—Veinte yuanes por medio kilo. Si no te gusta, puedes cargar tus setas de vuelta a la montaña.
Chen Yuan Shan miró las canastas alineadas sobre la mesa del mercado. Los Matsutake eran grandes, blancos y firmes; algunos tenían un aroma tan intenso que varias personas se habían detenido a observarlos. Sin embargo, el comprador que tenía enfrente hablaba como si fueran hongos podridos.

A su lado, Li Meilan sonreía con los brazos cruzados. La mujer que, hasta hacía dos meses, aseguraba que se casaría con él en cuanto reuniera los trescientos yuanes necesarios para la boda, ahora lo miraba como si fuera un delincuente.
—No finjas que no sabes que son falsos —dijo ella—. Nadie encuentra tantas setas buenas en esta época. Tu padre apenas puede caminar y tú nunca trabajaste como recolector. ¿De dónde las sacaste?
Yuan Shan apretó los dedos alrededor del borde de la canasta. Sabía de dónde habían salido, pero no podía explicar la verdad sin que lo tomaran por loco.
Aquella mañana, mientras perseguía un jabalí por una zona de la montaña donde nunca había estado, había tropezado junto a un manantial. Parte del agua de su cantimplora cayó sobre una raíz seca. La raíz se hundió en la tierra como si hubiera despertado y, delante de sus ojos, brotaron decenas de Matsutake. Un resplandor dorado recorrió el suelo durante unos segundos, igual que una corriente de luz bajo la piel de la montaña.
Yuan Shan había recogido solo los hongos maduros. También había encontrado un tigre muerto en un barranco, sin heridas de bala y con la piel intacta. No sabía qué había ocurrido, pero en el pueblo una piel así valía dinero suficiente para comprar medicinas para su padre y reparar el techo de la casa.
No esperaba hacerse rico. Solo quería dejar de vivir contando cada moneda.
—Son auténticos —respondió—. Y no necesito que me crean. Solo necesito que me paguen un precio justo.
El comprador, un hombre de chaqueta gris llamado Gao, soltó una risita.
—Soy el único que compra Matsutake en todo el condado. Cien yuanes por el lote completo. Es mi última oferta.
—Hace un momento eran veinte.
—Entonces deberías agradecer que haya cambiado de opinión.
Gao había escuchado que un empresario de la ciudad necesitaba una gran cantidad de hongos de primera calidad para cumplir un contrato de exportación. Por eso se había apresurado a comprar todo lo que aparecía en el mercado. Quería pagar lo menos posible y revenderlo por varias veces su precio.
Uno de sus conocidos se acercó y murmuró algo a su oído. Gao miró de reojo las canastas y después a Li Meilan. Ambos entendieron que podían aprovecharse de la pobreza de Yuan Shan.
—Tu familia debe mucho dinero —intervino Meilan—. Si rechazas la oferta, mañana no tendrás ni para alimentar a tu padre. No te hagas el orgulloso.
—No confundas orgullo con no dejar que me estafen.
La expresión de ella se endureció.
—¿Estafar? ¿Tú hablando de estafas? Me prometiste trescientos yuanes para casarte conmigo y ni siquiera has podido reunirlos. ¿Qué clase de hombre eres?
Yuan Shan sintió que las miradas del mercado se clavaban en su espalda. Durante años había soportado que lo llamaran inútil porque trabajaba por temporadas en el aserradero y cuidaba de su padre, Chen Changuo, desde que un accidente le dejó una pierna rígida. Lo que más le dolía no era la pobreza, sino que Meilan hubiera usado esa promesa para mantenerlo trabajando sin descanso.
Aun así, no la insultó.
—El dinero que te debo te lo devolveré. Pero no voy a casarme con alguien que solo me quiere cuando tengo algo que ofrecer.
Meilan palideció. Gao aprovechó el silencio para deslizar una báscula hacia las canastas.
—Cien yuanes. Tómalo o déjalo.
—Déjalo.
Yuan Shan comenzó a guardar sus productos. En ese momento, una voz clara atravesó el ruido del mercado.
—Pagaré cuatrocientos yuanes por medio kilo. Me llevo todo.
La joven que acababa de llegar vestía un abrigo sencillo, pero su manera de caminar hizo que varios comerciantes se apartaran. Detrás de ella venía un hombre mayor con expresión agotada y un conductor que cargaba una caja de madera.
—Señorita Shen —exclamó Gao—, no se precipite. Esa mercancía podría ser falsa.
—Si lo es, asumiré las consecuencias —contestó ella—. Pero primero quiero verla.
Se llamaba Shen Yunjin, hija de Shen Hongwei, dueño de Comercial Shen, una empresa que abastecía restaurantes, laboratorios y distribuidores de productos medicinales. La compañía estaba al borde de perder un contrato con un comprador extranjero porque su proveedor habitual había desaparecido con el dinero del anticipo.
Yunjin tomó uno de los Matsutake, lo examinó, olió la base y observó la tierra adherida al tallo.
—Son de montaña. Y fueron recogidos hace pocas horas.
—¿Cómo puede saberlo? —protestó Gao.
—Porque los hongos cultivados no conservan esta textura y porque la tierra de esta zona tiene una composición particular. Además, los distribuidores que trabajan conmigo llevan una semana buscando ejemplares así.
Gao quiso replicar, pero Yunjin levantó la mano.
—No necesito discutir con usted. Señor Chen, pagaré el precio del mercado para los ejemplares comunes y un precio especial por los de primera calidad.
Yuan Shan negó con la cabeza.
—El precio máximo que escuché fue de trescientos cincuenta. No quiero cuatrocientos si no es lo justo.
Yunjin lo observó con atención.
—¿No quiere ganar más?
—Quiero que me paguen lo que valen. Si acepto un precio exagerado, después usted podría arrepentirse.
Aquella respuesta sorprendió a todos, incluso al padre de Yunjin. Después de pesar la mercancía, descubrieron que uno de los hongos alcanzaba ciento veinticuatro gramos. Yunjin ofreció mil ochocientos yuanes solo por ese ejemplar, pues un comprador extranjero había anunciado una subasta para hongos silvestres de tamaño excepcional.
También inspeccionó la piel del tigre que Yuan Shan llevaba envuelta en una manta.
—No la venda a cualquiera —dijo—. Si la documentación lo permite, puede convertirse en una pieza para un museo. La compraré junto con los hongos por siete mil yuanes, pero la piel tendrá que ser revisada por las autoridades ambientales.
—Acepto la revisión —respondió él—. No quiero meterme en problemas.
Gao observaba la escena con el rostro rojo. Había intentado pagar cien yuanes por todo el lote y ahora Yunjin entregaba un adelanto legal, con recibo y registro de procedencia.
Li Meilan se acercó a Yuan Shan cuando Yunjin terminó de escribir el comprobante.
—No creas que por conseguir dinero ya puedes actuar como si fueras importante.
—Nunca he creído eso.
—Entonces dame los trescientos yuanes. Dijiste que eran para nuestra boda.
—Te los daré porque te los prometí. Pero no habrá boda.
—¿Vas a romper el compromiso por una discusión?
—Lo rompiste tú cuando llamaste falsificadores a mi padre y a mí para conseguir una mejor oferta.
Meilan miró a los presentes, buscando a alguien que la respaldara. Nadie dijo nada. El pueblo entero había visto cómo había cambiado su trato hacia Yuan Shan desde que una familia de comerciantes del condado le prometió presentarle a un hombre con más dinero.
Yuan Shan le entregó los trescientos yuanes esa misma tarde. También le mostró un pequeño papel donde había anotado cada deuda que ella le había pedido durante el año anterior: medicinas para su madre, una cuota de la escuela de su hermano y el anticipo de un vestido. No le reclamó nada.
—Esto es lo que te presté —dijo—. Lo demás fue lo que gasté creyendo que construiríamos una vida juntos.
Meilan rompió a llorar, pero él ya no sintió el impulso de consolarla.
Cuando volvió a casa, su padre estaba sentado junto al fogón. La pierna herida descansaba sobre un banco bajo y su vieja gata negra dormía en su regazo.
—¿De verdad son siete mil yuanes? —preguntó Changuo.
—Siete mil como adelanto. El resto dependerá de los resultados de la revisión y de la calidad final.
El anciano permaneció en silencio. Después acarició a la gata detrás de las orejas.
—Con eso podemos reparar el techo.
—Y comprar tus medicinas.
—Primero compra semillas y herramientas. El dinero de una buena jornada desaparece rápido si no se convierte en algo que produzca más.
Yuan Shan sonrió. Su padre había sido leñador toda la vida y sabía que la montaña nunca daba dos veces el mismo regalo.
—Mañana volveré. Había una zona más arriba donde vi un resplandor dorado.
Changuo lo sujetó del brazo.
—No te arriesgues por dinero. Ya perdí una pierna por no escuchar a la montaña.
Yuan Shan miró la vieja cadena de cobre que su padre llevaba atada al cuello. Era un recuerdo de su madre, muerta cuando él era niño.
—No voy a arriesgarme sin cuidado. Solo quiero que dejemos de sobrevivir de milagro.
Al día siguiente, Shen Yunjin llegó al pueblo en un vehículo de la empresa. No iba a cobrar una deuda, sino a hacer una propuesta.
Comercial Shen necesitaba productos de la montaña para una feria de medicina que se celebraría en cinco días. Su almacén estaba lleno de mercancía común, pero no tenía nada capaz de llamar la atención de los compradores. Un proveedor había prometido ginseng antiguo, reishi silvestre y foti, pero había desaparecido después de recibir el anticipo.
—No puedo garantizar que encuentre algo —le advirtió Yuan Shan.
—No quiero una promesa falsa. Quiero que, si encuentras algo, me llames antes de venderlo.
—¿Y cuánto pagará?
—Lo que determine un tasador independiente. No voy a repetir los abusos del mercado.
El padre de Yunjin, que hasta entonces había escuchado desde el vehículo, intervino:
—Mi hija confía demasiado rápido en la gente.
—No confío rápido —respondió ella—. Solo sé reconocer cuando alguien se niega a aprovecharse de mí.
Yuan Shan aceptó trabajar con ellos, pero puso una condición: todos los recolectores del pueblo tendrían derecho a vender directamente, sin intermediarios que alteraran las básculas o escondieran los precios.
Shen Hongwei lo estudió unos segundos.
—Si haces eso, algunos comerciantes se pondrán en tu contra.
—Ya se pusieron en mi contra cuando decidieron que ser pobre significaba ser tonto.
Yunjin sonrió por primera vez.
—Entonces tenemos un acuerdo.
Aquella mañana Yuan Shan regresó a la montaña. La luz dorada aparecía intermitentemente entre los árboles, como si señalara un camino. Encontró reishi de gran tamaño, raíces de foti y varias plantas medicinales. Más arriba, bajo un pino antiguo, vio una figura púrpura que sobresalía de la tierra.
No era un ginseng corriente. La raíz tenía varias ramificaciones, una forma casi humana y un color violeta oscuro. Alrededor de ella crecían pequeñas hojas brillantes. Yuan Shan recordó una historia que su padre le había contado de niño: los ancianos hablaban de un ginseng morado que aparecía una vez cada muchas décadas y que no debía arrancarse con violencia.
Se arrodilló y limpió la tierra con las manos. Cuando tiró de la raíz, encontró una piedra plana debajo. La piedra tenía grabado un símbolo antiguo, igual al dibujo que aparecía en una libreta de su padre.
Changuo había conservado aquella libreta desde el accidente del aserradero. En sus páginas figuraban rutas de la montaña, fechas de floración y advertencias sobre zonas peligrosas. También había una anotación que Yuan Shan nunca entendió: «El resplandor no señala lo que pertenece a un hombre. Señala lo que debe ser protegido».
En lugar de arrancar el ginseng, Yuan Shan tomó fotografías, marcó la ubicación y recogió solo las semillas maduras que habían caído cerca. Después llamó a Yunjin.
—Encontré algo valioso, pero no sé si debo venderlo.
—No lo toques. Envíame las fotografías y hablaré con un especialista.
Esa decisión habría de salvarlos a ambos.
Mientras tanto, Gao y el proveedor desaparecido, Wu Qiang, se reunieron en un almacén abandonado. Wu había robado parte del dinero de Comercial Shen y pretendía culpar a los recolectores del pueblo por la falta de mercancía. Gao, que había visto los Matsutake de Yuan Shan, propuso algo peor: comprar productos falsos, mezclarlos con la mercancía auténtica y denunciar después a Comercial Shen por exportar hongos adulterados.
—Si la empresa pierde el contrato, su precio caerá —dijo Gao—. Entonces podremos comprarla barata.
—¿Y el chico?
—Un pobre que se cree afortunado. Si habla, diremos que intentó engañarnos.
No sabían que el teléfono de Wu había quedado conectado a un dispositivo de grabación que el contador de Comercial Shen había instalado al investigar las transferencias sospechosas. La grabación no bastaba para llevarlos directamente a juicio, pero sí para que la empresa revisara cada factura, cada guía de transporte y cada mensaje.
Yunjin descubrió que Gao había ofrecido a varios comerciantes un porcentaje del lote si la ayudaban a difamar la mercancía de Yuan Shan. También encontró que la báscula de su puesto estaba manipulada: marcaba menos peso para los recolectores y más para los compradores.
Cuando lo enfrentó, Gao negó todo.
—Es una acusación sin pruebas.
—Por eso no he venido a acusarlo. He venido a informarle que mañana habrá una inspección y que el mercado recibirá una báscula certificada.
Gao entendió que la amenaza era real. Esa misma noche intentó entrar en el almacén de Comercial Shen para sustituir las muestras de Matsutake por hongos cultivados. No contó con que Yunjin había cambiado el sistema de acceso después de descubrir el fraude de Wu.
La policía no lo arrestó de inmediato, pero revisó las cámaras, tomó su declaración y encontró en su vehículo varias etiquetas falsas. El proceso se prolongó durante semanas, pero el mercado dejó de permitirle comprar mientras se investigaba el caso.
El verdadero peligro llegó antes de lo esperado.
Yuan Shan regresó a la zona del ginseng con dos jóvenes recolectores del pueblo. Había decidido colocar una barrera y avisar a los guardabosques. Al llegar, encontró el suelo removido. El ginseng seguía allí, pero alguien había cavado alrededor de la raíz.
—Alguien nos siguió —dijo uno de los muchachos.
Yuan Shan observó unas huellas profundas junto al pino. No eran de Gao. Eran de alguien que llevaba botas de ciudad, con un dibujo triangular en la suela.
Al otro lado del claro encontraron un collar dorado enganchado en una rama. Del collar colgaba una placa pequeña con el nombre «Nube».
Yunjin le había hablado de una gata negra que su padre criaba y que había desaparecido semanas atrás. La gata llevaba una cadena de oro muy llamativa y acostumbraba internarse en la montaña.
Yuan Shan llamó a Yunjin. Ella llegó con su padre dos horas después. En cuanto Shen Hongwei vio el collar, se quedó inmóvil.
—Era de Nube —dijo—. Se lo compré cuando mi esposa murió. La gata dormía a los pies de su cama.
El anciano miró alrededor con una ansiedad que no tenía nada que ver con el dinero.
—Pensé que había muerto.
Yuan Shan siguió las huellas. Conocía los caminos y sabía que una persona herida o asustada buscaría el arroyo. Encontró pelos negros en una zarza y luego escuchó un maullido débil bajo unas rocas.
La gata estaba atrapada en una grieta. No parecía herida de gravedad, pero llevaba varios días sin comer. Yuan Shan se arrastró por el estrecho pasadizo, la cubrió con su camisa y la sacó contra su pecho.
Shen Hongwei recibió al animal con las manos temblorosas. Durante un momento no fue un empresario rico ni el dueño de una compañía; fue un hombre mayor abrazando al último vínculo que conservaba con su esposa.
—Te recompensaré —dijo.
—No hace falta.
—No me digas que no hace falta. Sé que tu familia necesita dinero.
—Entonces cómpreme los productos a un precio justo. Eso sí hace falta.
El hombre bajó la mirada. Después asintió.
—Trato hecho.
Esa noche, sin embargo, el ginseng morado desapareció.
Alguien había entrado en la casa de los Chen mientras Yuan Shan acompañaba a los guardabosques. Changuo no había podido levantarse a tiempo. No le hicieron daño, pero le robaron la libreta antigua, las fotografías del ginseng y una pequeña muestra de tierra que Yuan Shan había guardado en un frasco.
La puerta no estaba forzada. El ladrón había usado una llave.
Solo tres personas tenían una copia: Yuan Shan, el dueño anterior de la casa y Li Meilan.
Meilan negó haber entrado, pero esa misma mañana había preguntado en el pueblo por la ubicación de la montaña y por el valor del ginseng. También se descubrió que Wu Qiang le había transferido dinero dos días antes.
Yuan Shan fue a verla. La encontró en la habitación que compartía con su madre, sentada frente a una bolsa llena de ropa.
—¿Vendiste la libreta? —preguntó.
Meilan no respondió.
—¿Dónde está?
—No sabía que era tan importante.
—Sabías que era de mi padre.
—Wu dijo que solo necesitaba las fotos. Me ofreció dinero. Mi madre tiene que operarse y tú ya no querías casarte conmigo. ¿Qué esperabas que hiciera?
—Que me lo pidieras.
—¡Te lo pedí durante meses! Tú siempre decías que no tenías nada.
Yuan Shan miró la bolsa. Sobre la cama estaba el vestido que Meilan había comprado para la boda con parte del dinero que él le prestó. Ahora parecía un objeto de otra vida.
—Yo no tenía dinero, pero tú sí tenías la opción de no traicionarme.
—No quería hacerte daño.
—El daño no desaparece porque no lo quisieras.
Meilan rompió a llorar. Yuan Shan no se fue de inmediato. Le pidió que devolviera la bolsa y que lo acompañara ante la empresa para explicar lo ocurrido. Ella se negó, pero esa noche la policía localizó la libreta en un depósito relacionado con Wu Qiang.
La transferencia a Meilan no demostraba que ella hubiera participado en el robo, pero sus mensajes sí mostraban que había entregado la llave y la ubicación de la casa. No quedó detenida, aunque tuvo que devolver el dinero y colaborar con la investigación. La operación de su madre se retrasó hasta que sus familiares reunieron los fondos.
Yuan Shan quiso odiarla. Le habría resultado más fácil. Pero cada vez que recordaba los años compartidos, comprendía que el dolor no convertía automáticamente a una persona en un monstruo ni obligaba a perdonarla.
Mientras la investigación avanzaba, Shen Yunjin llevó las muestras del ginseng a un botánico de la capital. El especialista confirmó que se trataba de una variedad silvestre extraordinariamente rara, pero también advirtió que arrancar la raíz podía matar una población que apenas comenzaba a reproducirse.
—No lo venderemos —decidió Yunjin—. Protegeremos la zona y registraremos el hallazgo con las autoridades. El valor de una especie no se mide solo por lo que alguien puede pagar por ella.
Su padre estuvo de acuerdo, aunque perder la venta significaba renunciar a una suma considerable. Comercial Shen estaba tratando de salir de una crisis y habría sido fácil justificar la extracción.
—Si hacemos lo mismo que los demás —dijo Hongwei—, no seremos mejores que quienes nos estafaron.
La feria de medicina se acercaba y la empresa aún necesitaba un producto capaz de atraer compradores. Yuan Shan propuso algo distinto: presentar el proceso completo de recolección responsable, el ginseng protegido, el reishi certificado y la historia de los recolectores del pueblo. No venderían una rareza destruida; ofrecerían contratos de suministro sostenible.
Yunjin preparó la exposición. El padre de Yuan Shan reparó las etiquetas y revisó los nombres de las plantas. Los jóvenes del pueblo ayudaron a construir cajas ventiladas y un registro de peso para que ningún intermediario pudiera alterar las cifras.
Li Meilan apareció dos días antes de la feria.
—Vine a devolver esto.
Puso sobre la mesa la libreta de Changuo, con las páginas arrugadas y una esquina quemada.
—La encontré en el depósito de Wu. No pude recuperarla antes.
Changuo la tomó sin decir nada. Recorrió con el dedo una página donde había escrito el nombre de su esposa y una fecha. Después cerró la libreta.
—Hiciste algo grave —dijo—. Pero devolverla era lo correcto.
Meilan asintió. Parecía haber envejecido en pocas semanas.
—No espero que me perdonen.
—No tienes que esperar nada de nosotros. Ocúpate de tu madre y acepta las consecuencias.
Yuan Shan le entregó un sobre con parte del dinero que había ganado.
—Esto es para la operación. No es un regalo ni una vuelta atrás. Es un préstamo. Me lo devolverás cuando puedas.
Meilan miró el sobre y negó con la cabeza.
—Después de todo lo que hice, no puedo aceptarlo.
—No te lo doy por lo que hiciste. Te lo doy porque tu madre no es responsable de tus decisiones.
Ella tomó el sobre con ambas manos. No intentó abrazarlo ni pedirle otra oportunidad. Esa fue la primera muestra de respeto que le ofrecía en mucho tiempo.
La feria comenzó con una amenaza inesperada. Un inspector recibió una denuncia anónima en la que se acusaba a Comercial Shen de utilizar pieles de animales protegidos y plantas extraídas ilegalmente. La denuncia incluía fotografías del tigre y del ginseng morado.
La empresa quedó temporalmente apartada de la exposición mientras se verificaban los documentos. Gao había enviado las imágenes robadas a varios compradores para destruir la reputación de Yunjin.
Pero las fotografías tenían un detalle que él no había notado: en una esquina aparecía la libreta de Changuo junto a una fecha anterior al supuesto hallazgo. Además, los guardabosques ya habían registrado la ubicación del ginseng antes de que la denuncia fuera presentada. La piel del tigre había sido entregada voluntariamente y el informe veterinario indicaba que el animal murió por una herida interna causada por una caída, no por un disparo.
Yuan Shan explicó cada paso con calma. No intentó negar lo que parecía sospechoso; presentó los registros, los testigos y las muestras.
El inspector terminó autorizando la exposición, aunque la piel permaneció bajo custodia hasta que el museo concluyera el trámite de conservación.
Gao llegó cuando el público comenzaba a reunirse.
—Has tenido suerte —dijo—. Pero la suerte se acaba.
—La suya ya se acabó cuando creyó que nadie revisaría sus básculas.
Gao sonrió con desprecio.
—No tienes idea de con quién te estás metiendo.
—Sí la tengo. Con un hombre que necesita que todos sean más pobres que él para sentirse poderoso.
El rostro de Gao se tensó. Dos funcionarios se encontraban a pocos metros. Yunjin no apartó la vista de él.
—Las grabaciones, las transferencias y las facturas fueron entregadas a los investigadores —dijo—. Si quiere hablar, hágalo delante de ellos.
Gao se marchó sin responder.
El caso tardó meses en resolverse. Wu Qiang fue responsabilizado por el desvío del anticipo y por el intento de introducir mercancía falsa en la cadena de exportación. Gao tuvo que responder por fraude comercial, manipulación de pesas y complicidad en el plan. No perdió todo de inmediato, pero varios compradores cancelaron sus contratos y el mercado le prohibió operar mientras se revisaban sus negocios.
Li Meilan devolvió el dinero recibido y aceptó una sanción por haber facilitado el acceso a la casa. Su madre fue operada gracias a una combinación de ahorros, un préstamo formal y el dinero que Yuan Shan le entregó. Ella no volvió a pedirle que se casara con ella. Cuando se encontraban en el pueblo, se saludaban con respeto y seguían caminos distintos.
Comercial Shen salvó el contrato de exportación y consiguió otros dos gracias a su modelo de recolección responsable. Yunjin insistió en que una parte de las ganancias se destinara a mejorar los caminos de la montaña, comprar equipos de seguridad y crear un fondo para los recolectores heridos.
Yuan Shan no se convirtió en un hombre rico de la noche a la mañana. Reparó el techo, compró una silla resistente para su padre y pagó una prótesis que permitió a Changuo caminar distancias cortas. Después abrió un pequeño centro de clasificación junto al mercado, donde cada canasta se pesaba delante del recolector y del comprador.
También aprendió a leer contratos. Yunjin le enseñó a distinguir una promesa de una obligación escrita, y él le enseñó a reconocer cuándo la gente de la montaña estaba aceptando un precio injusto por miedo a volver a casa con las manos vacías.
Un año después, el ginseng morado seguía creciendo bajo el pino antiguo. La zona había sido declarada área protegida y ningún comprador podía entrar sin permiso. De las semillas recogidas por Yuan Shan habían brotado nuevas plantas, pequeñas y frágiles, protegidas por una cerca de madera.
Shen Hongwei visitaba el lugar algunas veces con Nube, la gata negra, que se había recuperado por completo. El animal seguía llevando su cadena dorada, aunque ahora tenía una placa nueva con un número de contacto.
Una tarde, Yunjin encontró a Yuan Shan sentado junto a la cerca, revisando una libreta nueva.
—¿Otra vez contando? —preguntó.
—No. Estoy anotando qué parte de la montaña necesita descansar.
—¿Y qué parte de tu vida necesita descansar?
Yuan Shan cerró la libreta. La pregunta no era una broma.
—La parte que creía que debía demostrar mi valor ganando dinero.
Yunjin se sentó a su lado.
—¿Y qué parte quieres construir ahora?
Él miró hacia el pueblo. Desde allí se veía el techo reparado de su casa, el pequeño centro de clasificación y a su padre caminando despacio con la ayuda de un bastón.
—Algo que no dependa de que aparezca un milagro.
No le prometió casarse con ella ni le habló de una fortuna. Yunjin tampoco se lo pidió. Su relación creció con la lentitud de las plantas que ambos habían decidido proteger: a través de acuerdos cumplidos, silencios cómodos y la certeza de que ninguno tendría que comprar el cariño del otro.
Meses más tarde, una niña del pueblo encontró un brote de Matsutake junto al arroyo. Corrió a avisar a Yuan Shan, convencida de que había descubierto otro tesoro.
Él acudió con una cesta, pero no arrancó el hongo de inmediato. Se agachó, examinó la tierra y sonrió.
—Primero veremos cuántos hay. La montaña no es una tienda que podamos vaciar.
La niña asintió con solemnidad. Luego llamó a los demás para que aprendieran a recoger solo lo necesario.
Yuan Shan levantó la vista hacia el pino. El viento movió las ramas y dejó caer una franja de luz sobre la cerca. Recordó la primera raíz seca, el agua derramada por accidente y los siete mil yuanes que, por un instante, creyó que eran el principio de su riqueza.
Había tardado en entenderlo, pero aquel día no había encontrado dinero. Había encontrado una oportunidad para dejar de vivir de rodillas.
Y esta vez, antes de llenar la cesta, decidió cuánto debía permanecer en la montaña.