El trofeo de oro apenas había tocado las manos de Xiao Xiu cuando Gu Yuncheng ordenó que le quitaran la copa y golpearan a la muchacha delante de todos.
—No ensucies el nombre de la familia Gu —dijo, con una sonrisa fría—. Una sirvienta no puede ganar un partido reservado para los invitados.
Xiao Xiu apretó el trofeo contra el pecho. A su lado, Gu Shaoting permanecía sentado en su silla de ruedas, con las piernas inmóviles y el rostro pálido. Todos habían ido al campo para verlo fracasar. Nadie esperaba que la campesina que lo había llevado hasta allí corriera como el viento, esquivara a los jugadores y anotara los puntos que habían convertido el partido en una humillación para Yuncheng.
Pero la celebración duró menos de un minuto.
Dos hombres avanzaron para arrebatarle la copa. Xiao Xiu retrocedió, lista para defenderse con la misma pala que había usado por la mañana para trabajar en el jardín. Shaoting le sujetó la muñeca.
—No —murmuró—. Déjalos.
Ella lo miró, incrédula.
—¿Después de que se burlaron de usted?
—No voy a permitir que te lastimen por mi culpa.
Era la primera vez que Shaoting decía algo parecido. Hasta entonces se había escondido detrás de su orgullo, fingiendo que la muchacha no le importaba. Sin embargo, cuando uno de los jugadores levantó el brazo para golpearla, él hizo algo que nadie había visto desde el accidente: se puso de pie.
Sus rodillas temblaron. El dolor le atravesó las piernas, pero se mantuvo erguido, aferrándose a los brazos de la silla. El campo quedó en silencio.
—¿No era un inútil que ni siquiera podía levantarse? —preguntó, mirando a Yuncheng.
La sonrisa del capitán desapareció.
Aquel instante no había comenzado en el campo de rugby, sino tres meses antes, en una casa pobre de las afueras de la ciudad S, cuando Xiao Xiu mató un mosquito con un palillo y derrumbó el techo sobre su propio padre.
La muchacha solo tenía diecinueve años, pero desde niña había aprendido a medir su fuerza. En el pueblo, cualquier cosa que tocara podía terminar rota. Una vez había cerrado de golpe una puerta y arrancado los goznes. Otra, intentando espantar una gallina, había lanzado al animal contra una pila de leña. Su madre decía que la naturaleza le había dado un cuerpo capaz de cargar sacos de arroz, pero no la prudencia necesaria para vivir entre personas.
Aquel día estaban comiendo sopa junto a la pared principal de la casa. Xiao Xiu vio un mosquito posarse sobre una columna, tomó un palillo y lo lanzó sin pensarlo. El insecto murió atravesado, pero el golpe abrió una grieta que corrió por los ladrillos como una rama seca.
—Mamá… —alcanzó a decir.
La casa se vino abajo.
Su padre, que estaba sentado junto a la puerta, murió antes de que pudieran sacarlo. Xiao Xiu pasó horas apartando piedras con las manos hasta lastimarse los dedos. Cuando por fin encontró a su madre, la mujer respiraba con dificultad, atrapada bajo una viga.
Xiao Xiu vio otro mosquito caminar sobre su mejilla. Movida por el miedo, le dio una palmada.
Su madre gritó. La viga se desplazó y la mujer se golpeó contra el suelo. No murió, pero quedó con el hombro dislocado y varias costillas fracturadas.
Esa misma noche, mientras el cuerpo de su padre era velado bajo una lona, su madre tomó una decisión que le rompió el corazón.
—Vete a la casa Gu —dijo, sujetándole la mano con la única fuerza que le quedaba—. Allí necesitan una sirvienta. Te pagarán lo suficiente para reconstruir la casa y pagar mi tratamiento.
—Yo puedo cuidarte.
—No. Cada vez que intentas ayudarme, termino peor.
Las palabras fueron crueles, pero Xiao Xiu no pudo discutirlas. Al amanecer, se despidió de su madre con una promesa: regresaría con dinero y no volvería a causar daño.
La mansión Gu parecía un palacio. Tenía tres pisos, fuentes de piedra y ventanas tan altas que Xiao Xiu pensó que se necesitaría una escalera para limpiarlas. Allí conoció a Gu Shaoting, el hijo mayor de la familia, un joven que había sido famoso por su talento en el rugby y que llevaba semanas sin levantarse de una cama.
El accidente había ocurrido durante un partido. El automóvil de Shaoting se había salido de la carretera cuando alguien manipuló los frenos. El choque le fracturó la columna y le dejó las piernas sin sensibilidad. Los médicos decían que existía una posibilidad de recuperación, pero solo si seguía el tratamiento y hacía rehabilitación.
Shaoting se negaba a ambas cosas.
Su padre, Gu Mingyuan, ofrecía cincuenta monedas de plata a quien lograra que su hijo tomara la medicina. Los médicos habían renunciado. Las enfermeras lloraban. Incluso su madre, Lin Mei, se acercaba a su habitación con miedo.
Xiao Xiu escuchó el anuncio apenas llegó a la mansión.
—Yo puedo hacerlo —dijo.
Todos la miraron.
—¿Tú? —preguntó el señor Gu.
—Si hay una recompensa, hasta al diablo le haría tragarse la medicina.
Shaoting escuchó desde la habitación. No había probado alimento desde el día anterior, pero tuvo suficiente energía para gritar:
—¡Lárguenla de aquí!
Xiao Xiu entró con el vaso en la mano. Era una joven alta, de hombros fuertes y cabello recogido con una cinta vieja. No hizo reverencias ni habló con delicadeza.
—Tome.
—¿Quién te crees para darme órdenes?
—La persona que quiere cobrar cincuenta monedas.
Él arrojó la almohada. Xiao Xiu la esquivó, dejó el vaso sobre la mesa y se sentó frente a él.
—Puede insultarme después de beber.
—No voy a tomar nada.
—Entonces me quedaré aquí.
—¡Sal!
—No.
Pasaron dos horas. Shaoting intentó ignorarla, pero Xiao Xiu no parpadeó. Cuando él cerraba los ojos, ella golpeaba suavemente el vaso contra la mesa. Cuando él pedía que llamaran a su madre, Xiao Xiu respondía que sus padres habían ofrecido dinero, no una salida.
Finalmente, vencido por la sed y la irritación, Shaoting tomó el vaso y bebió la medicina de un solo trago.
Xiao Xiu corrió a anunciarlo.
—Señor, señora, el joven se lo tomó todo. ¿La recompensa sigue en pie?
Gu Mingyuan soltó una carcajada de alivio y le entregó las monedas. Xiao Xiu las contó dos veces antes de guardarlas bajo su camisa.
—No se preocupe —dijo—. Me encargaré de que el joven esté bien atendido.
Shaoting la oyó desde la cama.
—No vuelvas a llamarme joven como si fuera un niño.
—Entonces coma como un adulto.
A partir de ese día comenzó una guerra doméstica. Shaoting se negaba a comer y Xiao Xiu perseguía la recompensa. Él escondía los platos debajo de la cama; ella quitaba las sábanas y encontraba la comida fría. Él fingía dormir; ella amenazaba con sentarse frente al baño hasta que saliera.
Cuando sus padres le pidieron que fuera más amable, Xiao Xiu aceptó hacer una apuesta.
—Si consigo que coma dos veces en dos días, todo lo que ocurra en esta habitación se hará como yo diga.
—¿Y si pierdes? —preguntó Shaoting.
—Le pediré disculpas y buscaré otro trabajo.
—Trato hecho.
Chocaron las manos. Shaoting creyó que había ganado porque Xiao Xiu no sabía nada de modales, pero la muchacha conocía muy bien el hambre. Había aprendido que una persona podía soportar el orgullo durante horas, pero no cuando el estómago empezaba a retorcerse.
Al día siguiente llevó la comida al baño y cerró la puerta por fuera.
—Si termina el plato, lo dejo salir.
—¡Estás loca!
—Si no come, llamaré a un periodista y le contaré que el gran heredero de la familia Gu pasó la noche durmiendo en el baño.
—¡No te atreverías!
—¿Qué no me atrevería a hacer por mis cincuenta monedas?
Shaoting resistió hasta que ella comenzó a contar.
—Uno… dos…
—¡Está bien!
Aquella noche ganó Xiao Xiu. Sin embargo, no celebró durante mucho tiempo. Cuando fue a recoger el plato, vio que Shaoting había dejado la mitad de la comida apartada. No era simple capricho: le temblaban las manos y su respiración era demasiado rápida.
—¿Le duele? —preguntó.
—No necesito que me tengas lástima.
—No le pregunté eso.
Él desvió la mirada.
—Los médicos dicen que tal vez nunca vuelva a caminar.
—Los médicos también dicen que debe comer.
—¿Y si como y no sirve de nada?
Xiao Xiu se quedó callada. Por primera vez entendió que su mal humor no nacía del desprecio, sino del miedo.
—Entonces comerá para que, cuando llegue el día de levantarse, no esté demasiado débil para hacerlo —respondió—. No tiene que creer en el futuro. Solo tiene que llegar vivo hasta él.
Shaoting no contestó, pero terminó el plato.
En los días siguientes, Xiao Xiu lo sacaba al jardín aunque él protestara. Lo cargaba sin pedir permiso y lo sentaba bajo el sol. Shaoting era delgado por semanas de hambre, pero seguía teniendo suficiente orgullo para quejarse de cada movimiento.
—Pesa menos que la cerda de ciento cincuenta kilos de mi pueblo —dijo ella una mañana.
—¿Acabas de compararme con un cerdo?
—La cerda era más difícil de cargar.
Él quiso enfadarse, pero terminó riéndose. Fue una risa breve, oxidada, casi dolorosa. Su madre la escuchó desde una ventana y lloró en silencio. Hacía mucho que no oía a su hijo reír.
También hubo pequeños cambios. Shaoting comenzó a tomar las medicinas sin que se lo rogaran. Aceptó que el fisioterapeuta le moviera las piernas. Aprendió a sostenerse unos segundos con las barras de rehabilitación.
Pero cada avance tenía un precio. Yuncheng, el primo menor de Shaoting, visitaba la mansión con frecuencia. Siempre llegaba acompañado de su prometida, Su Lian, la muchacha con la que Shaoting había estado comprometido desde la infancia.
—Qué ironía —dijo Yuncheng una tarde, al ver a Shaoting en el jardín—. Tus piernas siguen igual.
Su Lian fingió incomodidad.
—No seas cruel.
—Solo estoy siendo sincero. Además, ¿para qué habría venido? El mes próximo se jugará el partido de rugby y el capitán seré yo. No puede participar alguien que ni siquiera puede ponerse de pie.
Su Lian bajó la mirada, pero no por vergüenza.
—Xiaoting —dijo—, tenemos que hablar del compromiso.
Él la miró durante largo rato.
—Habla.
—No puedo pasar la vida atada a un hombre discapacitado.
La palabra cayó como una piedra. Xiao Xiu dejó la pala en el suelo.
—Cuida tu boca —advirtió.
—No te metas —dijo Yuncheng—. Una sirvienta no tiene derecho a opinar sobre la familia Gu.
Xiao Xiu tomó la pala.
—Mi señorito podrá estar sentado, pero sigue siendo alguien a quien ustedes no pueden humillar.
Shaoting le sujetó el brazo antes de que avanzara.
—Déjalos ir.
—Se están burlando de usted.
—Lo sé.
Su Lian se marchó con Yuncheng. En la puerta, se volvió para mirar a Shaoting.
—No me culpes por romper el compromiso. Con tus piernas así, lo normal es que busque una vida mejor.
Esa noche Shaoting no cenó.
Xiao Xiu dejó el plato frente a él, pero no lo amenazó. Se sentó en el suelo y comenzó a reparar la correa de su vieja sandalia.
—¿No vas a obligarme? —preguntó él.
—Hoy no.
—¿Por qué?
—Porque algunas cosas deben tragarse solas.
Shaoting apretó los puños.
—Me miran como si ya estuviera muerto.
—Entonces haga algo que los obligue a mirarlo de otra manera.
—¿Qué puedo hacer?
—No lo sé. Pero quedarse aquí esperando que se cansen de reírse no parece una buena estrategia.
Al día siguiente, Xiao Xiu lo llevó al campo de rugby. Shaoting se negó al principio. No quería que todos vieran su silla de ruedas, ni escuchar los comentarios de los antiguos compañeros.
—Ser portero es mejor que encerrarse en casa —dijo ella—. Si usted no puede jugar, yo jugaré por usted.
—¿Tú? El rugby no es una diversión para campesinos.
—En mi pueblo jugábamos con sacos de arroz y troncos. Si lograba detenerlos, nadie me preguntaba si era hombre o mujer.
Su llegada provocó risas. Yuncheng se acercó con Su Lian del brazo.
—¿Viniste a recordar tus viejos tiempos? —se burló—. ¿O a que todos vean cómo te humillas?
—Vine a jugar —respondió Shaoting.
—Tú no puedes jugar.
Xiao Xiu dio un paso adelante.
—Entonces jugaré yo.
Las carcajadas fueron aún más fuertes. Yuncheng aceptó porque estaba seguro de que una derrota contra una sirvienta sería imposible. Su Lian observaba en silencio, pero sus dedos se cerraron alrededor de la manga de Yuncheng.
El partido comenzó.
Xiao Xiu no conocía las reglas con precisión, pero entendía el movimiento de los cuerpos. Había aprendido a esquivar animales, cargar sacos por caminos estrechos y calcular la dirección de una piedra antes de lanzarla. En pocos minutos descubrió que Yuncheng siempre miraba hacia la derecha antes de cambiar de dirección.
Cada vez que él avanzaba, ella se anticipaba. Cada vez que intentaban detenerla, bajaba el hombro y atravesaba la línea como si estuviera abriendo paso entre la maleza.
El público dejó de reír.
En el último minuto, Xiao Xiu recibió el balón, fingió correr hacia la izquierda y cambió el paso. Yuncheng cayó de rodillas. Ella cruzó la línea y levantó los brazos.
—Gané —dijo—. El trofeo es mío.
Yuncheng se incorporó furioso.
—Una campesina no merece un trofeo patrocinado por el consulado.
—El trofeo se lo lleva quien gana.
—Nosotros ganamos.
—Entonces no le habría costado demostrarlo.
Yuncheng hizo una señal. Dos jugadores rodearon a Xiao Xiu. Shaoting, desde su silla, vio que uno de ellos llevaba una pequeña llave metálica colgada del cuello. Era la misma llave que había visto sobre el escritorio de Yuncheng la noche de su accidente.
Durante semanas había intentado recordar dónde la había visto. Ahora lo supo: el hombre que había revisado su automóvil antes del partido llevaba una llave idéntica.
—Xiao Xiu, corre —gritó.
Ella no retrocedió.
—Si insisten, les daré el gusto.
Shaoting volvió a ponerse de pie.
El esfuerzo le arrancó un gemido. Sus piernas no obedecían, pero sus manos se aferraron a la silla y su cuerpo se elevó unos centímetros. El campo entero lo vio.
Yuncheng palideció.
—¿Qué estás haciendo?
—Lo que tú dijiste que nunca podría hacer.
Shaoting dio un paso. Fue pequeño, torpe, casi imperceptible. Pero fue un paso.
El silencio terminó cuando alguien gritó que llamaran al médico. Yuncheng aprovechó la confusión para acercarse a Xiao Xiu y arrebatarle el trofeo. Ella intentó recuperarlo, pero los otros jugadores la sujetaron.
Entonces Shaoting empujó su silla contra las piernas de uno de ellos. El hombre cayó. Xiao Xiu quedó libre y golpeó el suelo con la pala, no a una persona, sino justo delante de sus pies.
—El siguiente golpe no será una advertencia.
La aparición de Gu Mingyuan detuvo la pelea. El padre de Shaoting había seguido el partido desde la entrada, acompañado por Lin Mei y varios empleados. Su rostro estaba endurecido.
—Devuelve la copa —ordenó.
Yuncheng intentó sonreír.
—Tío, solo queríamos evitar que una sirvienta hiciera el ridículo.
—La copa no pertenece al nombre de una familia. Pertenece al equipo que ganó.
Yuncheng la soltó.
Xiao Xiu se la entregó a Shaoting. Él la sostuvo con ambas manos.
—No es mía —dijo—. Es de ella.
Aquella frase cambió la expresión de todos. Yuncheng comprendió que había perdido algo más importante que un partido: la autoridad que creía tener sobre Shaoting.
Esa noche, Gu Mingyuan le pidió a su hijo que le contara qué recordaba del accidente.
Shaoting llevaba semanas evitando hacerlo. Recordaba los frenos, el olor a combustible y una discusión con Yuncheng antes de salir. También recordaba haber visto a Su Lian junto al automóvil. Pero nada de eso era suficiente para acusarlos.
—No quiero destruir a la familia por una sospecha —dijo.
—La familia ya se está destruyendo —respondió su padre—. Solo estamos decidiendo si miraremos cómo ocurre.
Xiao Xiu recordó entonces la llave del cuello del jugador. Al día siguiente revisó, sin permiso, las fotografías del partido guardadas en el teléfono de un empleado. En una imagen tomada antes del accidente se veía a Yuncheng inclinándose sobre el automóvil de Shaoting. En otra, Su Lian miraba hacia la cámara con una expresión de alarma.
La fotografía no demostraba un crimen, pero abrió una puerta.
El mecánico que había reparado el automóvil confirmó que los frenos no habían fallado por desgaste. Alguien había aflojado una pieza pocas horas antes. El registro del taller indicaba que la persona que había llevado el vehículo era un empleado recomendado por Yuncheng.
Mientras Gu Mingyuan iniciaba una investigación discreta, Yuncheng cambió de estrategia. Dejó de burlarse y comenzó a mostrarse preocupado.
—Xiaoting, no quiero que nuestra rivalidad destruya la relación —dijo durante una visita—. Su Lian me eligió porque tú ya no podías darle una vida normal. Eso no significa que quisiera hacerte daño.
Shaoting lo observó.
—¿Por qué llevabas una llave de repuesto de mi automóvil?
Yuncheng perdió el color del rostro, pero se recuperó rápido.
—Todos los jugadores tenían llaves de los autos del equipo. Pregúntale a cualquiera.
Era una mentira razonable. Demasiado razonable.
Esa misma noche, Xiao Xiu encontró un sobre escondido detrás de un cuadro en el pasillo. Dentro había copias de transferencias bancarias y un contrato de venta de acciones. Yuncheng había recibido una gran suma de una empresa rival de la familia Gu dos días antes del accidente.
Pero el dinero no había sido enviado directamente a su nombre. Figuraba como pago a una pequeña empresa rural cuyo dueño era el tío de Su Lian.
Xiao Xiu llevó los papeles a Shaoting. Él quiso llamar a su padre de inmediato, pero ella lo detuvo.
—Si sabe que encontramos esto, destruirá los originales.
—¿Y qué propones?
—Que crea que seguimos sin sospechar nada.
El plan exigía paciencia, algo que ninguno de los dos dominaba. Shaoting fingió estar más deprimido que nunca y dejó de asistir a la rehabilitación. Xiao Xiu volvió a tratarlo como un muchacho caprichoso, discutía con él en los pasillos y anunciaba delante de los empleados que estaba a punto de renunciar.
Yuncheng se confió.
Su Lian, en cambio, comenzó a visitar a Xiao Xiu a escondidas.
—No fui yo quien tocó los frenos —dijo una tarde—. Pero sabía que Yuncheng estaba planeando algo.
—¿Por qué no habló?
—Porque mi padre tenía deudas. Yuncheng prometió pagarlas si me casaba con él. Después del accidente, creyó que Shaoting nunca volvería a ponerse de pie y me pidió que rompiera el compromiso para evitar sospechas.
Xiao Xiu no la perdonó, pero tampoco la insultó.
—¿Tienes pruebas?
Su Lian sacó un teléfono antiguo.
—Grabé una conversación. No se ve su rostro, pero se escucha cuando dice que, mientras Shaoting no pueda firmar los documentos, mi padre se quedará con las acciones que le prometieron.
Aquel detalle reveló el verdadero motivo. El accidente no se había planeado solo por celos ni por una disputa amorosa. Shaoting era el heredero principal y, mientras estuviera incapacitado, Yuncheng pretendía obligar a la familia a vender parte de la empresa. La compañía rival le había ofrecido dinero y un puesto si conseguía apartarlo.
Sin embargo, aún necesitaban una prueba que pudiera sostenerse ante las autoridades. Una grabación incompleta y una transferencia indirecta no bastaban.
Xiao Xiu recordó la llave. También recordó que, la noche de su llegada, había visto a un jardinero limpiar el cobertizo donde se guardaban las herramientas del equipo. Encontró allí una caja oxidada. En el fondo había un trapo impregnado con aceite y una pieza metálica del sistema de frenos.
No supo que era importante hasta que el mecánico la examinó. La pieza pertenecía al automóvil de Shaoting y tenía las marcas de una herramienta que también aparecía en las cámaras de seguridad del estacionamiento.
El problema era que las cámaras habían dejado de grabar durante veintisiete minutos la noche del accidente.
—Eso prueba que alguien conocía el sistema —dijo el investigador contratado por Gu Mingyuan—. Pero todavía no quién.
La respuesta llegó de una forma inesperada. El empleado que había llevado el automóvil al taller pidió hablar con Xiao Xiu. Estaba asustado. Dijo que Yuncheng le había ordenado mover el vehículo y borrar las imágenes. También confesó que había guardado una copia de seguridad en un dispositivo porque necesitaba protegerse.
En el video se veía a Yuncheng entrando al estacionamiento con la llave de repuesto. Detrás de él aparecía Su Lian, llorando y tratando de detenerlo.
La familia Gu entregó todo el material a la policía y a los abogados. Yuncheng fue citado para declarar. No confesó de inmediato. Alegó que solo había revisado el automóvil y que la falla debía de haber sido accidental.
Pero las transferencias, el testimonio del empleado, la grabación de Su Lian y la pieza dañada formaban una cadena difícil de romper. La empresa rival negó conocer el plan y despidió al intermediario que había enviado el dinero. El padre de Su Lian colaboró para reducir su responsabilidad, mientras ella aceptó declarar aunque eso significara perder el matrimonio que su familia había impuesto.
Yuncheng quedó bajo investigación y fue apartado de la administración de la empresa. No perdió todo en un día, como en las historias fáciles. Pasó meses enfrentando abogados, deudas y el desprecio de las mismas personas que antes se reían con él. Finalmente aceptó un acuerdo legal que incluía la devolución del dinero y una condena por manipulación y fraude, además de la responsabilidad por haber provocado el accidente.
Su Lian se marchó de la ciudad. No pidió volver con Shaoting. Antes de irse, le dejó una carta breve.
“Lo siento por haber elegido mi miedo. No espero que me perdones. Solo quería que supieras que, cuando te vi levantarte en el campo, entendí que el hombre que había perdido no eras tú, sino la persona que yo había decidido abandonar.”
Shaoting guardó la carta sin responder.
La recuperación fue lenta. El primer paso en el campo no significó que pudiera caminar con normalidad. Durante semanas necesitó muletas. Hubo días en que el dolor lo obligó a regresar a la silla y otros en que la frustración lo hizo romper las barras de rehabilitación.
Xiao Xiu no lo trataba con compasión.
—Si va a romper algo, elija una taza barata —decía—. La vajilla fina cuesta más que mis monedas.
—Eres incapaz de decir algo amable.
—Ya le traje sopa. Eso cuenta como ternura en mi pueblo.
Ella también cambió. Las cincuenta monedas que había ahorrado dejaron de ser solo dinero para el tratamiento de su madre. Gu Mingyuan, agradecido por su ayuda y por la manera en que había protegido a su hijo, le ofreció pagar las deudas de la familia y una indemnización.
Xiao Xiu aceptó únicamente lo necesario para reconstruir la casa y cubrir la operación de su madre. Rechazó un puesto de sirvienta permanente.
—No quiero que me paguen por vigilarlo toda la vida —dijo.
—¿Y qué quieres hacer? —preguntó Shaoting.
—Aprender a entrenar jóvenes. En el campo entendí que tengo fuerza, pero nunca aprendí a usarla bien.
Shaoting la miró desde sus muletas.
—Podrías estudiar fisioterapia.
—¿Eso no requiere saber leer muchos libros?
—Yo te ayudaré.
—¿Y quién lo ayudará a caminar?
—Tú.
—Entonces los dos tenemos un problema.
La solución no fue inmediata. Xiao Xiu comenzó a estudiar por las noches mientras trabajaba con los entrenadores del club. Shaoting siguió su rehabilitación y asumió de nuevo parte de la dirección de la empresa, pero rechazó volver al rugby profesional. Comprendió que no necesitaba regresar exactamente a la vida que había perdido para demostrar que seguía siendo él mismo.
Meses después, la familia organizó un partido benéfico. El trofeo de oro estaba sobre una mesa junto al campo. Ya no pertenecía a Yuncheng ni a Shaoting: Gu Mingyuan lo había donado para financiar un programa de rehabilitación para jóvenes de bajos recursos.
Xiao Xiu dirigía uno de los equipos. Antes de comenzar, vio a Shaoting acercarse sin silla ni muletas. Caminaba despacio, apoyando una mano en la baranda, pero caminaba.
—No vaya a caerse —le dijo.
—No me distraigas.
—Si se cae, tendré que cargarlo. Y ahora pesa más que la cerda de mi pueblo.
Shaoting fingió indignación, pero sonrió.
En las gradas, su madre sostenía una fotografía de la casa vieja. La habían reconstruido con ladrillos firmes y una columna nueva en la entrada. Su madre aún tenía dolor en el hombro, pero podía cocinar y regañar a Xiao Xiu cuando regresaba demasiado tarde.
—¿Todavía te dan miedo los mosquitos? —preguntó Shaoting.
—No. Ahora uso una revista.
—¿Y si derrumbas otra casa?
—Entonces usted tendrá que ayudarme a levantarla.
El silbato sonó. Xiao Xiu corrió al campo y Shaoting permaneció junto a la línea, observándola. Ya no era el heredero al que todos compadecían ni el joven que se encerraba para que nadie viera sus piernas inmóviles. Tampoco ella era la sirvienta que aceptaba cualquier humillación por unas monedas.
Habían aprendido a hacer algo más difícil que ganar un partido: usar sus heridas sin dejar que otros decidieran quiénes eran.
Al terminar, Xiao Xiu levantó el trofeo y se lo entregó a Shaoting. Él negó con la cabeza.
—Esta vez es de los dos.
Ella lo sostuvo por un lado y él por el otro. Sobre sus manos, la copa brilló bajo el sol. Y en la casa reconstruida, muy lejos del campo, una nueva columna permanecía en pie, firme y silenciosa, como una promesa que ninguno de los dos pensaba volver a romper.