El hombre dejó a su mujer completamente calva.
No fue una calvicie natural, ni un corte de pelo desafortunado. Fue el resultado de meses de humillación silenciosa, de noches en vela, de lágrimas contenidas frente al espejo mientras mechones enteros caían sobre el lavabo. Wenxiu había aguantado demasiado. Había aguantado los desplantes, las ausencias, el frío que se instaló en su matrimonio como un inquilino permanente. Había aguantado las cenas sin conversación, las camas separadas, las palabras medidas para no molestar a un hombre que ya no la miraba. Y cuando su cuerpo dijo basta y su cabello comenzó a desaparecer, entendió que aquello no era una enfermedad. Era la manifestación física de un amor podrido.
Furiosa, se marchó al templo Shaolin y se hizo monja.
No fue una decisión impulsiva, aunque así lo pareciera. Wenxiu llevaba meses planeando una salida, pero ninguna de las opciones que consideraba le devolvía la dignidad. Divorciarse en la ciudad significaba enfrentarse a los murmullos, a las preguntas incómodas, a la compasión falsa de las otras esposas de médicos. Significaba ver a su marido en el hospital, cruzarse con él en los pasillos, escuchar su voz indiferente mientras firmaba papeles. Significaba seguir atrapada en la misma jaula, aunque legalmente fuera libre.
El templo Shaolin le ofreció algo distinto: un lugar donde nadie la conocía, donde el silencio no era castigo sino descanso, donde podía dejar de ser la esposa del doctor Weng Su y convertirse simplemente en Wenxiu. Raparse la cabeza fue un acto de rebeldía y de duelo. Cada mechón que caía al suelo era una promesa rota, una humillación aceptada, una esperanza que se desvanecía. Cuando la última hebra desapareció, Wenxiu sintió que por fin podía respirar.
Tardó 749 días en recuperar el pelo antes de bajar por fin de la montaña.
Los primeros meses fueron los más difíciles. El cuero cabelludo desnudo le recordaba constantemente lo que había perdido, y no solo el cabello. Había perdido la fe en el amor, la confianza en sí misma, la certeza de que merecía algo mejor. Las monjas la acogieron con una paciencia infinita, sin hacer preguntas, sin exigir explicaciones. Le enseñaron a meditar, a trabajar la tierra, a cocinar para la comunidad, a encontrar un ritmo distinto al de la ciudad. Wenxiu descubrió que podía dormir sin pastillas, que podía reír sin culpa, que podía mirarse al espejo sin odiar a la mujer que veía.
Pero el cabello tardó en volver. Primero fue una pelusa suave, casi invisible, que le hacía cosquillas en la palma de la mano. Luego vinieron los primeros centímetros, rebeldes y desiguales, que se negaban a crecer en la dirección correcta. Wenxiu aprendió a no mirarse todos los días, a no medir el progreso con ansiedad, a confiar en que el tiempo haría su trabajo. Y el tiempo lo hizo. 749 días después de su llegada, su cabello volvía a rozarle los hombros, oscuro y brillante, como si la montaña le hubiera devuelto no solo el pelo, sino también la fuerza.
Pero al bajar, vio a su marido comprando con su amante.
No fue en un mercado, ni en un centro comercial. Fue en la calle principal de la ciudad, a plena luz del día, sin ningún intento de esconderse. Wenxiu había tomado un autobús desde la base de la montaña, con el corazón acelerado por la incertidumbre de volver. Quería ver a su hijo, abrazarlo, explicarle que mamá no lo había abandonado, que había necesitado tiempo para sanar. Quería firmar los papeles del divorcio de una vez por todas y empezar una vida nueva. Quería dejar de ser la mujer calva que había huido.
Y entonces lo vio. Weng Su caminaba por la acera, elegante como siempre, con esa seguridad que Wenxiu tanto había admirado al principio y que ahora le parecía insoportable. A su lado, una mujer joven, con el cabello largo y brillante, reía por algo que él acababa de decir. Llevaba un vestido caro, zapatos de tacón, un bolso de marca. Weng Su le pasó el brazo por los hombros con una familiaridad que Wenxiu reconoció al instante. Esa era la amante. Esa era la mujer por la que su matrimonio se había roto.
Se tragó la rabia y no montó ninguna escena.
Wenxiu se quedó inmóvil en la acera, con la bolsa de viaje colgada del hombro, sintiendo cómo la sangre le subía a las mejillas. Durante un segundo, imaginó cruzar la calle, plantarse delante de ellos, gritarles todo lo que había callado durante años. Imaginó el escándalo, los transeúntes deteniéndose a mirar, la amante avergonzada, Weng Su sin saber dónde meterse. Imaginó la satisfacción momentánea de humillarlo como él la había humillado a ella.
Pero no lo hizo. No porque no tuviera valor, sino porque entendió algo fundamental: montar una escena no le devolvería nada. No le devolvería los años perdidos, ni el cabello que había tardado 749 días en recuperar, ni la dignidad que había reconstruido en la montaña. Gritarles solo confirmaría que seguía siendo la esposa despechada, la víctima, la mujer que no podía superar su fracaso. Y Wenxiu ya no quería ser esa mujer.
Así que se tragó la rabia, apretó los puños con fuerza y siguió caminando. No miró atrás. No permitió que las lágrimas se le escaparan. Cada paso que daba era una victoria pequeña, una prueba de que la montaña le había enseñado algo más que a meditar. Le había enseñado a controlar sus impulsos, a elegir sus batallas, a no regalar su energía a quienes no la merecían.
En vez de eso, llevó los papeles del divorcio al despacho de su marido.
El hospital estaba igual que siempre: pasillos blancos, olor a desinfectante, enfermeras con prisa, médicos con batas impecables. Wenxiu caminó por esos pasillos con una calma que no sentía del todo, pero que se esforzaba por proyectar. Conocía cada rincón de ese lugar. Había pasado allí demasiadas horas esperando a Weng Su, asistiendo a cenas de gala, sonriendo a colegas que apenas recordaba. Ahora volvía como una extraña, con una carpeta bajo el brazo y una determinación que no admitía dudas.
El despacho de Weng Su estaba en la tercera planta, al final del pasillo de cardiología. Wenxiu no llamó a la puerta. La abrió con la misma naturalidad con la que había entrado cientos de veces, aunque ahora todo era distinto. Weng Su estaba sentado detrás de su escritorio, revisando unos papeles. Levantó la vista al oírla entrar y su expresión cambió en una fracción de segundo: sorpresa, incomodidad, y algo parecido al fastidio.
«Firma esto.»
Wenxiu dejó la carpeta sobre el escritorio, justo delante de él. No se sentó. No se explicó. No le dio la oportunidad de fingir que no sabía de qué se trataba. Los papeles del divorcio estaban allí, claros y contundentes, esperando únicamente su firma.
«Oye, Wenxiu, tengo aquí a un paciente.»
La voz de Weng Su sonó demasiado tranquila, como si la presencia de su esposa en su despacho fuera una molestia menor. Señaló la pantalla del ordenador con un gesto vago, sin levantar la vista de los documentos.
«Es un caso complicado y no tengo claro el tratamiento. ¿Puedes venir a echarle un vistazo?»
Wenxiu parpadeó, desconcertada. ¿Acababa de pedirle que le ayudara con un paciente? ¿Después de todo lo que había pasado? ¿Después de que ella le acabara de poner los papeles del divorcio delante? La incredulidad se mezcló con la rabia, pero también con algo más: la certeza de que Weng Su no la había escuchado en absoluto. Seguía viéndola como una extensión de su trabajo, como alguien que estaba allí para resolver sus problemas, no como una esposa que acababa de pedirle el divorcio.
«Espera, ahora mismo voy.»
La respuesta salió de su boca antes de que pudiera detenerla. Wenxiu se maldijo mentalmente por su debilidad, por ese reflejo de ayudar que seguía intacto después de todo. Pero también entendió que no podía negarse. Si se negaba, Weng Su tendría una excusa para acusarla de irresponsable, de poco profesional, de dejar morir a un paciente por un asunto personal. Y Wenxiu no iba a darle esa satisfacción.
Se inclinó sobre la pantalla, estudiando el caso con la atención que le había valido su reputación como cardióloga. El paciente era un hombre de mediana edad, con una miocardiopatía dilatada grave. El tratamiento era complejo, y Wenxiu lo sabía. Pasó varios minutos analizando los datos, proponiendo ajustes, discutiendo opciones con Weng Su. Fue una conversación puramente profesional, sin rastro de la tensión que flotaba en el aire. Pero cuando terminaron, Wenxiu volvió a señalar la carpeta.
«La intención original del amor.»
Las palabras salieron de sus labios sin que las hubiera planeado. Weng Su la miró con extrañeza, sin entender. Wenxiu tampoco estaba segura de entenderlo del todo, pero sabía lo que quería decir. Había amado a ese hombre. Lo había amado con una intensidad que ahora le parecía lejana, como si perteneciera a otra vida. Pero el amor no bastaba. Nunca había bastado.
«Si lo que quieres es ser libre, ¿cómo iba a seguir obligándote a quedarte?»
La pregunta era retórica, y Wenxiu lo sabía. No esperaba una respuesta. Solo quería que Weng Su entendiera que ella no estaba allí para suplicar, ni para rogar, ni para aferrarse a un matrimonio que ya no existía. Estaba allí para firmar los papeles y marcharse. Nada más.
«El cielo es un mar de estrellas.»
La frase sonó poética, casi absurda, en medio de aquel despacho frío. Wenxiu no supo de dónde había salido. Tal vez era un recuerdo, un eco de una conversación que habían tenido años atrás, cuando todavía creían que su amor podía con todo. O tal vez era simplemente una forma de decir que el mundo era más grande que aquel matrimonio fracasado, que había vida más allá de Weng Su y de sus mentiras.
«Lo nuestro se ha acabado.»
Lo dijo con una calma que la sorprendió a ella misma. No había rabia, ni tristeza, ni rencor. Solo la constatación de un hecho. Lo suyo se había acabado hacía mucho tiempo, probablemente antes de que ella se marchara al templo, probablemente antes de que su cabello empezara a caer. Ahora solo faltaba el trámite legal.
«Los ojos del espejo.»
Weng Su murmuró las palabras sin mirarla, como si estuviera recordando algo. Wenxiu frunció el ceño. No entendía a qué se refería, y no estaba segura de querer saberlo. Prefirió centrarse en lo importante.
«¿Estás libre ahora?»
La pregunta la tomó por sorpresa. Wenxiu levantó la vista y se encontró con la mirada de Weng Su, intensa y escrutadora. No era la mirada del esposo indiferente que acababa de pedirle que revisara un caso médico. Era la mirada de alguien que quería saber algo, que estaba evaluando sus opciones.
«¿Qué pasa?»
Wenxiu no estaba dispuesta a seguirle el juego. No después de haberlo visto con su amante. No después de haber aguantado 749 días en la montaña para reconstruirse. No después de haber tomado la decisión de divorciarse.
«Hoy vamos a celebrar con una cena.»
Las palabras de Weng Su cayeron como una losa. ¿Una cena? ¿Acababa de pedirle el divorcio y él proponía una cena? Wenxiu sintió una mezcla de incredulidad y asco. Ese hombre no la escuchaba. Simplemente no la escuchaba. Vivía en su propio mundo, donde su esposa era un elemento más de su vida perfecta, un elemento que podía controlar y manipular a su antojo.
«Salantes, recoge tus cosas y llévate a Xiaoki a otro sitio esta noche.»
Wenxiu no entendió la orden. ¿Salantes? ¿Quién era Salantes? ¿Y por qué le decía que se llevara a Xiaoki? La confusión se transformó en alarma cuando comprendió que Weng Su no estaba hablando con ella. Estaba hablando por teléfono, o tal vez con alguien que acababa de entrar en el despacho. Wenxiu se giró y vio a una mujer joven, la misma que había visto con Weng Su en la calle.
«Lo hecho, hecho está.»
La voz de Weng Su era fría y autoritaria. La mujer asintió, con la mirada baja. Wenxiu comprendió que esa mujer no era solo la amante. Era alguien que trabajaba para Weng Su, alguien que obedecía sus órdenes sin rechistar. La dinámica de poder entre ellos era evidente, y Wenxiu sintió una oleada de náuseas.
«¿Entendido?»
«Haré las maletas y me llevaré a Xiaoki.»
La mujer habló con voz temblorosa, como si tuviera miedo de equivocarse. Wenxiu la observó con atención, buscando en su rostro algún signo de la arrogancia que esperaba encontrar en una amante. Pero no lo vio. Solo vio a una mujer asustada, atrapada en una situación que probablemente no había elegido.
«No me meteré en medio.»
La mujer añadió esas palabras con una sumisión que a Wenxiu le heló la sangre. ¿No se metería en medio? ¿En medio de qué? ¿Del matrimonio que Wenxiu acababa de dar por terminado? La ironía era tan grande que Wenxiu estuvo a punto de reír.
«Xiaoki, luego recoge tus cosas y vete con mamá a otro sitio, ¿vale?»
La voz de Weng Su cambió por completo. Ya no era la voz fría del jefe que daba órdenes. Era la voz de un padre que hablaba con su hijo. Wenxiu se giró hacia la puerta y vio a Xiaoki, su hijo, de pie en el umbral, con la mochila del colegio colgada de un hombro. El niño la miró con los ojos muy abiertos, sin entender qué estaba pasando.
«Mamá, papá y tú os vais a divorciar.»
La frase del niño cayó como un golpe. Wenxiu sintió que el corazón se le encogía. No había querido que Xiaoki se enterara de esa manera, no así, no en medio de aquel despacho, con la amante de su padre presente. Quería protegerlo, explicarle las cosas con calma, asegurarle que no era culpa suya.
«Xiaoki, ¿por qué dices eso?»
La voz de Wenxiu sonó más temblorosa de lo que le habría gustado. Se agachó para quedar a la altura de su hijo, buscando sus ojos. Xiaoki la miró con una seriedad que no correspondía a su edad.
«La madre de mi compañero Yang Yang no vive con su padre. La profe dice que eso significa que están divorciados. ¿Vosotros también os vais a divorciar?»
Wenxiu no supo qué responder. ¿Cómo explicarle a un niño que su padre y su madre ya no se querían? ¿Cómo explicarle que a veces el amor se acaba, sin que eso signifique que le hayan fallado a él? ¿Cómo explicarle que su padre tenía otra mujer, y que esa mujer estaba allí mismo, en el despacho?
«¿Por eso quieres llevarme a vivir a otro sitio?»
La pregunta de Xiaoki la tomó por sorpresa. Wenxiu miró a Weng Su, que seguía sentado detrás de su escritorio, observando la escena con una expresión indescifrable. No intervino. No dijo nada. Simplemente dejó que Wenxiu cargara con el peso de la explicación.
«¿Me pondré triste si papá y yo nos divorciamos?»
La voz de Xiaoki era apenas un susurro. Wenxiu sintió que se le rompía el corazón. Su hijo no estaba preguntando por ella, ni por Weng Su. Estaba preguntando por sí mismo. Tenía miedo de sufrir, miedo de que su mundo se derrumbara, miedo de perder a sus padres.
«Solo pensaba en escapar y recuperar mi libertad. Solo me importaba cómo me sentía yo, sin pensar en lo que quería mi hijo. Me he equivocado.»
Las palabras salieron de los labios de Wenxiu antes de que pudiera detenerlas. Eran la verdad, y le dolía admitirla. Había pasado 749 días en la montaña pensando en su propio dolor, en su propia humillación, en su propia necesidad de escapar. No había pensado lo suficiente en Xiaoki, en cómo le afectaría a él la separación, en lo que él quería y necesitaba.
«Porque si os divorciáis, mamá se pondrá triste. Y si mamá no está triste, Xiaoki tampoco lo estará.»
La lógica del niño era simple y demoledora. Wenxiu sintió que las lágrimas amenazaban con escaparse. Xiaoki no estaba pidiendo que sus padres siguieran juntos por él. Estaba pidiendo que su madre no estuviera triste. Y Wenxiu entendió que su tristeza era lo que más le dolía a su hijo.
«Papá no se pondrá triste. Mientras Xiaoki esté aquí, mamá nunca estará triste. Yo solo quiero a mamá.»
Wenxiu miró a su hijo con una mezcla de amor y culpa. Xiaoki la quería a ella. Solo a ella. Y aunque eso debería reconfortarla, en realidad le dolía. Porque significaba que Xiaoki no quería a su padre, y eso era algo que Wenxiu no le había enseñado. Era algo que había sucedido de forma natural, como consecuencia de las ausencias de Weng Su, de su indiferencia, de su falta de interés por su propio hijo.
«Ni siquiera deja que le llame papá, así que no le quiero.»
La frase de Xiaoki cayó como una bomba en el silencio del despacho. Wenxiu se giró hacia Weng Su, buscando una explicación. ¿Era cierto? ¿Xiaoki no podía llamar papá a su padre? ¿Por qué? ¿Qué clase de hombre prohibía a su propio hijo llamarle papá?
Weng Su no negó nada. Simplemente se quedó allí sentado, con la mirada fija en unos papeles que ya no estaba leyendo. Su silencio fue la confirmación más elocuente.
«Vale. Volvemos a casa, recogemos nuestras cosas, dejamos ese sitio y nos vamos a nuestro nuevo hogar.»
Wenxiu se levantó y tomó la mano de Xiaoki. No estaba dispuesta a seguir discutiendo. No estaba dispuesta a permitir que su hijo presenciara más de lo que ya había presenciado. Se marcharían, recogerían sus cosas y empezarían de nuevo. Lejos de Weng Su, lejos de su amante, lejos de aquel hospital que había sido testigo de tantas humillaciones.
«¡Bien! ¡Nos vamos a nuestra nueva casa!»
La voz de Xiaoki sonó alegre, y Wenxiu se aferró a esa alegría como a un salvavidas. Su hijo estaba contento de marcharse. Eso era lo único que importaba.
Pero la vida no se detiene por un divorcio. Al día siguiente, Wenxiu tuvo que volver al hospital. No como esposa de Weng Su, sino como la doctora Jiang, cardióloga de renombre. Y fue allí donde se encontró con la realidad de su situación laboral.
«¿Por qué todavía no te has cambiado? Vale, normalmente llegas justo de tiempo, pero hoy hay una reunión de todo el hospital. ¿No podías haber venido antes?»
La voz del doctor G, jefe de cirugía cardiotorácica, sonó irritada. Wenxiu lo miró con incredulidad. Llegaba justo a tiempo, no tarde. Y aunque hubiera llegado tarde, ¿qué derecho tenía él a reprenderla delante de todos?
«Había muchísimo tráfico cuando llevaba a mi hijo al colegio.»
Wenxiu intentó mantener la calma. No quería darle al doctor G la satisfacción de verla alterada.
«Tu hijo no es una excusa. El problema es que no sabes organizarte. Si hubieras salido con tiempo, no llegarías siempre al límite.»
La acusación era injusta y Wenxiu lo sabía. Siempre había sido ella quien llevaba y recogía a Xiaoki del colegio. Weng Su no había ayudado ni una sola vez. ¿Con qué derecho se ponía el doctor G a darle lecciones sobre organización?
«¿El Dr. G pretende decirme cómo hacer mi trabajo? Ni siquiera llegué tarde. Y aunque hubiera llegado, ¿qué tiene eso que ver con el Dr. G?»
La respuesta de Wenxiu fue firme, pero el doctor G no se inmutó.
«Doctora Shang, Weng Su solo intentaba comprenderte. Sabe lo difícil que es criar sola a un niño. Ha sido un poco brusco, no te lo tomes a mal.»
La intervención de la doctora Shen, colega de cardiología, no hizo más que empeorar las cosas. Wenxiu miró a la doctora Shen con desconfianza. ¿Desde cuándo Weng Su intentaba comprenderla? ¿Desde cuándo le importaba lo difícil que era criar sola a un niño? Y, sobre todo, ¿por qué la doctora Shen salía en su defensa?
«La doctora Shen y el doctor G son inseparables. ¿Quién seguirá en cardiología? ¿Podrías pasarte a cirugía cardiotorácica y trabajar con todos los demás?»
El comentario, que Wenxiu escuchó de pasada, le reveló algo importante. La doctora Shen y el doctor G tenían una relación. No solo profesional. Y eso explicaba por qué la doctora Shen defendía a Weng Su con tanto ahínco.
«La reunión de hoy se centra en el plan quirúrgico de un paciente recién ingresado con una miocardiopatía dilatada grave. Esta operación requiere la colaboración de ambos servicios. ¿Alguna objeción a que el Dr. G dirija la operación por parte de cirugía cardiotorácica?»
La reunión comenzó y Wenxiu se obligó a concentrarse en el caso. No podía permitir que sus problemas personales afectaran a su trabajo. La paciente era una mujer joven, con una miocardiopatía dilatada grave que requería una intervención compleja. Wenxiu escuchó atentamente, evaluando las opciones.
«Ninguna.»
La voz de Weng Su sonó tranquila y segura. Aceptó la dirección de la operación sin dudar. Wenxiu lo observó con una mezcla de admiración y resentimiento. Era un buen cirujano, no podía negarlo. Pero también era un mal esposo y un mal padre.
«¿Y por cardiología, Dr. Yang? ¿A quién recomiendas para ayudar en quirófano?»
La pregunta la tomó por sorpresa. Wenxiu titubeó un instante. Recomendar a alguien para ayudar en quirófano era una decisión importante. No podía dejarse llevar por sus sentimientos personales.
«Me voy pronto. Si puedo hacer una última operación y dar experiencia práctica a los médicos jóvenes, será algo bueno.»
La voz de Wenxiu sonó decidida. Había tomado una decisión: se iba a Estados Unidos. Y antes de irse, quería hacer una última contribución al hospital. Quería dejar algo bueno.
«Yo lo haré.»
La voz de la doctora Shen interrumpió sus pensamientos. Wenxiu la miró con sorpresa. ¿La doctora Shen quería participar en la operación? ¿Con qué experiencia?
«No.»
La negativa de Weng Su fue inmediata. Wenxiu lo miró con curiosidad. ¿Por qué se negaba? ¿No quería que la doctora Shen participara?
«Esta operación durará al menos 7 u 8 horas. Tendrás que vigilar al paciente todo el tiempo y ajustar la medicación cuando haga falta. No puedes bajar la guardia ni un segundo. Además, tienes a tu cargo a tres pacientes críticos. Y dividir tu atención podría ser peligroso. Por seguridad del paciente, no estoy de acuerdo con que la doctora Jiang participe en esta operación.»
Las palabras de Weng Su fueron un golpe directo. Wenxiu sintió que la rabia le subía por la garganta. ¿Acababa de descartarla? ¿A ella, que era la cardióloga más experimentada del hospital? ¿Y lo hacía delante de todos, usando la seguridad del paciente como excusa?
«Ni siquiera sabe que me voy y ya me descarta solo por mi carga de trabajo. ¿Cuándo he cometido yo un error en una operación?»
La protesta de Wenxiu fue visceral. No podía creer que Weng Su la humillara de esa manera.
«Recomiendo que el doctor Shenchiyi trabaje conmigo. Acaba de volver del extranjero y está especializado en los cuidados perioperatorios de casos graves de miocardiopatía. Ha participado en casi 100 operaciones similares, así que su experiencia encaja mejor.»
La recomendación de Weng Su fue calculada. Wenxiu lo sabía. Estaba usando al paciente para dejarla sin argumentos. Y lo peor era que estaba funcionando. El director del hospital asintió lentamente.
«Usar al paciente para dejarme sin argumentos ha sido muy hábil. Pero no voy a retirarme de esta operación tan fácilmente. De acuerdo, haremos lo que ha propuesto el Dr. G. El Dr. Shen Ziyi representará a cardiología.»
La decisión del director fue definitiva. Wenxiu se quedó en silencio, sintiendo cómo la humillación se asentaba en su pecho. No podía creer que Weng Su le hubiera hecho eso.
Después de la reunión, Wenxiu se refugió en su despacho. Necesitaba un momento para recomponerse. Pero no tuvo suerte.
«Sé que lo haces con buena intención y quieres dar ejemplo a los médicos jóvenes, pero la experiencia real es la mejor maestra. ¿Cómo van a mejorar si nunca entran de verdad en quirófano? Cuando te vayas, Shen Ziyi será la persona más cualificada para sustituirte. Deberías darle una oportunidad de crecer.»
La voz de Weng Su sonó desde la puerta. Wenxiu levantó la vista y lo vio allí, de pie, con una expresión que pretendía ser conciliadora. Pero Wenxiu no estaba dispuesta a aceptar sus explicaciones.
«Se levanta el viento.»
Las palabras salieron de sus labios sin que las hubiera planeado. Eran las mismas palabras que le había dicho en el despacho, cuando le entregó los papeles del divorcio. Weng Su frunció el ceño, sin entender.
«Lo entiendo.»
La respuesta de Wenxiu fue fría. No quería seguir hablando con él. No quería escuchar sus justificaciones.
«Solo podemos encontrarnos bajo un cielo despejado.»
Weng Su murmuró las palabras, como si estuviera citando algo. Wenxiu lo miró con desconfianza. ¿Qué significaba eso?
«¿Qué te ha dicho el director?»
La pregunta de Weng Su la tomó por sorpresa. Wenxiu se encogió de hombros.
«¿Necesitas algo?»
La respuesta de Wenxiu fue cortante. No estaba dispuesta a darle explicaciones.
«Lo siento, no debería haberte hablado así en la reunión.»
La disculpa de Weng Su la dejó sin palabras. Wenxiu lo miró con incredulidad. ¿Acababa de disculparse? ¿Después de todo lo que había hecho?
«No me puedo creer que se haya disculpado. Siempre ha sido tan frío conmigo. Cada vez que teníamos un problema, siempre cedía yo.»
Las palabras de Wenxiu salieron en un susurro, más para sí misma que para él. Pero Weng Su las escuchó.
«Fui yo quien propuso que trabajáramos juntos en la operación. Shen Chiyi no tiene nada que ver, así que no se lo pongas difícil.»
La aclaración de Weng Su la descolocó. ¿Él había propuesto que trabajaran juntos? ¿Entonces por qué la había descartado?
«Así que eso piensas de mí. ¿Que soy incapaz de separar lo personal del trabajo y abuso de mi autoridad?»
La voz de Weng Su sonó dolida. Wenxiu lo miró con sorpresa. ¿Acaso le importaba lo que ella pensara de él?
«No quería decir eso. Lo siento, no te enfades, por favor. Esta noche pasaré a buscarte a ti y a Shaoki y os llevaré a casa, ¿vale?»
La propuesta de Weng Su la tomó por sorpresa. ¿Quería llevarlas a casa? ¿Después de todo?
«No, no vamos a volver.»
La negativa de Wenxiu fue firme. No iba a volver a esa casa. No después de lo que había pasado.
«¿A dónde iríais si no a casa? Esa es vuestra casa.»
La insistencia de Weng Su la irritó. ¿Cómo se atrevía a llamar a esa casa «vuestra casa»? Esa casa había dejado de ser su hogar hacía mucho tiempo.
«No lo es.»
La respuesta de Wenxiu fue definitiva. Weng Su se quedó en silencio, sin saber qué decir.
«Acaban de traer a urgencias a un niño con una cardiopatía congénita. Está en estado crítico y el director me ha mandado a buscar.»
La interrupción de una enfermera salvó a Wenxiu de una discusión más larga. Se giró hacia la puerta, agradecida por la distracción.
«He Weng-su.»
El nombre sonó desde el pasillo. Wenxiu frunció el ceño. ¿Quién era He Weng-su? ¿Por qué ese nombre le resultaba familiar?
«El pediatra me ha pedido que vuelva a por una cosa para él.»
La voz de la enfermera sonó apresurada. Wenxiu asintió, sin prestar mucha atención. Tenía que ir a urgencias.
«Doctora Jiang, Wenxiu y yo.»
Las palabras de Weng Su la detuvieron en seco. Wenxiu se giró lentamente. ¿Acababa de decir «Wenxiu y yo»? ¿Qué significaba eso?
«Tranquila, no diré nada en el hospital.»
La voz de Weng Su sonó baja y confidencial. Wenxiu lo miró con incredulidad. ¿No diría nada? ¿Qué era lo que no diría?
Y entonces lo entendió. Weng Su estaba hablando con la enfermera. Le estaba pidiendo que no dijera nada sobre ellos. Sobre Wenxiu y él. Sobre su matrimonio.
«Con razón nunca volvió a decir que nos llevaría a Xiaoki y a mí a casa. No era que estuviera demasiado ocupado y se le hubiera olvidado. Que nos fuéramos era justo lo que quería.»
La realización golpeó a Wenxiu con la fuerza de un tren. Weng Su no la había olvidado. No estaba demasiado ocupado. Simplemente no quería que volvieran. Prefería que se quedaran fuera de su vida.
«Mamá, me estás haciendo daño.»
La voz de Xiaoki la sacó de sus pensamientos. Wenxiu miró hacia abajo y vio que le estaba apretando la mano con demasiada fuerza. La soltó de inmediato.
«Perdona, Xiaoki. Mamá estaba distraída. No quería hacerte daño.»
La disculpa fue sincera. Wenxiu se agachó para abrazar a su hijo.
«Mamá, ¿esa señora va a ser mi nueva mamá?»
La pregunta de Xiaoki la tomó por sorpresa. Wenxiu lo miró con extrañeza.
«¿Por qué piensas eso, Xiaoki?»
«La nueva mamá de Jiangyang vive con él y con su padre. A veces incluso va a recogerlo al colegio. Yo no quiero a esa señora. Solo te quiero a ti, mamá.»
Las palabras de Xiaoki le rompieron el corazón. Wenxiu lo abrazó con fuerza.
«No tengas miedo, Shaoki. No habrá ninguna nueva mamá. A partir de ahora, estaremos solo nosotros dos.»
La promesa salió de sus labios con una convicción que no sentía del todo. Wenxiu sabía que criar sola a un hijo no sería fácil. Pero estaba dispuesta a intentarlo.
«Director, quiero presentar mi dimisión hoy y marcharme antes a Estados Unidos para instalarme.»
La voz de Weng Su sonó desde la puerta del despacho del director. Wenxiu se quedó inmóvil. ¿Acababa de presentar su dimisión? ¿Se iba a Estados Unidos?
«¿Qué?»
La sorpresa del director fue evidente. Wenxiu compartía su incredulidad.
«De acuerdo. Haré que Recursos Humanos acelere los trámites. Por cierto, la operación del paciente con miocardiopatía es hoy. Si tienes tiempo, ve a vigilarlo desde la sala de observación. Tengo otra reunión y no puedo escaparme. Pero es la primera vez que Shen Shi ayuda en una operación tan importante. El estado del paciente es complicado. No puedo evitar preocuparme.»
La respuesta del director fue práctica. Wenxiu escuchó sin intervenir. No quería que notaran su presencia.
«De acuerdo, director.»
La voz de Weng Su sonó tranquila. Wenxiu se preguntó si realmente se iría. ¿O era solo una forma de presionarla?
«Frecuencia cardíaca, 80. Tensión arterial, 128, 80. Saturación de oxígeno, 98%. Shen Ziyi es realmente competente. Cuando me vaya, podrá hacerse cargo de cardiología. Puedo marcharme tranquila.»
Las palabras de Wenxiu sonaron en su mente mientras observaba la operación desde la sala de observación. Shen Ziyi estaba haciendo un buen trabajo. Eso era un alivio.
«Doctora Yang, ¿ayer fuiste a casa?»
La pregunta de la doctora Shen la sacó de sus pensamientos. Wenxiu se giró hacia ella.
«Sí, volvía por una cosa.»
«Estaban arreglando las tuberías de Shiji, así que le dejé quedarse un tiempo en nuestra casa. Si solo se quedaba temporalmente. ¿Por qué no estaba en la habitación de invitados? ¿Por qué estaba en el dormitorio principal?»
La acusación de la doctora Shen fue directa. Wenxiu sintió que el suelo se abría bajo sus pies. ¿Shiji se había quedado en su casa? ¿En el dormitorio principal? ¿Qué significaba eso?
«Weng Su, la reunión de revisión postoperatoria está a punto de empezar. Date prisa y ven.»
La interrupción de una enfermera salvó a Wenxiu de tener que responder. Pero la semilla de la duda ya estaba plantada.
«Quédate tres días en otro sitio con Xiaoki. Después, Shen Chiji se mudará y yo iré personalmente a buscaros.»
La orden de Weng Su sonó por teléfono. Wenxiu la escuchó con incredulidad. ¿Le estaba diciendo que se quedara tres días fuera? ¿Y que después iría a buscarlas?
«Ewang Su, tú no vas a venir a buscarnos. Ya he cambiado el vuelo. Hiaoki y yo nos vamos mañana a Boston.»
La respuesta de Wenxiu fue firme. No iba a quedarse esperando a que Weng Su decidiera cuándo podían volver. Se iba a Boston con su hijo. Mañana.
Esa noche, Wenxiu hizo las maletas en silencio. Xiaoki dormía en la habitación de al lado, ajeno a la tormenta que se avecinaba. Wenxiu miró por la ventana, hacia las luces de la ciudad que pronto dejaría atrás. No sabía qué le esperaba en Boston. No sabía si encontraría trabajo, si podría mantener a su hijo, si sería capaz de reconstruir su vida. Pero sabía una cosa: no podía quedarse. No podía seguir viviendo a la sombra de Weng Su, de sus mentiras, de su amante, de sus humillaciones.
Al día siguiente, Wenxiu y Xiaoki tomaron un taxi al aeropuerto. El niño iba pegado a la ventanilla, observando la ciudad que se alejaba. Wenxiu lo miró con una mezcla de tristeza y esperanza. Le había prometido que estarían solo ellos dos. Y eso era exactamente lo que iba a hacer.
En el aeropuerto, mientras esperaban en la sala de embarque, Wenxiu vio a Weng Su entrar por las puertas automáticas. Venía apresurado, con la corbata suelta y el cabello despeinado. Wenxiu se puso de pie, con el corazón acelerado.
«¿Qué haces aquí?»
La pregunta de Weng Su sonó entrecortada. Wenxiu lo miró con frialdad.
«Me voy a Boston. Con Xiaoki.»
«No puedes irte así. Tenemos que hablar.»
La voz de Weng Su sonó desesperada. Wenxiu negó con la cabeza.
«No hay nada que hablar. Lo nuestro se acabó hace mucho tiempo.»
«Por favor, Wenxiu. Dame una oportunidad. Puedo cambiar. Haré lo que sea.»
La súplica de Weng Su la tomó por sorpresa. Wenxiu lo miró con incredulidad. ¿Acababa de pedirle una oportunidad? ¿Después de todo lo que había hecho?
«Ya es tarde, Weng Su. Demasiado tarde.»
La respuesta de Wenxiu fue definitiva. Se giró hacia la puerta de embarque, con Xiaoki de la mano.
«Mamá, ¿papá viene con nosotros?»
La pregunta de Xiaoki la detuvo. Wenxiu se agachó para quedar a su altura.
«No, cariño. Papá se queda aquí.»
«¿Y no volveremos a verlo?»
La voz de Xiaoki sonó triste. Wenxiu lo abrazó con fuerza.
«No lo sé. Pero pase lo que pase, siempre estaré contigo.»
La promesa fue sincera. Wenxiu se levantó y, sin mirar atrás, cruzó la puerta de embarque. Detrás de ella, Weng Su se quedó inmóvil, viendo cómo su esposa y su hijo se alejaban.
El avión despegó a las tres de la tarde. Wenxiu miró por la ventanilla, viendo cómo la ciudad se convertía en una mancha gris. Xiaoki se quedó dormido a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro. Wenxiu le acarició el cabello con suavidad.
No sabía qué le deparaba el futuro. No sabía si Boston sería el refugio que esperaba. Pero sabía que había tomado la decisión correcta. Por ella. Por Xiaoki. Por todo lo que aún les quedaba por vivir.
Y mientras el avión surcaba las nubes, Wenxiu cerró los ojos y respiró hondo. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió libre.
El hombre que la había dejado calva ya no podía tocarla. La mujer que había huido al templo Shaolin ya no existía. En su lugar, había una madre dispuesta a todo por su hijo. Una mujer que había aprendido que el amor no se mendiga. Que la dignidad no se negocia. Que a veces, la única salida es volar lejos, hacia un cielo despejado, hacia un mar de estrellas.