transcurrido desde la última vez que escuché aquella voz, pero todavía podía reconocerla entre millones.
Era la voz del hombre por quien había trabajado hasta caer enferma.
La voz del supuesto huérfano pobre que compartía conmigo una habitación vieja y húmeda.
La voz del padre que jamás llegó a saber que yo estaba embarazada.
Mis empleados me miraron preocupados.
—Presidenta Lin, ¿se encuentra bien? Se ha puesto pálida.
Apreté con fuerza la carpeta que contenía nuestra propuesta.
—Estoy bien. Hay muchas personas con voces parecidas.
Intenté convencerme de que no podía ser él.
El hombre al que todos describían como el frío y despiadado presidente del Grupo Zhou no podía ser aquel muchacho que cenaba fideos conmigo y remendaba sus zapatos porque no teníamos dinero para comprar otros.
Pero cuando las puertas se abrieron, todas mis esperanzas desaparecieron.
Sentado en la cabecera de la mesa, vestido con un impecable traje oscuro, estaba Zhou Tingchen.
El novio pobre al que yo había mantenido con tres trabajos era en realidad el único heredero de un imperio valorado en miles de millones.
Y ahora él decidiría si mi agencia obtenía el contrato más importante de su historia.
Nuestros ojos se encontraron.
La expresión de Tingchen no cambió, pero el bolígrafo que sostenía se partió entre sus dedos.
—Buenos días, señor Zhou y miembros de la junta —dije, obligándome a conservar la calma—. Soy Lin Wanyi, presidenta de Shengyi Advertising.
—Lo sé —respondió él con frialdad—. He oído hablar mucho de usted.
Nadie en aquella sala imaginaba todo lo que escondían esas palabras.
Cuatro años antes yo creía ser la mujer más feliz del mundo.
Vivía con Tingchen en una habitación alquilada tan pequeña que, al extender los brazos, casi podía tocar las dos paredes.
El techo goteaba cuando llovía. En invierno entraba aire por las ventanas y teníamos que dormir abrazados para combatir el frío.
Él me había contado que creció en un orfanato y que estudiaba con una beca. Decía que no tenía padres, dinero ni nadie en quien confiar.
Yo trabajaba por las mañanas en una cafetería, por las tardes en una empresa de mensajería y por las noches traducía documentos desde casa.
Casi todo mi salario se destinaba al alquiler, los estudios de Tingchen y nuestras necesidades básicas.
Aun así, nunca me quejé.
—Las novias de otros hombres reciben bolsos de marca y cosméticos —me dijo una noche—. Tú solo puedes cocinar para mí en esta casa vieja y llena de goteras. Estar conmigo te ha hecho sufrir.
Le serví un plato de fideos y sonreí.
—No me importa la pobreza. Mientras me trates bien, hasta unos fideos hervidos en agua me parecerán dulces.
Tingchen tomó mis manos, agrietadas por el trabajo.
—Te juro que algún día te daré lo mejor del mundo. Nunca más permitiré que sufras.
Lo creí.
No sabía que el reloj barato que llevaba ocultaba una pieza diseñada exclusivamente para el heredero del Grupo Zhou.
Tampoco sabía que el muchacho que fingía buscar empleo podía comprar todo el edificio donde vivíamos con una sola llamada.
La verdad llegó una tarde, cuando una elegante mujer llamada señora Zhou apareció en la cafetería donde yo trabajaba.
Pidió que cerraran el local y colocó un cheque frente a mí.
—Una mujer corriente como tú, que apesta a pobreza, jamás será digna del heredero de la familia Zhou.
Pensé que se había confundido.
—Señora, debe tratarse de un malentendido. Tingchen es un estudiante pobre que creció en un orfanato.
Ella se rio.
—Tingchen es mi único hijo y el heredero de un grupo valorado en miles de millones. Nunca vivió en un orfanato.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
La señora Zhou me explicó que su hijo participaba en lo que los jóvenes ricos llamaban un “juego de intercambio de vida”. Fingían ser pobres para experimentar durante un tiempo cómo vivía la clase baja.
—Estaba aburrido y decidió jugar contigo —continuó—. ¿De verdad creíste que alguien como él se casaría con una mujer que ni siquiera merece limpiarle los zapatos?
—Él no haría algo así.
—¿Acaso alguna vez te llevó a conocer a sus amigos o a su familia? ¿Te mostró un documento que demostrara quién era?
No pude responder.
Durante dos años, Tingchen siempre había encontrado una excusa para evitar hablar de su pasado.
La señora Zhou empujó el cheque hacia mí.
—Cinco millones. Toma el dinero y desaparece de su vida.
—No lo quiero.
—¿No es suficiente? Sabía que una mujer como tú terminaría mostrando su verdadera ambición.
—Yo tenía tres trabajos para mantenerlo. Él jamás gastó un centavo en mí.
—Eso solo demuestra que fingió muy bien. Si eres inteligente, tomarás el dinero y te marcharás. De lo contrario, tenemos muchos métodos para hacerte imposible la vida en esta ciudad.
Se inclinó hacia mí y pronunció su última amenaza en voz baja.
—Incluso si tienes que morir, hazlo lejos de mi hijo.
Hasta ese momento yo había estado dispuesta a enfrentarme a cualquier persona por nuestro amor.
Pero aquella mañana había recibido una noticia que lo cambiaba todo.
Estaba embarazada de seis semanas.
El médico dijo que el bebé se desarrollaba bien, aunque yo sufría desnutrición y debía dejar de trabajar tanto.
Pensé que aquella criatura era el fruto del amor que tanto había deseado.
Después de descubrir que Tingchen me había mentido sobre toda su vida, el embarazo se convirtió en la ironía más dolorosa.
Acepté el cheque.
No porque la señora Zhou tuviera razón, sino porque necesitaba proteger a mi hijo.
Cuando regresé a nuestra habitación, guardé en una caja todo lo que Tingchen me había regalado: una horquilla de plástico que costó doce yuanes, dos tazas compradas en un puesto callejero y una fotografía tomada frente a un parque de diversiones.
No quisimos pagar las entradas, así que nos fotografiamos junto a la puerta.
Esos objetos no tenían ningún valor para la familia Zhou, pero para mí habían representado una vida entera.
Tingchen me llamó lleno de emoción.
—Wanyi, tengo una noticia increíble. Pasé la entrevista final en una gran empresa. Pronto tendremos dinero. ¿Dónde estás? Voy a buscarte.
Comprendí que seguía mintiéndome.
—Zhou Tingchen, no finjas más. El juego terminó.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio.
—¿De qué hablas? ¿Qué juego?
—Ya me cansé de esta vida de pobreza, de tener que calcular el precio de cada repollo. Alguien me dio dinero y lo acepté. Terminemos. No vuelvas a buscarme.
—Wanyi, escúchame…
—Me engañaste muy bien. Dijiste que me darías un hogar, pero ni siquiera me contaste quién eras.
—Puedo explicarlo.
—Tu madre me pagó cinco millones. Al parecer eso es lo que valen para los ricos mi juventud y mi amor.
—No tomes decisiones hasta que yo llegue.
—Adiós, Tingchen.
Apagué el teléfono y abandoné la ciudad aquella misma noche.
No le conté que estaba embarazada.
Tenía miedo de que la familia Zhou intentara arrebatarme al bebé o me obligara a perderlo.
Al llegar a otra ciudad, cambié mi número y utilicé parte de los cinco millones para alquilar una pequeña oficina.
Había estudiado publicidad antes de abandonar la universidad para trabajar y mantener a Tingchen. Decidí retomar la profesión que había sacrificado por él.
La empresa comenzó con tres empleados y cuatro escritorios de segunda mano.
Durante el embarazo trabajé hasta el último mes. El médico me regañaba cada vez que me veía, pero yo no tenía a nadie más en quien apoyarme.
Di a luz a una niña y la llamé Nian’an.
“Recordar la paz”.
Quería recordar el pasado sin permitir que volviera a destruirme.
Mi hija heredó los ojos de Tingchen, su nariz y aquella pequeña arruga que aparecía entre sus cejas cuando se concentraba.
Cada vez que la miraba, sentía amor y dolor al mismo tiempo.
Nunca le hablé mal de su padre. Cuando preguntaba por él, le decía que era un hombre que vivía muy lejos y que aún no sabía cómo encontrarnos.
Utilicé el resto del dinero de la señora Zhou como capital inicial. No lo gasté en lujos ni en una nueva vida.
Lo convertí en campañas, salarios y oportunidades.
Cuatro años después, Shengyi Advertising se encontraba entre las agencias de mayor crecimiento del país.
Y ahora competíamos por el contrato publicitario anual del Grupo Zhou.
La reunión comenzó.
Aunque Tingchen no apartaba los ojos de mí, presenté nuestra propuesta sin cometer un solo error. Expliqué el concepto, la estrategia, el presupuesto y las previsiones de crecimiento.
Cuando terminé, uno de los directivos aplaudió.
—Es la propuesta más sólida que hemos visto.
Tingchen cerró lentamente la carpeta.
—Los demás pueden retirarse. La presidenta Lin se quedará para responder algunas preguntas.
Mis empleados me miraron. Asentí para tranquilizarlos.
Cuando la sala quedó vacía, Tingchen se levantó.
—Cuatro años.
No respondí.
—Te busqué durante cuatro años —continuó—. Cambiaste de número, abandonaste tu apartamento y borraste cualquier rastro. ¿Ahora apareces frente a mí como si fuéramos desconocidos?
—Estamos aquí por negocios, señor Zhou.
—¿Dónde están los cinco millones?
—Los invertí.
—Así que mi madre tenía razón. Te marchaste por dinero.
Saqué un cheque de mi carpeta y lo dejé frente a él.
—Aquí tiene diez millones. El capital original más intereses. Dígale a su madre que no le debo nada.
Tingchen no tocó el cheque.
—¿Crees que esto se trata del dinero?
—Todo comenzó por dinero.
—Comenzó porque no me diste la oportunidad de explicarte la verdad.
Me levanté.
—La verdad es que fingiste ser huérfano y permitiste que trabajara hasta enfermar mientras tu familia tenía miles de millones.
—Mi abuelo me obligó a demostrar que podía vivir sin el apellido Zhou antes de entregarme la empresa. Solo podía utilizar el dinero que ganara por mi cuenta durante tres años.
—Entonces podrías haberme dicho que tenías una familia.
—Al principio no confiaba en nadie. Después quise decírtelo muchas veces, pero temía perderte.
—Me perdiste precisamente porque mentiste.
Tingchen bajó la mirada.
—Nunca fuiste un juego para mí.
—Eso debiste explicárselo a tu madre.
Tomé mi carpeta y me dirigí hacia la puerta.
—¿Ganamos el contrato? —pregunté.
—La junta tomará una decisión objetiva.
—Perfecto. Si vas a utilizar nuestra relación para castigarme, retiraré la propuesta ahora mismo.
Sus ojos se endurecieron.
—Sigues siendo tan orgullosa como antes.
—Y tú sigues creyendo que todas las personas tienen que esperar a que decidas contarles la verdad.
Abandoné la sala sin mirar atrás.
Dos días después, Shengyi ganó el contrato.
Nuestra propuesta obtuvo la puntuación más alta en todas las evaluaciones. Tingchen incluso se abstuvo de votar para evitar cualquier conflicto de intereses.
Creí que podríamos mantener una relación estrictamente profesional.
Me equivoqué.
Una tarde, la niñera llevó a Nian’an a mi oficina porque tenía fiebre. Mientras yo terminaba una reunión, mi hija salió a buscarme y entró accidentalmente en el ascensor privado.
Cuando las puertas se abrieron en la planta ejecutiva del Grupo Zhou, Tingchen se encontró frente a una niña de cuatro años con su mismo rostro.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Lin Nian’an.
—¿Cuántos años tienes?
Ella levantó cuatro dedos.
—Mamá dice que pronto cumpliré cinco.
Tingchen se arrodilló.
—¿Quién es tu padre?
—Vive muy lejos.
En ese instante llegué corriendo.
Tomé a mi hija en brazos y retrocedí.
Tingchen me miró como si acabara de recibir un golpe.
—¿Es mía?
—Estamos en horario de trabajo.
—¡Wanyi, pregunto si esa niña es mi hija!
Nian’an se asustó y escondió el rostro en mi cuello.
—No grites delante de ella.
Tingchen bajó inmediatamente la voz.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque tu madre me amenazó antes de que naciera.
—Yo habría protegido a las dos.
—Ni siquiera fuiste capaz de decirme tu verdadero apellido.
Durante varios segundos no encontró una respuesta.
Después miró a Nian’an con los ojos llenos de lágrimas.
—Solo quiero una prueba.
—Puedes solicitarla, pero no intentarás separarla de mí.
—Nunca haría eso.
—Tu apellido no convierte esa promesa en garantía.
Firmamos un acuerdo ante abogados. Tingchen renunció por escrito a iniciar cualquier procedimiento de custodia sin mi consentimiento.
La prueba de ADN confirmó que era el padre de Nian’an.
Cuando recibió el resultado, permaneció sentado durante mucho tiempo observando el porcentaje de compatibilidad.
—Perdí su nacimiento, sus primeras palabras y sus primeros pasos.
—Yo también perdí muchas cosas por tus mentiras.
—Lo sé.
No intentó abrazarme ni pedirme que regresara. Solo solicitó permiso para conocer a su hija.
Acepté con condiciones.
Las primeras visitas tuvieron lugar en mi presencia. Tingchen llevaba juguetes caros, pero Nian’an se interesó más por un pequeño avión de papel que él hizo con una hoja.
—¿Vas a volver la próxima semana? —le preguntó.
—Si tu mamá me lo permite.
Mi hija me miró suplicante.
—Puede volver —respondí.
La noticia llegó rápidamente a oídos de la señora Zhou.
Entró en mi oficina sin cita y arrojó el resultado de ADN sobre mi escritorio.
—¿Creíste que podías ocultar durante cuatro años a una descendiente de la familia Zhou?
—Es mi hija, no una propiedad de su familia.
—Lleva la sangre de los Zhou. Debe vivir en nuestra casa y recibir nuestra educación.
—Nian’an ya tiene una casa.
—Una agencia pequeña y un apartamento no pueden compararse con lo que nosotros podemos darle.
Abrí un cajón y saqué el cheque de diez millones que Tingchen se había negado a recibir.
—Aquí está su dinero. Ahora salga de mi empresa.
La señora Zhou rompió el cheque.
—No necesito diez millones. Necesito a mi nieta.
—Hace cuatro años me ordenó desaparecer incluso si tenía que morir. Si hubiera sabido que estaba embarazada, ¿habría permitido que naciera?
Su silencio respondió por ella.
—Mientras yo viva, no se acercará a Nian’an sin mi permiso.
La señora Zhou abandonó la oficina prometiendo que me arrepentiría.
Una semana después, uno de nuestros clientes canceló un contrato importante. Dos bancos rechazaron ampliar nuestra línea de crédito y varios medios publicaron artículos acusándome de utilizar a mi hija para acercarme al heredero Zhou.
También se filtró que yo había recibido cinco millones de la familia.
La gente me llamó cazafortunas, amante y estafadora.
La junta del Grupo Zhou exigió reconsiderar el contrato con Shengyi.
Tingchen convocó una conferencia de prensa.
Frente a decenas de cámaras, mostró registros bancarios y documentos de nuestra vida en el antiguo apartamento.
—Durante dos años, Lin Wanyi trabajó en tres empleos para pagar mi comida, mis estudios y nuestro alquiler —declaró—. Yo oculté mi identidad y mi madre le entregó dinero para obligarla a marcharse. La señorita Lin no se acercó a mí por riqueza. Cuando la conocí, ella era la única de los dos que tenía dinero.
Después reveló que los cinco millones habían sido invertidos en Shengyi y que mi empresa ya valía veinte veces esa cantidad.
—Si alguien utilizó a otra persona —concluyó—, fui yo quien se aprovechó de su confianza y de su amor.
Su declaración limpió mi reputación, pero provocó una guerra dentro de la familia Zhou.
La señora Zhou lo acusó de humillar públicamente a su madre.
—Hice todo para protegerte —gritó durante una reunión del consejo.
—Amenazaste a la mujer que amaba y me ocultaste la existencia de mi hija.
—Ella aceptó el dinero.
—Porque la dejaste sola, embarazada y aterrorizada.
—¿Cómo sabes que ya estaba embarazada?
La sala quedó en silencio.
Tingchen miró a su madre.
—Wanyi nunca te dijo cuándo descubrió el embarazo.
La señora Zhou palideció.
Aquel pequeño error reveló que sabía mucho más de lo que había admitido.
Tingchen ordenó revisar los archivos del hospital y los movimientos de su antiguo secretario.
La investigación descubrió que la señora Zhou me había seguido después de nuestra reunión. Sabía que yo estaba embarazada porque había sobornado a una empleada de la clínica para obtener mi historial médico.
También había dado instrucciones a varias empresas para que no me contrataran y pagó al propietario de nuestro apartamento para que cancelara mi contrato de alquiler.
No esperaba que yo utilizara su dinero para abandonar la ciudad y crear una empresa.
Su plan era dejarme sin trabajo ni hogar hasta que perdiera al bebé y regresara humillada para pedir ayuda.
Cuando Tingchen descubrió la verdad, retiró a su madre de cualquier cargo dentro del grupo y entregó las pruebas a las autoridades.
—¡Soy tu madre! —gritó ella—. No puedes hacerme esto por una mujer.
—Precisamente porque eres mi madre esperé demasiado para enfrentarme a ti. Pero no permitiré que también destruyas la vida de mi hija.
La señora Zhou no fue encarcelada porque algunos delitos habían prescrito y otros se resolvieron mediante sanciones económicas, pero perdió su puesto, su influencia en la empresa y el derecho a acercarse a Nian’an.
Creí que todo había terminado.
Entonces apareció una nueva traición.
Dos días antes de lanzar la campaña del Grupo Zhou, una agencia competidora presentó un concepto casi idéntico al nuestro.
Solo tres personas tenían acceso completo a los archivos.
Una de ellas era mi subdirector, el hombre que me había acompañado desde la fundación de Shengyi.
La señora Zhou le había pagado para robar nuestra propuesta y hacer parecer que nosotros habíamos plagiado a la competencia.
Si la campaña se cancelaba, mi empresa tendría que pagar una indemnización capaz de llevarnos a la quiebra.
El subdirector negó todo.
—Presidenta Lin, he trabajado cuatro años a su lado. ¿Cómo puede sospechar de mí?
En mi vida anterior habría confiado ciegamente en alguien cercano.
Ya había aprendido que el amor, la sangre y los años compartidos no sustituyen a las pruebas.
Cada archivo creado por Shengyi contenía una marca digital invisible con fecha, autor y dispositivo de origen.
Durante la reunión de arbitraje mostré el historial completo de nuestro proyecto. La propuesta de la competencia contenía incluso un error deliberado que yo había introducido para identificar cualquier copia.
El subdirector terminó confesando.
La policía encontró las transferencias realizadas por un intermediario de la señora Zhou.
El escándalo provocó su expulsión definitiva del consejo familiar. Las acciones que todavía controlaba fueron depositadas en un fideicomiso que no podía utilizar contra nosotros.
Shengyi conservó el contrato y la campaña se convirtió en el mayor éxito comercial de aquel año.
Nuestra facturación se triplicó.
Yo ya no era la muchacha pobre a la que podían expulsar de la ciudad con una amenaza.
Había construido mi propio lugar en el mundo.
Tingchen siguió visitando a Nian’an.
Aprendió a peinarla, a preparar sus meriendas y a quedarse despierto cuando enfermaba. Nunca volvió a llevarle regalos costosos sin preguntarme.
Una noche, después de acostarla, encontró las dos tazas antiguas sobre una estantería de mi cocina.
—Pensé que las habías tirado.
—Nian’an las utiliza para guardar lápices.
También vio la horquilla de plástico y nuestra fotografía frente al parque de diversiones.
—¿Por qué conservaste todo esto?
—Porque que nuestro amor terminara no significa que nunca existiera.
Tingchen acarició la esquina desgastada de la fotografía.
—Nunca fue un juego.
—Pero comenzó con una mentira.
—Lo sé. No puedo pedirte que olvides lo que hice.
—Tampoco puedes compensarlo con dinero.
—Entonces dime cómo hacerlo.
—Con verdad. Aunque sea incómoda. Aunque tengas miedo de perderme.
A partir de aquella noche comenzó a contarme todo.
Me habló de la presión de su familia, de los años durante los que su madre decidió cada aspecto de su vida y del miedo que sintió cuando se enamoró de una mujer a la que ella jamás aceptaría.
No utilicé esas explicaciones para justificarlo.
Pero por primera vez pude comprenderlo.
Un año después, Tingchen me llevó al mismo parque de diversiones donde nos habíamos fotografiado sin comprar entradas.
Esta vez íbamos con Nian’an.
Frente a la puerta sacó tres boletos.
—Por fin puedo pagar la entrada —dijo.
—Siempre pudiste pagarla.
—Tienes razón. Por fin puedo entrar sin fingir ser otra persona.
Pasamos el día juntos. Al caer la noche, Nian’an se quedó dormida en sus brazos.
Tingchen no sacó un anillo ni se arrodilló.
Solo me entregó una carpeta.
Dentro había un acuerdo prenupcial mediante el cual renunciaba a cualquier derecho sobre Shengyi y reconocía mi custodia principal sobre Nian’an. También había transferido parte de sus acciones a un fideicomiso protegido para nuestra hija.
—No quiero que regreses porque soy el heredero Zhou —dijo—. Quiero demostrarte que, si vuelves a elegirme, jamás tendrás que depender de mi dinero ni temer que mi familia te quite nada.
Cerré la carpeta.
—¿Y si nunca vuelvo a elegirte?
Sus ojos se entristecieron, pero respondió sin dudar:
—Seguiré siendo un buen padre y respetaré tu decisión.
Aquella fue la primera vez que comprendí cuánto había cambiado.
No lo perdoné por nostalgia ni porque nuestra hija necesitara una familia perfecta.
Lo perdoné porque asumió las consecuencias de sus errores sin exigirme nada a cambio.
Seis meses después celebramos una boda pequeña.
No hubo periodistas, accionistas ni invitados elegidos por la familia Zhou.
Nian’an llevó nuestros anillos dentro de una caja decorada con el mismo papel de colores que utilizaba para sus aviones.
Antes de la ceremonia, Tingchen me entregó una horquilla.
Parecía idéntica a la de plástico que me regaló cuando éramos pobres, pero esta vez estaba hecha de diamantes.
La observé y negué con la cabeza.
—Prefiero la antigua.
—¿Por qué?
—Porque esa me recuerda que fui capaz de amarte cuando no tenías nada. La nueva solo demuestra que ahora puedes comprar cosas caras.
Sonrió y guardó la horquilla de diamantes.
Después colocó cuidadosamente la de plástico en mi cabello.
La señora Zhou no asistió a la boda.
Con el tiempo envió varias cartas pidiendo conocer a su nieta. No le permití hacerlo hasta que reconoció por escrito todo el daño causado y aceptó recibir ayuda psicológica.
Dos años más tarde tuvo su primer encuentro supervisado con Nian’an.
Nunca nos convertimos en una familia perfecta. Algunas heridas tardaron mucho en cerrar y otras dejaron cicatrices para siempre.
Pero nadie volvió a decidir por mí.
Nunca entregué Shengyi al Grupo Zhou. Mi agencia siguió siendo independiente y llegó a trabajar con empresas mucho mayores.
Los cinco millones con los que pretendían comprar mi desaparición terminaron financiando la compañía que me convirtió en una de las empresarias más respetadas de la ciudad.
La mujer que me llamó barata perdió su puesto y su poder.
El hombre que ocultó su apellido tuvo que renunciar a su orgullo para recuperar mi confianza.
Y la niña a la que intentaron borrar antes de nacer terminó siendo la heredera de dos imperios: el de su padre y el que su madre construyó desde cero.
Cuatro años antes abandoné una habitación con goteras creyendo que había desperdiciado mi juventud en un amor falso.
Después comprendí que mi amor sí había sido verdadero.
Lo falso era la identidad del hombre a quien se lo entregué.
Tingchen no recuperó mi corazón por ser el poderoso presidente del Grupo Zhou. Lo recuperó cuando aprendió a presentarse ante mí sin dinero, sin apellido y sin mentiras.
Porque una mujer puede perdonar la pobreza.
Incluso puede perdonar el pasado.
Pero nunca debería construir su futuro junto a un hombre que todavía necesita esconder quién es.