—Amor, quiero estar con otra mujer. Tú también puedes buscar a otros hombres, pero no te enamores.
Jia Hao lo dijo mientras revisaba un mensaje en su teléfono, como si estuviera proponiéndome cambiar el restaurante de la cena. No levantó la vista cuando añadió que podía volver a casa cada vez que se aburriera de ella.
Yo llevaba ocho años casada con él. En ese instante comprendí que para mi esposo nuestro matrimonio no era una promesa, sino una habitación a la que podía regresar cuando no encontrara nada mejor.
—¿Estás seguro? —pregunté.
—Me aburrí de estar siempre contigo, Wen Wan. Te amo, pero no puedo amar a una sola persona.
No lloré delante de él. Tomé el bolso, dejé la alianza sobre la mesa y salí con una pregunta clavada en la garganta: si nunca había podido amar a una sola mujer, ¿por qué había insistido tanto en casarse conmigo?
Esa noche terminé en un bar cerca de la universidad. No buscaba compañía. Solo necesitaba sentarme en un lugar donde nadie supiera que era la esposa de Jia Hao, la mujer que lo había esperado durante años mientras él convertía cada promesa en una excepción.
Estaba a punto de irme cuando un hombre se sentó a mi lado. Lo reconocí después de unos segundos. Cheng Se había sido el estudiante más admirado de la universidad: brillante, rico y tan distante que casi nadie se atrevía a acercarse. A diferencia de Jia Hao, no necesitaba levantar la voz para que todos notaran su presencia.
—Tienes la mirada de alguien que acaba de perder una guerra —dijo.
—No perdí nada. Solo dejé de sostener algo que ya estaba roto.
Cheng Se miró la alianza que yo había puesto junto a la copa.
—¿Tu esposo?
—Pronto será mi exesposo.
Él no me preguntó si lo amaba. Tampoco me ofreció frases vacías sobre paciencia o perdón. Se limitó a decir:
—Si quieres, puedo ayudarte a resolver todos tus problemas.
Solté una risa amarga.
—No necesito dinero.
—No te estoy ofreciendo dinero. Te estoy pidiendo una oportunidad. Divórciate y déjame estar contigo oficialmente.
Levanté la mirada. Su expresión era serena, pero sus dedos apretaban el borde de la mesa. No hablaba por compasión. Lo había decidido antes de acercarse.
—¿Sabes siquiera quién soy ahora?
—Sé quién eras. Y sé que no deberías volver con un hombre que te dice que eres reemplazable.
Acepté, aunque no porque creyera que Cheng Se podía curar mi herida. Acepté porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien me estaba eligiendo mientras yo todavía podía elegir por mí misma.
Cuando regresé a casa, Jia Hao estaba hablando por teléfono con la joven que se había convertido en su nueva obsesión. Yang Yuruo era una becaria de su empresa. Tenía veintidós años, una sonrisa delicada y la costumbre de publicar cada encuentro con él como si quisiera que el mundo entero conociera el lugar que ocupaba en su vida.
Yo había preparado el acuerdo de divorcio con mi abogado dos semanas antes. No era la primera vez que Jia Hao amenazaba con abandonarme cada vez que una mujer nueva le parecía interesante. Lo distinto aquella noche era que, por fin, le creí.
Le entregué los documentos mientras él seguía escuchando a Yuruo.
—¿Qué es esto? —preguntó, hojeándolos sin interés.
—El divorcio.
—¿Otra casa? ¿Quieres que compre una mansión para que te calmes?
—No. Quiero que firmes.
Jia Hao sonrió con cansancio. Pensó que era una escena más de mis celos y que en unas horas volvería a pedirle disculpas. Firmó cada página sin leerla, incluida la cláusula patrimonial que establecía que renunciaba a cualquier reclamación sobre mis bienes personales, mis acciones y la empresa familiar que había heredado de mi padre.
—Listo —dijo—. No vuelvas a sacar este tema.
Después se puso el abrigo.
—Ya voy a verte —le dijo a Yuruo por teléfono.
En la puerta pareció recordar algo. Se volvió hacia mí y dejó las llaves de una tarjeta bancaria sobre la mesa.
—Compra lo que quieras. Ya no tienes que pedirme permiso.
—No pensaba hacerlo.
Él creyó que seguía molesta. En realidad, ya no esperaba nada de él.
Durante los siguientes diez días, Jia Hao no volvió a casa. Yuruo publicaba fotografías de sus citas: cenas en restaurantes exclusivos, paseos nocturnos y visitas a un mirador desde donde podían ver las estrellas. En una imagen, él sostenía el paraguas sobre la cabeza de ella. En otra, le acomodaba el abrigo.
Jia Hao solía cansarse de una mujer en menos de una semana. Con Yuruo ya llevaba cuatro meses, y esa diferencia empezó a inquietarme más de lo que quería admitir. No porque temiera perderlo, sino porque me preguntaba si había estado equivocada durante todos esos años. Tal vez ella era realmente la excepción que yo había creído ser.
Limpié la casa para no pensar. Luego tiré los regalos que me había hecho: trajes, relojes, bolsos, cartas y fotografías. El reloj más caro cayó dentro de una bolsa junto con una colección de entradas de cine que había guardado desde nuestro primer año de matrimonio.
La empleada, la señora Luo, observó todo desde la puerta.
—Señora, ¿de verdad quiere tirar el reloj?
—No es el reloj lo que estoy tirando.
Ella entendió y no volvió a preguntar.
Cinco días después, Jia Hao regresó. Se detuvo en el vestíbulo al ver los estantes vacíos.
—¿Tiraste mis cosas?
—Yo las pagué. Las tiro si quiero.
—Casi nunca vengo. No tiene sentido ocupar espacio con tus pertenencias.
Su rostro cambió. Quizá comprendió que algo era diferente, aunque todavía pensaba que se trataba de una rabieta.
—Ya habíamos acordado que solo me divertiría sin enamorarme. ¿Por qué te molesta?
—Te equivocas. No me importa en absoluto.
Me tomó la mano. Lo hizo con la misma naturalidad con que antes me apartaba del camino cuando recibía llamadas de otras mujeres.
—Mañana te llevaré a una subasta. Compra lo que quieras.
Estuve a punto de rechazarlo. Luego recordé que en un mes seríamos desconocidos ante la ley y que no había razón para seguir protegiendo su dinero de sus propias decisiones.
—Está bien.
A la tarde siguiente, su auto llegó frente a la casa. Cuando abrí la puerta trasera, vi a Yuruo sentada en el asiento delantero. Había un pequeño letrero sobre el respaldo que decía: “Asiento de la princesa”.
—Me mareé —dijo ella—. ¿Puede ir atrás?
Jia Hao ni siquiera me miró.
—Es delicada. Tenle paciencia.
Me senté en la parte posterior.
—Es solo un asiento —dije—. Si ya no quiero al hombre, me importa todavía menos dónde se sienta su acompañante.
Yuruo sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
Durante el trayecto, ella tomó un pastel de la caja y le dio de comer a Jia Hao con una cuchara.
—Hao me ayudó a elegirlo. Está muy dulce. ¿Quieres probar?
—No, gracias.
—¿Por qué? Es delicioso.
—No me interesa lo que otras personas ya tocaron.
Yuruo dejó la cuchara sobre la caja. Jia Hao frunció el ceño, pero no dijo nada. En otro tiempo, me habría disculpado para evitar una discusión. Esa vez miré por la ventana.
Al llegar, Yuruo dijo que le dolían los pies. Jia Hao la llevó a una tienda cercana, se agachó frente a ella y le probó varios pares de zapatos planos. Revisó las correas para asegurarse de que no le lastimaran.
Recordé una noche en que tuve fiebre. Le pedí un vaso de agua y me respondió que podía levantarme sola. Dos años antes, sin embargo, había cruzado la ciudad bajo una tormenta de nieve durante siete horas para llevarme pescado caliente. Esa hazaña me había convencido de que yo era especial.
Ahora entendía que quizá no había sido amor eterno. Solo había sido entusiasmo.
Yuruo entró a la subasta tomada de su brazo. Pidió cangrejo y Jia Hao rechazó al mesero para pelarle la carne él mismo. Ella me miró con orgullo, esperando una reacción.
—La señora Jia Hao tiene mucha suerte —comentó una mujer de nuestra mesa—. Su esposo es muy atento.
Jia Hao levantó la copa.
—Ella es mi esposa.
Guardé silencio. No corregí a nadie. Pronto dejaría de serlo.
Yuruo señaló un collar de jade acompañado por un par de pendientes antiguos. Jia Hao levantó la paleta de inmediato.
—Tres millones.
El martillo cayó. Varias personas aplaudieron.
—Gracias, mi amor —dijo Yuruo—. Eres el mejor.
—Qué generoso —murmuré.
—¿Te gusta algo? —preguntó Jia Hao.
Señalé un jarrón de porcelana azul que había pertenecido a una colección imperial. No lo quería por su valor. Mi padre tenía uno parecido y solía decir que las cosas frágiles merecían un lugar donde nadie las tocara con prisa.
Hice una oferta. Nadie compitió conmigo y el jarrón fue mío.
Me marché antes de que terminara la subasta. Al llegar al ascensor, escuché pasos detrás de mí.
—Señora Wen, espere —dijo Yuruo—. Tenemos que hablar.
—No tenemos nada de qué hablar.
—¿Por qué siempre actúa como si estuviera por encima de todos?
—No actúo así. Solo dejé de fingir que me interesa su relación.
Ella me empujó. No fue suficiente para hacerme caer, pero el jarrón golpeó contra la pared y una grieta apareció en la porcelana.
—¡No la toques! —gritó Jia Hao.
Yuruo se volvió hacia él.
—Me dijiste que debía ser valiente, que aprendiera de ella. Pensé que no se enojaría si la enfrentaba.
—Te dije que fueras valiente, no que la empujaras.
—Perdóname, Hao.
Yuruo se llevó una mano a la mejilla y se dejó caer al suelo. No había recibido ningún golpe, pero cerró los ojos como si acabara de desmayarse.
Jia Hao se arrodilló junto a ella. Luego me miró.
—Es una chica. No la golpeaste fuerte y ya se disculpó. ¿Por qué eres tan cruel?
—Ella me empujó.
—Está asustada.
—No. Está actuando.
La levantó en brazos y se fue sin mirar atrás. Yo permanecí junto al ascensor con el jarrón roto entre las manos. Comprendí que para Jia Hao una lágrima de Yuruo valía más que todos los años en que yo había tragado mi orgullo por él.
En casa, la señora Luo me puso hielo en la mejilla. Una hora después, la hinchazón había disminuido. Entonces recibí un mensaje de Yuruo.
“Espero que no te duela mucho. Hao alquiló todo el piso VIP del hospital y llamó a varios médicos para mí. Si quieres, puedo prestarte uno.”
Adjuntó una fotografía de su muñeca, aunque no tenía ninguna marca.
Le envié la conversación a Jia Hao.
Respondió a las tres de la madrugada.
“Yuruo solo quiso ser amable. Deja de hacer dramas. Mañana voy a verte.”
Le envié un audio, esta vez sin temblar.
—Jia Hao, si tanto la defiendes y la amas, cásate con ella. Me haré a un lado para no estorbarles.
—Wen Wan, no confundas mi paciencia con una promesa. Solo me estoy divirtiendo con ella.
Esa frase mató la última esperanza que todavía no quería reconocer.
Él no sabía que el acuerdo que había firmado no era una simple solicitud de divorcio. Mi abogado había incluido un convenio patrimonial completo. Jia Hao no solo aceptaba separarse. También renunciaba a las acciones que había intentado reclamar durante años, a los ingresos de la empresa y a cualquier derecho sobre las propiedades adquiridas con la herencia de mi padre.
Había firmado sin leer porque estaba convencido de que yo no podía vivir sin él.
Tampoco sabía que Cheng Se había regresado a la ciudad para hacerse cargo de la compañía de su familia. Su apellido tenía peso en los círculos empresariales, pero no fue por eso que lo acepté. Lo acepté porque, después de aquella noche en el bar, nunca me pidió que esperara mientras él resolvía sus dudas.
Dos días después, nos reunimos en una cafetería discreta. Cheng Se había leído el contrato de divorcio y me preguntó si estaba segura.
—No quiero que lo castigues por mí —dijo—. Ni que te cases conmigo para demostrar que puedes reemplazarlo.
—No estoy haciendo ninguna de las dos cosas.
—Entonces, ¿qué quieres?
Miré mis manos. Ya no llevaba la alianza.
—Quiero dejar de negociar con alguien que considera el respeto una recompensa.
Cheng Se asintió.
—Eso sí puedo entenderlo.
No intentó besarme. Solo dejó una carpeta sobre la mesa.
—Encontré algo que quizá debas revisar.
Dentro había copias de transferencias realizadas por Jia Hao desde una cuenta de la empresa. Varias coincidían con las fechas de sus citas con Yuruo. Las cantidades eran pequeñas comparadas con el dinero que había gastado en la subasta, pero estaban registradas como “gastos de representación” y “bonificaciones de consultoría” para una becaria que nunca había trabajado en esos proyectos.
—¿Cómo conseguiste esto?
—Mi equipo estaba revisando a un proveedor que comparte contabilidad con su empresa. No te lo habría mostrado si no apareciera tu nombre en los documentos.
Mi nombre aparecía como accionista mayoritaria. Jia Hao había firmado algunos pagos usando una autorización antigua que yo le había concedido cuando él administraba las operaciones. La autorización ya no estaba vigente, pero el banco todavía no había actualizado todos los registros.
No necesitaba una familia poderosa para destruirlo. Necesitaba actuar antes de que él vaciara lo que aún podía tocar.
Fui con mi abogado, denuncié las transferencias ante el consejo de administración y solicité que se congelaran las cuentas corporativas relacionadas. También entregué los mensajes de Yuruo y las fotografías del hospital, no como prueba de una infidelidad —eso era una cuestión personal—, sino como parte de un patrón de gastos ajenos a la empresa.
Jia Hao llegó furioso a mi oficina.
—¿Qué hiciste?
—Lo que debí hacer hace años. Revisar mis propios documentos.
—Me estás dejando sin dinero.
—No. El acuerdo que firmaste establece que no puedes reclamar mis bienes. Si tienes cuentas a tu nombre, seguirán siendo tuyas. Si gastaste dinero de la empresa sin autorización, tendrás que responder por ello.
—No sabía lo que estaba firmando.
—Tu firma dice lo contrario.
Golpeó la mesa.
—¡Eres mi esposa!
—Todavía por pocos días. Y aun así nunca tuviste derecho a usar mi patrimonio como si te perteneciera.
Por primera vez, su enojo fue reemplazado por miedo.
—Wen Wan, podemos hablar. Yuruo no significa nada. Solo quería que tú reaccionaras.
—Lo lograste.
Él se quedó callado.
—¿Vas a casarte con ese hombre? —preguntó después.
—Eso no cambia lo que hiciste.
—¿Lo amas?
Pensé en Cheng Se esperando afuera de la oficina sin interrumpir la reunión. Pensé en cómo había leído cada página del contrato, mientras Jia Hao no había leído ninguna.
—Todavía estoy aprendiendo a quererme a mí misma. No voy a prometerle a otro hombre que será el centro de mi vida solo porque tú decidiste abandonarlo.
Jia Hao bajó los ojos. Nunca lo había visto tan desorientado. No parecía arrepentido de haberme herido; parecía arrepentido de haber perdido el control.
El consejo confirmó que los pagos a Yuruo no estaban respaldados por trabajo alguno. Ella fue suspendida de la empresa mientras se realizaba la investigación y Jia Hao tuvo que devolver parte del dinero. No fue encarcelado ni perdió todo de un día para otro, pero dejó de administrar la compañía y vendió varios bienes personales para cubrir las obligaciones que había adquirido.
Yuruo desapareció de sus publicaciones. Cuando él la llamó para pedirle que declarara que había sido una relación personal y no una beneficiaria de la empresa, ella dejó de contestar.
Meses después, descubrí que no había sido la primera mujer a la que Jia Hao le prometía libertad mientras mantenía su matrimonio intacto. Yuruo había encontrado mensajes de otras mujeres y había entendido que, si esperaba lo suficiente, algún día ocuparía el lugar de la esposa. No fue una víctima inocente, pero tampoco había conocido toda la verdad.
El divorcio quedó registrado un mes después de la firma. Jia Hao intentó retrasarlo alegando que había sido engañado, pero los documentos demostraban que recibió varias advertencias y decidió ignorarlas. La casa quedó a mi nombre. El jarrón de porcelana fue restaurado por un experto recomendado por mi padre, aunque la grieta no desapareció por completo.
Cheng Se y yo no nos casamos de inmediato. Salimos durante casi un año. Aprendimos a discutir sin amenazarnos con irnos y a guardar silencio sin usarlo como castigo. Él no me pidió que olvidara mi matrimonio ni trató de competir con los recuerdos de Jia Hao.
Una tarde, mientras caminábamos por el jardín de la casa, Cheng Se vio el jarrón sobre una mesa.
—Podrías comprar otro —dijo—. Uno sin grietas.
—Podría. Pero este sobrevivió a algo.
—¿Y eso lo hace más valioso?
—No necesariamente. Solo me recuerda que una cosa rota no siempre debe esconderse. A veces basta con dejar de tocarla donde duele.
Él sonrió y no volvió a mencionar el asunto.
Jia Hao me llamó una última vez casi un año después del divorcio. No pidió volver. Me contó que había empezado a trabajar en una empresa más pequeña y que estaba pagando las deudas poco a poco.
—Nunca pensé que te irías de verdad —admitió.
—Yo tampoco. Ese fue el problema.
—¿Eres feliz?
Miré la sala vacía, los estantes que había vuelto a llenar con libros y plantas, y el jarrón azul con su cicatriz visible.
—Ahora puedo respirar sin preguntarme quién más está esperando que me vaya.
No le dije que Cheng Se estaba en la habitación contigua. No necesitaba usar a otro hombre para demostrar que mi vida había continuado.
Colgué sin rencor, pero también sin prometer una amistad. Perdonar que alguien te haya elegido como segunda opción no obliga a dejarlo entrar de nuevo en tu casa.
Semanas más tarde, Cheng Se me entregó un sobre pequeño. Dentro había una nueva alianza, sencilla, sin piedras enormes ni iniciales grabadas.
—No quiero que la uses para olvidar la anterior —dijo—. Úsala solo si quieres recordar que esta vez decidiste tú.
Le pedí que esperara. No porque dudara de él, sino porque quería que la decisión naciera de un lugar distinto al miedo.
Al día siguiente, coloqué la alianza sobre la mesa junto al jarrón reparado. La grieta seguía allí, fina y visible, pero ya no parecía una herida abierta.
Tomé el anillo y salí al jardín. Cheng Se estaba regando las plantas, concentrado en no mojar las flores recién abiertas.
—Puedes dejar de esperar —le dije.
Él levantó la vista.
—¿Eso es un sí?
—Es una elección.
Y por primera vez desde que Jia Hao me dijo que podía volver cuando se aburriera, entendí la diferencia. El amor no era una puerta que alguien podía cerrar y abrir según su conveniencia. Era el lugar donde una persona entraba sabiendo que, si quería quedarse, tendría que cuidar lo que tocaba.
El jarrón permaneció en la sala, con su cicatriz a la vista. Ya no lo escondía. Tampoco escondía la mía.