Lin Susu seguía colgada de la lámpara de araña cuando la puerta principal se abrió.
Había apagado todas las luces para sorprender a su esposo. Llevaba un vestido azul oscuro, el cabello recogido y una pequeña caja de terciopelo escondida en el bolsillo. Quería entregarle los gemelos que había comprado para su aniversario y, por una vez, obligarlo a cenar en casa antes de que volviera a desaparecer en la oficina.
Pero Gu Mingse no entró solo.
La mujer que lo acompañaba vestía un traje blanco y caminaba como si conociera cada rincón de la casa. Mingse le rodeó la cintura con una confianza que Susu no había visto en tres años de matrimonio. Después, creyendo que nadie los observaba, Bai Ruoning apoyó la cabeza en su hombro y él le besó la frente.
Susu sintió que la caja de terciopelo le resbalaba de los dedos.
Había imaginado muchas veces cómo sería descubrir una infidelidad. Nunca imaginó que el dolor pudiera dejarla sin aire incluso estando a varios metros del suelo.
—Mingse —dijo, mientras bajaba un pie sobre el borde de la lámpara—. ¿Quién es ella?
Los dos levantaron la cabeza.
El susto de Ruoning duró apenas un segundo. Mingse, en cambio, palideció. No por haber sido descubierto, sino porque entendió que Susu podía contarle a todo el mundo cuánto tiempo llevaba viendo a aquella mujer.
—Baja de ahí —ordenó.
—Primero respóndeme.
Susu saltó.
Cayó sobre la alfombra, se levantó tambaleándose y avanzó hacia él. Mingse retrocedió hasta la mesa auxiliar. Su mano encontró un cenicero de cristal pesado. Lo levantó sin pensar, o eso diría después.
El golpe sonó como una puerta cerrándose.
Susu cayó de lado. La sangre comenzó a extenderse entre sus cabellos, oscura bajo la luz del recibidor. Durante unos instantes, Mingse se quedó inmóvil, con el cenicero en la mano. Ruoning fue la primera en reaccionar.
—¡No la mires! ¡Llama a alguien!
—¿Y si se muere?
—Entonces los dos estaremos acabados. Haz algo.
La llevaron al hospital con una versión cuidadosamente preparada: Susu había resbalado al intentar bajar de la lámpara. Mingse repitió la historia ante los médicos, ante su madre y ante el abogado de la familia. Ruoning lloró en la sala de espera, cubriéndose el rostro con un pañuelo blanco que no tenía una sola mancha.
Cuando Susu despertó, el mundo estaba partido en dos.
Recordaba su nombre. Recordaba a su madre. Recordaba la villa de la calle Dunan, el piano que había recibido a los dieciocho años y los pendientes de jade guardados en una caja fuerte. Recordaba haber amado a Gu Mingse.
Lo que no recordaba era el golpe.
Tampoco recordaba haber visto a Ruoning abrazada a él.
El médico explicó que la conmoción podía haber afectado parte de su memoria reciente y que nadie podía asegurar cuándo volvería. Mingse escuchó desde la puerta con una tranquilidad que no había tenido la noche del accidente.
—¿Mi esposo? —preguntó Susu al verlo.
Mingse bajó los ojos, fingiendo preocupación.
—Estoy aquí. No te voy a dejar sola.
Susu le tomó la mano. En su rostro había una confusión tan limpia que él sintió que el peligro se alejaba.
Desde ese día, Mingse dejó de cuidarse.
Bai Ruoning empezó a visitar la casa a cualquier hora. Se sentaba junto a él en el salón, le acomodaba la corbata y lo llamaba por su nombre con una intimidad que pretendía ser inocente. Cuando Susu entraba, ambos se separaban apenas lo suficiente para no parecer descarados.
—Ella es Ruoning —le explicó Mingse—. Una amiga de la empresa. Me está ayudando con algunos asuntos.
—¿También vive aquí? —preguntó Susu.
Ruoning sonrió con dulzura.
—Todavía no. Pero pronto dejaré de ser una visita.
Mingse le lanzó una mirada de advertencia, aunque no por respeto a Susu. Le preocupaba que hablara demasiado.
Susu inclinó la cabeza como si tratara de recordar algo.
—¿Pronto?
—No le hagas caso —dijo él—. A veces dice cosas sin pensar.
—Yo nunca digo cosas sin pensar —respondió Ruoning, y luego acarició el brazo de Mingse—. Solo digo lo que él aún no se atreve a decir.
Susu fingió no comprender. Por dentro, anotó cada palabra.
El golpe no le había borrado la memoria. En el hospital había despertado aterrada, pero consciente. Había escuchado a Mingse hablar con el abogado desde la habitación contigua. También había oído a Ruoning decir que, mientras ella siguiera siendo la esposa legal, no podrían mudarse juntos ni disponer libremente de las propiedades.
Susu comprendió entonces que no solo la habían traicionado. Querían despojarla.
Durante tres años había sostenido a la familia Gu con el dinero que heredó de sus padres. Su padre murió cuando ella tenía diez años y su madre, enferma durante mucho tiempo, había convertido cada objeto de la casa en un recuerdo protegido. La cubertería de plata pertenecía a su abuela. El cuadro del comedor era el último original que su madre había comprado. El sofá italiano había sido pagado con los ahorros de la boda. Los dos locales de la calle Dunan y la villa del este de la ciudad estaban registrados a su nombre.
Aun así, en la casa de los Gu la trataban como una huésped incómoda.
Mingse dormía trescientas noches al año en la oficina. Su madre, Fang Shushen, decía que un hombre ambicioso necesitaba libertad. Su hermana menor, Gu Lili, usaba la ropa de Susu, conducía uno de sus autos y llamaba “cuñada” a la mujer solo cuando necesitaba algo.
Ahora todos creían que la caída le había quitado también el juicio.
Mingse comenzó a hablarle como a una niña.
—Suelta la medicina y ven a firmar —le dijo una mañana.
Susu miró los documentos que él había dejado sobre la mesa.
—¿Qué es esto?
—La lista de muebles de la casa nueva. Voy a llevarte allí unos días para que descanses.
—¿Por qué hay tantas páginas?
—Porque es una casa grande. Firma aquí, aquí y aquí. Tengo prisa.
Ella tomó el bolígrafo, lo acercó al papel y se detuvo.
—¿Otra vez quieres engañarme?
Mingse sintió que el corazón se le detenía, pero Susu sonrió enseguida.
—Quiero decir… ¿otra vez quieres ayudarme? No me regañes.
Él respiró con alivio.
—Eso es. Confía en mí.
Susu firmó con una letra temblorosa una hoja que no era parte del acuerdo. Había aprendido a reconocer los documentos por la posición de las grapas y por una marca azul en la esquina que el abogado usaba para distinguir las copias. El contrato de divorcio estaba debajo de la lista de muebles.
A la hora del almuerzo, Mingse se marchó a Lancheng por trabajo.
—Volveré en tres días —dijo—. Para entonces espero que ya te hayas mudado.
—¿Y si no quiero irme?
—No seas difícil. Todo esto es por tu bien.
—¿Ruoning también irá a la casa nueva?
La pregunta lo hizo apretar la mandíbula.
—No sabes lo que dices.
—Ella dijo que pronto dejaría de ser una visita.
Mingse se inclinó y le besó la frente, como si estuviera tratando con una enferma dócil.
—Descansa. No me llames si no es importante.
Apenas el auto desapareció detrás de la reja, Susu llamó a May, su asistente y amiga desde la universidad.
—Tía May, necesito que traigas las cajas más grandes y consigas diez camiones. Que estén en la puerta trasera antes de las diez de la noche.
May guardó silencio.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—¿Y el acuerdo?
—No lo firmé. Pero él cree que sí.
—¿Qué vas a hacer?
Susu miró el salón. Durante tres años, los Gu habían vivido rodeados de cosas que no les pertenecían. Fang presumía ante sus amigas de la cubertería de plata. Lili tocaba el piano de Susu cuando quería impresionar a sus compañeros. Mingse había organizado cenas empresariales bajo el cuadro de su madre y había pagado el Maybach de Fang con una transferencia desde la cuenta de Susu.
—Me voy a mudar —respondió—. Y voy a vaciar toda la casa de los Gu.
May soltó una risa nerviosa.
—¿También los leones de piedra?
—Los compré yo.
—Entonces nos llevaremos hasta las bases.
A las diez de la noche, los camiones llegaron sin hacer ruido. May había contratado a una empresa de mudanzas que trabajaba con inventarios fotográficos. Cada objeto fue fotografiado, pesado y registrado. Susu tenía facturas de casi todo, pero quería que la evidencia quedara todavía más clara.
El primer problema apareció cuando los trabajadores intentaron sacar el sofá.
—Ese no se mueve —dijo Fang, entrando al salón en bata—. Mañana vienen la señora Lin y sus amigas. Si el salón está vacío, ¿dónde queda mi dignidad?
Susu dejó la taza de té sobre una caja.
—Su dignidad no está en mi sofá.
—Esta es la casa de los Gu, no un hotel del que puedas entrar y salir cuando quieras.
May dio un paso al frente.
—La señora Lin puede irse cuando quiera. Y la mitad de lo que hay aquí es suyo.
Fang miró a los trabajadores.
—¿Quién te crees para meterte en los asuntos de nuestra familia?
—La persona que pagó esa mesa, la alfombra persa y el collar que usted lleva puesto.
Fang se llevó la mano al cuello.
—Esto me lo regaló mi hijo.
—El recibo está a nombre de la señora Lin. También está registrado como regalo de cumpleaños para usted. Si quiere conservarlo, no hay problema. Solo tiene que devolver el precio o demostrar que fue comprado con dinero de su hijo.
Fang palideció.
—¿Vas a demandar a tu propia familia por una mesa?
—No. Voy a dejar de regalarles mi vida para que después digan que nunca formé parte de esta familia.
La frase hizo que incluso Lili, que observaba desde la escalera, bajara la mirada.
—¡Ese piano es mío! —gritó—. Mamá me lo regaló por mi cumpleaños. Tengo que tocar en la fiesta de la escuela la próxima semana.
—Tu madre no podía regalártelo —dijo Susu—. No era suyo.
—¿Qué voy a tocar si te lo llevas?
—Puedes tocar con la boca. Total, los Gu siempre han conseguido todo hablando.
Lili avanzó furiosa, pero May se interpuso.
—No la toques.
El piano salió de la casa envuelto en mantas. Lili lloró como si le estuvieran arrancando un órgano. Susu sintió una punzada de culpa, pero no cedió. Sabía que, si dejaba un solo objeto importante, al día siguiente aparecerían diez personas diciendo que todo era propiedad de la familia.
Fang llamó a un abogado. May llamó a otro. La policía acudió después de que un vecino denunciara el ruido, pero al revisar los recibos y las escrituras no encontró un delito evidente. Los trabajadores solo retiraban bienes que Susu podía acreditar como propios, y ella seguía siendo copropietaria de la vivienda por una cláusula del contrato matrimonial.
—No pueden llevarse cosas que están dentro de esta casa —insistió Fang.
—Sí pueden si son de ella —contestó el agente—. Si existe una disputa, deberán resolverla por la vía civil. No destruyan nada y no se enfrenten físicamente.
Fang quiso arrebatarle a Susu una caja de joyas. Susu la sujetó contra el pecho.
—Estas joyas eran de mi madre.
—Tu madre te las dio para que las compartieras con la familia.
—Me las dio para que no dependiera de nadie.
Esa noche sacaron nueve de cada diez objetos del salón, del comedor y del vestidor. Dejaron únicamente lo que Fang pudo demostrar que había comprado y algunas pertenencias personales de Lili. También retiraron los dos leones de piedra de la entrada. Para moverlos hicieron falta cuatro hombres y una grúa pequeña.
Cuando el último camión se fue, la mansión quedó irreconocible.
Susu se paró frente al espejo de marco de sándalo rojo. Había comprado aquella pieza en una subasta de primavera, pocos días antes de casarse. Durante tres años, cada vez que se miraba en él, había buscado el rostro de una esposa que todavía pudiera ser bienvenida.
Ahora el espejo estaba en una caja.
—¿De verdad quieres llevártelo? —preguntó May.
Susu pasó los dedos por una grieta del marco.
—Sí. No porque sea caro. Porque durante tres años me pregunté por qué nunca me veía como parte de esta familia. Ahora entiendo que el problema no era mi reflejo.
A la mañana siguiente se instaló en uno de sus locales de la calle Dunan, que convirtió en una residencia provisional. May llevó carpetas, copias de facturas y una computadora. Susu no durmió. Releyó el acuerdo de divorcio y descubrió que Mingse no solo pretendía que renunciara a los bienes del matrimonio. También intentaba hacerla responsable de una deuda empresarial de veinticuatro millones de yuanes, registrada tres meses antes del matrimonio pero transferida a una empresa creada durante la unión.
El dinero había salido de una cuenta conjunta.
Susu recordó entonces algo que le había parecido insignificante. Cada vez que preguntaba por aquella empresa, Mingse respondía que era un proyecto menor de un socio. En los documentos, sin embargo, aparecía la firma digital de Gu Mingse y un número de teléfono que pertenecía a Bai Ruoning.
—No quiere divorciarse para estar libre —dijo May—. Quiere que cargues con las deudas mientras él se queda con la empresa.
—Y necesita que parezca que fui yo quien aceptó.
—Entonces no le daremos tiempo para preparar otra versión.
Susu pidió un informe financiero independiente y solicitó al banco que congelara temporalmente cualquier operación conjunta que requiriera su autorización. También envió una notificación formal a la empresa de mudanzas para conservar las fotografías del inventario. No quería convertir su divorcio en un espectáculo, pero sabía que, en una familia acostumbrada a borrar las huellas con dinero, cada papel podía salvarla.
Tres días después, Mingse volvió de Lancheng.
La primera señal de que algo había cambiado fueron los leones de piedra. La segunda, la sala vacía. La tercera, Fang esperándolo en la entrada con una bata y una expresión de furia.
—¡Tu esposa se volvió loca! —gritó—. Se llevó todo. El piano, las joyas, la plata… ¡hasta el espejo!
Mingse miró el recibidor sin entender.
—¿Dónde está Susu?
—En tu casa nueva, supongo. Se comportó como una ladrona.
—Esta es la casa de los Gu.
—Entonces demuéstralo —dijo una voz detrás de él.
Susu estaba junto a May, vestida con un traje gris y sin rastro de la ingenuidad de los últimos días. En una mano llevaba el acuerdo de divorcio. En la otra, el cenicero de cristal que había desaparecido del inventario de la casa.
Mingse se quedó inmóvil.
—¿Qué haces con eso?
—Lo encontré en el compartimento inferior del armario de tu oficina. Tiene una marca de sangre en la base. El laboratorio aún no termina el análisis, pero la forma del golpe coincide con mi herida.
Ruoning apareció detrás de él. Al ver el cenicero, perdió el color.
—Susu, no sabes lo que dices —murmuró.
—Sé que te abrazabas con mi esposo antes de que él me golpeara. Sé que luego dijiste que, si yo perdía la memoria, sería más fácil hacerme firmar. Y sé que mandaste desde Lancheng el primer borrador del divorcio.
Mingse miró a Ruoning.
—¿Qué está diciendo?
—No lo sé —respondió ella demasiado rápido.
Susu dejó el documento sobre la mesa vacía.
—Tú sí sabes. Aquí está tu firma electrónica. Y aquí está la fecha. Lo preparaste dos semanas antes del accidente.
Mingse tomó las hojas y las revisó. No podía negar la firma. Lo que sí podía negar era todo lo demás.
—Estabas alterada. Saltaste sobre mí.
—Y tú levantaste el cenicero.
—Fue un accidente.
—Después intentaste borrar el video de la cámara del recibidor.
Por primera vez, su expresión cambió.
La cámara no había grabado el golpe completo porque Mingse había desconectado el sistema pocos minutos después de que Susu cayera. Pero el servidor de seguridad había guardado una copia parcial: la puerta abriéndose, el abrazo, el movimiento brusco, el cuerpo de Susu en el suelo y la voz de Ruoning diciendo que no llamara a una ambulancia desde el teléfono de la casa.
No era una prueba perfecta. Era suficiente para que un investigador empezara a hacer preguntas.
—¿Me estabas poniendo a prueba? —preguntó Mingse.
—Desde el hospital.
—¿Por qué no dijiste nada?
—Porque si hubieras sabido que recordaba, habrías destruido las pruebas y quizá habrías intentado algo peor.
Mingse dio un paso hacia ella.
—Soy tu esposo.
Susu retrocedió, no por miedo, sino para mantener la distancia.
—Esa palabra no te protege. Solo describe el vínculo que intentabas usar para robarme.
Ruoning comenzó a llorar.
—Mingse, yo nunca quise que esto llegara tan lejos.
—Cállate —dijo él.
—Tú dijiste que ella no tenía familia. Dijiste que nadie iba a creerle. Dijiste que la deuda desaparecería si firmaba.
Fang miró a su hijo.
—¿Qué deuda?
Mingse cerró los ojos. Durante meses había conseguido que cada miembro de su familia pensara que los problemas eran de los demás. Pero una mentira podía contener a una amante, una esposa y una madre por separado; no podía sostenerlas a las tres cuando se encontraban en la misma habitación.
El abogado de Susu explicó la situación con calma. El acuerdo no tenía validez porque la firma de Susu no aparecía en el documento principal. La hoja que Mingse le había hecho firmar correspondía a una lista de bienes domésticos sin valor jurídico. Además, la empresa endeudada estaba siendo investigada por transferencias realizadas a una cuenta vinculada a Ruoning.
No todo quedó probado en un solo día. Susu no consiguió que Mingse fuera detenido de inmediato ni que el tribunal le entregara automáticamente cada objeto. Tuvo que presentar facturas, escrituras, registros bancarios y declaraciones de los trabajadores. El proceso tardó meses.
Mingse intentó negociar.
Primero ofreció devolverle la villa si ella retiraba la denuncia por la agresión. Susu se negó.
Luego propuso vender la empresa y repartir el dinero. El informe financiero mostró que el valor real era mucho menor que las deudas y que varias operaciones habían sido ocultadas. Susu aceptó asumir únicamente la parte que legalmente le correspondía y exigió que sus bienes personales quedaran fuera del proceso.
Después, Mingse apareció en su oficina sin avisar.
—Si quieres, podemos empezar de nuevo —dijo—. Me equivoqué. Ruoning y yo terminamos.
Susu levantó la vista de una carpeta.
—No terminaste con ella. La dejaste sola cuando descubriste que podía declarar.
—No sabes lo que siento.
—Lo sé. Sientes miedo de perder lo que siempre creíste que era tuyo.
—También te quise.
—Quizá. Pero cuando tuviste que elegir entre protegerme y protegerte, me golpeaste. Cuando pensaste que había perdido la memoria, usaste mi confusión para quitarme mi casa. No necesito decidir si alguna vez me quisiste. Necesito decidir si vuelvo a confiar en ti. Y la respuesta es no.
Mingse se quedó de pie frente a ella, envejecido de repente.
—¿No vas a perdonarme nunca?
—Puedo dejar de odiarte sin volver a darte acceso a mi vida.
Esa fue la última conversación privada que tuvieron.
El tribunal reconoció que la villa y los locales pertenecían a Susu por haber sido adquiridos con bienes heredados y registrados antes del matrimonio. También determinó que parte de los muebles y joyas eran bienes personales. La cubertería de plata, el cuadro, el piano, el espejo, el sofá y los leones de piedra regresaron a sus manos.
Fang tuvo que abandonar la mansión cuando el banco ejecutó la propiedad para cubrir las deudas de la empresa. Lili encontró trabajo en una academia de música y, al principio, culpó a Susu de todos sus problemas. Meses más tarde le envió un mensaje breve para disculparse por haberla llamado ladrona.
Susu no respondió de inmediato. Finalmente escribió:
“Espero que aprendas a distinguir entre lo que alguien te regala y lo que alguien te permite usar”.
Ruoning enfrentó una investigación por las transferencias y por haber participado en la preparación de documentos falsos. No perdió toda posibilidad de rehacer su vida, pero sí tuvo que devolver una parte importante del dinero y declarar durante meses. Cuando salió de la empresa, ya nadie la llamaba la futura señora Gu.
Mingse conservó una participación mínima en el negocio después de vender varios activos para pagar las deudas. La agresión fue remitida a la fiscalía; la decisión final tardó más de un año porque hubo peritajes médicos, revisión de registros y declaraciones contradictorias. Al final, aceptó una pena suspendida, tratamiento obligatorio para controlar su conducta violenta y una orden de alejamiento mientras durara el proceso civil.
No fue la clase de justicia que Susu había imaginado durante las noches en que escuchaba el golpe dentro de su cabeza. No le devolvió los tres años ni borró la humillación. Pero cada resolución le quitó a Mingse una forma de llamarla exagerada, confundida o ingrata.
La casa que dejó atrás permaneció vacía durante mucho tiempo. Sin el sofá, el piano, el espejo y el cuadro, los salones parecían más grandes y mucho menos importantes. Fang decía que Susu había destruido a la familia. Mingse decía que todo se había salido de control por un malentendido.
Susu dejó que hablaran.
Vendió una de sus propiedades y utilizó parte del dinero para abrir un estudio de restauración y subastas en la calle Dunan. May se encargó de la administración y ella empezó a trabajar con objetos antiguos, documentos de procedencia y familias que necesitaban vender pertenencias sin ser engañadas. Cada pieza debía tener una historia clara, un dueño claro y un precio que nadie pudiera manipular a escondidas.
El piano volvió a ocupar un lugar junto a la ventana. Una tarde, Lili llegó para recoger unas partituras que habían quedado en la antigua casa. Se quedó mirando el instrumento.
—¿Puedo tocarlo?
Susu tardó unos segundos en contestar.
—Si vienes a tocar, sí. Si vienes a llevártelo, no.
Lili asintió.
Interpretó una melodía sencilla. Se equivocó dos veces y se detuvo, avergonzada. Susu no la corrigió. Le alcanzó la partitura y esperó hasta que terminara.
No se hicieron amigas. Tampoco volvieron a ser cuñadas. Pero aquel día Lili entendió que recuperar algo no significaba tener derecho sobre todo lo que alguna vez se había usado.
El espejo de sándalo rojo quedó en la entrada del estudio. Susu lo hizo restaurar y conservó la pequeña grieta del marco. Algunas personas le sugerían reemplazarlo, pero ella se negaba.
—La grieta no arruina el espejo —decía—. Recuerda que fue reparado.
Una mañana, casi dos años después del golpe, recibió una carta de Mingse. No pedía volver ni hablaba de amor. Decía que había pagado la última parte de la deuda reconocida a su nombre y que no volvería a buscarla. Al final añadía una frase torpe: “Ahora entiendo que una casa no se convierte en hogar porque alguien la llame suya”.
Susu dobló la carta y la guardó en un cajón. No la quemó, pero tampoco la respondió.
Esa noche cerró el estudio, apagó las luces y se quedó frente al espejo. Durante mucho tiempo había creído que la esposa perfecta era la mujer que soportaba los silencios, pagaba las cuentas y sonreía ante los insultos para que nadie pudiera llamarla problemática.
Ya no pensaba así.
Había perdido un matrimonio, una familia política y la ilusión de que el amor podía obligar a alguien a ser decente. A cambio, había recuperado su nombre, sus bienes, su voz y la certeza de que no necesitaba que otra persona la reconociera para saber quién era.
Antes de marcharse, pasó la mano por la grieta del marco y apagó la última lámpara.
El espejo conservó la marca de la caída. Pero, por primera vez en tres años, el rostro que le devolvió no estaba esperando que alguien regresara a casa.