—Ni se te ocurra acercarte. Como des un paso más, te muerdo.
Xiu Lian se quedó inmóvil con una mano todavía aferrada al asa de su canasta. Frente a ella, atrapado entre dos barras de hierro, un tigre blanco la observaba con los ojos dorados entrecerrados. Tenía una pata ensangrentada, el pelaje cubierto de hojas y una dignidad tan ofendida que a la muchacha se le escapó una carcajada.
—¿De verdad hablas?
—Te estoy advirtiendo que muerdo.
—Ya lo entendí. No hace falta que lo repitas como un abuelo gruñón.
El tigre mostró los colmillos.
—Soy un espíritu de la montaña. He cultivado mi energía durante ochocientos años. No soy un abuelo gruñón.
—Un espíritu de ochocientos años que cayó en una trampa persiguiendo una liebre.
—No miré dónde pisaba.
—Eso se llama caer en una trampa.
—La liebre se desvió hacia un lugar lleno de hierba tierna. No iba a destrozar la vegetación persiguiéndola.
Xiu Lian miró el pasto aplastado bajo las enormes garras.
—Claro. La vegetación te lo agradecerá cuando pueda volver a levantarse.
El tigre apartó la mirada, molesto. En el pueblo lo conocían como Daju, el Gran Tigre Blanco de la familia Shao, aunque casi nadie había visto su verdadera forma. Durante generaciones, las historias aseguraban que protegía la montaña occidental y que podía comprender el lenguaje humano. Para Xiu Lian, sin embargo, en ese momento solo era un animal herido que necesitaba ayuda.
Se arrodilló junto a la trampa.
—¿Qué haces?
—Abrirla.
—Es hierro forjado. No podrás.
—Entonces morirás aquí mientras yo regreso a casa a desayunar.
Daju dejó de gruñir. Xiu Lian metió un palo entre las piezas, apoyó los pies contra la tierra y empujó con todas sus fuerzas. El mecanismo no cedió. Volvió a intentarlo, esta vez girando el palo hacia el lado contrario.
—Haz fuerza hacia allá —indicó el tigre—. No, no tanto. ¡Esa es mi pata!
—Si dejaras de moverte, sería más fácil.
—Si supieras lo que haces, no tendría que decirte nada.
—Si supieras dónde pisabas, tampoco estarías aquí.
El hierro se abrió de golpe. Xiu Lian perdió el equilibrio y cayó de cara contra una piedra. Daju sacó la pata con rapidez y se apartó de un salto. Durante un instante, los dos se quedaron en silencio. A la muchacha le sangraba la barbilla; el tigre apenas podía apoyar la pata.
—Qué desagradecido —murmuró ella mientras se limpiaba la sangre con la manga—. Me he dejado la piel por abrirte esa cosa y ni siquiera dices gracias.
—Ahora tienes mejor barbilla que antes.
Xiu Lian levantó la vista.
—¿Qué quieres decir?
—Nada.
—¿Me estás insultando?
Daju enseñó otra vez los dientes, aunque esta vez parecía más avergonzado que amenazante.
—Era una broma.
La muchacha soltó una risa corta. Después observó la herida de la pata. La trampa había dejado dos cortes profundos, y el borde estaba ennegrecido por el óxido.
—¿Tienes medicina en la cueva?
—No necesito medicina.
—Los animales que dicen eso suelen terminar con fiebre.
—No soy un animal común.
—Hoy sí eres un animal herido. ¿Dónde te escondes?
Daju tardó en responder. Finalmente señaló con el hocico la ladera cubierta de pinos.
—Hay una cueva detrás de un pino torcido. Me quedaré allí un par de días.
—Te llevaré algo para la herida.
—No hace falta.
—Si se infecta, te dolerá más.
—No puedes encontrarme.
—Puedo encontrar un pino torcido.
—La montaña está llena de pinos.
—Entonces buscaré todos.
El tigre la miró con una mezcla de irritación y desconcierto. Xiu Lian se puso de pie, recogió la canasta y emprendió el descenso.
—¡Oye, muchacha!
—¿Qué?
—No subas de noche. El camino es peligroso.
—Tú tampoco te vayas muy lejos. Espérame.
—¿Y si no quiero?
—Entonces buscaré a otro tigre al que llevarle medicina.
Daju soltó un bufido.
—Qué pesada eres.
—Y tú qué malagradecido.
La muchacha bajó por el sendero antes de que el sol desapareciera detrás de las montañas. Al llegar a casa, su madre la esperaba con los brazos cruzados. Mei Lan era una mujer pequeña, de espalda encorvada y manos endurecidas por años de trabajo. Desde que enviudó, las dos sobrevivían con una parcela de tierra, unas cuantas gallinas y lo que Xiu Lian conseguía vender en el mercado.
—¿A dónde fuiste con esa canasta vacía?
—A recoger leña.
—Ayer dijiste lo mismo y regresaste con tres ramas.
—Eran ramas grandes.
—Una ardilla habría cargado más.
Xiu Lian ocultó la barbilla lastimada.
—Mañana traeré suficiente.
Esa noche separó en secreto una pequeña bolsa de hierba de sangre morada, un trozo de tela limpia y dos tortas de mijo. La medicina era cara, pero había guardado unas monedas durante meses. No pensaba contarle a su madre que las gastaría en un tigre que hablaba.
Antes del amanecer, salió de casa.
—¿Xiu Lian? —la llamó Mei Lan desde la puerta—. ¿Vas otra vez a la montaña? Ni siquiera has desayunado.
—Voy por leña. Guárdame un poco de sopa.
—A la leña no se va con una bolsa de medicina.
La muchacha se volvió tan rápido que casi tropezó.
—¿Medicina?
—La que escondiste debajo de tu almohada.
Xiu Lian bajó la mirada.
—Es para alguien que la necesita.
Mei Lan suspiró. No preguntó más. Solo le entregó una torta envuelta en tela.
—Si ese alguien también come, dale esto. Pero no vuelvas tarde.
Xiu Lian sonrió y corrió hacia la montaña.
Encontró la cueva después de una hora. Daju estaba acostado en el fondo, con la pata extendida. Al verla, intentó incorporarse con aire majestuoso, pero el dolor le arrancó un gruñido.
—No te levantes. Vine a curarte.
—Yo podría curarme solo.
—Entonces hazlo mientras yo preparo la medicina.
Trituró las hojas en una piedra, mezcló la pasta con agua y limpió la herida. Daju apretó los colmillos cada vez que ella tocaba el corte.
—¿Te duele?
—No.
—Estás rompiendo una raíz con la pata delantera.
—La raíz me provocó.
Xiu Lian ató la venda. Luego partió la torta y le dejó un pedazo delante del hocico.
—Come.
—No necesito comida humana.
El estómago del tigre rugió con tanta fuerza que la muchacha se echó a reír.
—Tus ochocientos años de cultivo no sirven para ocultar el hambre.
Daju tomó la torta con cuidado. La olió, la mordió y, tras un instante de resistencia, se la terminó.
—Está aceptable.
—Mi madre la preparó.
—Entonces tu madre sabe cocinar.
—Se lo diré. Le encantará saber que un tigre presumido aprobó su comida.
Durante los días siguientes, Xiu Lian inventó excusas para subir a la montaña. Llevaba leña de verdad, pero siempre encontraba espacio en la canasta para verduras, arroz, carne seca o una torta más. Daju fingía molestarse; sin embargo, esperaba cada visita sentado junto al pino torcido. El cachorro que lo acompañaba apareció al cuarto día.
Era pequeño, de patas desproporcionadas y ojos demasiado grandes para su cara. Se escondió detrás de Daju, pero enseguida asomó el hocico al percibir el olor de la carne.
—¿Es tu cachorro? —preguntó Xiu Lian.
—Se llama Shao Bei.
—Es precioso.
—No lo consientas.
—No te estoy preguntando a ti.
Xiu Lian se sentó en el suelo y extendió la mano. Shao Bei se acercó con cautela, olfateó sus dedos y le lamió la palma.
—No me tiene miedo.
—Tiene buen criterio.
—¿Dónde está su madre?
Daju dejó de fingir indiferencia.
—La mataron unos cazadores el invierno pasado.
Xiu Lian acarició al cachorro entre las orejas.
—¿Y lo crías tú solo?
—Vivimos juntos.
—Debe sentirse muy solo.
—Me tiene a mí.
—Tú gruñes hasta cuando te dan comida.
—Eso no significa que no lo quiera.
Desde ese día, Xiu Lian llevó alimento para los dos. Algunas veces se quedaba durante horas, sentada fuera de la cueva, mientras Daju vigilaba el sendero y Shao Bei dormía sobre sus pies. La joven comenzó a contarles cosas que nunca decía en casa: que le preocupaba la tos de su madre, que el techo necesitaba reparaciones, que Ernieu había vuelto a ofrecerse para ayudarla y que no sabía cómo rechazarlo sin herirlo.
Ernieu era un muchacho honrado, trabajador y bastante insistente. Vivía con su tío, el cazador Wang Lao Kai, y le gustaba Xiu Lian desde la infancia. Un día llegó a la casa con un faisán.
—Lo atrapé esta mañana. Puedes hacer caldo para tu madre.
—Quédate con él. En casa todavía tenemos carne.
—No es una molestia.
—No lo quiero.
Mei Lan salió al patio con una sonrisa incómoda.
—Xiu Lian, Ernieu lo trae de buena fe. Invítalo a pasar.
—Ya está oscureciendo —respondió él—. Me voy. Señora, prepare el caldo.
Cuando Ernieu se marchó, Mei Lan la miró con severidad.
—Es buen muchacho. Trabajador y respetuoso. ¿Por qué lo tratas como si te hubiera hecho algo?
—Porque no quiero casarme con él.
—Nadie ha hablado de matrimonio.
—Lo hablan sus ojos cada vez que aparece.
Mei Lan quiso discutir, pero terminó tosiendo. Xiu Lian se acercó a sostenerla. La enfermedad de su madre llevaba meses empeorando y el dinero apenas alcanzaba para comprar algunas hierbas. Por eso, cuando Daju le preguntó cuánto costaba una consulta en el pueblo, ella se negó a responder.
—No necesito que me salves.
—No pregunté si necesitabas que te salvara.
—Tus ojos dicen otra cosa.
—Mis ojos no hablan.
—Tú sí. Demasiado.
Daju resopló y volvió la cabeza. La curación avanzaba, pero su energía aún no era suficiente para adoptar forma humana durante mucho tiempo. Xiu Lian insistió hasta que una tarde aceptó transformarse.
El tigre se cubrió de una luz blanca. El pelaje desapareció, las garras se convirtieron en manos y, donde antes había una bestia enorme, apareció un hombre alto, de rostro afilado y cabello plateado. Vestía una túnica sencilla, aunque su presencia era tan imponente que Xiu Lian olvidó respirar.
—¿Qué tal? —preguntó él, incómodo—. No estoy mal, ¿verdad?
—Pareces un actor de la compañía del pueblo, pero más guapo.
—Eso es normal.
—Y más vanidoso.
Daju recuperó de inmediato su expresión de mal humor.
—Ya puedes dejar de mirarme.
—No me he cansado.
—La magia no sale gratis.
La luz volvió a envolverlo y el tigre reapareció. Xiu Lian se agachó frente a él, divertida.
—Te pones tímido.
—Me quedé sin energía.
—Claro.
Aquella broma quedó suspendida entre los dos, ligera y cálida. Ninguno imaginaba que, al día siguiente, el nombre de Daju comenzaría a circular por todo el pueblo.
Unos comerciantes habían visto huellas enormes cerca de la montaña occidental. Después alguien aseguró haber visto un tigre blanco tan grande como una vaca. Wang Lao Kai convirtió el rumor en una oportunidad. Convocó a varios hombres, compró redes gruesas y ordenó preparar trampas de hierro.
—Si lo atrapamos vivo, un coleccionista pagará una fortuna —dijo—. Si no, su piel valdrá más que diez cosechas.
Liu, un cazador experimentado que conocía la montaña, se negó a participar.
—No persigo animales que tienen espíritu.
—Te pagaré el triple.
—El dinero no cambia lo que son.
Wang le dio la espalda con desprecio.
—Entonces encontraré a alguien menos supersticioso.
Ernieu oyó la conversación y corrió a advertirle a Xiu Lian. La encontró llenando una cesta en el patio.
—Tu tío subirá mañana con redes y perros.
—¿A la montaña?
—Ya sabe lo del tigre blanco.
—No puede atraparlo.
—No estés tan segura. Tiene hombres y ha llenado los senderos de trampas.
Xiu Lian apretó la cesta.
—¿Cómo sabes que hay un tigre allí?
Ernieu la miró durante demasiado tiempo.
—Solo lo sé.
—Ernieu.
—Te he seguido dos veces.
El silencio se hizo áspero.
—¿Me estabas vigilando?
—Quería saber por qué subías todos los días.
—No tenías derecho.
—Tienes razón. Pero cuando vi a Wang preparando las redes, entendí que estabas en peligro.
—No soy yo la que está en peligro.
—Si te encuentran cerca de esa bestia, te culparán de ayudarla. Mi tío no se detendrá por ti.
Xiu Lian sabía que decía la verdad. Wang Lao Kai era conocido por denunciar a quienes competían con él, quedarse con tierras ajenas y usar las deudas del pueblo para controlar a las familias. Durante años, Mei Lan había pagado intereses por una pequeña suma que Wang decía haberle prestado a su difunto esposo. Xiu Lian siempre había sospechado que la deuda original era mucho menor, pero nunca había visto el documento.
Al caer la tarde, subió a la cueva.
Daju dormía, con Shao Bei acurrucado contra su vientre. Xiu Lian lo despertó de una patada suave en el hombro.
—Mañana vendrán por ti.
—Ya lo sé.
—¿Cómo?
—Los animales de la montaña me avisaron. Hay hombres cortando ramas y dejando olor a hierro.
—No puedes enfrentarte a todos. Tu pata apenas está curada y el cachorro no podrá escapar si te rodean.
—Puedo derrotarlos.
—No si quieren matarte.
—Si se atreven, los mandaré de vuelta en camilla.
—No eres invencible.
—He vivido ochocientos años.
—Y aun así caíste en una trampa por perseguir una liebre.
Daju abrió la boca, pero no encontró respuesta. Xiu Lian sacó de su bolsillo una pulsera trenzada con hilo rojo y blanco.
—Póntela.
—Es fea.
—Es una marca. Si colocan trampas, podré reconocerte desde lejos.
—No pienso llevar una pulsera humana.
Xiu Lian se la colgó en una garra.
—Lo que se regala no se devuelve.
Daju observó el hilo. En el centro había un pequeño nudo azul. Mei Lan lo había usado años atrás para proteger a Xiu Lian durante una epidemia, cuando todavía era una niña.
—¿Por qué azul? —preguntó el tigre.
—Por mi padre. Decía que el azul era el color de las cosas que encontraban el camino de regreso.
Daju bajó la mirada hacia Shao Bei.
—Mi madre también hacía nudos así.
Fue la primera vez que Xiu Lian lo oyó hablar de ella sin dureza.
Al día siguiente, Mei Lan decidió llevarla al mercado del pueblo.
—Venderemos los huevos y compraremos medicina para tu tos.
—Tengo que subir.
—Siempre tienes que subir. ¿Qué hay allí? ¿Oro? ¿Plata? ¿Un novio escondido?
Xiu Lian guardó silencio.
Mei Lan la observó con cuidado.
—¿Es el tigre?
La joven palideció.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llegas con barro en las rodillas, comida desaparecida y una sonrisa que no te veía desde antes de que muriera tu padre.
—Habla.
—¿Y te escucha?
—Sí.
Mei Lan cerró los ojos un instante. Luego tomó la cesta.
—Entonces vendamos rápido.
Pero Wang había previsto la jugada. Su sobrino Shou San se plantó en el camino y, con una sonrisa incómoda, le dijo a Mei Lan que su tío necesitaba que Xiu Lian ayudara en el mercado. No le permitieron regresar hasta haber vendido todos los huevos.
—No puedo irme —protestó ella—. Mi madre está cansada.
—Tu madre puede sentarse. Tú terminarás el trabajo.
Shou San se quedó vigilándola toda la tarde. Xiu Lian vendió los huevos uno por uno, pero cada minuto que pasaba imaginaba a Daju rodeado por redes.
Cuando por fin regresó, el cielo ya estaba oscureciendo. Dejó a su madre en casa y corrió hacia la montaña. Había sangre en el sendero. No era mucha, pero bastó para que el corazón se le cerrara.
Llegó a la cueva y encontró a Daju sentado junto a la entrada. Tenía una red rasgada a sus pies y tres hombres inconscientes más abajo. Shao Bei temblaba detrás de él.
—¿Qué te pasó? —preguntó Xiu Lian.
—Nada.
—Tienes sangre.
—No es mía.
—¿Y la pulsera?
Daju miró su pata. El hilo rojo estaba cortado.
—Se enganchó en una red.
Xiu Lian sintió una punzada de alivio y rabia.
—Podrías haber muerto.
—No morí.
—Eso no significa que no pudieras.
Daju inclinó la cabeza. Su voz se volvió más baja.
—Viniste.
—Claro que vine.
—Pensé que quizá no volverías.
La confesión la desarmó más que cualquier amenaza. Xiu Lian se acercó y tomó la pata del tigre. Él no se apartó.
—No voy a abandonarte, pero tampoco voy a permitir que te quedes aquí esperando a que vuelvan con más hombres.
—¿Qué propones?
—Tenemos que descubrir por qué Wang está tan desesperado por atraparte.
—Quiere vender mi piel.
—Eso explica el dinero. No explica por qué mandó vigilarme, ni por qué intentó detenerme en el mercado.
Daju recordó entonces algo que había visto meses atrás: Wang y dos desconocidos habían enterrado cajas junto a un viejo santuario en la ladera norte. En aquel momento no le había importado, pero ahora la memoria adquirió otro peso.
—Mañana iremos allí —decidió Xiu Lian.
—Tú no irás.
—No te lo estoy preguntando.
—Es peligroso.
—Lo sé. Por eso no iré sola.
Al día siguiente, Xiu Lian convenció a Ernieu de ayudarlos. El muchacho se mostró avergonzado por haberla seguido, pero aceptó acompañarla.
—No tienes que casarte conmigo para que te ayude —dijo.
—Nunca pensé que tuviera que hacerlo.
—Mi cara dice otra cosa, ¿verdad?
—Tu cara dice muchas cosas.
Ernieu sonrió, triste pero aliviado de que ella hablara con franqueza. Liu, el cazador que se había negado a seguir a Wang, también se unió a ellos. Conocía los caminos y sabía cómo moverse sin dejar huellas.
En la ladera norte encontraron el santuario abandonado. Las piedras estaban cubiertas de musgo, pero el suelo reciente revelaba que alguien había cavado. Ernieu apartó la tierra con una pala y desenterró una caja de madera. Dentro había recibos, mapas y un cuaderno con fechas.
Liu revisó los papeles.
—Esto no es para atrapar al tigre.
En los mapas aparecían marcadas varias fuentes de agua y vetas de mineral. Wang había vendido información sobre la montaña a una compañía minera. El contrato exigía despejar la zona de animales y obtener el control de los terrenos antes de que llegaran los inspectores.
—Si declara que el tigre es una amenaza —dijo Ernieu—, podrán cerrar el acceso y comprar las parcelas por casi nada.
Xiu Lian pasó las páginas del cuaderno. Entre las cuentas encontró el nombre de su padre.
La deuda de Mei Lan no había sido un préstamo común. Wang había hecho firmar a su padre un documento que cedía el derecho de cultivo de su parcela a cambio de una cantidad pequeña, prometiendo que solo sería una garantía temporal. Después de su muerte, Wang transformó la garantía en una deuda interminable y comenzó a cobrar intereses.
—Mi padre no sabía leer —murmuró Xiu Lian.
—Aquí aparece la firma de un testigo —dijo Liu—. Pero la fecha es posterior a su muerte.
Xiu Lian sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Durante años había pensado que su padre había sido ingenuo. Ahora comprendía que Wang había aprovechado su ignorancia y el dolor de su familia.
Un ruido entre los árboles los obligó a esconderse. Wang Lao Kai apareció acompañado de Shou San y dos hombres. No sabían que el cuaderno había sido descubierto.
—Busca bien —ordenó Wang—. La muchacha tuvo que venir aquí. Si encuentra esos papeles, estamos perdidos.
—¿Y si ya los encontró? —preguntó Shou San.
—Entonces la obligaremos a entregarlos.
—Es Xiu Lian, tío.
—Precisamente. Su madre está enferma y tiene una deuda conmigo. Bastará con amenazar la casa.
Ernieu apretó los puños, pero Liu le hizo una señal para que no se moviera. Xiu Lian guardó el cuaderno bajo su ropa. No podían enfrentarse a cuatro hombres allí.
Regresaron a la cueva por un camino distinto. Daju olfateó el miedo antes de ver sus rostros.
—¿Qué ocurrió?
—Wang no solo quiere tu piel —respondió Xiu Lian—. Quiere la montaña y nuestra tierra.
Le mostró el cuaderno. Daju observó los mapas sin comprender todos los símbolos, pero sí entendió la parte esencial: si los hombres destruían el bosque, la cueva y los manantiales desaparecerían.
—No permitiré que entren.
—No basta con asustarlos. Volverán con más armas.
—Entonces los detendré.
—Y luego otros ocuparán su lugar. Necesitamos que el pueblo conozca la verdad.
El problema era que nadie se atrevía a enfrentarse a Wang. Él controlaba las deudas, compraba cosechas por adelantado y tenía amigos en la oficina del distrito. Sin pruebas claras, una acusación podía terminar con Mei Lan expulsada de su casa.
Xiu Lian decidió usar el rumor que Wang había creado. Si todos querían ver al espíritu de la montaña, ella les daría una razón para subir, pero no como espectadores del tigre, sino como testigos de la destrucción que estaban a punto de permitir.
Liu habló con algunos campesinos. Ernieu llevó copias de los recibos a la plaza. Mei Lan, pese a la tos, salió de casa con el viejo documento de la deuda y declaró que nunca había cedido su tierra de manera permanente.
Wang llegó furioso.
—¿Quién les dio permiso para acusarme?
—El mismo permiso que tú tuviste para engañarnos —respondió Mei Lan.
—Tu esposo firmó.
—Mi esposo murió antes de que apareciera la firma del testigo.
La gente comenzó a murmurar. Wang intentó arrebatarle el documento, pero Ernieu se interpuso.
—No toque a la señora.
—¿Ahora te crees un héroe?
—No. Solo estoy cansado de verte asustar a todos.
Wang ordenó a sus hombres que se llevaran a Xiu Lian. Ella retrocedió, pero antes de que pudieran acercarse, un rugido descendió desde la montaña.
No fue un sonido normal. Hizo vibrar las ventanas, sacudió el polvo de los tejados y dejó a los caballos temblando. En la ladera apareció Daju, enorme y blanco bajo el sol. A su lado estaba Shao Bei, pequeño pero firme.
El pueblo entero guardó silencio.
Wang retrocedió.
—Es una bestia —dijo, aunque la voz le temblaba—. Mátenla.
Ninguno de sus hombres obedeció.
Daju clavó la mirada en él.
—Wang Lao Kai, diste tres pasos hacia la montaña. Da ahora tres más.
El viejo cazador palideció. Reconoció la voz. Daju había hablado en la trampa, pero nadie le había creído a Xiu Lian cuando dijo que el tigre podía hablar.
—No es posible —susurró Wang.
—Tampoco era posible que una trampa se cerrara sola, pero ocurrió.
Wang sacó un cuchillo. Xiu Lian se colocó delante de Daju.
—No lo hagas.
—Apártate.
—Ya no estoy sola.
La multitud se cerró detrás de ella. No eran guerreros, pero eran vecinos que habían perdido cosechas, casas y años de trabajo por culpa de las deudas de Wang. La presencia del tigre les dio valor; las pruebas les dieron una razón para no retroceder.
Liu levantó el cuaderno.
—Aquí están los mapas, los pagos y el contrato de la compañía minera. Si Wang insiste en reclamar la montaña, tendrá que explicar por qué sus fechas no coinciden y por qué falsificó la firma de un hombre muerto.
Shou San miró a su tío.
—Dijiste que solo querías la recompensa.
Wang lo fulminó con la mirada.
—Cállate.
—Dijiste que nadie saldría herido.
—¡Cállate!
El muchacho dio un paso atrás. De pronto comprendió que su tío había utilizado también su lealtad. Él había vigilado a Xiu Lian creyendo que solo ayudaba a capturar un animal valioso. Ahora veía que Wang estaba dispuesto a destruir la montaña y arruinar a todo el pueblo.
—Yo escuché hablar de la compañía —dijo Shou San—. Tengo las cartas que llegaron a la casa.
Wang se lanzó hacia él, pero Ernieu lo sujetó. El forcejeo terminó con el viejo en el suelo. Daju dio un paso adelante y todos los hombres retrocedieron.
—No necesito matarte —dijo el tigre—. Basta con que vivas para ver cómo pierdes lo que construiste con mentiras.
La investigación tardó varias semanas. La compañía minera negó al principio haber negociado con Wang, pero las cartas, los mapas y los testimonios de Shou San demostraron que el acuerdo existía. El distrito suspendió la venta de las parcelas y envió funcionarios para revisar las firmas y las deudas. Wang no fue enviado a prisión de inmediato, pero perdió sus permisos de caza, sus contratos y el control sobre las tierras que había intentado apropiarse. La falsificación de documentos y las amenazas terminaron llevándolo ante un tribunal.
Shou San abandonó la casa de su tío y comenzó a trabajar con Liu. No recibió un perdón automático de Xiu Lian, pero sí una oportunidad de reparar el daño: entregó los recibos que faltaban y testificó contra Wang.
Ernieu tampoco volvió a insistir en casarse. Un día llevó madera para reparar el techo de Mei Lan y la dejó junto a la puerta.
—¿Esto también es una propuesta? —preguntó Xiu Lian.
—No. Es madera. La propuesta sería mucho más cara y seguramente me la rechazarías.
—Seguramente.
—Entonces estamos de acuerdo.
La tos de Mei Lan mejoró después de que el pueblo organizó una colecta para llevarla al médico del distrito. No se curó de un día para otro, pero volvió a dormir sin despertarse asfixiada. Xiu Lian consiguió trabajo ayudando a registrar las parcelas y las cosechas. Por primera vez, no tuvo que esconder monedas para comprar medicinas.
La montaña también cambió. La compañía retiró sus máquinas y los campesinos establecieron una zona protegida alrededor de los manantiales. Nadie volvió a colocar trampas allí. Liu enseñó a los jóvenes a seguir huellas sin perseguir animales, y Ernieu reparó los carteles que marcaban los senderos seguros.
Daju permaneció en la cueva. Después de lo ocurrido, algunos querían llevarle ofrendas, pero él espantaba a cualquiera que se acercara demasiado. Solo permitía que Xiu Lian y Mei Lan subieran. A la madre de la muchacha la toleraba porque una vez le llevó caldo de rábano encurtido y tuvo la prudencia de no llamarlo mascota.
Shao Bei creció rápido. Ya no cabía sobre los pies de Xiu Lian, pero seguía intentando dormir junto a ella. Daju fingía que eso le parecía una debilidad.
—Lo estás malcriando —decía.
—Tú lo dejaste dormir en tu cola.
—Fue para que no se escapara.
—Durante toda la noche.
—La vigilancia exige sacrificios.
Pasaron los meses. La herida de Daju cerró, aunque una cicatriz le quedó sobre la pata. La pulsera trenzada no pudo recuperarse; Xiu Lian la había guardado en una caja junto con la firma falsa de su padre y el primer recibo que demostraba la deuda. Daju lamentó más la pérdida del hilo que la cicatriz.
—Puedo hacerte otra —le dijo ella.
—No será la misma.
—No. Será mejor.
Esta vez utilizó hilo azul, rojo y blanco. En el centro hizo un nudo pequeño, igual al que su padre había usado para enseñarle a atar la leña.
Daju lo contempló en silencio.
—¿Qué significa el blanco?
—Lo que se ve desde lejos.
—¿Y el rojo?
—Lo que se protege.
—¿Y el azul?
Xiu Lian sonrió.
—Lo que siempre encuentra el camino de regreso.
Daju aceptó la pulsera sin protestar. Después se transformó en humano, aunque la luz fue más débil que la primera vez. Su cabello plateado cayó sobre los hombros y sus ojos conservaron el brillo dorado del tigre.
—No te acostumbres —advirtió—. Esta forma consume demasiada energía.
—No te preocupes. Me gusta más cuando gruñes.
—Mentira.
—Un poco.
Se sentaron frente a la cueva mientras el sol descendía sobre los pinos. Xiu Lian llevaba una canasta con comida para dos tigres y una pequeña olla de caldo para Mei Lan. El viento movió las ramas del pino torcido, el mismo que había servido de señal cuando todo empezó.
—Daju —dijo ella—, ¿de verdad tienes ochocientos años?
—Ochocientos doce.
—¿Y todavía persigues liebres sin mirar el camino?
—Solo las que se lo merecen.
—¿Y sigues pensando que no eres un animal?
Daju miró a Shao Bei, que intentaba atrapar su propia cola, y luego a Xiu Lian, que se reía con la boca llena de torta.
—Quizá los humanos no sean tan insoportables como creía.
—Eso ha sonado casi como un cumplido.
—No exageres.
A lo lejos, los habitantes del pueblo empezaron a regresar por el sendero. Ya no subían para cazar al tigre ni para calcular cuánto valía su piel. Subían para llevar agua a los manantiales, reparar los caminos y dejar comida para los animales durante el invierno.
Wang Lao Kai había querido convertir la montaña en mercancía. No entendió que aquello que intentaba poseer era precisamente lo que nadie podía poseer: la memoria de los muertos, la tierra de los vivos y el animal que vigilaba los límites entre ambas.
Xiu Lian cerró la canasta y se puso de pie.
—Mañana volveré.
—No llegues tarde.
—¿Me estás esperando?
Daju volvió a su forma de tigre y apartó la mirada.
—La comida se enfría.
Ella bajó la montaña sonriendo. En la pata blanca de Daju, el nuevo hilo azul, rojo y blanco brilló bajo la última luz del día. Y mientras el tigre permanecía junto al pino torcido, Xiu Lian supo que algunas cosas sí encontraban el camino de regreso, aunque antes tuvieran que atravesar una trampa.