—Si vuelves a tocarme, Wang Hao, tu tío tampoco podrá salvarte.
Shi Xiyi no levantó la voz. No le hacía falta. Frente a ella, dos hombres de seguridad habían detenido sus manos, mientras Sun Lan sonreía con la satisfacción de quien por fin cree tener acorralada a su enemiga. Alrededor, los empleados del Grupo Yanxi observaban en silencio, algunos con los teléfonos escondidos bajo la mesa.

Lo que ninguno de ellos sabía era que, en aquel instante, el hombre que acababa de entrar por la puerta no era un simple anciano contratado para defender a una joven caprichosa. Y que la mujer a la que habían llamado amante llevaba toda la vida siendo la única heredera de una fortuna que podía comprar diez empresas como aquella.
Pero Xiyi aún no sabía si quería utilizar ese poder para destruirlos o para descubrir por qué, dentro de su propia compañía, todos habían aprendido a obedecer a las personas equivocadas.
El hombre de cabello blanco avanzó sin prisa. Vestía un traje oscuro, sencillo, sin joyas ni logotipos. Solo quienes conocían el mundo empresarial habrían reconocido al señor Shi, fundador del Grupo Jiangxi, uno de los hombres más ricos del país.
—Quien intente lastimar a la señorita no saldrá caminando de aquí —dijo.
Los guardias soltaron a Xiyi de inmediato.
Sun Lan perdió la sonrisa.
Wang Hao se quedó inmóvil, como si acabara de ver un fantasma.
El señor Shi miró a su hija, no a los demás.
—¿Estás herida?
—No.
—Entonces dime quién fue.
Xiyi volvió los ojos hacia Sun Lan. La gerente seguía pálida, pero todavía intentaba sostener la barbilla en alto.
—Ella me insultó, me difamó delante de los empleados y ordenó que me sacaran de mi propia empresa. Después, tu sobrino quiso detenerme por la fuerza.
El anciano respiró hondo. Cuando se volvió hacia Wang Hao, el aire de la cafetería cambió.
—¿Es cierto?
—Tío, esto no es lo que parece. Ella ha estado abusando de su posición. Llega tarde, se va temprano y no hace nada. Sun Lan solo intentaba mantener el orden.
—¿Y por eso la llamaron amante?
Wang Hao abrió la boca, pero no encontró una respuesta.
Sun Lan intervino:
—Señor Shi, no sabía quién era ella. Nadie me informó que la directora Shi tenía una relación especial con usted.
Xiyi soltó una risa breve, sin humor.
—¿Una relación especial?
—Todos saben que usted es viudo —continuó Sun Lan, más nerviosa—. También saben que la señorita pasa más tiempo en su despacho que trabajando. ¿Qué se supone que debíamos pensar?
El señor Shi golpeó la mesa con la palma.
—Debían pensar antes de difamarla.
Durante años, la familia Shi había protegido a Xiyi de todo. Era la primera niña nacida en dieciocho generaciones de hijos varones. Su llegada había sido celebrada como si el destino hubiera devuelto una deuda antigua.
A los tres años, su hermano mayor le transfirió una suma tan absurda como regalo de cumpleaños que el banco llamó a su padre para confirmar que no se trataba de un error. A los cinco, su duodécimo hermano le regaló una colección de cien autos de lujo, aunque ella apenas distinguía un auto de juguete de una camioneta. A los ocho, otro hermano compró cientos de villas a su nombre porque Xiyi había dicho que quería tener una casa diferente para cada estado de ánimo.
A los once recibió una exposición completa de joyas. A los quince, su quinto hermano organizó una semana de la moda privada para llenar su armario.
Todos aquellos regalos parecían caprichos, pero para Xiyi representaban algo más sencillo: cada hermano quería demostrarle que estaba feliz de que ella existiera.
Su padre, sin embargo, sabía que el exceso también podía convertirse en una jaula.
Cuando Xiyi terminó la universidad, él invirtió doscientos millones de dólares en una empresa creada para que aprendiera a dirigir un negocio sin quedar expuesta a las luchas internas del grupo familiar. La compañía se llamó Yanxi, una subsidiaria pequeña comparada con el imperio Shi, pero suficientemente grande para que cualquier director soñara con ocupar su oficina.
El problema fue que Xiyi nunca había aprendido a distinguir entre estar protegida y ser incapaz.
Sus empleados hacían la mayoría de las tareas. Ella llegaba tarde, bebía té de tapioca, revisaba diseños de ropa, jugaba en su tableta y firmaba documentos que su equipo le dejaba sobre el escritorio. Nadie se atrevía a exigirle resultados. Si alguien se quejaba, el tío Wu, administrador de confianza de su padre, resolvía el problema antes de que llegara a sus oídos.
Xiyi creía que aquello era normal.
Hasta que llegó Sun Lan.
La nueva gerente de ventas había trabajado seis años en una compañía extranjera y tenía fama de ser eficiente, agresiva y poco diplomática. En su primer día descubrió que Xiyi aparecía registrada con el bono de asistencia perfecto a pesar de que llevaba varias semanas llegando después del mediodía.
En lugar de preguntar, Sun Lan decidió hacerla quedar mal.
—Llegas tarde y te vas temprano todos los días —le dijo delante de todo el departamento—. ¿Por qué cobras el bono de asistencia?
Xiyi levantó la vista de su vaso de té.
—Eres directora de ventas, no de finanzas. No te metas en asuntos que no te corresponden.
—Me corresponde todo lo que afecte a la empresa.
—Entonces habla con Recursos Humanos.
—Ya hablé. Tú falsificaste tu asistencia. Estás despedida.
Varios empleados dejaron de teclear. Xiyi miró a Sun Lan como si acabara de escuchar una broma.
—¿Tú vas a despedirme?
—Lo anuncio ahora mismo.
—Un despido verbal no tiene validez.
—Demándame si puedes. Te arruinaré con años de juicios. No eres nadie para competir conmigo.
Sun Lan había pronunciado aquella última frase con una seguridad que Xiyi no olvidaría. No era la seguridad de una empleada defendiendo una regla. Era la seguridad de alguien que sabía que tenía un respaldo dentro de la empresa.
Xiyi llamó al tío Wu.
—¿Quién autorizó a Sun Lan para despedirme?
—Nadie, señorita. El sistema muestra que Recursos Humanos no tiene autoridad para destituir a un director.
—Entonces haz algo.
—Ya estoy revisando el asunto.
El tío Wu no alcanzó a decir más. Sun Lan le arrebató el teléfono de la mano a Xiyi y lo dejó sobre el escritorio.
—¿Llamarás a tu viejo para que te defienda?
Ese fue el momento en que la historia comenzó a correr por la oficina.
Alguien dijo que Xiyi era la amante de un anciano rico. Otro aseguró que la había visto salir del despacho del fundador. En pocas horas, una mentira sin pruebas se convirtió en la explicación favorita de todos para entender su ropa cara, sus ausencias y la obediencia de los empleados.
Xiyi no estaba acostumbrada a que alguien pudiera insultarla sin disculparse después. Sintió el impulso de llamar a su padre, pero se detuvo. Si lo hacía, él enviaría a tres abogados, dos directores y probablemente a uno de sus hermanos para resolverlo todo en menos de una hora.
Por primera vez, decidió no esconderse detrás de su familia.
—Tío Wu, suspende a Sun Lan y abre una investigación sobre su contratación.
—Señorita, Wang Hao debe aprobar el procedimiento. Él es el gerente general.
—Entonces pídele que lo apruebe.
—Ya lo hice.
—¿Y qué dijo?
El silencio del administrador fue suficiente.
Wang Hao era el sobrino del tío Wu. Había entrado a Yanxi sin experiencia suficiente, pero con una recomendación que nadie se atrevía a cuestionar. Durante los primeros meses se mostró amable con Xiyi, la llamaba prima aunque no existiera un parentesco cercano y le decía que la empresa era suya para jugar.

Después de la llegada de Sun Lan, comenzó a hablar como si él fuera el verdadero dueño.
—No puedes despedir a una gerente por una discusión —le dijo en una llamada—. Sun Lan está mejorando los resultados.
—Me insultó y falsificó una orden de despido.
—Tú también le diste motivos.
—¿Qué motivos?
—Tu actitud. Todos creen que estás aquí porque tu padre te compró el puesto.
Xiyi se quedó mirando su reflejo en el cristal de la ventana.
Por primera vez, la acusación le dolió más que el insulto.
Porque una parte de ella temía que fuera cierta.
Esa noche, en la casa familiar, su madre ordenó que le prepararan pescado fresco. El mayordomo colocó el plato frente a ella, pero Xiyi apenas lo tocó.
—No está tierno —dijo.
El mayordomo se llevó el plato de inmediato.
Su padre observó la escena en silencio. No la reprendió, pero tampoco apartó la mirada.
—Me dijeron que despediste a alguien —comentó.
—Intenté hacerlo.
—¿Intentaste?
—La nueva gerente me despidió a mí primero.
El señor Shi tomó su taza de té.
—¿Y qué hiciste?
—Le pedí al tío Wu que la suspendiera. Wang Hao no quiso.
—¿Por qué no me llamaste?
Xiyi bajó los ojos.
—Porque quería resolverlo sola.
Su padre dejó la taza en el plato.
—Hija, resolver algo sola no significa fingir que no necesitas aprender. Significa hacerte responsable de lo que decidas.
La frase no sonó como un regaño. Precisamente por eso la incomodó más.
Antes de que pudiera responder, su padre recibió un informe trimestral. Lo leyó con el ceño fruncido.
—Tus ventas aumentaron, pero el margen de ganancia cayó. Hay transferencias a tres consultoras que no aparecen en el presupuesto original.
—Wang Hao dijo que eran gastos de expansión.
—¿Los revisaste?
—No.
El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier grito.
Su padre tomó su teléfono y le transfirió otros doscientos millones de dólares.
—No quiero que aceptes dinero cada vez que algo se complica. Pero tampoco voy a dejar que la empresa se hunda mientras aprendes.
—¿Y si no sé hacerlo?
—Entonces empieza por admitirlo.
Xiyi pasó una larga noche revisando documentos. Descubrió que las consultoras habían sido creadas apenas dos meses antes de que Sun Lan llegara. Las tres compartían la misma dirección fiscal. Una de ellas había recibido pagos por servicios de marketing que nunca se realizaron.
También encontró algo extraño: los registros de asistencia que Sun Lan había utilizado para acusarla estaban firmados digitalmente por una cuenta de Recursos Humanos que ya no existía.
La cuenta había sido desactivada una semana antes.
Alguien había reactivado sus permisos solo para modificar los registros de Xiyi.
Al día siguiente, Xiyi no llegó tarde.
A las siete de la mañana estaba en la oficina, sin ropa de diseñador, sin escolta y sin su vaso habitual de té. Pidió a Sistemas una copia de los registros de acceso y citó a cada jefe de departamento por separado.
La mayoría evitó mirarla.
El primero en hablar fue un empleado llamado Luis, analista de ventas. Tenía veinticuatro años y llevaba tres meses trabajando allí.
—No quiero problemas, directora.
—Ya estás metido en uno. La pregunta es si vas a seguir dejando que otros decidan cómo termina.
Luis tragó saliva.
—Sun Lan nos pidió que aprobáramos órdenes de compra antes de que llegaran las facturas. Dijo que Wang Hao lo había autorizado.
—¿Tienes pruebas?
—Tengo correos.
—¿Por qué no los mostraste antes?
—Porque despidieron a dos personas que preguntaron demasiado.
Xiyi no le prometió protección absoluta. No quería volver a hacer promesas que no podía cumplir.
—Haz una copia y envíala a un correo externo. Después, entrégamela. Si decides hablar, tendrás que sostenerlo con documentos.
Luis la miró con sorpresa.
—¿No va a llamar a su padre?
—No por ahora.
—¿Por qué?
Xiyi pensó en las cien villas, en las joyas, en los autos que apenas recordaba haber recibido. Todo en su vida había sido puesto a su alcance antes de que pudiera pedirlo. Pero nadie le había regalado la capacidad de defenderse.
—Porque esta vez quiero saber qué estoy protegiendo.
A media mañana, el sistema de Yanxi activó una alerta de nivel máximo. Las pantallas se apagaron y luego mostraron una advertencia roja: intento de extracción masiva de datos financieros.
Los empleados entraron en pánico.
Wang Hao llamó al tío Wu.
—Señor, casi estoy llegando. ¿Qué desastre ocurrió?
—Resuélvelo en diez minutos —respondió Xiyi, tomando el teléfono—. Si no puedes, deja tu cargo.
—¿Me está amenazando?
—Te estoy dando una oportunidad.
El ataque no era un simple virus. Alguien había utilizado las credenciales de Wang Hao para copiar contratos, proyecciones de venta y archivos de clientes. Xiyi pidió que desconectaran los servidores externos, preservaran los registros y llamaran a un especialista independiente.
Wang Hao llegó furioso.
—¿Quién te autorizó a detener el sistema?
—El contrato de constitución me nombra directora ejecutiva.
—No sabes nada de seguridad.
—Pero sé leer. El programa que intentó extraer los datos estaba instalado en tu computadora.
Todos miraron a Wang Hao.
—Eso es absurdo.
—La instalación ocurrió anoche a las dos de la mañana. Alguien entró con tu tarjeta.
—Yo no estaba aquí.
—Lo sé.
Xiyi colocó sobre la mesa una copia de las cámaras de seguridad. En ellas aparecía Sun Lan entrando al piso ejecutivo con la tarjeta de Wang Hao.
Sun Lan se puso de pie.
—Él me autorizó.
Wang Hao la miró con furia.
—¡No te autoricé a tocar mi computadora!
El especialista confirmó que el programa no había sido diseñado para destruir datos, sino para copiar información de clientes y precios. La filtración habría permitido a una empresa rival adelantarse a todas las licitaciones de Yanxi.
El daño fue contenido, pero la evidencia quedó bajo custodia legal. Xiyi decidió no acusar públicamente a nadie hasta completar la investigación.
Fue una decisión difícil. Los empleados esperaban que gritara, despidiera y humillara a los responsables. Ella entendió entonces que el poder no consistía en hacer lo primero que uno deseaba.
Esa tarde invitó a todo el personal a comer en un restaurante reservado. No fue una celebración; quería agradecer a quienes habían ayudado a preservar los datos.
La comida era costosa y abundante. Algunos empleados, todavía inseguros, comenzaron a relajarse.
—Xiyi, eres increíblemente rica —dijo una diseñadora—. Gastas millones sin pestañear y ahora pagas esto para todos.
—No gasté millones. Solo pedí demasiados platos.
—¿A qué se dedica tu familia?
—A complicarme la vida.
Por primera vez en días, varios rieron.
Una empleada le contó que había guardado durante tres años el dinero para comprar un reloj, y que Xiyi se lo había comprado después de enterarse de que había trabajado horas extras para salvar un proyecto. Xiyi no recordaba haberlo hecho. Para ella había sido un gesto pequeño.
Para la empleada, había significado que alguien había visto su esfuerzo.
La conversación se interrumpió cuando Sun Lan entró al restaurante.
—¿Quién te dio permiso para invitar a los empleados? —preguntó.
—La directora ejecutiva —respondió Xiyi.
—Una directora que debería estar enfrentando una auditoría por falsificar su asistencia.
Sun Lan lanzó sobre la mesa varias impresiones. Eran capturas de los registros alterados.
—Ya lo sabe toda la empresa. No puedes comprar la lealtad con una comida.
—Tú sí intentaste comprarla con miedo —dijo Xiyi.
Sun Lan miró a los trabajadores.
—¿No les da vergüenza comer lo que paga una amante?
El restaurante quedó en silencio.
Un empleado apartó los cubiertos. Otro bajó la mirada. Luis, temblando, sacó su teléfono y comenzó a grabar.
Xiyi se levantó.
—Te he pedido que esperes el resultado de la investigación.
—¿Y si no quiero?
—Entonces el problema ya no será solo tu comportamiento, sino tu decisión de difamarme después de conocer la evidencia.
Sun Lan dio un paso hacia ella.
—¿Qué evidencia? Tu padre compró esta empresa para que jugaras a ser directora. Sin él, no eres nadie.
Xiyi sintió que la vergüenza le subía por el cuello. Durante años había oído cosas parecidas en silencio, aunque nadie se atrevía a decirlas en su cara.
Pero antes de que pudiera responder, Wang Hao llegó acompañado de cuatro guardias.
—Señorita Shi, está suspendida mientras revisamos las cuentas —anunció—. Entrégueme su tarjeta de acceso.
—¿Tú me suspendes?
—El consejo me respalda.
—Muéstrame el acta.
Wang Hao no tenía ningún documento.
—No necesito mostrarte nada.
—Entonces acabas de cometer el mismo error que Sun Lan.
Él hizo una señal a los guardias.
—Sáquenla.
Xiyi sintió que alguien la sujetaba del brazo. En ese instante apareció el tío Wu, pero detrás de él venía su padre.
El señor Shi no miró a Xiyi. Miró a Wang Hao.
—Retira la orden.
Wang Hao palideció.
—Tío, ella está destruyendo la compañía.
—¿Con qué autoridad utilizaste mi nombre para convocar al consejo?
—Yo solo intentaba protegerla.
—No vuelvas a mentirme.
El señor Shi colocó una carpeta sobre la mesa. Dentro estaban los contratos de las tres consultoras, los pagos cruzados, los registros de acceso y una copia de los mensajes entre Wang Hao y Sun Lan.
Los mensajes no demostraban todavía toda la conspiración, pero sí mostraban que ambos habían planeado provocar la salida de Xiyi antes de presentar un comprador externo para la compañía.
Sun Lan había prometido conseguir una comisión equivalente al diez por ciento del precio de venta.
Wang Hao intentó quitarle la carpeta, pero el tío Wu se interpuso.
—No vuelvas a tocar un documento de Yanxi —dijo.
Wang Hao lo miró con incredulidad.
—¿Vas a ponerte de su lado? Soy tu sobrino.
—Por eso te di oportunidades. También por eso sé que llevas un año desviando dinero.
Aquella fue la verdadera herida.
Xiyi miró al tío Wu.
—¿Lo sabías?
—Sospechaba. No tenía pruebas suficientes.
—¿Y aun así lo dejaste ocupar el cargo?
—Pensé que podría corregirse.
—No era tu decisión arriesgar mi empresa para salvar su orgullo.
El tío Wu bajó la cabeza.
Por primera vez, Xiyi comprendió que su familia no solo la había protegido. También había tomado decisiones a su nombre, ocultándole problemas para mantenerla tranquila. Aquella protección había permitido que otros crecieran alrededor de ella como raíces bajo una casa.

El consejo de administración se reunió esa misma noche. Xiyi pudo haber pedido a su padre que despidiera a todos y reemplazara al consejo completo. En cambio, presentó los documentos, escuchó las objeciones y respondió cada pregunta.
Algunos directores se burlaron de su falta de experiencia.
—¿Y de pronto eres una experta porque encontraste unos correos? —preguntó uno.
—No —respondió Xiyi—. Soy la responsable porque mi nombre aparece en cada contrato. Por eso también asumiré que no revisé lo que firmaba.
El salón quedó en silencio.
—Pero no confundiré mi responsabilidad con la culpa de quienes robaron. Ordenaré una auditoría externa, congelaré los pagos pendientes y limitaré las facultades del gerente general hasta que termine la investigación.
El padre de Xiyi no intervino.
Ese fue su mayor regalo.
Durante las siguientes semanas, la compañía atravesó una crisis real. Dos clientes exigieron explicaciones. Un proveedor suspendió las entregas. El banco solicitó garantías adicionales. La prensa publicó rumores sobre una heredera incapaz y una pelea familiar.
Xiyi no se escondió en su casa.
Aprendió a leer los informes de ventas, acompañó al equipo legal a las reuniones, llamó personalmente a los clientes afectados y descubrió que varias personas a las que apenas había saludado habían mantenido a Yanxi funcionando durante meses.
A Luis lo nombró responsable de control interno, con un equipo independiente. No porque fuera el más experimentado, sino porque había tenido el valor de conservar las pruebas cuando todos los demás callaron.
También revisó su propio registro de asistencia.
La cuenta que había alterado sus entradas había sido creada por una empleada de Recursos Humanos bajo presión de Wang Hao. La mujer admitió haberlo hecho porque él amenazó con despedir a su esposo, que también trabajaba en Yanxi.
Xiyi pudo haberla acusado de inmediato. En lugar de eso, la apartó del sistema mientras se determinaba su responsabilidad y le ofreció declarar con asesoría legal. La empresa no podía convertirse en un lugar donde la gente obedeciera por miedo, aunque el miedo hubiera empezado con otra persona.
Sun Lan fue despedida siguiendo el procedimiento formal. La investigación financiera llevó meses. Parte del dinero desviado pudo recuperarse, pero no todo. La fiscalía recibió los documentos relacionados con la filtración de datos y los contratos falsos. La decisión sobre las sanciones no dependió de un discurso familiar, sino de las pruebas.
Wang Hao renunció antes de ser destituido, pero la renuncia no borró sus responsabilidades. La familia de Xiyi dejó de cubrir sus deudas. Su tío Wu también renunció a la administración de Yanxi y aceptó declarar sobre lo que había omitido.
Fue una ruptura dolorosa. Xiyi no dejó de quererlo, pero comprendió que querer a alguien no obligaba a entregarle otra oportunidad para ponerla en peligro.
Meses después, Sun Lan pidió hablar con ella.
Se encontraron en una sala pequeña, no en el despacho principal. Sun Lan ya no llevaba la seguridad de los primeros días. Había perdido su puesto y varias empresas se negaban a contratarla mientras continuaba la revisión profesional de sus denuncias y declaraciones.
—No vine a pedir que me devuelvas el trabajo —dijo—. Sé que no lo harías.
—No.
—Solo quería decirte que me equivoqué.
Xiyi esperó.
Sun Lan apretó las manos.
—Me convencí de que la gente como tú no merecía estar al frente de una empresa. Pensé que si te humillaba, estaría corrigiendo una injusticia. Pero en realidad quería demostrar que yo podía tomar el lugar que creía que te habían regalado.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que confundí tu privilegio con permiso para hacerte daño.
Xiyi no la perdonó de inmediato. Tampoco la insultó.
—Tu arrepentimiento puede ayudarte a cambiar, pero no puede borrar lo que hiciste. Si tienes información pendiente, entrégala completa. Eso es lo único que puedes hacer por los empleados que arriesgaste.
Sun Lan asintió y dejó sobre la mesa una memoria USB.
Contenía conversaciones que confirmaban que Wang Hao había planeado vender parte de la cartera de clientes a una compañía rival. Era la última pieza necesaria para demostrar que el ataque informático no había sido improvisado.
La investigación concluyó casi un año después del primer enfrentamiento. Wang Hao fue condenado a pagar una indemnización y recibió una sanción por el manejo fraudulento de fondos. La filtración de datos no provocó una quiebra, pero sí obligó a Yanxi a compensar a varios clientes y reconstruir sus sistemas.
Sun Lan no volvió a trabajar en una empresa grande durante mucho tiempo. Comenzó a dar clases de ventas en un instituto pequeño y, cuando le preguntaban por qué había abandonado un puesto importante, nunca mencionaba a Xiyi. Decía que había confundido la autoridad con la crueldad.
Xiyi siguió siendo rica. Nunca dejó de recibir regalos de sus hermanos. Pero comenzó a devolver algunos que no necesitaba y convirtió parte de las villas vacías en residencias para empleados desplazados por la crisis de la compañía.
Sus hermanos se burlaron de ella al principio.
—¿Ahora vas a administrar casas en lugar de comprar otras cien?
—Ahora sé que cien casas vacías no sirven de nada si nadie puede vivir tranquilo en ellas.
Su padre continuó depositando dinero en sus cuentas, pero Xiyi le pidió que no volviera a transferir fondos sin una reunión previa con el consejo. Él aceptó con una sonrisa orgullosa.
Un año después, Yanxi obtuvo su primer contrato grande desde la crisis. No fue el mayor negocio de la historia de la empresa, pero sí el primero que Xiyi había conseguido después de presentar personalmente el proyecto, responder las preguntas del cliente y defender los números sin que nadie hablara por ella.
Esa noche, el equipo celebró en la misma cafetería donde todo había empezado. Xiyi pidió té de tapioca para todos, aunque esta vez pagó con la tarjeta corporativa y registró el gasto correctamente.
Luis levantó su vaso.
—Por la directora que llega antes que nosotros.
—No exageres —dijo Xiyi—. Llegué solo veinte minutos antes.
Las risas llenaron el lugar.
En una mesa cercana, el tío Wu observaba en silencio. Ya no era el administrador de la familia, pero Xiyi le había permitido conservar una pequeña oficina para asesorar proyectos comunitarios. No habían recuperado la confianza de antes. La estaban construyendo de otra manera, con límites claros y conversaciones incómodas.
—¿Todavía cree que necesita protegerme? —le preguntó ella.
—No —respondió él—. Ahora creo que necesitas que te diga la verdad, aunque no quieras escucharla.
—Eso me sirve más.
Cuando la cafetería quedó vacía, Xiyi encontró en un cajón el viejo vaso de té que había usado el día en que Sun Lan la humilló. Tenía una pequeña grieta en la tapa, causada por el golpe que recibió cuando Wang Hao ordenó que la sacaran.
Durante meses había querido tirarlo.
Al final lo dejó sobre la repisa de su despacho.
No para recordar que había sido insultada, sino para no olvidar lo que descubrió después: una fortuna podía abrir cualquier puerta, pero no podía obligar a nadie a crecer. La primera vez que la llamaron amante, Xiyi solo pudo exigir que la defendieran. La última vez que alguien intentó decidir su destino, ella ya tenía los documentos en la mano, una empresa que responder y el valor de firmar por sí misma.
El vaso agrietado permaneció junto a su computadora mientras amanecía sobre la ciudad. Xiyi abrió el siguiente informe, respiró hondo y empezó a trabajar.