El veterinario al que los osos quisieron entregar a los lobos terminó descubriendo quién tendía las trampas en la montaña

—No te muevas. Si arrancas la pata ahora, te desangrarás antes de que pueda salvarte.

Lu Wei tenía las manos hundidas en el pelaje ensangrentado del oso más grande que había visto en su vida. Frente a él, seis osas y varios cachorros observaban en silencio, mientras una anciana afilaba una lanza junto a la entrada de la cueva. Si el animal moría, culparían al humano. Si fracasaba la operación, lo arrojarían a los lobos. Y si lograba salvarlo, todavía tendría que descubrir por qué las trampas que casi mataban al rey de los osos parecían haber sido colocadas por alguien que conocía demasiado bien la montaña.

El oso herido se llamaba Xue Dun, aunque algunos lo llamaban Rey Nube Blanca por la franja de pelo que cruzaba su lomo. Llevaba cinco días inconsciente después de caer en una trampa de cable de acero. El alambre le había desgarrado la pata delantera y se había clavado tan profundamente que varios fragmentos habían quedado entre los huesos. La herida se había infectado. La fiebre le quemaba el cuerpo y la respiración se le escapaba en intervalos cada vez más largos.

—No puedo prometer que sobreviva —dijo Lu, levantando la vista—. Pero si no me dejan intentarlo, morirá antes de esta noche.

—Los humanos siempre mienten —gruñó Hei Shuang, un oso de pelaje negro, enorme incluso para su especie—. Primero vienen con armas. Después ponen trampas. Ahora este dice que quiere salvar a nuestro rey.

—Él no es como los cazadores —intervino Xue Mei—. Me salvó cuando todos creían que yo y mis seis crías moriríamos.

Xue Mei era una osa parda de menor tamaño, pero nadie en la cueva se atrevía a ignorarla. Tres días antes había encontrado a Lu en una choza abandonada al borde del bosque. El joven veterinario apenas tenía comida, un cuchillo oxidado y una caja de instrumentos envuelta en tela. Había llegado a la montaña buscando plantas para su abuelo enfermo, pero terminó atendiendo a Xue Mei durante un parto complicado.

No sabía nada de osos que hablaran. Tampoco de montañas vigiladas por clanes. Solo supo que, cuando la osa apareció retorciéndose de dolor, no podía dejarla morir.

Había usado agua hervida, hilo de cáñamo y una aguja larga. Su abuelo le había enseñado que una herida mal cerrada era como una costura floja: por el hueco entraba la podredumbre y todo el cuerpo terminaba pagando el precio. Lu había cosido durante horas mientras Xue Mei mordía un trozo de madera y sus seis crías nacían, una detrás de otra, débiles pero vivas.

—Mi vida es tuya desde hoy —le había dicho ella al amanecer—. Si algún día necesitas algo, grita hacia la montaña nevada. Iré por ti.

Lu pensó que era una forma extraña de agradecerle. No imaginó que, al día siguiente, Xue Mei regresaría tirándolo del abrigo y que una osa todavía más grande lo cargaría sobre el hombro para llevarlo al corazón de la montaña.

—Al menos déjame ponerme los zapatos —había protestado Lu mientras Osa, la hermana menor de Xue Mei, corría descalza por una pendiente helada.

—Tus pies son blandos —respondió Osa—. Los míos soportan la nieve.

—Tus pies no tienen que llevar una caja de instrumentos y tres frascos de alcohol.

—Entonces agárrate más fuerte.

La carrera había sido tan violenta que Lu estuvo a punto de vomitar varias veces. Osa saltaba sobre el hielo, se deslizaba entre los árboles y bajaba por pendientes donde ningún ser humano habría dado un paso. Cuando por fin llegaron a la cueva del clan, Lu tenía un hombro dislocado, la cara cubierta de escarcha y la certeza de que su vida había empeorado considerablemente.

Lo recibieron con desconfianza. El anciano que presidía el consejo, conocido como Abuelo Oso Sabio, exigió que se convocara una reunión antes de permitirle acercarse a Xue Dun. Algunos querían que lo echaran. Otros proponían atarlo a un árbol hasta que confesara quién lo había enviado.

—Si no lo cura, lo entregaremos a los lobos —declaró Hei Shuang.

—Acepto el riesgo —respondió Xue Mei—. Si él muere por intentarlo, iré con él.

Aquello cambió el murmullo de la cueva. Xue Mei acababa de comprometer su honor y el de sus crías. Entre los osos, una promesa así no era una frase: era una deuda que podía pasar de generación en generación.

Abuelo Oso Sabio miró a Lu durante largo rato.

—Si salvas a nuestro rey, serás un invitado protegido por todo el clan. Si fracasas, nadie impedirá que se cumpla la sentencia.

—No necesito protección —dijo Lu, aunque sabía que sí—. Necesito que todos hagan exactamente lo que les pida.

—Hablas como si ya fueras dueño de la cueva.

—Hablo como alguien que no quiere operar mientras veinte personas discuten encima de su paciente.

Por primera vez, el anciano pareció respetarlo.

Cuando retiraron la piel que cubría la herida, varios osos retrocedieron. La carne alrededor de la pata estaba negra. El olor de la infección llenó la cueva. Lu encontró fragmentos de acero incrustados en el hueso y una línea rojiza que avanzaba hacia el pecho.

—La septicemia ya comenzó —explicó—. Debo limpiar la herida y retirar todo el tejido muerto. Tal vez haya que amputar.

Xue Mei soltó un rugido.

—No.

—Si no retiramos la parte podrida, la infección llegará al corazón.

—Xue Dun es el rey. Sin esa pata no podrá cazar ni proteger al clan.

—Sin esa pata podría vivir. Con ella, probablemente morirá.

Nadie respondió. Lu conocía aquella clase de silencio. Lo había escuchado años atrás, cuando su abuelo perdió dos dedos por una infección y se negó a ir al pueblo porque no quería que le cortaran la mano. No bastaba con decirle a una familia que una parte del cuerpo estaba perdida. Había que convencerla de que la vida que quedaba todavía valía la pena.

—No voy a amputar ahora —dijo finalmente—. Primero intentaré salvarla. Pero necesito tres plantas: flor de loto de nieve, astrágalo milenario y madera azul del arroyo. También necesito el ungüento que preparaba mi abuelo. Sin eso, las posibilidades son mínimas.

—El loto crece en la llanura de hielo —dijo Osa.

—El astrágalo está en los acantilados del oeste —añadió Xue Mei.

—Y la madera azul solo aparece cuando el arroyo se descongela —completó Abuelo Oso Sabio—. Tenemos un día.

Lu dividió a los grupos. Xiong Yu, un oso joven de hombros anchos, guiaría a tres cazadores hacia la llanura. Hei Shuang iría al acantilado. Xue Mei llevaría a Osa y a otras dos osas al arroyo. Mientras tanto, Lu permanecería en la cueva limpiando la herida y tratando de mantener vivo a Xue Dun.

Antes de partir, Xue Mei se inclinó junto a él.

—Si algo sale mal, grita mi nombre.

—Eso fue lo que me dijiste antes de arrastrarme por media montaña.

—Esta vez trataré de llegar más despacio.

—No sabes llegar despacio.

La osa mostró los dientes, y Lu comprendió que aquello era una sonrisa.

La primera hora de tratamiento fue un desastre. Xue Dun no despertaba, pero su cuerpo se estremecía cada vez que Lu extraía un trozo de acero. No había anestesia suficiente. Lu calentó una mezcla de hierbas para adormecer la zona y pidió a dos osos que sujetaran el hombro del rey. La cueva se llenó de gruñidos y golpes contra el suelo.

Cuando por fin retiró el último fragmento, su camisa estaba empapada.

—¿Por qué no despierta? —preguntó un cachorro desde la entrada.

Lu se volvió. Era Bumao, el más pequeño de las seis crías de Xue Mei.

—Porque su cuerpo está peleando contra algo que no puede ver.

—¿Y quién va ganando?

Lu miró al oso inconsciente.

—Todavía no lo sé.

Bumao dejó junto a él una piedra blanca.

—Es del lugar donde duerme mi padre. Le gusta tenerla bajo la cabeza.

Lu tomó la piedra y la colocó bajo el cuello de Xue Dun. Era lisa, pero en uno de sus bordes tenía una marca oscura, como una mancha de tinta. Al limpiarla con el pulgar, descubrió una fina línea metálica incrustada en la superficie.

No era una piedra. Era parte del mecanismo de la trampa.

Lu se quedó inmóvil.

Las trampas de cable que había visto en el bosque estaban hechas con alambre grueso y oxidado. Aquella pieza, en cambio, era de acero nuevo, pulido y flexible. Además, tenía una pequeña muesca triangular en el extremo.

—¿Dónde encontraste esto? —preguntó.

—En la nieve, cerca de la cueva de mi padre. Había muchas piedras iguales.

Lu guardó el fragmento en su caja.

—No se lo digas a nadie todavía.

—¿Por qué?

—Porque primero necesito saber si alguien está poniendo trampas para cazar osos o para hacer que parezca que los humanos lo hacen.

El niño abrió mucho los ojos.

—¿Hay humanos escondidos?

—No lo sé. Pero alguien quiere que ustedes crean que todos los humanos son iguales.

A media tarde, Xiong Yu regresó cubierto de nieve. Habían encontrado el loto, pero la tormenta había arrasado la llanura y uno de los osos jóvenes llevaba una herida profunda en el costado.

—La planta estaba junto a una trampa —dijo Xiong Yu—. No era una trampa para animales. Había un cordón atado a una estaca y conectado a algo enterrado en el hielo.

Lu examinó el nudo. Era pequeño, preciso y hecho con una fibra azul que no se fabricaba en la montaña.

—¿Lo tocaste?

—Hei Shuang lo cortó.

—¿Dónde está Hei Shuang?

Xiong Yu no respondió de inmediato.

—En el acantilado. Dijo que seguiría buscando el astrágalo.

Lu sintió un peso en el estómago. Habían acordado que, ante cualquier señal de trampa, todos regresarían. Hei Shuang no era un oso impulsivo. Desconfiaba de los humanos, pero conocía demasiado bien las reglas de supervivencia para arriesgar a su grupo sin motivo.

Antes de que pudiera decidir si enviar a alguien por él, un rugido atravesó la montaña.

Todos los osos se volvieron hacia la entrada.

Otro rugido respondió desde el oeste, seguido por un estruendo. Una avalancha cayó sobre el acantilado.

—¡Hei Shuang! —gritó Xiong Yu.

Lu miró la pata de Xue Dun. La fiebre había subido. El oso respiraba con dificultad y su lengua comenzaba a ponerse azul.

—No podemos esperar —dijo—. Hay que preparar la cirugía.

—¡Nuestro hermano está enterrado! —rugió Xiong Yu.

—Y su rey se está muriendo. Si vamos todos al acantilado, perderemos a los dos.

Nadie quería obedecerlo. Lu sacó el fragmento metálico que había encontrado en la piedra y lo sostuvo frente a ellos.

—Esto estaba en la trampa que hirió a Xue Dun. El mecanismo de la llanura tiene la misma muesca. Alguien está colocando trampas nuevas y quiere que ustedes corran de una a otra hasta que no puedan proteger a nadie.

—¿Estás acusando a los humanos? —preguntó Abuelo Oso Sabio.

—Estoy diciendo que todavía no sé quién lo hace. Pero sí sé que la persona que preparó esto conoce sus rutas y sabe cuánto tardarán en regresar.

En ese instante, un oso explorador entró arrastrando una pata.

—Encontramos a Hei Shuang —dijo—. No cayó con la avalancha. Lo golpearon desde arriba.

—¿Quién? —preguntó Xiong Yu.

—No vimos a nadie. Solo encontramos huellas humanas junto a la roca.

El rumor de furia se extendió por la cueva.

Lu comprendió que, si no actuaba rápido, los osos abandonarían el tratamiento y comenzarían una guerra contra todos los habitantes de la montaña.

—Si quieren vengarse, háganlo después —dijo—. Pero si Xue Dun muere, quien puso las trampas habrá ganado.

Aquellas palabras detuvieron el tumulto.

La operación comenzó cuando la luz exterior se volvió azul. Lu utilizó el loto de nieve para reducir la fiebre, el astrágalo para fortalecer la sangre y la madera azul para preparar una infusión contra la infección. No eran antibióticos, pero el abuelo le había enseñado a aprovechar cada planta cuando no existía otra opción.

La herida era peor de lo que había imaginado. El tejido muerto alcanzaba el hombro, pero todavía quedaban vasos sanos. Lu tuvo que decidir entre cortar de inmediato o intentar una limpieza más profunda. Si se equivocaba, Xue Dun moriría sobre la mesa de piedra.

—Hazlo —susurró Xue Mei.

—Está inconsciente. No puede oírte.

—Yo sí puedo oírte. Y necesito que lo hagas.

Lu respiró hondo.

—Si la pata no responde, tendré que amputarla.

—Si vive, seguirá siendo nuestro rey.

Aquella respuesta le recordó algo que su abuelo solía decir: un buen médico no salva la parte más hermosa del cuerpo; salva lo que todavía puede sostener una vida.

Durante horas, Lu cortó, lavó y cosió. Cada vez que la sangre se detenía, Xue Mei calentaba agua. Osa mantenía el fuego. Bumao contaba los frascos y apartaba los instrumentos usados. Incluso los osos que desconfiaban de él terminaron ayudando sin que nadie se los pidiera.

Cerca del amanecer, Xue Dun abrió un ojo.

Lu apenas tuvo tiempo de verlo antes de que el animal lanzara un gruñido débil. La pata seguía unida al cuerpo, pero la infección no había desaparecido.

—No te muevas —dijo Lu—. Aún no estamos a salvo.

El oso intentó levantar la cabeza. En su mirada no había miedo, sino furia.

—Él sabe algo —dijo Xue Mei.

Xue Dun golpeó dos veces el suelo con la pata sana. Después volvió a hacerlo, marcando un ritmo.

Abuelo Oso Sabio se acercó.

—Es la señal de la garganta norte. La usaba cuando quería avisar que había encontrado intrusos.

—¿Puede señalar quién lo atacó? —preguntó Lu.

Xue Dun cerró los ojos. Con esfuerzo, levantó la pata herida y señaló hacia la caja de instrumentos.

Lu la abrió. Dentro estaba el trozo de cable metálico y la fibra azul. El rey oso emitió un gruñido ronco y luego volvió a señalar la entrada.

—Quiere que vayamos allí —dijo Lu.

—No —respondió Xue Mei—. Apenas respira.

Pero Xue Dun insistió. El esfuerzo le provocó una tos violenta y la herida comenzó a sangrar.

—No puede acompañarnos —dijo Lu—. Sin embargo, quizá esté diciendo que la respuesta está en la garganta norte.

Abuelo Oso Sabio envió a cuatro exploradores. Lu quería quedarse junto a Xue Dun, pero antes de que partieran apareció Hei Shuang, cubierto de polvo y con una cortada sobre el ojo.

—No hubo avalancha natural —dijo—. Encontré una carga enterrada bajo la nieve.

Sacó un tubo de hierro aplastado. En el interior había restos de pólvora.

—Los humanos de afuera están usando explosivos —continuó—. Pero las huellas que vimos no eran de cazadores. Eran de nuestros propios osos.

Todos miraron a Xue Mei.

Ella comprendió la acusación y mostró los dientes.

—¿Creen que yo hice esto?

—Tus huellas estaban en el arroyo —dijo uno de los ancianos—. También aparecieron cerca de la trampa de Xue Dun.

Lu recordó la fibra azul. Recordó que Xue Mei había sido la última en regresar del arroyo y que, al llegar, tenía una rasgadura en el hombro. También recordó algo que había pasado por alto: durante el parto, Xue Mei llevaba una tira azul atada alrededor de la pata delantera. La había visto otra vez junto a la herida de Hei Shuang.

—No fue Xue Mei —dijo—. Alguien está usando sus huellas.

—¿Cómo? —preguntó Abuelo Oso Sabio.

Lu señaló la fibra.

—Esto no es cuerda. Es una tira de piel teñida. Se puede atar a una pata y dejar una marca que imita el paso de un oso. Quien lo hizo quería que ustedes vieran huellas de su propio clan.

Xue Mei bajó la mirada hacia su pata.

—Mi tira azul desapareció después de que regresé del arroyo.

Hei Shuang cerró los puños.

—¿Quién sabía que la usabas?

Nadie respondió, pero Lu recordó que, durante el consejo, un oso viejo llamado Mo Kun había observado la tira con demasiada atención. Mo Kun era el encargado de guardar los mapas de la montaña y había sido el principal opositor a permitir que Lu tratara a Xue Dun.

—¿Dónde está Mo Kun? —preguntó.

—Dijo que iría a revisar las reservas de comida —contestó Osa.

Lu miró la entrada. Afuera aún nevaba, pero junto a las rocas había una marca reciente: tres líneas verticales dibujadas con carbón.

La misma señal estaba grabada en el fragmento metálico de la trampa.

No era una marca de cazadores. Era un código.

Los exploradores siguieron las señales hasta una garganta escondida detrás de una cascada congelada. Encontraron allí cajas de hierro, rollos de cable, pólvora y varias pieles teñidas para imitar huellas de oso. También hallaron una libreta con dibujos de las rutas del clan y las fechas en que cada grupo abandonaba la cueva.

Mo Kun estaba dentro, junto con dos hombres armados.

Cuando los osos irrumpieron, uno de los hombres disparó. La bala rozó el hombro de Xiong Yu. El otro trató de encender una carga de pólvora, pero Hei Shuang lo derribó antes de que pudiera hacerlo.

Mo Kun no luchó. Se quedó junto a las cajas, temblando.

—¿Por qué? —preguntó Abuelo Oso Sabio.

El viejo oso tardó en responder.

—Los forasteros me prometieron un valle al sur. Dijeron que construirían allí una carretera y que nos dejarían vivir en la garganta vieja. Querían que el clan se marchara. Si Xue Dun moría, ustedes se dividirían. Si culpaban a los humanos, abandonarían la montaña para perseguirlos. Después, ellos entrarían sin resistencia.

—¿Y las crías? —preguntó Xue Mei—. ¿También pensabas que encontrarían un lugar para ellas?

Mo Kun apretó los dientes.

—Pensaba que era la única forma de que sobrevivieran.

—No —dijo Xue Mei—. Era la única forma de que tú dejaras de sentir miedo.

La confesión no solucionó todo. Los hombres fueron desarmados y retenidos hasta que pudieran ser entregados a las autoridades del valle. Mo Kun perdió su lugar en el consejo y fue obligado a revelar cada ruta, cada escondite y cada nombre involucrado en el negocio de las trampas. Algunos osos querían matarlo, pero Abuelo Oso Sabio se negó.

—Si lo matamos, solo tendremos una versión de la historia —dijo—. Vivirá para contarla y para reparar lo que hizo.

En la cueva, Xue Dun volvió a empeorar.

La infección había entrado en la sangre. Su pata se enfrió y el pulso casi desapareció. Lu tuvo que tomar la decisión que todos temían.

—Voy a amputar —dijo.

Xue Mei cerró los ojos, pero no discutió.

—¿Sobrevivirá?

—Si no aparece una complicación, tendrá una oportunidad.

—Hazlo.

La operación fue más difícil que la primera. Lu había usado casi todo el alcohol y sus manos temblaban de cansancio. Osa sostuvo una lámpara. Xiong Yu preparó agua. Hei Shuang permaneció junto a la entrada, impidiendo que nadie interrumpiera.

Antes de cortar, Lu puso la piedra blanca bajo la cabeza de Xue Dun.

—Tu hijo me la dio —murmuró—. No sé si te importa, pero él cree que sí.

El oso no podía responder. Sin embargo, cuando Lu comenzó, Xue Dun dejó de luchar.

Al amanecer, la pata estaba amputada por debajo del hombro y la herida cerrada. Xue Dun no despertó de inmediato. Pasó un día entero sin moverse. El clan esperaba en silencio, convencido de que Lu había cumplido su parte y que ahora solo quedaba conocer el resultado.

Lu salió de la cueva para respirar. Afuera, la nieve cubría las trampas y convertía la montaña en una superficie blanca, aparentemente limpia. Pero él sabía que debajo seguían enterrados los cables, las cargas y las decisiones que casi habían destruido al clan.

Xue Mei se sentó a su lado.

—Salvaste su vida —dijo.

—Todavía no lo sabemos.

—Cuando yo estaba muriendo, dijiste lo mismo.

—Y tú sobreviviste.

—Porque cosiste bien.

Lu miró sus manos. Tenía los dedos agrietados y una herida en la palma.

—Mi abuelo decía que una puntada floja podía pudrir todo un cuerpo.

—Tu abuelo era sabio.

—También era insoportable. Si me equivocaba, me hacía descoser el trabajo y empezar de nuevo.

Xue Mei observó la entrada de la cueva.

—¿Volverás con él cuando termines aquí?

Lu pensó en la pequeña casa del valle, en la cama donde su abuelo esperaba medicinas que él aún no había conseguido. Había salido para buscar plantas porque no tenía dinero para comprar un tratamiento. Ahora tenía ante sí un clan entero que podía protegerlo, pero no podía quedarse para siempre en la montaña.

—Tengo que regresar —dijo—. Mi abuelo me espera.

—Entonces volverás.

—No puedo prometerlo.

—Yo sí puedo.

Al tercer día, Xue Dun despertó. Intentó levantarse, cayó de lado y golpeó el suelo con un gruñido. Los cachorros se escondieron, pero Bumao corrió hasta él y apoyó la cabeza contra su pecho.

El rey oso lamió al pequeño y luego levantó la mirada hacia Lu.

No volvió a ser el animal que era antes. Tardó semanas en aprender a moverse con tres patas. Al principio no podía salir de la cueva y dependía de los demás para comer. La pérdida le dolía, pero no le quitó su autoridad. Cuando volvió a caminar, el clan comenzó a llamarlo Rey de la Montaña Herida.

Mo Kun entregó los mapas y condujo a los osos hasta los escondites restantes. Los forasteros fueron expulsados del territorio y las autoridades del valle destruyeron las trampas que encontraron. No todo quedó resuelto: algunas zonas tuvieron que cerrarse, y durante meses nadie permitió que los cachorros se alejaran solos.

Lu se quedó hasta que Xue Dun pudo caminar y hasta que la herida dejó de supurar. Antes de marcharse, preparó varios frascos de ungüento con las plantas de la montaña y enseñó a Xue Mei a cambiar los vendajes.

También arregló el cuchillo oxidado que llevaba desde el valle. No lo convirtió en una gran arma; simplemente limpió la hoja, ajustó el mango y le colocó una funda de cuero.

—Ahora sí parece útil —dijo Osa.

—Antes también era útil.

—Antes parecía chatarra.

—Eso lo dice alguien que corre descalza sobre el hielo.

Osa le regaló un par de botas hechas con piel de bestia. Eran demasiado grandes, tenían una costura torcida y olían a humo, pero eran las mejores botas que Lu había tenido.

Xue Mei lo acompañó hasta el límite del bosque. Sus seis crías caminaban detrás de ella. Bumao llevaba la piedra blanca en la boca.

—Quédate con esto —dijo, dejándola frente a Lu.

—Es de tu padre.

—Ahora es tuya. Para que recuerdes el camino.

Lu negó con la cabeza.

—Si algún día vuelvo, no necesitaré una piedra.

—Entonces grita hacia la montaña nevada.

—Y tú vendrás enseguida.

—Aunque tenga que arrastrarte otra vez.

Lu sonrió y emprendió el descenso. Cuando llegó al valle, encontró a su abuelo más débil, pero vivo. Las plantas que había recogido no podían curarlo por completo, aunque sí le permitieron respirar mejor y levantarse de la cama. Lu comenzó a atender a los animales de las aldeas cercanas y, con el tiempo, abrió una pequeña clínica junto al camino.

Nunca contó toda la verdad sobre los osos. Cuando alguien preguntaba cómo había aprendido a tratar heridas tan difíciles, decía que su abuelo le había enseñado y que la montaña le había dado una segunda lección.

Cada invierno, sin embargo, recibía una visita. A veces era Xue Mei con sus crías ya crecidas. A veces era Osa, que seguía sin usar zapatos. Una vez llegó Xue Dun, apoyándose en sus tres patas, y se quedó frente a la clínica hasta que Lu salió.

El antiguo rey no podía volver a correr como antes, pero seguía siendo capaz de mantener a los intrusos lejos de la montaña. Junto a su cuello, Lu vio la pequeña piedra blanca atada con una tira de cuero.

—Bumao te la devolvió —dijo Lu.

Xue Mei inclinó la cabeza.

—Dijo que tú la necesitabas más.

Lu miró hacia la montaña nevada. Bajo el hielo todavía quedaban cicatrices, trampas desenterradas y senderos que tendrían que vigilar durante años. Pero por encima de todo eso, también estaba la señal que había salvado a un clan: una voz llamando desde lejos y alguien dispuesto a responder.

Lu guardó la piedra junto a sus instrumentos. Cuando una nueva herida llegó a su clínica, volvió a enhebrar la aguja con manos firmes. Esta vez no dejó ninguna puntada floja.

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