—Guapo, ayúdame. Quieren matarme.
La mujer se metió detrás de Chen Tianyu justo cuando tres hombres irrumpían en el estacionamiento de la empresa Shangyu. Llevaba el vestido claro de una ejecutiva, pero tenía una herida en la ceja y respiraba con tanta dificultad que apenas pudo sujetarse de la manga de él.
—Buscad bien por todas partes —gritó uno de los hombres—. No puede haber ido muy lejos.
Tianyu miró a la desconocida. Después observó a los tres perseguidores, sus zapatos embarrados y el tatuaje negro que uno llevaba en la muñeca. No entendía qué estaba ocurriendo, pero reconoció en aquella mujer la misma clase de miedo que había visto en los ojos de su padre cuando los médicos le dijeron que podían perder la pierna.
—Está aquí —dijo uno de los hombres.
El más alto señaló a Tianyu.
—Chaval, esto no va contigo. Lárgate.
—¿Y si no quiero?
—¿Buscas pelea?
El hombre dio un paso adelante. Tianyu había pasado diez años trabajando en el campo, cargando madera, reparando techos y trenzando cestas de bambú. No parecía peligroso. Su camisa estaba gastada, sus manos tenían cortes y llevaba una bolsa de lona bajo el brazo. Sin embargo, cuando el primero intentó agarrarlo, Tianyu esquivó el golpe, le torció la muñeca y lo hizo caer contra una motocicleta.
Los otros dos se abalanzaron sobre él. La mujer gritó. Tianyu recibió un golpe en el hombro, pero utilizó la puerta metálica del estacionamiento para bloquearlos. En menos de un minuto, los tres estaban en el suelo, maldiciendo y sujetándose las manos.
—¿Presidenta Zhang, está bien?
Dos guardias de seguridad llegaron corriendo. La mujer levantó la cabeza. Tianyu no supo entonces que se llamaba Zhang Meilin, la dueña de una de las empresas de joyería más importantes de la ciudad.
—Hoy me has salvado —dijo ella, limpiándose la sangre de la ceja—. Llevo varios días viéndote frente a mi empresa. ¿Necesitas algo?
Tianyu bajó la mirada. Había esperado tres días en aquella puerta, bajo el sol y el frío de la noche, sin atreverse a entrar. No estaba allí para pedir trabajo ni para causar un escándalo.
—Busco a mi novia, Liu Ruyan. Trabaja en el departamento de diseño. Necesito verla urgentemente.
La expresión de Meilin cambió.
—¿A quién has dicho que buscas?
—A Liu Ruyan. Usted la conoce, ¿verdad? ¿Puede hacer que salga?
Meilin miró a su asistente, Wang Li.
—¿Conoces a Liu Ruyan?
Wang palideció.
—Presidenta Zhang, esto no es algo que debamos hablar aquí, en la puerta.
—Habla claro.
Tianyu apretó la bolsa contra su pecho.
—Por favor. Ya no sé qué más hacer. Tengo que verla.
Meilin notó que el muchacho no había mencionado el dinero, ni había exigido una compensación por la pelea. Solo pedía ver a una mujer que, según decía, era su novia.
—Subamos a mi despacho —ordenó—. Wang, encárgate de esos hombres y llama a la policía si vuelven a acercarse.
En el ascensor, Tianyu no dejó de mirar la pantalla apagada de su teléfono. Desde hacía nueve días, el número de Ruyan no contestaba. Sus mensajes no llegaban. Sus llamadas eran rechazadas al instante.
Meilin lo condujo a un despacho con ventanales enormes. Sobre una mesa había revistas de joyería, muestras de piedras y una fotografía de la colección que había ganado el principal concurso del sector el mes anterior.
Tianyu se quedó inmóvil al verla.
Un collar de plata con una piedra azul ocupaba la portada. A su lado podía leerse el nombre de la colección: Lágrimas sinceras.
—¿Qué relación tienes exactamente con Liu Ruyan? —preguntó Meilin.
—Crecimos juntos. Llevamos diez años juntos.
—Wang dice que ella nunca ha mencionado que tuviera novio.
—Cambió cuando vino a la ciudad. Al principio me llamaba todos los días. Después empezó a decir que estaba ocupada. Más tarde dejó de contestar. Supongo que le avergonzaba que yo no tuviera estudios y que viniera del campo.
—Entonces, ¿por qué cruzaste medio país para buscarla?
Tianyu tragó saliva.
—Es cuestión de vida o muerte.
Meilin cruzó los brazos.
—Cuéntamelo. Si Ruyan ha hecho algo mal, no voy a mirar hacia otro lado. Pero tampoco permitiré que alguien utilice mi empresa para difamarla.
Tianyu abrió la bolsa y sacó una carpeta de plástico. Dentro había recibos arrugados, copias de transferencias, fotografías de diseños hechos a lápiz y una radiografía de la pierna de un hombre mayor.
—Mi padre se cayó en la montaña hace tres semanas. Se rompió el fémur. El médico dijo que necesitaba una operación urgente. El hospital pidió diez mil yuanes para comenzar el procedimiento.
Meilin miró la radiografía.
—¿Y Ruyan podía ayudarte?
—Para ella diez mil yuanes no son nada. Tiene un buen sueldo y acababa de ganar un premio. Se lo supliqué. Le pedí que me prestara el dinero. Me dijo que no tenía ahorros.
—¿Y le creíste?
—Quería creerle.
La respuesta dejó el despacho en silencio.
Tianyu continuó.
—Me dijo que la empresa organizaba un concurso interno y que el premio era de diez mil yuanes. Me pidió que le preparara algunos diseños. Aseguró que, si ganaba, me entregaría el dinero.
—¿Aceptaste?
—Pasé varias noches sin dormir. Dibujé estructuras, hice prototipos con alambre y mandé los archivos desde el teléfono de un vecino porque el mío apenas tenía memoria. Cuando terminé, Ruyan me dijo que esperara. Al día siguiente me bloqueó.
Wang Li abrió el sistema de archivos de la empresa. Meilin no apartaba los ojos de Tianyu.
—Diseñar una colección de joyas no es hacer cuatro trazos —dijo—. ¿Cómo aprendiste?
—No pude ir a la universidad, pero nunca dejé de estudiar. Trabajaba durante el día y por las noches veía clases grabadas. Como no podía comprar gemas, recogía piedras del río. Usaba cobre viejo para practicar los engastes.
Sacó de la bolsa una pequeña caja de madera. Dentro había un broche sencillo, construido con una piedra gris y un aro de cobre. En el reverso, grabadas con una navaja, aparecían dos palabras: Lágrimas sinceras.
—Lo hice cuando Ruyan y yo todavía estábamos en el pueblo —explicó—. Le dije que algún día diseñaría una colección con ese nombre. Ella se rio y dijo que sonaba triste, pero que le gustaba.
Meilin tomó el broche con cuidado.
—¿La colección ganadora se llama así?
—Sí. Ruyan me dijo que el premio eran diez mil yuanes. Pero no me dio nada. Mi padre empeoró porque no pude pagar a tiempo. Un médico del pueblo me prestó dinero y lo operaron, aunque ahora camina con dificultad.
Meilin volvió la mirada hacia Wang.
—Busca los archivos originales, las fechas y el historial de cambios. También la transferencia del premio.
Wang comenzó a teclear. Su rostro se volvió cada vez más serio.
—Presidenta, la colección ganó el premio de oro. El monto oficial fue de cien mil yuanes.
Tianyu levantó la cabeza.
—¿Cien mil?
—El dinero fue depositado hace medio mes en la cuenta de Liu Ruyan —respondió Wang—. Además, todos los archivos iniciales fueron creados desde una cuenta externa. El nombre del usuario aparece oculto, pero la fecha coincide con los mensajes que ella intercambió con usted.
Tianyu miró la fotografía de la portada. El collar parecía hermoso, pero de pronto le resultó insoportable.
Durante diez años había pensado que estaba ayudando a su novia a alcanzar sus sueños. Había vendido parte de la cosecha de su familia, había trabajado en obras bajo la lluvia y había rechazado oportunidades de marcharse a la ciudad porque Ruyan le pedía que siguiera enviándole dinero para sus estudios.
Cada mes, antes de comprar comida, él transfería su salario a la cuenta de ella. En los comprobantes figuraba el mismo concepto: matrícula, alojamiento, libros.
—Todo lo que he ganado se lo entregué —dijo, con la voz apagada—. Cuando ingresó en la universidad, le prometí que no tendría que preocuparse por el dinero. Pensaba que después viviríamos juntos en la ciudad.
Meilin sintió que la indignación le endurecía el rostro.
—¿Tienes pruebas de esas transferencias?
—No guardé todo. Algunos recibos están en la oficina postal del pueblo. Pero tengo los últimos ocho años.
—Eso será suficiente para empezar.
En ese momento llamaron a la puerta.
Liu Ruyan entró acompañada de una mujer elegante y un hombre joven con traje oscuro. Llevaba un vestido blanco, pendientes de diamantes y el mismo aire seguro que mostraba en las fotografías de las revistas. Al ver a Tianyu, se detuvo apenas un segundo. Luego compuso una sonrisa profesional.
—Presidenta Shang, ¿me llamó para encargarme un proyecto importante?
—Mira a la persona que está sentada allí —dijo Meilin—. ¿La conoces?
Ruyan giró la cabeza.
—No.
Tianyu se puso de pie.
—Ruyan.
Ella ni siquiera pestañeó.
—Presidenta, no conozco a este hombre. ¿Qué hace en su despacho?
Tianyu sintió que algo se rompía dentro de él, pero no fue capaz de gritar.
—Crecimos juntos. Llevamos diez años juntos. Te di todo lo que ganaba trabajando en el campo para que terminaras la universidad.
—No sé de qué estás hablando.
—Tu matrícula. El alquiler. Los libros. Los envíos mensuales. Los diseños de Lágrimas sinceras.
El hombre del traje miró a Ruyan. Ella reaccionó de inmediato.
—Ha venido a sacarme dinero. Como me ve trabajar en una empresa importante, cree que puede inventar una historia y montar un escándalo.
—¿Inventé también el nombre de la colección? —preguntó Tianyu.
—Es un nombre común.
—¿Y el broche que te hice cuando teníamos dieciocho años?
Ruyan observó la caja de madera. Por primera vez, la seguridad abandonó su rostro.
—Eso no demuestra nada.
Meilin se levantó.
—Demuestra que usted conocía el concepto antes de presentarlo como propio. Y los archivos de la empresa demostrarán quién creó cada diseño.
—Presidenta, no puede creerle a este hombre. Es de un pueblo cercano al mío. Seguramente ha visto mi éxito y quiere aprovecharse.
—Tu éxito —repitió Tianyu—. ¿Quién pagó tu matrícula?
—Me mantuve sola.
—¿De dónde salía el dinero que recibías todos los meses?
—De mis trabajos.
—¿Tus trabajos? En aquella época no podías trabajar porque estudiabas a tiempo completo. Yo pasaba hambre para que tú pudieras comer en la universidad.
Ruyan apretó los labios.
—Nunca te pedí que hicieras eso.
La frase fue más dolorosa que la negación.
Tianyu abrió la carpeta y arrojó sobre la mesa una copia de la primera transferencia. Luego otra. Y otra. Había cientos.
—No me lo pediste con esas palabras. Me dijiste que, si abandonabas los estudios, toda nuestra vida se arruinaría. Me dijiste que cuando tuvieras un buen trabajo me llevarías contigo. Yo te creí.
El hombre del traje se acercó a Ruyan.
—¿Quién es él?
—Un loco del pueblo.
—¿Un loco que conoce el nombre de la colección, tiene tus primeros bocetos y puede demostrar que te envió dinero durante diez años? —preguntó Meilin.
Ruyan miró a Wang.
—¿Ha estado revisando mis archivos sin autorización?
—Los archivos pertenecen a la empresa —respondió él—. Y, según el historial, la primera versión de cada pieza fue subida desde una cuenta llamada Tianyu_1989. También hay mensajes en los que usted le pide correcciones y le indica que no mencione su participación.
Ruyan palideció.
Meilin pidió que nadie saliera del despacho. Llamó al departamento legal y al responsable de seguridad digital. Durante los siguientes minutos, el hombre del traje, que resultó ser el director de una firma de inversión interesada en Ruyan, observó en silencio cómo aparecían en la pantalla las pruebas de la verdadera autoría.
No era solo una colección. Había diseños enviados a concursos anteriores, bocetos rechazados y archivos de trabajo guardados en una nube personal de la empresa. En varios documentos, Ruyan había eliminado el nombre de Tianyu, pero no había podido borrar las versiones antiguas ni la información de creación.
—Puedo explicar todo —dijo finalmente.
—Entonces explica por qué dijiste que no conocías al hombre que financió tu carrera —dijo Meilin.
—Él me ayudó, sí, pero nunca fue mi socio. Yo fui quien estudió. Yo fui quien consiguió el empleo.
—Nadie está negando tu esfuerzo —respondió Tianyu—. Estoy diciendo que usaste el mío y que me abandonaste cuando necesitaba ayuda.
Ruyan miró al suelo.
—No tenía cien mil yuanes disponibles.
Wang levantó la pantalla.
—La transferencia entró en su cuenta el día doce. Dos días después envió ochenta mil yuanes a una cuenta conjunta con el señor He Jian. El saldo restante se utilizó para comprar los pendientes que lleva puestos.
El hombre del traje, He Jian, se apartó de ella.
—Me dijiste que el dinero provenía de tu familia.
Ruyan intentó tomarlo del brazo.
—Jian, espera.
—¿También me mentiste sobre eso?
—No es lo que parece.
—Parece que robaste una colección y que utilizaste el premio para pagar nuestra casa —dijo él—. No quiero que mi empresa esté relacionada con esto.
He Jian salió del despacho. Ruyan quedó sola frente a todos.
Meilin le pidió que entregara los archivos y suspendió su acceso al sistema mientras se realizaba una investigación formal. No la acusó públicamente ni permitió que los empleados la humillaran en los pasillos. Pero también le dejó claro que el asunto no desaparecería con una disculpa.
—La empresa puede reclamar parte del premio —dijo el abogado—, pero la autoría de los diseños debe demostrarse con registros, comunicaciones y testigos. Si el señor Chen quiere reclamar derechos, necesitará presentar sus archivos originales y las transferencias.
—Los presentaré —dijo Tianyu.
Ruyan se volvió hacia él.
—Tianyu, por favor. No hagas esto.
Era la primera vez que usaba su nombre con la misma voz de antes. Él sintió un impulso absurdo de perdonarla, como si aquellos diez años pudieran salvarse con una sola mirada. Entonces recordó a su padre esperando en una cama, la deuda con el médico y el mensaje que Ruyan le había enviado: «No tengo dinero. No vuelvas a contactarme».
—Ya lo hiciste tú —respondió—. Yo solo voy a dejar de ocultarlo.
La investigación duró casi dos meses.
Tianyu regresó al pueblo antes de que terminaran los trámites. Su padre seguía caminando con un bastón, pero pudo verlo llegar desde la puerta de la casa. El hombre se enfadó al descubrir que su hijo había acudido a la ciudad sin avisarle.
—No vuelvas a pedirle nada a esa mujer —dijo—. Si tengo que vivir sentado, viviré. No quiero que vendas tu dignidad por mi pierna.
—No la vendí por ti, padre. La regalé porque pensé que era amor.
Su padre no supo qué contestar.
Esa noche, Tianyu sacó sus piedras del río y el viejo alambre de cobre. Durante años había diseñado en secreto, convencido de que sus ideas solo tenían valor si Ruyan podía presentarlas ante alguien importante. Ahora, por primera vez, abrió un cuaderno nuevo y escribió su propio nombre en la primera página.
Zhang Meilin no se olvidó de él. Le ofreció un contrato como diseñador externo, pero Tianyu le pidió tiempo.
—No quiero entrar por lástima —dijo.
—No te lo estoy ofreciendo por lástima. Te lo ofrezco porque he visto tu trabajo.
—Necesito aprender cómo protegerlo.
Meilin aceptó. Le pagó una cantidad razonable por los diseños que la empresa pudiera utilizar y le proporcionó asesoría para registrar sus creaciones. También le adelantó el dinero necesario para saldar la deuda de la operación de su padre, bajo un contrato escrito que Tianyu insistió en leer tres veces antes de firmar.
No quería volver a confundir gratitud con obligación.
Mientras tanto, Liu Ruyan fue apartada de la colección ganadora. La empresa devolvió parte del premio al organizador y presentó una reclamación por el uso no autorizado de materiales internos. Tianyu aportó las versiones originales, los mensajes y las fotografías de sus prototipos. La resolución no fue inmediata, pero el comité reconoció que él había creado el concepto y las piezas principales de Lágrimas sinceras.
Ruyan no terminó en prisión ni perdió todo de un día para otro. Eso habría sido demasiado sencillo. Tuvo que devolver el dinero que aún conservaba, negociar la propiedad de algunos diseños y abandonar el puesto que había obtenido gracias a ellos. Varias empresas dejaron de contratarla, no por un rumor, sino porque su nombre quedó asociado a documentos que no podía explicar.
Cuando volvió al pueblo, nadie la recibió con insultos. La gente la observó en silencio. Había madres que recordaban haberla puesto como ejemplo para sus hijas y campesinos que habían enviado dinero a la ciudad creyendo que sus hijos tendrían una vida mejor.
Ruyan visitó a la familia de Tianyu una tarde de invierno. Llevaba una caja con los pendientes que había comprado con el premio.
—Vendí lo que pude —dijo—. Esto es lo que queda. También traje una carta del abogado. La deuda de tu padre está cubierta con mi parte del acuerdo.
Tianyu la recibió en el patio, sin invitarla a entrar.
—No quiero tu dinero como una forma de perdón.
—No es para que me perdones. Es lo que te debo.
—Me debes más que dinero.
Ruyan bajó la cabeza.
—Lo sé.
Por un instante, él quiso preguntarle por qué. Por qué había borrado las fotos de ambos, por qué había mentido sobre tener novio, por qué pudo verlo suplicar mientras tenía cien mil yuanes en una cuenta. Pero comprendió que ninguna respuesta cambiaría los años que había pasado esperando.
—¿Alguna vez me quisiste? —preguntó.
Ruyan tardó tanto en responder que la verdad apareció antes que sus palabras.
—Sí. Pero cuando llegué a la ciudad, empecé a avergonzarme de todo lo que me recordaba al pueblo. De mi familia, de mi acento, de ti. Pensé que, si cortaba con mi pasado, nadie podría volver a mirarme por encima del hombro.
—Yo nunca te miré por encima del hombro.
—Precisamente por eso me daba más vergüenza.
Tianyu cerró los ojos. Podía entender el miedo de Ruyan, pero entenderlo no convertía el daño en algo menor.
—No voy a volver contigo.
Ella asintió, llorando en silencio.
—Lo sabía.
—Pero aceptaré el dinero para la operación y los materiales de trabajo. No para comprarte una absolución. Para cerrar una deuda.
Ruyan dejó la caja sobre la mesa y se marchó.
Meses después, Tianyu presentó su primera colección con su nombre completo. No eligió un título triste. La llamó Piedra de río, en honor a las gemas que recogía de niño y al lugar donde había aprendido que una cosa podía ser valiosa aunque nadie la hubiera pulido todavía.
Meilin asistió a la exposición. También acudió el padre de Tianyu, apoyado en su bastón, y varios vecinos que nunca habían visto una joya de cerca. Las piezas no eran tan ostentosas como las de las grandes marcas. Tenían imperfecciones visibles, líneas inspiradas en las cestas de bambú y piedras oscuras que conservaban pequeñas marcas naturales.
Un comprador extranjero ofreció adquirir toda la colección. Tianyu rechazó vender los derechos completos y aceptó únicamente una distribución limitada. El contrato especificaba su nombre, el porcentaje de regalías y la prohibición de modificar las piezas sin su autorización.
—Has aprendido rápido —le dijo Meilin.
—Aprendí tarde.
—No es lo mismo.
En la última sala había una vitrina pequeña. Dentro estaba el viejo broche de cobre que había llevado a la empresa el día que conoció a Meilin. Tianyu lo había reparado y colocado sobre un soporte de madera.
Un visitante le preguntó por qué lo exhibía si era tan sencillo.
—Porque fue el primer diseño que hice sin pensar en venderlo —respondió.
—¿Y qué significa el nombre?
Tianyu miró la piedra gris.
—Que algunas lágrimas no sirven para borrar el dolor. Sirven para mostrar quién estuvo dispuesto a quedarse cuando nadie estaba mirando.
No volvió a hablar con Ruyan después de aquella tarde. Supo por Wang que ella había comenzado a trabajar en un pequeño taller, haciendo diseños bajo supervisión y pagando poco a poco lo que debía. No era una redención completa, pero era una consecuencia real. Por primera vez, tendría que construir algo sin esconder el nombre de la persona que lo había hecho posible.
Tianyu tampoco se convirtió en un hombre rico de la noche a la mañana. Siguió visitando a su padre, siguió revisando cada contrato y a veces despertaba sobresaltado al recordar el sonido de un teléfono bloqueado. Pero ya no medía su valor por la forma en que alguien lo reconocía en público.
Una tarde, al cerrar el taller, encontró sobre su mesa una piedra azul traída por su padre desde la montaña. La sostuvo entre los dedos y pensó en todas las cosas que había entregado creyendo que el amor exigía desaparecer para que otro brillara.
Después tomó el lápiz, abrió un cuaderno nuevo y escribió el nombre de la siguiente colección.
No era Lágrimas sinceras.
Era Regreso.
Y debajo del título, por primera vez, firmó sin miedo: Chen Tianyu.